El mejor prestidigitador político que exista hoy en Latinoamérica, aquel capaz de sentarse toda la noche junto a sus descamisados y llorar al firmar el decreto con el que sellaba su triunfo. El político hábil y taimado, el indio tenaz y admirable, el de la chompa multicolor y el traje sin corbata, ése, al que todos conocemos antes de nombrarlo, ha roto el empate catastrófico boliviano. Tardó tres años más de lo previsto pero finalmente impuso su agenda política, económica y étnica casi sin modificaciones.
En el camino quedó una oposición boqueando, derrotada (electoralmente en agosto y políticamente en septiembre), incapaz de hacerse viable o de seguir el ritmo a la historia. Un fracaso apenas menos amargo por aquellas pocas concesiones que le hizo el gobierno como permitir la tenencia de la tierra, postergar la segunda reelección o aceptar autonomías controladas.
Y a lado de aquel ilusionista y de estos juglares, como testigos silenciosos, mirando, decenas de muertos inocentes, cientos de heridos y un país paralizado y expectante.
Ahora bien, ¿cómo será este nuevo orden que llega para quedarse? Estatista antes que socialista en lo económico —una perspectiva a la que el mundo parece dirigirse sin escalas—; peronista antes que chavista en lo político; y antiliberal por sobre todas las cosas.
Desde la perspectiva étnica e inclusiva, va a la par con la historia; pero como otro triunfo del occidente arcaico y centralista que desde finales del siglo XIX conduce Bolivia, se opone a ella sin esperanza.
Después de su triunfo, la responsabilidad ha quedado por entera de lado del gobierno, la pregunta leninista que se escucha soterrada y sensatamente en el Palacio Quemado es qué hacer con tanto poder, y ya se ensayan respuestas. Respuestas con visos autoritarios y populistas, cierto, pero que sigue siendo democráticas como lo demostró el hecho de que el lunes pasado —pudiendo—, Morales no hubiera tomado el poder por la fuerza, a pesar de los pedidos desesperados de miles de campesinos que querían quemar el parlamento, e instaurar el gobierno de los soviets y de los ayllus de una vez y para siempre. Aquel genio del marketing y la propaganda, el padre ordenador y castrador, evitó la catástrofe en una vigilia televisada para el público —que era la nación toda—, demostrando que aún hay esperanzas para la democracia y las instituciones.
Y en medio de estas semanas que estremecieron a Bolivia, la OEA y UNASUR vivieron un infierno para cualquier político: “sentarse en una mesa de negociación sin poder opinar”, como confidenció Dante Caputo a quien quisiera oírlo.
Pero el papel de ambas organizaciones no debe medirse por lo que pasó sino por lo que podía pasar.
Su sola presencia evitó mayor violencia de la que hubo y permitió una retirada ordenada de la oposición y que los sectores fundamentalistas del gobierno no impusieran su criterio. Sin la OEA y UNASUR el resultado hubiera sido el mismo, sin duda, pero con muchos más muertos, más luto y dolor del que una sociedad puede resistir sin quebrarse. Sería injusto pedirles más… o mejor: ¿podría pedírseles otra cosa?
Por eso reciben el aplauso de la platea y la obra puede continuar sin mayores interrupciones (apenas violencia esporádica a la que estamos casi acostumbrados); y en ella nadie se pregunta quién es el director o por quién doblan las campanas, todos sabemos que hoy y durante muchos años las campanas doblarán con fuerza por Evo Morales.
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Tambores de guerra
Antes de que la ciudad boliviana de Sucre estallara contra la aprobación de una nueva Constitución, que nació prematura y desfalleciente, sin la presencia de la oposición y con el oficialismo resguardado por fusiles, hay una imagen sucedida lejos de allí sobre la que me detengo porque en ella se pueden atisbar las profundidades del abismo: un perro colgado vivo (luego le cortarán la cabeza) mientras sus verdugos anuncian que un destino similar le espera a todos sus enemigos. El animal degollado sigue moviéndose hasta que se desangra y se consuma la amenaza. Sendero Luminoso en los '80 protagonizó acciones similares cuando todavía nadie imaginaba la tempestad que se desencadenaría sobre el Perú, pero esta vez sus autores se hacen llamar "ponchos rojos" y provienen un olvidado pueblo boliviano.
