Ese aura de invencibilidad

¿Qué habrá ocurrido para que los personajes más rutilantes de la región hayan desaparecido del firmamento mediático o, por lo menos, para que éste se haya nublado y comenzado a serles adverso?
Hugo Chávez que era la estrella de cuanto acontecimiento ocurriera, uno de los pocos actores latinoamericanos a nivel mundial, aquel que se codeaba con los grandes protagonistas de la política internacional (negociaba con Putin, convocaba a Ahmadinejad, abrazaba a Castro), ha disminuido su protagonismo dramáticamente. El otrora acertadísimo político omnipresente, el influyente líder continental hoy se equivoca una vez tras otra como si fuera un principiante en la política.
Evo Morales, uno de los cuadros sociales más lúcidos que han tenido los sectores indígenas en el continente, aupado en los hombros de millones que lo aclamaban y a los que representaba por su asertividad política, hoy se debate en contradicciones no sólo diarias sino horarias, y a una pérdida de autoridad que le impide pisar gran parte de su territorio (lo cual no quita relevancia a otros asuntos de diván como ese en el que un ministro chileno le regala al presidente boliviano “20 Poemas de Amor” y no cualquiera de las otras obras de Neruda, pero ese es otro tema).
Y, finalmente, la Argentina de los Kirchner, aquella que se había levantado de las cenizas milagrosamente se desmorona de nuevo, enfrentadas la “patria soyera” con la “patria peronista”, en un duelo que para sus protagonistas parecería definitivo, y lo definitivo —se sabe— es triste y solitario, pero sobre todo no es político (los héroes de la novela negra pueden ser derrotados, los políticos no).


Se ha escrito mucho sobre la justicia histórica que significaría este declive mediático de izquierda para dar paso a otros líderes antes opacados y que hoy cobran relevancia porque apostaron por una economía sólida, abierta al mundo, de libre mercado, etc., etc. (verbigracia Brasil, Colombia, México, Chile), pero ese análisis está bien para los procesos de largo plazo y para los juicios de la historia, y nosotros apenas escribimos artículos en el periódico.
Quizá la cosa sea más simple y ramplona, y no tenga que ver con lo bien o mal que hagan las cosas esos países (o no solamente); como alguien dijo tan acertadamente alguna vez: “la política es más rasca de lo que parece”.
Luego del plebiscito en el que Chávez fue derrotado; posterior a los referéndums autonómicos en Bolivia en los que Morales perdió; asumida la conciencia machista de que Cristina Fernández es un flanco más débil que el de su esposo; en fin, después de todo eso, parecería que el aura de invencibilidad que rodeaba a estos líderes se vino abajo, y a partir de ahí el despeñadero (dejaron de ser obras de arte, apenas meras reproducciones).
Pasó su “momentum”, un término muy usado en el marketing político que se puede resumir como esa etapa en la que todo le sale bien a uno y mal al oponente. Todos los políticos lo buscan (y que coincida con el día de las elecciones), por supuesto también los presidentes… y quizá los que hemos mencionado lo consigan, ¿quién sabe? A Chávez le toca tener algún acierto, a Morales alguna victoria electoral, a los Kirchner saber que el centro también existe… entonces volveremos a discutir largamente sobre la izquierda continental, sus divisiones y su protagonismo.
Por eso aquéllos que la dan por muerta y enterrada deberían ser más cuidadosos: que algunos líderes de izquierda se hayan desmoronado no quiere decir que sus ideas no tengan adeptos, y en la política pura y dura, lejos del marketing y de la TV, de eso trata.

Coordinador del observatorio de política regional de Chile 21

Cuestión de peso

Evo Morales tuvo razón en una sola cosa esta semana: Alan García tiene varios kilos de más. Pero hay cosas que no se dicen, y menos cuando Perú es la estrella del momento y todos festejan sus éxitos.
Todo lo demás (sus referencias al antiimperialismo, sus críticas a los TLC peruanos, etc. etc.), parecen obra más de la desesperación que del frío cálculo político.
Quizá la complejidad de la situación interna (tres referéndum adversos y uno para agosto en el que se discutirá su mandato, la pérdida de control sobre parte del territorio, entre otras muchas cosas), ocasionan que el gobierno boliviano busque aire fuera del país, sea enfrentándose estética e ideológicamente con Alan García, sea reafirmándose en aquel lugar en el que se siente más cómodo: antiimperialista y seguidor de Hugo Chávez.
En esta búsqueda de aire político, no se debe olvidar que hace unos días Bolivia intentó “multilateralizar” la disputa que tiene con Chile en la OEA, situación que se sorteó en silencio. Convengamos que en otras circunstancias ese hubiera sido un escándalo político de altísimo nivel pero pasó desapercibido porque ambas cancillerías caminan despacio y de puntitas.
Pero la pregunta queda picando: ¿se trata de desorientación momentánea o cambiará su política internacional para tener mayor espacio interno? El tiemse tirano, lo dirá.


