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Carlos Mesa: “Con Chile no me arrepiento de nada”


(Sergio Molina y Nicole Etchegaray desde La Paz, Bolivia)
Versión original de la entrevista publicada en la revista Qué Pasa el 21 de septiembre de 2007

El ex Presidente boliviano mantiene esa característica que lo hizo famoso: habla de corrido, no dubita ni se equivoca. Eso sí, parece más enérgico que hace unos años y si bien no nos responde a la pregunta sobre los rumores de que prepara su retorno a la vida pública, sí se explaya largamente sobre su política exterior cuando era primer mandatario y se enfrentó con Ricardo Lagos en aquel ya famoso duelo verbal.
Afirma que jamás pensó en la obviedad de "tú me das mar y yo te doy gas"; y considera que hoy Evo Morales y Michelle Bachelet no estarían haciendo lo que están haciendo si él no hubiera reposicionado el tema con firmeza.
Dice que no se arrepiente de nada de lo que hizo. Eso sí, cree que los chilenos apuestan a ver si Evo es capaz de convencer al pueblo boliviano de que postergue la soberanía por un enclave territorial ("No descarto que nos hagan comer ese pastelito", bromea). Pero también se pregunta si Morales no se dará cuenta de que podría estar vendiendo la herencia boliviana por un plato de lentejas.
En esta entrevista concedida en su despacho de la ciudad de La Paz —y que es parte de una investigación que los autores realizan para la Universidad Diego Portales que será publicada próximamente—, Mesa declara que obligó a Chile a reconocer que había un problema pendiente, pero jura que nunca utilizó el tema para ganar popularidad.
Y, por si fuera poco, confiesa que la presión más fuerte que recibió para que no avanzara ni un milímetro con Chile fue la de Evo Morales, cuando el actual Presidente boliviano estaba en la oposición, y que Chile necesita desesperadamente energía y la conseguirá al costo que sea.

Muchos sostienen que Bolivia y Chile pasan por un buen momento en la relación bilateral. ¿Cómo evaluaría el proceso de negociación que están protagonizando ambos gobiernos?

Chile, que tiene una mirada sagaz en política internacional, se ha dado perfecta cuenta de la legitimidad que Evo Morales tiene en Bolivia y, por lo tanto, de la capacidad que tiene para llevar adelante iniciativas que ningún otro presidente de nuestra historia tuvo en el pasado.
Creo que Chile esta llevando adelante una ofensiva diplomática muy fuerte para lograr su objetivo fundamental: conseguir energía de Bolivia en un plazo razonablemente corto. Y (sabe) que el único presidente que puede hacerlo sin sesión de soberanía es Evo Morales.
Desde otra óptica, creo que Evo es consciente de que la cereza de la torta de su legitimidad y de su paso por la historia sería resolver definitivamente el problema bilateral con Chile. Mi impresión, sin embargo, es que la política exterior boliviana actual carece de la experiencia, del conocimiento histórico y de los elementos suficientes como para comprender en profundidad el problema y saber si lo que se está haciendo es vender la herencia boliviana por un plato de lentejas.
Mi impresión es que Chile está negociando algo que se parezca lo más posible a la soberanía sin ser soberanía, para que Evo Morales pueda decir a los bolivianos que lo ha conseguido.
Yo en esto mantengo mi posición, yo sigo pensando que nosotros, como nunca en nuestra historia, tenemos un instrumento de negociación de un poder incontrastable que se llama energía y que en ningún caso debiéramos llegar a un acuerdo con Chile que no sea a cambio de soberanía.
El concepto de soberanía, sin embargo, debiera ser matizado. No es una visión de soberanía decimonónica, es la comprensión de que la herida se cierra cuando Chile le da soberanía a Bolivia. Inmediatamente después negociamos lo que sea necesario: una administración tripartita, un manejo compartido de recursos, eliminación del concepto de fronteras si se rompiera la chileno-peruana; un conjunto de cosas…
Pero no veo en ningún caso que Chile haya cambiado un milímetro su postura. Lo que Chile tratará es hacernos creer a los bolivianos, a través del presidente Morales, que lo ha hecho.

Se ha dicho que su gestión de gobierno fue el peor momento en la relación bilateral, por los enfrentamientos verbales que hubo, por el plebiscito y por su política de gas por mar. ¿Usted sigue defendiendo esta postura como la más adecuada para Bolivia?

Primero que nada, es un disparate decir que fue el peor momento de las relaciones boliviano chilenas, ¡por Dios! No sé si recuerdas que se rompieron relaciones y no las rompí yo.
A mí no me da pena que Chile piense o diga lo que tiene que decir porque es parte de su política exterior, a mí lo que más pena me da es que los bolivianos siempre caigamos en la trampa planteada por la lógica informativa e interpretativa de Chile. Por el contrario, yo afirmo que nosotros como gobierno reposicionamos de una manera muy importante la reivindicación marítima. La colocamos como nunca en el pasado en el ámbito internacional. No existe ningún antecedente de una Cumbre en la que estuvieron todos los países del hemisferio, en que un presidente boliviano pusiera sobre el tapete un hecho que obligó al presidente de Chile a reconocer que había un tema pendiente entre ambos países… Obligó a una ofensiva diplomática chilena para tratar de revertir el éxito que Bolivia tuvo en mostrarle al hemisferio y al mundo que había un problema que estaba entorpeciendo la integración. Y obligó a intelectuales, medios de comunicación y opinión pública chilena a repensar si era correcto lo que estaban haciendo con Bolivia.
Yo sostengo que la política que defendí, fue y es un éxito. Evo Morales no estaría haciendo lo que está haciendo hoy, y la señora Bachelet no estaría haciendo lo que está haciendo hoy si previamente Bolivia no hubiera reposicionado el tema.
Los gobiernos anteriores plantearon algo que no funcionó: ‘vamos a hacer negocios, vamos a hacer que nuestras economías avancen y eso nos acercará al mar’, no ha habido tal cosa.