Cierto que los fusiles que portaban eran máuser, que apenas son un puñado de fanáticos y no representan a la gran mayoría campesina e indígena, pero su sola visibilidad, el hecho de que un grupo armado irrumpa públicamente con métodos similares a las del terrorismo maoísta produce escalofríos.
Y si este sacrificio ritual es, desde mi punto de vista, un quiebre en el escenario político boliviano (tanto como las lamentables cuatro víctimas mortales del fin de semana en Sucre); en el ámbito discursivo, la declaración de Alvaro García Linera, previa a la escabechina, son su corolario: "Inicialmente habíamos creído que era posible la construcción del Estado mediante mecanismos de diálogo y pactos… pero la lógica de la razón y de la historia me hacen pensar que, más bien, se habrá de llegar a un momento de tensionamiento de fuerzas... este momento está más cerca de lo que parece", afirmó. Dos días después de esa declaración de principios, Bolivia volvía a estallar.
Los planes B del gobierno y de quienes se le oponen están en marcha. El oficialismo aprobando la constitución a como de lugar (la legitimidad, piensan, será obtenida en el futuro); y la oposición regional y cívica en las calles acusando al gobierno de autoritarismo rampante y llamando a la desobediencia civil.
Y en medio de estos excesos casi disparatados de ambos bandos (porque no se puede acusar al gobierno actual de antidemocrático ni Evo Morales puede ignorar las reivindicaciones regionales) es que el odio irracional se enseñorea sobre los perros de Achacachi y los hombres y mujeres en Sucre en un ensayo de lo que Bolivia puede ser en el futuro: enfrentamiento civil, violencia incontrolable, anomia social y Estado autoritario sin control territorial.
Ahora bien, sería muy simple decir, como en otras ocasiones, que Bolivia siempre camina hasta el abismo para retroceder a último minuto, al igual que es ingenuo pensar que todo se reduce a la lucha entre una región occidental arcaica e indígena y un oriente moderno y dinámico. Desde el punto de vista económico el eje se ha desplazado, pero políticamente los dirigentes cívicos de Sucre como los que encabezan la "media luna" son tan retrógrados como integristas los "ponchos rojos". El clivaje regional puede darles la razón, pero el étnico, los condena. Sin legitimidad popular y con visiones profundamente racistas y balcanizadoras, también ellos suscitan temores transversales en el resto del país.
Estas contradicciones étnicas y regionales mantienen tensionada a Bolivia: ambas irresueltas, ambas en apronte. El gobierno quiere retomar la iniciativa política con la aprobación de una nueva Constitución; y la oposición, refugiada en las regiones, añora el retorno a un statu quo previo a Morales, como si eso fuera posible.
Y como siempre, quienes más sufren con el empate catastrófico no son los que se han alistado para el combate, allá ellos con sus razones, sino la inmensa mayoría que abomina incluso la sola posibilidad de que no haya más alternativas.
(Publicado en La Tercera el 28 de noviembre de 2007)
Cierto que los fusiles que portaban eran máuser, que apenas son un puñado de fanáticos y no representan a la gran mayoría campesina e indígena, pero su sola visibilidad, el hecho de que un grupo armado irrumpa públicamente con métodos similares a las del terrorismo maoísta produce escalofríos.