Coordinador del observatorio de política regional de Chile 21

El punto ciego del gobierno

Jorge Lazarte R.

Se sabe que lo que se hace no es a partir de lo que se ve sino lo que se cree que se ve. Esto es particularmente cierto cuando se trata de las ideologías del poder, que es el caso que comentamos.
A pocas horas de los hechos de violencia del 24 de mayo en Sucre, el Ministro de la Presidencia y el de Gobierno reconocieron que el Ejecutivo había incurrido en una mala evaluación en el ´cálculo de riesgos´ y que el error fue ´subestimar´ el potencial de violencia existente.
Si la cuestión fuera sólo de una incorrecta apreciación de una situación específica de conflicto, el error podría ser atribuible a la incompetencia de los operadores, lo que ya sería muy preocupante. Sin embargo, este mismo error fue cometido en la convocatoria a votar contra las autonomías departamentales, ´subestimando´ el sentimiento colectivo generalizado; en la Asamblea Constituyente, donde ´subestimaron´ el potencial de conflicto por los 2/3; ´subestimaron´ a los sucrenses en el conflicto por la capitalía; ´subestimaron´ las reacciones contra el proyecto constitucional de Oruro; ´subestimaron´ la reacción urbana en Cochabamba; ´subestimaron´ los referendos por los estatutos. En fin, siempre ´subestimaron´ y, por tanto, no es fortuito.
Aunque los operadores son los mismos, la fuente del error parece que está en otro lugar, mientras que las fallas operativas sólo amplificaron sus efectos. Esta fuente es el punto ciego del Gobierno, que condiciona lo que puede ´ver´ o no ´ver´, y está en la raíz de los errores repetidos de apreciación, que no se resuelven con medios más sofisticados para ver mejor. El problema está en el ´ojo´ mismo con el cual se ve.
Ese punto ciego en el Gobierno (en el MAS y los dirigentes ´sociales´) es la creencia derivada de lo que ellos llaman ´pueblo´. Como se sabe, ´pueblo´ es una expresión polisémica. Con pueblo se puede decir muchas cosas, y hasta inventar su existencia allí donde no existe. Para el Gobierno, ´pueblo´ no comprende a todos los ´bolivianos´, como cuando se dice ´pueblo boliviano´, sino que ´pueblo´ es todo lo que no es ´pueblo´. Esta diferenciación es congruente con una visión maniquea de la sociedad, entre ´nosotros´ y los ´otros´. Estos ´otros´ que no son ´pueblo´ son la ´minoría explotadora´, ´neocolonialista´, ´racista´, ´desestabilizadora´, y todos sus equivalentes que en suma designan a la ´oligarquía´ cargada con todas las descalificaciones.
Y como prueba se valen de los resultados electorales que les habría confirmado lo que ya creían que eran permitiéndoles dar un salto. Ya no se trata sólo de que el Gobierno represente al ´pueblo´ sino de que el Gobierno mismo ´es´ el ´pueblo´. La representación, que es siempre una relación, se convierte así en una fusión-identificación intercambiable.
Si son el ´pueblo´, entonces, todo lo que los contraría no puede sino provenir del no ´pueblo´. Esta mirada, que es a la vez idealizante y desvalorizante, les hace ´ver´ en las movilizaciones de protesta puras maniobras de las ´oligarquías´, que no se resignarían a no ser más el poder, a no perder el poder, a no ceder poder, y que por ello mismo sólo pueden estar contra el ´pueblo´, es decir, contra el Gobierno.
Esta es una razón explicativa de una tendencia paranoica de pretender ´explicar´ las resistencias colectivas que encuentran en su camino como fruto de la ´conspiración´ de las ´oligarquías´. Esta creencia profunda de que del otro lado sólo hay ´oligarquías´ les hizo ´ver´ que la demanda por las autonomías de la ´media luna´ eran ´oligárquicas´, y por tanto, contrarias al ´pueblo´. Entonces, había que convocar a votar contra ellas.
Este punto ciego les hace incurrir en errores de apreciación acerca de la magnitud y autenticidad de la protesta, cegándoles la percepción de que en realidad se trata de movilizaciones de una parte del país, que se cuentan por centenares de miles, que rebasan de lejos el núcleo exiguo de las ´cien familias´. Del mismo modo les impide preguntarse cómo es que se pudo llegar a la situación a la que se llegó en Sucre, cuya población comparte ampliamente un senti-
miento de reivindicación colectiva y fuertemente antigubernamental, que no existía hace dos años. Sin lugar a dudas, varios de los operadores políticos tienen también sus propias razones de poder para reforzar ese punto ciego, que los preserva de los errores que contribuyeron a la transmutación de los pocos en una multitud.
En los casos mencionados y en otros parecidos, los resultados para el Gobierno (y en primer lugar para el país) han sido desastrosos. Pero aún no hay nada que permita decir que estén dispuestos a vencer su punto ciego, lo que supone previamente darse cuenta de su existencia, y aceptar que nadie es el pueblo, así sean los ´discriminados de siempre´. El pueblo son todos y nadie a la vez, y sólo existe cuando vota como mayorías o minorías fluctuantes. Esta es la idea de ´pueblo´ en democracia. La otra idea abre el camino al absolutismo, que se expresó en la fórmula tan conocida de ´l´Etat c´est moi´, cuyo equivalente populista extremo podría ser ´el pueblo soy yo´.
Si es cierto que están aprendiendo de sus errores, como suele repetir el Presidente de la República, el aprendizaje debería llegar hasta el núcleo de muchos errores que están alojados en este punto ciego, que como todo lo que es ciego, los extravía en el camino.
Pero como no se puede ser impunemente ciego todo el tiempo, llegará un momento en que la tozuda realidad haga saltar las falsas evidencias. Mientras tanto, los costos pueden ser muy altos y ya lo son.
Finalmente, admitir que han cometido errores en Sucre, ¿no es ya admitir una responsabilidad sobre sus consecuencias?