Pero usted planteó la política de gas por mar…

Política de gas por mar... yo puedo ser estúpido pero no tanto. Quien conozca la historia de Chile sabe que si yo chantajeo a Chile y le digo tú me das mar y yo te doy gas, la respuesta va a ser siempre no.
El concepto de la política exterior boliviana planteada en el referéndum fue “vamos a utilizar el gas como un instrumento de negociación para reconquistar el mar”. ¿En qué dirección? En la dirección de un acercamiento bilateral con el Perú, y la exportación del gas boliviano a México y Estados Unidos por el Perú…
Yo jamás pensé en la obviedad de “tú me das mar y yo te doy gas”. Había que hacer un trabajo de integración mucho más profundo con el Perú. Mi política exterior estaba mucho más vinculada a convertir a Perú y Bolivia en una alianza energética estratégica que obligara a Chile a cambiar su lógica con Bolivia. No pudo ser porque las élites bolivianas y peruanas no nos acompañaron, porque Perú no leyó adecuadamente las cosas y porque yo en el momento en que hice el acuerdo con Perú no pude contar con la aprobación de la Ley de Hidrocarburos.

En Bolivia, entre los historiadores y diplomáticos —y sobre todo entre estos últimos—, hay corrientes pro chilenas y pro peruanas. Hay gente que dice que usted es más bien “peruanofilo”… sin embargo, Perú ha sido el país que más ha dificultado cualquier entendimiento entre Bolivia y Chile…

Para una persona que intenta una visión racional de las cosas y que intenta y cree en la integración, la definición de “peruanofilo” siempre tiene un peligro, el suponer que el ser peruanofilo es ser antichileno. El primer concepto vital aquí es que yo no soy antichileno. No puedo, no debo ser antichileno. Por la simple y sencilla razón —lo he dicho muchas veces— de que Chile y Bolivia son países esencialmente complementarios en términos económicos y comerciales. Además, estoy absolutamente convencido de que el triángulo Perú, Chile y Bolivia está condenado, en el sentido positivo del término, a entenderse.
Que yo tengo, emocionalmente, una mayor proximidad sentimental con el Perú, sin duda. La figura que yo más admiro es el Mariscal Andrés de Santa Cruz, porque yo creo en la reintegración del espacio geográfico de Perú y Bolivia. Pero eso no es excluyente…

En Chile se afirma que los bolivianos utilizan la política exterior como política interna y que eso ocurrió sobre todo en su gobierno, ¿en qué medida esto es cierto?

Cuando yo llegué a Monterrey tenía el 77% de respaldo popular, antes del tema del mar. ¿Un presidente que tiene ese porcentaje de apoyo nacional, a santo de qué necesitaría utilizar el mar para subir su popularidad?
A mi me parece lamentable que se hable de memoria. ¿Y por qué se habla de memoria? ¡Porque quienes lo dijeron fueron los chilenos! Porque fueron los periodistas que me entrevistaron después de mi impasse con Lagos los que dijeron que yo estaba utilizando el tema del mar para ganar popularidad. Lo cual está muy bien que lo digan los chilenos, es parte del asunto. Esa es la estrategia histórica de Chile y es legítima.
Que los bolivianos lo repitan sin molestarse en leer encuestas, es inaceptable.

Pero en su gestión usted hizo mucho más énfasis en este tema que otros gobiernos...

Después de lo que ocurrió en octubre del año 2003, ¿con qué lógica cree alguien con dos dedos de frente en la cabeza que se podía llevar adelante una negociación como la que había llevado el presidente Lagos y el presidente Sánchez de Lozada? Era absolutamente imposible. Hoy es muy fácil decirlo después de todo el proceso de distensión gracias al endurecimiento de mi política exterior.
Lo primero que yo le dije al presidente Lagos fue: “Es imposible que continuemos en la lógica en que usted estuvo, porque hay un 17 de octubre (cuando cayó Sánchez de Lozada) y 67 muertos, con razón o sin ella, embanderados en la no-venta-de-gas-a-Chile”.
Yo te recuerdo que una de las exigencias del presidente Evo Morales —que la gente suele olvidar—, es que no se vendiera ni una molécula de gas a Chile directa o indirectamente... Hoy día el presidente Morales lo ha olvidado, como suele olvidar todo lo que le conviene olvidar. La presión más fuerte para que no avanzáramos ni un milímetro con Chile fue la de Evo Morales cuando estaba en la oposición.