Y si este sacrificio ritual es, desde mi punto de vista, un quiebre en el escenario político boliviano (tanto como las lamentables cuatro víctimas mortales del fin de semana en Sucre); en el ámbito discursivo, la declaración de Alvaro García Linera, previa a la escabechina, son su corolario: "Inicialmente habíamos creído que era posible la construcción del Estado mediante mecanismos de diálogo y pactos… pero la lógica de la razón y de la historia me hacen pensar que, más bien, se habrá de llegar a un momento de tensionamiento de fuerzas... este momento está más cerca de lo que parece", afirmó. Dos días después de esa declaración de principios, Bolivia volvía a estallar.
Los planes B del gobierno y de quienes se le oponen están en marcha. El oficialismo aprobando la constitución a como de lugar (la legitimidad, piensan, será obtenida en el futuro); y la oposición regional y cívica en las calles acusando al gobierno de autoritarismo rampante y llamando a la desobediencia civil.
Y en medio de estos excesos casi disparatados de ambos bandos (porque no se puede acusar al gobierno actual de antidemocrático ni Evo Morales puede ignorar las reivindicaciones regionales) es que el odio irracional se enseñorea sobre los perros de Achacachi y los hombres y mujeres en Sucre en un ensayo de lo que Bolivia puede ser en el futuro: enfrentamiento civil, violencia incontrolable, anomia social y Estado autoritario sin control territorial.
Ahora bien, sería muy simple decir, como en otras ocasiones, que Bolivia siempre camina hasta el abismo para retroceder a último minuto, al igual que es ingenuo pensar que todo se reduce a la lucha entre una región occidental arcaica e indígena y un oriente moderno y dinámico. Desde el punto de vista económico el eje se ha desplazado, pero políticamente los dirigentes cívicos de Sucre como los que encabezan la "media luna" son tan retrógrados como integristas los "ponchos rojos". El clivaje regional puede darles la razón, pero el étnico, los condena. Sin legitimidad popular y con visiones profundamente racistas y balcanizadoras, también ellos suscitan temores transversales en el resto del país.
Estas contradicciones étnicas y regionales mantienen tensionada a Bolivia: ambas irresueltas, ambas en apronte. El gobierno quiere retomar la iniciativa política con la aprobación de una nueva Constitución; y la oposición, refugiada en las regiones, añora el retorno a un statu quo previo a Morales, como si eso fuera posible.
Y como siempre, quienes más sufren con el empate catastrófico no son los que se han alistado para el combate, allá ellos con sus razones, sino la inmensa mayoría que abomina incluso la sola posibilidad de que no haya más alternativas.
(Publicado en La Tercera el 28 de noviembre de 2007)
El empate catastrófico
Bolivia es un país apasionante, no sólo por su gente y su geografía sino porque es capaz de tener discusiones encarnizadas y grandes movilizaciones sociales por asuntos más bien oscuros y metafísicos. Hoy esas disputas se dan por el sistema de votación de la Asamblea Constituyente. Esto es, no por sus contenidos sino por su hermenéutica.
Vayamos por partes. Si bien la ley aprobada por el Congreso establece que las decisiones de la Asamblea Constituyente deben tomarse por dos tercios, el gobierno considera que la mayoría absoluta (51% de los votos) basta y sobra (quizá porque posee lo segundo pero no lo primero).
Para superar el impasse, el oficialismo decidió declararla "originaria", lo que significa que tiene potestad para desconocer toda legislación anterior a ella (desde la Independencia a la fecha) y, por tanto, su propia Ley constitutiva.
Tamaña voltereta jurídica motivó que la semana pasada se convocara a una huelga que paralizó a la mitad del país y que permitió que los halcones de ambos bandos (del oficialismo, pero también de la oposición) se impongan por sobre sectores más conciliadores, que son menos pero que también los hay. Evo Morales, ante la disyuntiva de continuar con el enfrentamiento o buscar el consenso, aún no sabe qué hacer e intenta escapar hacia delante postergando el debate y viajando lejos del país.
Lo dicho hasta ahora resume otro capítulo del clásico empate catastrófico boliviano, aquel que se produce entre unas masas fuertes y bien organizadas ahora en el poder, y una elite débil, racista y excluyente.