*Jorge Lazarte R.es analista político

La Razón - Columnistas

Los nuevos racismos

Fernando Molina

A veces los bolivianos nos pensamos, condescendientemente, como gente poco racista. Según una encuesta del Defensor del Pueblo, sólo el 40 por ciento de la población cree que el racismo es un (anti) valor nacional. Pero ésta es una opinión poco sincera, como los responsables de esa encuesta hacen notar. Otro estudio, realizado por la Fundación Unir hace algo más de un año, recoge otra percepción: el 70 por ciento de los bolivianos cree que el racismo es “alto” en nuestra sociedad.El contraste muestra el funcionamiento de una estrategia de negación. Según la oficina del Defensor, “La llamada ‘violencia simbólica’ está tan internalizada en el grueso de la población que muchos comportamientos discriminatorios son considerados ‘normales'” y “es posible que muchas personas se resistan a aceptar haber sido objeto de discriminación… por el hecho de ser a su vez también agentes discriminadores”. En tal caso, no vemos el racismo porque nosotros mismos lo practicamos.Sin embargo, no puede decirse que este problema esté fuera de la agenda pública. Al contrario, la “etnización” de la sociedad boliviana y, por tanto, de las propuestas políticas de reorganización social, es un fenómeno de primera importancia que comenzó alrededor de 1992, con la conmemoración de los 500 años del descubrimiento de América, que como se sabe revaloró y puso en debate la cuestión indígena. Y ha crecido incesantemente desde entonces.En esta última década, Bolivia, deseosa de afirmar una condición de sociedad pluralista, se ha abierto a corrientes que, desde el extranjero, pregonan el multiculturalismo, sustituyendo así la antigua ideología hegemónica del “mestizaje” y la construcción de una nación boliviana como medios para resolver la heterogeneidad física, cultural y socio-política de la población.Con ello el racismo ha mutado, pero no ha desaparecido. Y nuestra obligación es determinar las nuevas formas de racismo que están vigentes y combatirlas.Si bien una etnia se distingue de otra preponderantemente por razones culturales, especialistas como Michel Wieviorka nos enseñan que en ciertos casos estas diferencias culturales son presentadas como naturales, es decir, como determinaciones imposibles de modificar, intercambiar o revertir. Y cuando se considera a las etnias incombinables entre sí, se las convierte en “razas”, colectividades cerradas que sólo pueden relacionarse de manera competitiva unas respecto de las otras. Esto es lo que Wieviorka llama “nuevo racismo”, y que inflama y tuerce la disputa por los recursos económicos, políticos y simbólicos de un país. Hemos visto al nuevo racismo en acción en los sucesos de Sucre de la semana pasada: dos grupos de personas fisonómicamente parecidas que se enfrentan en nombre de diferencias culturales y políticas, antes que raciales, pero que lo hacen de la manera brutalmente anuladora de la dignidad humana que es típica del racismo. Resulta evidente que los racistas contemporáneos se insertan en la virulenta reaparición de los nacionalismos subestatales, tanto aquí en Bolivia como en todas partes.Los racismos en batalla hoy, aquí, son de un lado el indianismo, cuando entiende el multiculturalismo como una forma de exaltar la cultura de los vencidos por encima de todas las otras. Y por el otro lado el mesticismo, que bajo el argumento de que desde 1952 ya todos somos iguales, y no sólo ante la ley, sino también étnicamente, pretende acallar los reclamos de los que no se sienten mestizos y demandan que esa su diferencia se exprese y respete.Estas corrientes están basadas en la identidad. Tienden a preguntarse quiénes somos y no qué podemos hacer. Y las respuestas que pergeñan se dan, claro, en términos de filiaciones y oposiciones: de éstos y aquellos, de nosotros versus los otros. Son respuestas esencialistas, centradas en la naturaleza (se conciba ésta como invariable o dinámica) de los pueblos, las clases, los conceptos. Son respuestas que se cuestionan de dónde vienen los hombres, no a dónde van. Que sostienen, con la mitad de un aforismo de Hegel, que “todo lo real es racional”, es decir, que lo existente está justificado por el sólo hecho de haber sobrevivido (incluso la democracia comunitaria que fomenta la desconfianza social y el machismo; o la persecución indígena de los homosexuales; o el tuteo a los indígenas; o su uso como siervos domésticos; o su exclusión del poder por “incapacidad”). Estas corrientes olvidan la otra mitad de dicho aforismo. Porque Hegel también decía que “todo lo racional es real”, es decir, que aquello que está justificado y es verdadero merece nacer, aunque vaya en contra de las tradiciones. Nadie está condenado a ver en el otro a un enemigo, o una diferencia irreductible. La posibilidad de ver, en lugar de eso, a semejantes, a ciudadanos homólogos, está abierta.

Si actuamos igual nos convertimos en lo mismo

A los violadores de derechos humanos y a los racistas se los debe castigar, pero en el marco de la ley y la democracia.
Hacerlo de otro modo, por más justo que nos parezca el castigo (quiénes somos nostros para decirlo), es convertirse en lo mismo que criticamos.
No hay razón de Estado que justifique qu el el Gobierno, a través de efectivos policiales de Inteligencia y de manera violenta, capture al coordinador de la campaña electoral de Sabina Cuéllar, candidata a la Prefectura de Chuquisaca, sin una previa denuncia ni apertura del caso.
El gobierno justificó la acción indicando que se trata de un asunto de seguridad de Estado.