De su experiencia como Vicepresidente, como Presidente y ahora lejos del Estado, ¿de qué se arrepiente, qué hubiera hecho mejor? ¿Cuál es la autocrítica que se hace?

Nada, absolutamente nada. Me arrepiento de muchas cosas, he cometido muchos errores, pero ciertamente mi política exterior con Chile tuvo una consistencia, una seriedad, un enfoque que me sigue pareciendo correcto y cualquier avance que Bolivia logre con Chile se deberá a que nosotros, exitosamente, colocamos las cosas en el lugar en el que debían estar.
La lógica chilena de olvidarse del tema, de que aquí no pasó nada, se convirtió en un problema de reflexión intelectual muy profundo. Lo que no se hubiera producido si siguiéramos con la teoría de que aquí lo que había que hacer era un intercambio económico y que el mar vendría por añadidura. El mar nunca va a venir por añadidura. No existe una voluntad íntima en Chile, por una razón elemental, el costo político para un presidente chileno que otorgue soberanía es tanto o más alto que el costo político de un presidente boliviano que no la consiga.

Haciendo un poco de política ficción, ¿qué es lo que haría usted si estuviera en sus manos la actual negociación?

Yo no cedería un milímetro en el tema de energía con Chile si no hay soberanía, así de simple. Yo trabajaría intensamente para recuperar relaciones con Perú en la lógica en que estábamos con el presidente Toledo. Lamentablemente, las relaciones entre el presidente Morales y el presidente García no están en su mejor momento por cuestiones ideológicas.
Pero en términos de política ficción, yo iría en ese sentido y apostaría a trabajar un proceso de inversión masiva de Bolivia para lograr que el gas boliviano pueda ser exportado a México y California. Haría un acuerdo con Perú para trabajar una o más plantas de gas en territorio peruano y trabajaría en esas exportaciones, sobre esa realidad renegociaría con Chile el tema del mar.
Lo que creo que va a pasar, la apuesta de ambas partes, es ver si logran que Evo convenza al pueblo boliviano de que una playa, un enclave por ahí y una planta de regasificación se pueden parecer a soberanía… a ver si los bolivianos se comen ese pastelito. Creo que eso es a lo que Chile está apostando, y Evo también.
Ahora bien, debo decir, con absoluta franqueza, que en este gobierno he visto cosas que creía imposibles en términos de opinión pública. Así que no descarto que nos hagan comer el pastelito.

¿Y usted vería eso como un fracaso?

Absolutamente.

Hay una corriente que plantea que Michelle Bachelet y Evo Morales, por su afinidad ideológica por sus características de género y étnicas, serían los personajes más adecuados para conducir con éxito una negociación. ¿Cuál es su opinión?

Puede haber una afinidad en términos de superficie, mucha afinidad quizás. Pero en términos objetivos me parece que muy poca. Michelle Bachelet representa la centro izquierda moderada y Evo Morales representa la revolución socialista del siglo XXI —espero enterarme algún día de qué se trata—. Lo que hay es una afinidad personal, lo que hay es un concepto de que un mujer y un indígena representan cosas nuevas, representan cambios, representan frescura en ambos países… pero quien está desesperado es Chile. La desesperación es chilena.
La razón de estado la entiende siempre mejor Chile que Bolivia. La señora Bachelet hará lo que tenga que hacer, porque la razón de estado chilena es que tiene que conseguir energía boliviana. Es urgente. Chile necesita esa energía por encima de cualquier cosa.

¿A pesar de que Chile está haciendo todo para no necesitar gas boliviano?

Chile va a conseguir energía, al costo que sea. Y si no la consigue de Bolivia la conseguirá de Indonesia o de Australia. Chile tiene que conseguir gas como pueda y al costo que sea, pero obviamente si tú tienes que pagar entre siete y ocho dólares a pagar entre cuatro y cinco, no hay dónde perderse. Por lo tanto lo lógico, lo sensato para el continente, es que ese gas sea boliviano. Es un buen negocio para Bolivia y un buen negocio para Chile.
Pero hay una razón política. La señora Bachelet está tratando de pasar por encima de esa razón política y el presidente Morales también. Yo creo que ambos gobiernos están haciendo los máximos esfuerzos para ver cómo les venden a los bolivianos la teoría de que la negociación bilateral es exitosa en términos de mar.

Bolivia es un país sumamente pobre, ¿por qué cree que no debería vender gas a Chile y dejar para después el tema de la soberanía marítima?

Si yo fuera presidente le vendería gas a Estados Unidos, que me da diez veces más ingresos que venderle a Chile. ¿Por qué yo debería venderle gas a Chile? Si Chile fuera mi único mercado potencial no tengo dudas de que le vendería, pero no es el único.
Es lamentable cómo se ha desechado el proyecto de la venta de gas a México y Estados Unidos, no entiendo por qué.
Peor que eso, me gustaría saber cuándo comienzan las inversiones para vender el gas que ya está negociado. Toda la retórica nacionalizadora —que es una gran falsificación porque no se ha nacionalizado nada—, parte de un principio de recuperación de recursos y de soberanía, pero lo que no veo muy claro es donde está la inversión que viene a acompañar esa soberanía y esa dignidad.