Empate que permite prever la continuidad de la inestabilidad política que sacude a Bolivia hace años y que hizo un pequeño paréntesis en estos primeros meses de una gestión que parecía la encargada de cerrarla, pero que -contrariando las esperanzas de todos- está desperdiciando la oportunidad histórica de pactar consensos políticos de largo plazo con sectores medios e independientes que, sin formar parte del núcleo duro de Morales, al principio miraban con simpatía al primer Presidente indígena elegido mayoritariamente.
A raíz de este episodio, vuelve a surgir en ciertos círculos políticos e intelectuales la discusión sobre una posible balcanización de Bolivia. Y aunque nadie puede darse el lujo de pronosticar el futuro, hablar de balcanización parece una exageración.
Si bien existe esa idea entre pequeños grupos marginales, no hay en la actualidad movimientos sociales que la planteen seriamente. Por otra parte, están ausentes fuerzas extranjeras dispuestas a intervenir en un proceso secesionista porque generaría un escenario regional tan complejo que ningún país está dispuesto a enfrentar. Finalmente, este tema sigue siendo intocable para el ejército, con lo cual las fuerzas centrípetas pueden evitarlo, no sólo con el espíritu de la ley sino a través de la materialidad de la fuerza.
Por tanto, ni la estabilidad política anhelada ni la balcanización indeseable, más bien tablas; lo que cada día parece confirmar más la tesis de que Bolivia es un país arrebatador pero que sufre a causa de un Estado fallido que le impide encontrar su verdadero lugar en el mundo.
Vayamos por partes. Si bien la ley aprobada por el Congreso establece que las decisiones de la Asamblea Constituyente deben tomarse por dos tercios, el gobierno considera que la mayoría absoluta (51% de los votos) basta y sobra (quizá porque posee lo segundo pero no lo primero).
Para superar el impasse, el oficialismo decidió declararla "originaria", lo que significa que tiene potestad para desconocer toda legislación anterior a ella (desde la Independencia a la fecha) y, por tanto, su propia Ley constitutiva.
Tamaña voltereta jurídica motivó que la semana pasada se convocara a una huelga que paralizó a la mitad del país y que permitió que los halcones de ambos bandos (del oficialismo, pero también de la oposición) se impongan por sobre sectores más conciliadores, que son menos pero que también los hay. Evo Morales, ante la disyuntiva de continuar con el enfrentamiento o buscar el consenso, aún no sabe qué hacer e intenta escapar hacia delante postergando el debate y viajando lejos del país.
Lo dicho hasta ahora resume otro capítulo del clásico empate catastrófico boliviano, aquel que se produce entre unas masas fuertes y bien organizadas ahora en el poder, y una elite débil, racista y excluyente.
Empate que permite prever la continuidad de la inestabilidad política que sacude a Bolivia hace años y que hizo un pequeño paréntesis en estos primeros meses de una gestión que parecía la encargada de cerrarla, pero que -contrariando las esperanzas de todos- está desperdiciando la oportunidad histórica de pactar consensos políticos de largo plazo con sectores medios e independientes que, sin formar parte del núcleo duro de Morales, al principio miraban con simpatía al primer Presidente indígena elegido mayoritariamente.
A raíz de este episodio, vuelve a surgir en ciertos círculos políticos e intelectuales la discusión sobre una posible balcanización de Bolivia. Y aunque nadie puede darse el lujo de pronosticar el futuro, hablar de balcanización parece una exageración.
Si bien existe esa idea entre pequeños grupos marginales, no hay en la actualidad movimientos sociales que la planteen seriamente. Por otra parte, están ausentes fuerzas extranjeras dispuestas a intervenir en un proceso secesionista porque generaría un escenario regional tan complejo que ningún país está dispuesto a enfrentar. Finalmente, este tema sigue siendo intocable para el ejército, con lo cual las fuerzas centrípetas pueden evitarlo, no sólo con el espíritu de la ley sino a través de la materialidad de la fuerza.