La Razón - Seguridad

Cada vez más país de autonomías

La Razón - Editorial

Los departamentos de Beni y Pando han aprobado ayer sus respectivos estatutos autonómicos en sendos referendos donde ganó la opción del Sí, en una jornada que transcurrió con más tranquilidad que incidentes violentos, pero donde, también, ha llamado la atención el alto nivel de ausentismo, particularmente en Pando.
Los resultados proyectados de Ipsos Apoyo para La Razón y ATB, recogidos con el sistema de muestras de conteo rápido, señalan que en Beni el Sí ganó con 80,2 por ciento, frente al 19,8 por ciento del No. En Pando, el Sí obtuvo 81,8 por ciento, y el No, 18,2 por ciento. En Beni, el ausentismo —que no es igual que abstención— alcanzó a 34,5 por ciento y en Pando, a 46,5 por ciento, según esos datos.
De las muchas lecturas que seguramente se puede hacer de los resultados de ayer, hay al menos tres datos que no debieran pasar inadvertidos para nadie, y en particular para los actores políticos tan atentos a estos procesos.
El primer dato relevante es que si la democracia es principalmente la voluntad del pueblo expresada en el voto, ayer hubo una incuestionable victoria de las mayorías que aprobaron en las urnas los estatutos autonómicos en cada uno de esos departamentos, con porcentajes algo inferiores al de Santa Cruz, es cierto, donde el Sí obtuvo 85,6 ciento y el No, 14,1 por ciento.
La Ley del Referéndum define la aceptación de alguna opción por simple mayoría de votos y establece la validez de la consulta si participa al menos el 50 por ciento del electorado. En esa medida, los resultados de ayer no debieran merecer mayores interpretaciones ni ejercicios aritméticos que los que la ley establece.
El segundo dato es que los altos porcentajes del ausentismo no pueden ser ignorados, porque en una circunstancia como ésta es un indicador muy importante, que en parte significa un rechazo de la población al referéndum. De hecho, como se sabe, el gobierno del presidente Evo Morales apostó a la abstención, es decir a que la gente no asista a la consulta de ayer, incluso con gestos poco democráticos como la entrega de ambulancias y otros regalos, lo que en las leyes bolivianas está tipificado como delito de cohecho electoral.
En el ausentismo intervienen, al menos, tres factores: temor por amenazas o presiones, imposibilidad de quienes pese a su voluntad no pudieron votar, y también rechazo al referéndum por quienes decidieron no ir a votar. Sólo esta última categoría es abstención propiamente dicha.
El tercer dato es la lectura política que se debe hacer de los resultados de los dos referendos de ayer. Es cierto que si bien el voto por el Sí es principalmente un voto de aprobación de los estatutos autonómicos de Beni y Pando, es evidente que no es exclusivamente eso, y que también puede interpretarse como un voto de rechazo al Gobierno central.
En otras palabras, la tendencia de una región —la llamada media luna— a conformar un bloque de opinión mayoritariamente contrario a la política del Gobierno tiende a consolidarse. Ojalá que a la guerra de interpretaciones que se viene, le suceda un escenario de entendimientos iluminado por el mensaje político del 4 de mayo y del 1 de junio.

UNASUR: nacimiento con pronóstico reservado