Se afirma que Bolivia no tiene una política de Estado respecto al mar, ¿hubo en Bolivia, a lo largo de su historia, una política definida al respecto?

Por supuesto que sí, y esa es una de las grandes falacias de la historia. Bolivia siempre tuvo una política coherente. Más coherente que Chile en la medida en que para Chile es fácil decir no. Lo único que ha hecho Chile a lo largo de la historia es decir no. Y las veces que nos hemos aproximado en negociaciones interesantes, como en 1950, o en 1975, o en 1987, ha sido para engañar a Bolivia. Para decirle sí pero no. Hay ahí también una responsabilidad peruana, por supuesto, sería una estupidez suponer que es sólo chilena.
Bolivia en cambio ha ofrecido a Chile y a Perú todas las soluciones habidas y por haber. Desde 1910 con Daniel Sánchez Bustamante, desde que fuimos a la Sociedad de Naciones, desde el acuerdo de intercambio de las aguas del Lago Titicaca, hasta Pinochet y Bánzer, Bolivia demostró flexibilidad, inventiva y creatividad. Que eso se entienda como un zigzagueo boliviano es un error. Bolivia, país débil, diez, veinte, treinta veces más débil que Chile, planteó todos los caminos posibles para encontrar una salida y se encontró siempre una muralla. En consecuencia, por supuesto que creo que hay una política de estado. Política que parece errática porque hemos tenido propuestas distintas en la medida en que las respuestas de Chile eran negativas.

Se considera que Perú es un pueblo mucho más antichileno que el boliviano. ¿Será cierto? ¿Es Bolivia un país en que hay una élite “chilenofila” y un pueblo antichileno?

Yo creo que Perú y Bolivia son un espejo en sus reacciones con Chile. La única diferencia es que Perú no perdió el mar, su reivindicación es puramente emotiva... Perú pagó un precio mucho más alto en términos humanos y de lo que significa un pueblo humillado por la dominación. Pero Perú no perdió el mar.
Su reivindicación es emotiva y el pueblo peruano es antichileno, sin duda, pero no tiene esa herida profunda en el corazón artificialmente armada que tiene el pueblo boliviano. Yo no soy partidario de que construyas la realidad de tu país sobre una derrota.

¿Y Bolivia la ha construido así?

La identidad boliviana, su contexto de unidad, en gran medida está basado en el tema de Chile. Ese es el gran problema en la lectura de la historia de Bolivia. Es una lectura equivocada, es una lectura inaceptable, es un mapa de luto, de masoquismo. No puedes construir tu identidad y tu orgullo nacional y tu seguridad contándoles a tus niños que todos tus vecinos te robaron.

¿Y sobre qué se debería construir entonces?


A partir de los procesos históricos que Bolivia tuvo: su desarrollo prehispánico occidental y oriental... la audiencia de Charcas que une oriente y occidente; lo que significó la epopeya de la creación de la gobernación de Santa Cruz; la Confederación Perú-Boliviana; la revolución que transformó el país en 1952; la sociedad múltiple con riqueza cultural y diversidad...
Eso y no las tonterías de que perdimos, perdimos, perdimos. Porque no fue así. La Confederación Perú-Boliviana fue el momento de mayor esplendor militar de Bolivia. Fue la potencia más importante de América del Sur en ese momento.
El problema de la historia boliviana es que —sin inventos— está planteada al revés: Que Bolivia es un país pobre, que tuvo fracasos, que sus élites no lograron construir bienestar... Pero hay razones entendibles: si tú tuvieras las mismas condiciones en países como Chile, Argentina, Brasil o México, probablemente el resultado sería el mismo. No vinculado a que unos fueron más capaces que otros, sino a razones geográficas, étnicas e históricas. Yo haría una relectura de nuestra historia.

En Bolivia se afirma que Chile es la causa de su subdesarrollo y pobreza, y en Chile se dice que ese es un gran pretexto que utilizan los bolivianos para esconder sus propias limitaciones. ¿Qué opina usted al respecto?

Es evidente que la herida abierta por la Guerra del Pacífico ha marcado el corazón de Bolivia. Y es evidente que la educación boliviana hace un énfasis muy fuerte en que el mar nos fue arrebatado, que Chile protagonizó una guerra injusta y que el enclaustramiento marítimo tiene que ver en buena medida con el retraso comparativo de Bolivia en el contexto de América del Sur. Adicionalmente se recuerda siempre que Chile todavía tiene ingresos importantísimos por las riquezas que obtuvo en el siglo XIX, ganadas en una guerra injusta…
Que eso sea una victimización gratuita, que eso sea una forma de tratar de disfrazar problemas que el país enfrenta, me parece una simplificación. Yo creo que Bolivia es una nación que tiene una gran capacidad de autocrítica, a veces se excede en ella, y que una visión racional, que la hay en varios ámbitos, marca claramente las propias insuficiencias del país.
Por el contrario, mi visión es que los bolivianos somos demasiado duros con nosotros mismos y tenemos una visión excesivamente negativa de nuestra historia.