Por tanto, ni la estabilidad política anhelada ni la balcanización indeseable, más bien tablas; lo que cada día parece confirmar más la tesis de que Bolivia es un país arrebatador pero que sufre a causa de un Estado fallido que le impide encontrar su verdadero lugar en el mundo.
El empate boliviano: Las minorías activas y la ausencia de liderazgo
En el ajedrez, las tablas significa igualdad de fuerzas: no hay posibilidades de que un jugador se imponga sobre el otro. La situación en Bolivia es semejante y obedece a varias razones históricas, entre ellas, la ausencia de una elite que genere liderazgo y ciertos consensos indispensables en el siglo XXI (economía de mercado, impulso de la iniciativa privada, expansión del mercado interno, etc.).
En el caso boliviano, el empate de fuerzas comenzó a gestarse el año 2000 cuando se manifestó por primera vez la fortaleza del movimiento campesino y la decadencia del sistema político tradicional, lo cual tuvo su correlato simbólico en el tipo de protesta utilizado: el bloqueo de caminos. El empate se dotaba de su instrumento privilegiado.
Sin embargo, la crisis terminal no se desencadenó sino hasta el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, cuando fue derrocado el más importante representante de una hegemonía que había liderado al país durante veintiún años de democracia.
Pero el descalabro no dio paso a una nueva elite fortalecida, capaz de conducir y revitalizar al Estado, sino a la dictadura de minorías activas (sectores representativos de pequeños grupos con un altísimo poder de movilización) que se apoderaron de la vida pública boliviana. De forma que una de estas minorías subsiste en el Parlamento (los restos del sistema político tradicional), otra en el Ejecutivo (sectores sobrevivientes del anterior gobierno, intelectuales de clase media y profesionales liberales); junto a muchas otras repartidas por el país: Los movimientos cívicos de El Alto o el de Santa Cruz; los cocaleros del Chapare, etc. etc. Ninguna de ellas con la capacidad para generar una hegemonía que se imponga democráticamente (tampoco por la fuerza, como es el deseo de algunos), en una muestra infinita de fragmentación del poder.
Empate, entonces, que continuará en el tiempo con el único peligro de que varias de ellas se unifiquen (como la consigna de negarse a exportar gas por Chile en el caso de Sánchez de Lozada). En ese sentido, Mesa está demostrando mejores reflejos políticos, y cede para sobrevivir.
Otros ingredientes que se debe agregar a este complejo escenario son los movimientos cívicos regionales, sobre todo el cruceño, que si bien sigue siendo provinciano y no logra convertirse en referente nacional, es quizá el liderazgo más serio que existe actualmente.
Si la situación se torna insostenible, la alternativa democrática es adelantar las elecciones, una posibilidad que no descarta nadie, y que significaría un nuevo presidente (Evo Morales o algún político ligado a la elite tradicional) con mayor fortaleza que el actual. Sin embargo, Morales ha hecho explícito su deseo de llegar a la presidencia para estatizar los hidrocarburos, lo cual significaría volver a una discusión ya superada en los `70 en Latinoamérica.
En resumen, la situación es cada vez más incierta y es probable que se incremente la espiral de violencia, sin perspectivas de que surja un liderazgo moderno y democrático que reinvente Bolivia y que permita que sus ciudadanos vuelvan a creer y tener esperanzas en sí mismos.
Sergio Molina M. es cientista político. Consultor de la empresa de comunicación estratégica Imaginacción
En el caso boliviano, el empate de fuerzas comenzó a gestarse el año 2000 cuando se manifestó por primera vez la fortaleza del movimiento campesino y la decadencia del sistema político tradicional, lo cual tuvo su correlato simbólico en el tipo de protesta utilizado: el bloqueo de caminos. El empate se dotaba de su instrumento privilegiado.