El viernes pasado sólo los malabarismos diplomáticos brasileños y su peso específico en la región lograron que uno de los fracasos diplomáticos más resonantes de los últimos tiempos se convirtiera en el tibio y prematuro nacimiento de la Unión de Naciones Sudamericanas.
UNASUR es un nuevo organismo de integración política, social, cultural y económica que agrupa a 12 países sudamericanos que tendrá una Secretaría Permanente con sede en Quito, un Consejo de Jefes de Estado y otro de Ministros, y que deberá encontrar su lugar en el mundo entre el MERCOSUR y la CAN, las otras dos instancias subregionales de integración ya conocidas y existentes.
Como para que nadie dude de lo bien que nos va a los latinoamericanos en estos temas, hagamos un recuento de los problemas que tuvieron que sortear los anfitriones en Brasilia para que el papelón no se consumara: Colombia no quiso aceptar la presidencia pro témpore que le correspondía, por sus problemas con Venezuela y Ecuador (por eso la tuvo que asumir Chile, el siguiente país en orden alfabético); el Secretario General de UNASUR —el ex presidente ecuatoriano, Rodrigo Borja— renuncio intempestivamente porque no se hicieron las cosas como él quería; y, finalmente, lo que iba a ser la primera resolución de UNASUR, la idea brasileña de crear un Consejo de Defensa de América del Sur —una especie de OTAN sudamericana—, se vino abajo, nuevamente por la oposición de Colombia, país que hablaba por sí mismo, cierto, pero también por los EE.UU.
Con todos esos traspiés, sólo la fortaleza de Brasil, que busca en esta plataforma retomar el liderazgo continental, y la aquiescencia de la izquierda chavista que bebe los vientos por asuntos como éste, permitieron que naciera algo que se venía abajo irremediablemente.
Se ha escrito mucho sobre las dos almas de América Latina: una según la cual no importa el color del gato sino que éste cace ratones; y aquella para la cual es importante la raza y hasta el color del felino, parafraseando la clásica metáfora de Deng Xiaoping. Esas dos almas chocaron en la fundación de UNASUR, sólo que las buenas maneras de la diplomacia impidieron que el enfrentamiento se haga más explícito. Con la excepción, una vez más, de Colombia. Si algo hay que reconocerle a este país es que no tiene problemas en decir lo que piensan fuerte y claramente y que se ha convertido en una especie de anti-líder indiscutible.
En cualquier caso la unidad latinoamericana nunca estuvo tan lejos ni tampoco tuvo tantos organismos, burocracia, cumbres y reuniones como ahora. Si ya la integración económica está bastante magullada (a pesar de que como nunca la economía continental anda viento en popa), pensar en una de carácter político es excesivo para cualquiera, incluso para las ambiciones imperiales de Brasil o Venezuela.
Que Chile presida una instancia como ésta precisamente ahora es, que duda cabe, paradójico, sea porque algunos querrán ver en ello un premio consuelo al desplazamiento de su liderazgo económico del que tanto se habla sin mayor fundamento, sea porque quienes le reclamaban protagonismo político se dan cuenta que no hay mejor manera de cosechar tempestades.
Pero lo concreto es que UNASUR ha nacido, que Chile tiene la obligación de acompañarla durante sus primeros pasos; que Venezuela enciende cigarros, feliz por el alumbramiento; y que Brasil hará sus mejores esfuerzos para que el niño no se vuelva camello en el camino.