La ceremonia del adiós

Ayer Carlos Mesa ocupo nuevamente el horario estelar de CNN.
La cadena televisiva ha transmitido sus últimos tres discursos casi sin interrupciones, sea por la importancia del gas para la región; sea por una Ley de Hidrocarburos de la que están pendientes las empresas petroleras, sus gobiernos y los gobiernos con los que éstas hacen negocios; o, finalmente, por los avatares de la imprevisible y siempre agitada agenda política boliviana; todas ellas razones más que suficientes para que ese país sea una apuesta segura en prime time.
Pero a diferencia de sus primeros discursos cuando asumió la presidencia en octubre del 2003, a Mesa cada vez se lo nota más el peso excesivo que parece cargar sobre los hombros (incluso ya no es el orador privilegiado de antaño y se repite). No es extraño, entonces, que en lo que va del año haya renunciado dos veces, que muchos analistas bolivianos pronostiquen un empeoramiento mayor (si esto es posible) de la situación y que no sea descabellado prever el termino abrupto de su mandato presidencial (que debería llegar al 2007, pero que es un plazo geológico para la volátil política boliviana).
La Ley de Hidrocarburos aprobada por el Congreso y que ayer el Presidente vetó en vivo y en directo, cambiaba las condiciones de operación para las empresas petroleras, les incrementaba impuestos, les obligaba a migrar de contratos y definía el control de sus precios y sus ventas, cierto. Pero si bien era profundamente defectuosa, intentaba conciliar criterios extremos, por lo que recibió el rechazo unánime de tirios y troyanos: del MAS y todos aquellos que plantean un royalty del 50% o la nacionalización lisa y llana por un lado, y de las empresas petroleras y las elites regionales por el otro.
La Ley no se promulgó, además, por las fuertes presiones externas que sufre Bolivia: México y Perú mandando guiños amistosos; los exhortos argentinos para comprar más energético; la presencia determinante de Petrobrás y, por tanto, de Brasil en el negocio; las señales del FMI y otros organismos de cooperación multilateral; las declaraciones del departamento de Estado; y un largo etcétera de intereses contrapuestos.
Un diálogo con representantes de distintas organizaciones ha sido la forma en que el gobierno intenta salir del jaque en el que se encuentra, sin embargo, difícilmente logrará cambiar las posiciones radicalizadas de los sectores sociales y regionales, y es probable que el congreso utilice los mecanismos constitucionales con los que cuenta para promulgar la ley por su cuenta, lo que aislaría aún más al Poder Ejecutivo.
Las perspectivas no son nada halagüeñas, por eso el título de esta nota. Entre ayer y hoy los rumores sobre la renuncia de Carlos Mesa se incrementaron, y nuevamente se comienza a discutir la posibilidad de una convocatoria anticipada a elecciones para evitar las peores pesadillas: una salida violenta por la desesperación del MAS, que ve que la historia le pasa de frente (y poseedor de un fuerte y peligroso respaldo internacional); o un movimiento autoritario y antidemocrático de las elites; coincidiendo así los dos extremos, como Ouroboros, la serpiente que se muerde la cola.

*Sergio Molina Monasterios es cientista político

Gas: Mesa descarta a Chile y exportará por Perú

24 horas después del amplio respaldo que obtuvo en el Referéndum, el Presidente boliviano, Carlos Mesa, anunció su decisión de exportar gas a México y EEUU a través de territorio peruano y descartó explícitamente cualquier puerto chileno. ?Hay que asumir que no hay otro camino que la opción Perú", afirmó Mesa en una entrevista a la más importante red televisiva boliviana (ATB).
El anuncio se produjo horas después de que el mandatario, en una entrevista exclusiva con El Mercurio, dijera que sabía ?que económicamente una salida por un puerto de Chile es lo más conveniente?.
Aupado en su popularidad, Mesa apretó el acelerador y decidió aumentar el volumen de exportación a la Argentina, lo que anunciará mañana en una reunión con el Presidente argentino, Néstor Kirchner, en el emblemático departamento de Tarija, que concentra el 80% de las reservas energéticas bolivianas.
La reunión entre los Presidentes de Bolivia y Argentina es parte de una intensa agenda energética que contempla una nueva reunión el 11 de agosto con el Presidente de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva (similar a la que ya tuvieron en Santa Cruz, el 9 de julio pasado), pero esta vez a la cita se le sumará el presidente del Perú, Alejandro Toledo.
Con Toledo, Mesa también se reunirá a solas el próximo 3 y 4 de agosto en el puerto de Ilo, seguramente la ocasión propicia para oficializar la exportación de gas por ese país.
La segunda reunión entre Mesa y Lula en menos de un mes no llama la atención a los analistas políticos, si se tiene en cuenta la importancia energética que tiene Bolivia para Brasil, lo cual se reflejó en los acuerdos suscritos entre ambos mandatarios para poner en marcha la construcción de dos plantas termoeléctricas, una en Puerto Suárez (Santa Cruz) y otra en Corumbá (Brasil) y un polo petroquímico en esa misma región fronteriza.