Sin embargo, la crisis terminal no se desencadenó sino hasta el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, cuando fue derrocado el más importante representante de una hegemonía que había liderado al país durante veintiún años de democracia.
Pero el descalabro no dio paso a una nueva elite fortalecida, capaz de conducir y revitalizar al Estado, sino a la dictadura de minorías activas (sectores representativos de pequeños grupos con un altísimo poder de movilización) que se apoderaron de la vida pública boliviana. De forma que una de estas minorías subsiste en el Parlamento (los restos del sistema político tradicional), otra en el Ejecutivo (sectores sobrevivientes del anterior gobierno, intelectuales de clase media y profesionales liberales); junto a muchas otras repartidas por el país: Los movimientos cívicos de El Alto o el de Santa Cruz; los cocaleros del Chapare, etc. etc. Ninguna de ellas con la capacidad para generar una hegemonía que se imponga democráticamente (tampoco por la fuerza, como es el deseo de algunos), en una muestra infinita de fragmentación del poder.
Empate, entonces, que continuará en el tiempo con el único peligro de que varias de ellas se unifiquen (como la consigna de negarse a exportar gas por Chile en el caso de Sánchez de Lozada). En ese sentido, Mesa está demostrando mejores reflejos políticos, y cede para sobrevivir.
Otros ingredientes que se debe agregar a este complejo escenario son los movimientos cívicos regionales, sobre todo el cruceño, que si bien sigue siendo provinciano y no logra convertirse en referente nacional, es quizá el liderazgo más serio que existe actualmente.
Si la situación se torna insostenible, la alternativa democrática es adelantar las elecciones, una posibilidad que no descarta nadie, y que significaría un nuevo presidente (Evo Morales o algún político ligado a la elite tradicional) con mayor fortaleza que el actual. Sin embargo, Morales ha hecho explícito su deseo de llegar a la presidencia para estatizar los hidrocarburos, lo cual significaría volver a una discusión ya superada en los `70 en Latinoamérica.
En resumen, la situación es cada vez más incierta y es probable que se incremente la espiral de violencia, sin perspectivas de que surja un liderazgo moderno y democrático que reinvente Bolivia y que permita que sus ciudadanos vuelvan a creer y tener esperanzas en sí mismos.
Sergio Molina M. es cientista político. Consultor de la empresa de comunicación estratégica Imaginacción
El empate boliviano
En el ajedrez, las tablas significa igualdad de fuerzas: no hay posibilidades de que un jugador se imponga sobre el otro. La situación en Bolivia es semejante y obedece a varias razones históricas, entre ellas, la ausencia de una elite que genere liderazgo y ciertos consensos indispensables en el siglo XXI (economía de mercado, impulso de la iniciativa privada, expansión del mercado interno, etc.).
En el caso boliviano, el empate de fuerzas comenzó a gestarse el año 2000 cuando se manifestó por primera vez la fortaleza del movimiento campesino y la decadencia del sistema político tradicional, lo cual tuvo su correlato simbólico en el tipo de protesta utilizado: el bloqueo de caminos. El empate se dotaba de su instrumento privilegiado.
Sin embargo, la crisis terminal no se desencadenó sino hasta el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, cuando fue derrocado el más importante representante de una hegemonía que había liderado al país durante veintiún años de democracia.
Pero el descalabro no dio paso a una nueva elite fortalecida, capaz de conducir y revitalizar al Estado, sino a la dictadura de minorías activas (sectores representativos de pequeños grupos con un altísimo poder de movilización) que se apoderaron de la vida pública boliviana. De forma que una de estas minorías subsiste en el Parlamento (los restos del sistema político tradicional), otra en el Ejecutivo (sectores sobrevivientes del anterior gobierno, intelectuales de clase media y profesionales liberales); junto a muchas otras repartidas por el país: Los movimientos cívicos de El Alto o el de Santa Cruz; los cocaleros del Chapare, etc. etc. Ninguna de ellas con la capacidad para generar una hegemonía que se imponga democráticamente (tampoco por la fuerza, como es el deseo de algunos), en una muestra infinita de fragmentación del poder.