Coordinador Observatorio de Política Regional Chile 21

El referendo de la picardía

Fernando Molina

La situación boliviana actual no requiere de un análisis sociopolítico, sino de un psicoanálisis. En diciembre del año pasado, el presidente Evo Morales, que veía que sus iniciativas, entre ellas la aprobación de una nueva Constitución, eran sistemáticamente bloqueadas por los prefectos opositores que gobiernan seis de los nueve departamentos del país, decidió imitar el “referendo revocatorio” de la Constitución de Venezuela y anunció la presentación de un proyecto de ley sin antecedentes en la tradición boliviana. ‘Pido que el Congreso convoque al pueblo --dijo entonces el Presidente-- a votar por mantener o revocar los mandatos del presidente, el vicepresidente y los prefectos departamentales’. Al parecer su idea era aprovechar su popularidad, que entonces nadie dudaba, para sacar a los prefectos del escenario y destrabar el proceso político (suponiendo que el electorado lo ratificaría y en cambio destituiría a sus adversarios).
Sin embargo, el anuncio no le gustó al MAS. Había sido pensado exclusivamente por el Presidente y sus colaboradores más cercanos y tomó de sorpresa al partido oficialista, varios de cuyos militantes creyeron que con él se corría un riesgo innecesario. Esto se expresó en el proyecto de ley que al final produjo el Palacio Quemado, el cual estaba lleno de salvaguardas y condicionamientos, y por eso era inaceptable para la oposición (que decía aceptar, en términos generales, el desafío del Presidente).
Este proyecto establecía dos preguntas distintas para el votante, según se tratara de revocar a los primeros mandatarios o a los prefectos. Si se trataba de lo primero, la pregunta era: “¿Está usted de acuerdo con la continuidad del proceso de cambio liderizado por el Presidente”. En cambio, si se trataba de lo segundo, la pregunta cambiaba: “¿Está de acuerdo con la continuidad de las políticas, las acciones y la gestión del Prefecto?”. Como es lógico, oponer “cambio” a “continuidad” resultaba favorable para el Gobierno. Por otra parte, el proyecto establecía que sólo sería revocada la autoridad que obtuviera un rechazo superior al porcentaje y al número absoluto de votos que dicha autoridad hubiera obtenido cuando fue electa. Es decir, que para revocar al Presidente y Vicepresidente se necesitaba más del 53,7 por ciento de los votos (de la circunscripción nacional) y, al mismo tiempo, por lo menos un voto más de 1.544.374, que son el porcentaje y los sufragios logrados Morales y García Linera en 2005. La mayoría absoluta de los electores, por dar una cifra, no alcanzaba para echarlos.
Este sistema resultaba conveniente para el oficialismo e injusto para los prefectos, los cuales, a diferencia de Morales, no superaron el 50 por ciento de los votos en las elecciones de 2005. Por ejemplo, en el caso del prefecto de La Paz , José Luis Paredes, el sistema permitía que fuera destituido con el voto del 38 por ciento de los electores (de la circunscripción departamental), aunque el 62 por ciento restante lo apoyara.
Estas razones llevaron a la oposición a rechazar y resistir el proyecto de referendo, aunque ésta siguió manifestando su apoyo a la realización de un proceso revocatorio. Pese a todo, a principios de año el proyecto oficialista se aprobó en la Cámara de Diputados, controlada por el MAS. Luego pasó al Senado, que se encuentra en manos de la oposición y allí, como era previsible, se lo “congeló”. Y así se mantuvo, “congelado”, desde aquella época hasta esta semana.
El Gobierno tampoco se interesó en “descongelarlo” durante estos cuatro meses. Y es que entretanto las circunstancias políticas cambiaron, mayormente en contra suyo. Se desató la inflación. La nacionalización del gas comenzó a traer más problemas de los previstos. La nueva Constitución no pudo aprobarse plenamente. Hubo violencia e ingobernabilidad. Pero sobre todo se intensificó el enfrentamiento con Santa Cruz, departamento que dirige la lucha por frenar las transformaciones izquierdistas impulsadas por Morales. La pasada semana, este Departamento organizó un referendo --no reconocido por las autoridades nacionales-- en el que el 85 por ciento de los electores aprobaron un Estatuto Autonómico que es filosóficamente inverso al proyecto de Constitución impulsado por el Presidente. En números absolutos, esto significa más o menos 500 mil personas. El MAS, por su parte, llamó a la abstención, obteniendo un 22 por ciento de ausentismo adicional al que había habido antes (17 por ciento), es decir, despertó la adhesión de alrededor de 200 mil personas.