Seguridad jurídica

Hoy la atención de los actores políticos y económicos más relevantes del continente está puesta en Bolivia, no es de extrañar entonces que Estados Unidos, Brasil, México, Perú y Argentina hayan congratulado a Mesa por su victoria, sin dudar de que ésta fue más que nada un respaldo a su gobierno y el manto de legitimidad que lo confirma en el poder hasta el 2006.
Si bien hubo artículos alarmistas en algunos medios muy influyentes como el Wall Street Journal, los principales protagonistas del negocio petrolero se han tomado las cosas con calma. Las acciones de Repsol, el socio principal del proyecto LNG de exportación a México y EEUU (donde también participan las británicas BP y BG y la francesa Total), subieron en la bolsa de Madrid.
El análisis más sobrio, sin duda, fue el de The Economist, que afirmó que Bolivia, pese a su pobreza, tiene el ?hábito de establecer ciertas tendencias políticas? y por tanto los términos futuros en que se desenvolverán las multinacionales energéticas en la región. El Washington Post también se sumó a ese análisis y afirmó que la votación podría ser una señal política a Latinoamérica después de una década de reformas de mercado sin beneficios aparentes para la población.
Pero la seguridad jurídica que reclaman los inversionistas sigue en duda y quien más preocupado está al respecto es Petrobras, la que discretamente cabildea sobre el asunto en todas las reuniones presidenciales. Todo dependerá de si Mesa mantiene la sobriedad que lo caracteriza incluso en su vida privada (fanático de la coca cola y abstemio como es), y no se emborracha con el poder conferido por los bolivianos. La primera señal no fue la mejor: amenazó a las petroleras con que no negociará con ellas la nueva Ley de Hidrocarburos.

Las preguntas del millón

El mismo The Economist, al hacer referencia a las preguntas del Referéndum afirmó irónicamente que ?Bolivia no es para principiantes?.
Las confusiones tienen muchas aristas, simplemente nos detendremos en dos: la ?nacionalización inteligente? de la que habló Mesa y la entelequia de ?gas por mar?.
En el primer caso la discusión gira en torno a si la ?recuperación de la propiedad de los hidrocarburos en boca de pozo? significa una nueva ley donde se contemple una migración voluntaria de los contratos actuales de las petroleras, o si habrá una migración obligatoria; lo cual podrá ser interpretada como ?nacionalización inteligente? pero también como ruptura de las reglas del juego e inseguridad jurídica.
En cuanto a la pregunta de ?gas por mar? que tuvo un amplio respaldo pero algo menor al de las otras preguntas (porque en ella confluyeron inconscientemente el voto del MAS ?que no quiere exportar? y el de quienes piensan que hay que exportar sin tomar en cuenta el asunto marítimo), las cosas no están más claras.
Por eso quizá a partir de ayer tanto el Presidente boliviano como el Canciller, descartaron pública y discretamente continuar con esa entelequia. Juan Ignacio Siles sostuvo que la apuesta de su gobierno no es ?gas por mar? sino poner en práctica una estrategia de ?integración por mar?, que incluya al Perú.
Inteligentes como son, Mesa y Siles saben que ningún político chileno serio estaría dispuesto a negociar soberanía por un commodity.

El renacimiento de la Confederación

Si hay un prócer al que admira el presidente Carlos Mesa es Andrés de Santa Cruz, a quien considera el presidente más importante de la historia de Bolivia. No sólo porque consolidó un Estado naciente y promovió la legislación más importante de su época, sino porque creó la Confederación Perú-Boliviana (1835-1839), la que Diego Portales consideraba una seria amenaza para Chile: ?La confederación debe desaparecer por siempre jamás del escenario de América?, escribió en ese entonces.

Deja Vu

En ese sentido, los acuerdos a los que arribaron Alejandro Toledo y Carlos Mesa tienen también algo de deja vu: no sólo porque 12 años antes Alberto Fujimori y Jaime Paz Zamora se mojaron los pies en el Pacífico de igual forma y en el mismo lugar (en Boliviamar), sin que hubiera un impacto trascendental en ambas economías (nadie invirtió en un puerto o en infraestructura turística, eso sí, se concluyó una carretera que vincula a ambos países); sino porque se percibe en Mesa cierto deseo inconsciente de identificarse con ese Santa Cruz al que admira, de continuar una obra inconclusa y convertir las complementariedades geográficas, culturales y raciales, en acuerdos políticos y jurídicos, precisamente las que Portales preveía y temía.
La Confederación al igual que la gran Colombia bolivariana, otro intento integrador que terminó frustrado, han sido desempolvados, en un caso sustentada en el gas y en el otro en el petróleo venezolano, ambos recursos estratégicos de este siglo por dos Presidentes ampliamente populares.

Retórica

Pero el acuerdo arribado entre ambos gobiernos ha sido blanco de críticas en varios sentidos. Eduardo Pérez, uno de los más influyentes periodistas bolivianos y un gran defensor de Carlos Mesa afirmó que ?el Presidente Carlos Mesa ayer en Lima hizo lo que pudo; pero pudo muy poco. Chile? ofrecía bastante más que el Perú?.
En ese país varios comentaristas influyentes cuestionaron la decisión de Toledo porque piensan que podría tratarse de una artimaña para mejorar su popularidad. Los periódicos peruanos haban de ?despliegue mediático bilateral?; La República dice que ?Perú estaría ingresando a la lógica diplomática de Bolivia?.
Tantas fueron las críticas que el canciller boliviano, Juan Ignacio Siles, tuvo que decir que ?no se trataba de un juego? y que realmente se iba a exportar gas por Perú. La emergencia también ocasionó la formación casi de inmediato una comisión entre ambos países que se reunirá para tratar de poner sustancia al acuerdo, de forma que hasta finales de año exista una propuesta técnica que justifique el despliegue político y mediático realizado (Mesa viajó con 47 periodistas a su encuentro, lo que no es muy común en Bolivia; y la televisión peruana transmitió en vivo el encuentro).