Empate, entonces, que continuará en el tiempo con el único peligro de que varias de ellas se unifiquen (como la consigna de negarse a exportar gas por Chile en el caso de Sánchez de Lozada). En ese sentido, Mesa está demostrando mejores reflejos políticos, y cede para sobrevivir.
Otros ingredientes que se debe agregar a este complejo escenario son los movimientos cívicos regionales, sobre todo el cruceño, que si bien sigue siendo provinciano y no logra convertirse en referente nacional, es quizá el liderazgo más serio que existe actualmente.
Si la situación se torna insostenible, la alternativa democrática es adelantar las elecciones, una posibilidad que no descarta nadie, y que significaría un nuevo presidente (Evo Morales o algún político ligado a la elite tradicional) con mayor fortaleza que el actual. Sin embargo, Morales ha hecho explícito su deseo de llegar a la presidencia para estatizar los hidrocarburos, lo cual significaría volver a una discusión ya superada en los `70 en Latinoamérica.
En resumen, la situación es cada vez más incierta y es probable que se incremente la espiral de violencia, sin perspectivas de que surja un liderazgo moderno y democrático que reinvente Bolivia y que permita que sus ciudadanos vuelvan a creer y tener esperanzas en sí mismos.
Sergio Molina M. es cientista político. Consultor de la empresa de comunicación estratégica Imaginacción
En el caso boliviano, el empate de fuerzas comenzó a gestarse el año 2000 cuando se manifestó por primera vez la fortaleza del movimiento campesino y la decadencia del sistema político tradicional, lo cual tuvo su correlato simbólico en el tipo de protesta utilizado: el bloqueo de caminos. El empate se dotaba de su instrumento privilegiado.
Sin embargo, la crisis terminal no se desencadenó sino hasta el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, cuando fue derrocado el más importante representante de una hegemonía que había liderado al país durante veintiún años de democracia.
Pero el descalabro no dio paso a una nueva elite fortalecida, capaz de conducir y revitalizar al Estado, sino a la dictadura de minorías activas (sectores representativos de pequeños grupos con un altísimo poder de movilización) que se apoderaron de la vida pública boliviana. De forma que una de estas minorías subsiste en el Parlamento (los restos del sistema político tradicional), otra en el Ejecutivo (sectores sobrevivientes del anterior gobierno, intelectuales de clase media y profesionales liberales); junto a muchas otras repartidas por el país: Los movimientos cívicos de El Alto o el de Santa Cruz; los cocaleros del Chapare, etc. etc. Ninguna de ellas con la capacidad para generar una hegemonía que se imponga democráticamente (tampoco por la fuerza, como es el deseo de algunos), en una muestra infinita de fragmentación del poder.
Empate, entonces, que continuará en el tiempo con el único peligro de que varias de ellas se unifiquen (como la consigna de negarse a exportar gas por Chile en el caso de Sánchez de Lozada). En ese sentido, Mesa está demostrando mejores reflejos políticos, y cede para sobrevivir.
Otros ingredientes que se debe agregar a este complejo escenario son los movimientos cívicos regionales, sobre todo el cruceño, que si bien sigue siendo provinciano y no logra convertirse en referente nacional, es quizá el liderazgo más serio que existe actualmente.
Si la situación se torna insostenible, la alternativa democrática es adelantar las elecciones, una posibilidad que no descarta nadie, y que significaría un nuevo presidente (Evo Morales o algún político ligado a la elite tradicional) con mayor fortaleza que el actual. Sin embargo, Morales ha hecho explícito su deseo de llegar a la presidencia para estatizar los hidrocarburos, lo cual significaría volver a una discusión ya superada en los `70 en Latinoamérica.