Este contraste, sumado a las encuestas que muestran el creciente abandono de las clases medias urbanas de las posiciones evistas, provocaron un extraño suceso: El 8 de mayo, el Senado opositor “descongeló” el proyecto de referendo revocatorio del Gobierno y lo aprobó completamente, sin cambiarle ni una coma, con lo que automáticamente lo convirtió en ley (en cambio, si hubiera alterado algo se habría necesitado convocar a una sesión plenaria del Congreso, cuya mayoría es oficialista). En otras palabras, se apropió de una bandera que había sido hasta entonces del otro bando, con la picardía que suele caracterizar a los políticos latinoamericanos y, en especial, a los bolivianos. Picardía, por un lado, e ilusión, por el otro. La ilusión de poder transformar el proceso histórico, hasta ahora estancado en una suerte de “empate” entre fuerzas populistas y liberales; es decir, la “ilusión del desempate”, la misma que en diciembre de 2007 llevó al presidente Morales a concebir el referendo revocatorio. Una vez más la política boliviana se convertía en un juego de espejos.
La maniobra de la oposición, aparentemente “genial”, dejó estupefactos a propios y extraños. Fue divertido ver a los senadores del MAS tratando de impedir la aprobación de una ley que tenía su sello y que ellos debían haber promovido. Las primeras reacciones del Poder Ejecutivo fueron de rechazo. El vocero gubernamental dijo que Podemos, el principal partido opositor del país, quería incrementar la inestabilidad política y desgastar al Presidente. Muchos suponían que éste vetaría la ley que él mismo había propuesto, pero en otra época, con lo que realmente habría caído dentro de un brillante “jaque”. O, mejor, se habría producido el perfecto retorno del boomerang que el propio Morales arrojó en diciembre de 2007.
Pero horas después todo volvió a cambiar. El Gobierno se reunió a evaluar la situación. Al cabo de esa junta, Morales apareció ante la prensa y aceptó el desafío de ir al proceso revocatorio. Al día siguiente, los titulares de todos los periódicos dieron por hecho que en 90 días más, los bolivianos volveremos a las urnas, por quinta vez en los últimos seis años (casi una votación nacional por año). Éste será el tercer referendo nacional que se efectúe en este relativamente corto y muy agitado periodo de nuestra nunca calmada vida republicana. Tomando en cuenta lo que cuestan los comicios, y los escasos resultados que dan, quizá esta generación de bolivianos pase a la historia como la que despilfarró la plata del gas en elecciones. Por cierto, existe la seria posibilidad de que el referendo revocatorio termine exactamente en el mismo punto en el que estamos hoy, es decir, que la población ratifique a Evo y también a los principales prefectos opositores, con los que la “ilusión del desempate” se revelará como un verdadero espejismo.
No toda la oposición está de acuerdo con la movida de Podemos en el Senado. Una personalidad cruceña clave, Gabriel Dabdoub, actualmente presidente de los empresarios del país, declaró que el referendo revocatorio no resolverá nada y que Morales debe concluir su mandato. Otro importante empresario cruceño me dijo que sacar a Evo de su cargo antes de que se desprestigiase en El Alto --ciudad que constituye su principal baluarte y que, por su proximidad a las sedes de los poderes públicos, es gravitante para la gobernabilidad del país-- sería un suicidio.
Por otra parte, el referendo es una mala noticia para todos los prefectos, incluso para los que más respaldo popular tienen, como Rubén Costas, de Santa Cruz, que de todas maneras deberán entrar en campaña electoral. En el caso de los prefectos de Tarija, Pando y Beni, tendrán que hacerlo al mismo tiempo que siguen organizando los referendos autonómicos que planean realizar en sus departamentos para seguir la senda abierta por Santa Cruz.
Sin el respaldo de los hombres de negocios cruceños --suponiendo que no logren convencerlos--, y cuando todavía el desprestigio del gobierno no se ha generalizado a las ciudades andinas del país y al campo, los políticos opositores tendrán serias dificultades para obtener la mayoría que necesitan para sacar a Evo Morales del Palacio Quemado. El boomerang que está en el aire podría retornar una vez más para estrellarse contra ellos. Un MAS ratificado por la urnas podría tornarse mucho más agresivo contra los disidentes.
Por otra parte, las posibilidades no son menos inquietantes si la oposición llegara a triunfar. En ese caso, ¿quién podría reemplazar al actual Presidente, ganar las elecciones que tendrían que convocarse 180 días después del referendo y gobernar el país pese al odio de El Alto y de miles de indígenas del occidente? O, dicho de otra forma, ¿puede la picardía sustituir a la inteligencia?