El gran ausente

De cualquier forma, haya más o menos retórica, el gran ausente de esta discusión han sido las empresas petroleras que en definitiva serán las que hagan las millonarias inversiones que se necesitan para llevar adelante la exportación de gas. Ya Repsol, el líder de Pacific LNG (el consorcio que exportaría el hidrocarburo a México y EEUU), ha mostrado su preocupación por la decisión del gobierno boliviano, porque preferirían exportar por un puerto chileno.
Las preguntas que se hacen los privados siguen siendo las mismas: cuál será la relación entre las empresas petroleras y el gobierno después de una ley de hidrocarburos que no es muy explícita sobre la situación futura de los contratos entre el Estado y las empresas (que serán revisados a través de un futuro reglamento); o cuánto será finalmente el incremento impositivo que modificará una situación que antaño les era ampliamente favorable.
Tampoco está claro quién financiará la diferencia que costará exportar por Perú en relación a Chile. Y, lo más difícil, el gobierno boliviano debe demostrar ante sus pares, empresarios y opinión pública internacional que esto no es una manera de presionar a Chile sino una decisión de política económica, y que no habrá competencia entre Camisea (en Perú, que comenzó a bombear esta semana) y Tarija (Bolivia), proyecto que está retrasado en cuatro años en relación a la primera.
Pero Mesa no se rinde fácilmente y ha sorteado peores obstáculos. Por lo pronto el plan boliviano es abastecer de gas al Mercosur: ?Casi 20 millones (de metros cúbicos) de exportación a Brasil, 20 a Argentina y eventualmente entre 10 y 20 a México?, según el vicecanciller boliviano. También se baraja ?enviar gas a Uruguay y Paraguay?. El gran ausente, en cualquier caso, es Chile.

La renuncia de Carlos Mesa y el empate histórico: Bolivia juega con fuego

Ayer por la mañana vecinos de El Alto se enfrentaban a pedradas en uno de los accesos estratégicos a la ciudad de La Paz: unos dispuestos a ?expulsar a las trasnacionales?, y otros a defender a un Presidente que dimitió sin que nadie se lo pidiera. El saldo fue un herido grave y algunos contusos. Una escena aislada del nuevo drama que comenzó el domingo por la noche con el anuncio de la renuncia del Presidente Carlos Mesa y que conduce al lento resquebrajamiento del sistema democrático por un lado, y de la estabilidad financiera por el otro, las últimas vallas de contención que aún se mantienen indemnes en Bolivia.
En el ajedrez las tablas significa igualdad de fuerzas: no hay posibilidades de que un jugador se imponga sobre el otro, Carlos Mesa intenta romper el empate con su renuncia, pero su jugada parecería demasiado arriesgada: sea porque después de ésta no hay otra, sea porque corre el riesgo de convertirse en el pastor que pedía ayuda ante un lobo inexistente, hasta que nadie corrió en su ayuda cuando realmente la necesitaba.
En Bolivia, el empate de fuerzas comenzó a gestarse mucho antes de la asunción de Mesa; algunos sitúan su inicio en el año 2000 cuando irrumpió el movimiento campesino y se acentuó la decadencia del sistema político tradicional, lo cual tuvo su correlato simbólico en el tipo de protesta utilizado: el bloqueo de caminos.
Sin embargo, la crisis terminal no se desencadenó sino hasta el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada; lamentablemente su caída no dio paso a una nueva elite fortalecida, capaz de conducir y revitalizar al Estado, sino a un gobierno débil, preso de minorías activas (pequeños grupos con un altísimo poder de movilización) que se apoderaron de la agenda pública.
El probable rechazo a la renuncia de Mesa, significará la continuidad del empate histórico y del actual gobierno (sólo que con menor margen de acción), hasta que nuevamente algunos sectores se unifiquen como ocurrió la semana pasada detrás de la entelequia de la Asamblea Constituyente o de una inasible Ley de Hidrocarburos que defienden los sectores más radicales, o en torno a los deseos autonomistas que tiene la otra mitad del país.
De cualquier forma todo parece indicar que la alternativa democrática será la convocatoria a elecciones, lo que significará nuevas postergaciones a las reivindicaciones sociales y regionales y un nuevo presidente (Evo Morales o algún político ligado a la elite tradicional) sin mayores perspectivas que el actual. Ya Morales ha hecho explícito su deseo de llegar a la presidencia para estatizar los hidrocarburos, lo cual significaría volver a una discusión ya superada en los `70 (Bolivia siempre tuvo cierto ?deja vu?, y no debería llamarnos la atención la onda retro en la que está embarcada).
En resumen, la situación es cada vez más incierta y no es improbable que se incremente la espiral de violencia antidemocrática, sin perspectivas de que surja un liderazgo moderno y democrático que reinvente Bolivia y que permita que sus ciudadanos vuelvan a creer y tener esperanzas en sí mismos. Este es el peor escenario posible, el que nadie desea, en el que las pedradas de ayer apenas serán una mala reproducción de aquel cuadro de Goya en el que dos hermanos pelean y que simboliza la guerra civil española.