Referéndum revocatorio III

El referéndum revocatorio no resolverá nada.

Apenas la ratificación de las heridas y problemas que dividen Bolivia... O nuestra particular (e infinita) capacidad para postergar la resolución de los problemas siempre con un más imaginativo volador de luces, o una apuesta mayor en la ruleta en la que se ha convertido la política boliviana.

El referéndum revocatorio fue inicialmente esgrimido por el propio gobierno en noviembre pasado para "redefinir la correlación de fuerzas", pero las encuestas hicieron que diera marcha atrás y se olvidara de la idea. A fin de cuentas todo iba a quedar igual, sólo que con mayor legitimidad para los Prefectos.

El hecho de que ahora sea la oposición quien lo plantee, obedece a la misma lógica: hay quienes consideran que pueden lograr la revocatoria del mandato de Evo Morales, obnubilados como están en la victoria del domingo pasado... con más adrenalina que sensatez y olvidándose que Bolivia es ancha y ajena.

Esperan reproducir la derrota que le infringió la oposición a Hugo Chávez en el referéndum venezolano de diciembre pasado y que le impidió la reelección. ¿Quién sabe? Es difícil hacer pronósticos. Lo concreto es que ni la pregunta es la misma ni los procesos boliviano y venezolano pueden ser comparados.

El gobierno no esperaba que después de perder la iniciativa política en las últimas semanas, la situación continuara igual luego del referéndum autonómico. Se equivocó. Apenas es reactivo ante hechos políticos ya consumados. Ese es el principal golpe que le dio Santa Cruz, como lo demuestra la pelea que tuvo con la Iglesia Católica porque el Cardenal fue a votar (¿cómo pueden ser tan infantiles?).

Por eso era tan difícil para el oficialismo hacer lo que era más sensato: decir que el referéndum no resuelve nada y que sólo será un derroche de recursos sin sentido. Pero puestos a ver quién es el más macho...

Unos enceguecidos por la victoria del domingo, pensando que lo ocurrido en Santa Cruz es lo que ocurre en todo el país... Otros incapaces de reconocer que algo ha cambiado a raíz de lo ocurrido ese día...

En fin, que estamos (y disculpen la expresión) entre el moco y la baba.