Sergio Molina M. es cientista político

Kirchner y Mesa: dos presidentes hechos a imagen y semejanza

Los altos y flacos presidentes de la Argentina y Bolivia comparten no sólo características físicas, sino orígenes y estilos de gobernar casi idénticos: reniegan de los políticos tradicionales aunque les hacen guiños permanentes, y se muestran contestatarios pero han introducido a sus países nuevamente en la agenda internacional.
Pese a los tropiezos de seguridad argentinos y luego del exitoso referéndum boliviano, Néstor Kirchner y Carlos Mesa siguen siendo dos de los presidentes más exitosos de la región a pesar de que uno concluye y el otro comienza la luna de miel con sus ciudadanos.
Ambos se caracterizan por sus comportamientos ascéticos: Mesa es abstemio y Kirchner se permite de vez en cuando algo más que pescado hervido con verduras. Lejos los dos de los habanos Churchill de Sánchez de Lozada o de la pizza y el champagne menemista. Eso sí se han hecho célebres por su carácter: Mesa es muy mal hablado y Kirchner reta a sus subalternos como denunció muy dolido un ex ministro de Justicia argentino.
Carlos Mesa es tan puntual que desconcierta por exceso y Kirchner peca por defecto: sus opositores no se cansan de explicar los males que le trae a la Argentina su impuntualidad y hablan de enojos y desplantes que van desde la CEO de Hewlett Packard pasando por los reyes de España, hasta Vladimir Putin o Kofi Annan.
Pero las actuales coincidencias entre Bolivia y la Argentina van mucho más allá de las anécdotas presidenciales.
Los dos surgen en momentos críticos e históricos para sus naciones: el boliviano sucede a Sánchez de Lozada, derrocado y ?enterrado por los muertos? como afirmó el propio Mesa; y Kirchner es el primer presidente post De la Rúa elegido en las urnas.
Tanto Mesa como Kirchner se muestran como outsiders de la política o por lo menos con la intención de renovarla: Han enfrentado a los poderes fácticos de sus países y constantemente sorprenden a la opinión pública y a sus opositores (Kirchner reconvirtiendo la Corte Suprema de Justicia y con ello al principal símbolo del menemismo; y Mesa presentando días después de su triunfo electoral una Ley de hidrocarburos).
Los dos han sido catalogados como gobernantes de izquierda, pero después del galopante neoliberalismo que se enseñoreó en sus países en la última década, cualquiera con una postura más o menos progresista podría ser catalogado de marxista trasnochado.

Acercamiento a los políticos tradicionales

Nadie duda de los estrechos vínculos de Kirchner con el peronismo, ni de los que tuvo Carlos Mesa con el MNR, pero la relación que tienen ambos con esos partidos es la de un tórrido romance adolescente. Mesa aún intenta demostrar que puede gobernar pese a no tener bancada oficialista y sólo con el apoyo de diputados transversales; en cambio Kirchner ?el autor de ese curioso concepto y sabedor de que la transversalidad no es suficiente? está dispuesto a conciliar con el Partido Justicialista. El pingüino de riña se habría convertido en un pingüino domesticado afirman en Buenos Aires.
El acercamiento a los políticos tradicionales también es una posibilidad que baraja Carlos Mesa, al margen del fuerte respaldo que consiguió de Evo Morales. Algunos analistas mediáticos lo intuyen formando su propio partido o, incluso, convirtiéndose en jefe del MNR.
Lo que también comparten es la visión que tienen sobre los extremos (y la que éstos tienen de ellos): Han decidido no reprimir a esas minorías activas capaces de paralizar una ciudad sin ser especialmente representativas; y ?pese a los desplantes verbales? fascinan al gobierno norteamericano después de que éste creyera haber perdido dos ovejas más de su rebaño. La visita de Roger Noriega a La Paz y las señales que acaba de dar el FMI en su autocrítica y en la renegociación de la deuda argentina así parecen confirmarlo.
Ahora bien, atraviesan problemas que no son menores: la inseguridad que está espantando la fascinación que tenemos todos por la Argentina, en un caso; y resolver la ecuación gasífera de cinco incógnitas para los bolivianos (amén de las contradicciones propias de la inexperiencia y la ingenuidad según sea el caso, como sus opositores señalan sin descanso).
Kirchner y Mesa se consideran protagonistas de un momento fundacional. Hubo un antes del que nadie quiere hacerse cargo (pero de donde ellos provienen: gobernador el uno, vicepresidente el otro), y habrá un después de ellos.
Por lo menos eso es lo que piensan, lejos (y anhelantes) de los aburridos gobiernos aquéllos donde los presidentes no eran tan importantes, pero cumplían y terminaban sus mandatos.