En resumen, la situación es cada vez más incierta y es probable que se incremente la espiral de violencia, sin perspectivas de que surja un liderazgo moderno y democrático que reinvente Bolivia y que permita que sus ciudadanos vuelvan a creer y tener esperanzas en sí mismos.
Sergio Molina M. es cientista político. Consultor de la empresa de comunicación estratégica Imaginacción
Bolivia: ¿Un enfermo terminal?
A las malas noticias que durante los últimos meses ha generado Bolivia se le han agregado declaraciones que convierten la preocupación en alarma: El ministro de Defensa Argentino, José Pampurro, afirmó que el proceso político y social boliviano se estaría ?libanizando?. Aunque las declaraciones no eran oficiales, y fueron desmentidas por el gobierno de Néstor Kirchner, el argentino hacía referencia a las masivas movilizaciones en Santa Cruz en procura de autonomía regional y al asesinato del alcalde de Ayo Ayo.
Lo que está claro es que ?la situación de precario equilibrio sociopolítico que vive ese país desde el 2000 ha entrado en una fase de definiciones?, como afirma Naciones Unidas; definiciones que se dan en un contexto económico boliviano bastante más favorable que en períodos pasados (en abril del 2004 el FMI revisó su pronóstico de crecimiento para Bolivia de 2,9% a 3,6%); y si bien el déficit fiscal es preocupante, el crecimiento positivo del 2003 (2,45% del PIB), asociado a un entorno internacional favorable, parecerían augurar mejor destino para los bolivianos.
¿Qué pasó en Ayo Ayo y Santa Cruz?
A finales del siglo XIX una treintena de soldados que se reponían del cansancio y de sus heridas en la Iglesia boliviana de Ayo Ayo, fueron martirizados hasta la muerte por una turba indígena. Fue el episodio más sangriento de la Guerra Federal de 1899, la misma que permitiría a La Paz convertirse en sede de gobierno.
No es extraño entonces que más de un siglo después, un oscuro hecho policial (el secuestro, tortura e incineración del alcalde), haya sido protagonizado por esa misma comunidad, o que sus habitantes renieguen de las instituciones estatales.
El asesinato de Ayo Ayo parecería más la constatación de que los problemas más importantes de la nación altiplánica siguen irresueltos (exclusión social y cuestión indígena, entre otros), antes que el anuncio del fin del Estado boliviano o el anuncio de una etapa insurreccional.
Otro acontecimiento que algunos identificaron como el preludio de la desintegración ha sido el pedido de autonomía que han hecho los sectores cívicos cruceños y que quieren validar en otro referéndum.
Si bien por impedimentos legales es dudoso que el referéndum se realice en diciembre como quieren los cívicos, impulsadas por un exitoso desempeño económico y por el fantasma del gas, las pulsiones regionales volvieron a despertarse en una de las manifestaciones más multitudinarias de los últimos años.
Estado fallido
No debe haber sociedad que discuta con tanta pasión sobre su inviabilidad como la boliviana; ni lugar donde se hagan tantos análisis políticos en detrimento de los proyectos económicos, o donde el trotskismo tenga tantos fanáticos y seguidores. Las fuerzas centrípetas bolivianas siempre estuvieron presentes a lo largo de su historia. Se trata de un país construido sobre otras nacionalidades (la quechua, aymará y guaraní, entre otras) y que no ha resuelto ni su problema étnico ni su problema estatal. Por eso es más cierto afirmar que se trata de un Estado fallido antes que un país en vías de extinción.
En uno de los informes que dirige Fernando Calderón ?asesor para América Latina del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo? se plantea que el punto focal de la coyuntura en Bolivia es la agenda hidrocarburífera que genera cuatro escenarios posibles: ?El escenario oficialista que supone una negociación satisfactoria en torno a la propuesta presidencial, que desbloquea el conflicto y genera espacio político. El escenario opositor que supone, en cambio, un conflicto abierto entre gobierno y actores sociales y un posible desenlace caótico. El escenario oficialista autoritario, que supone la imposición de la agenda presidencial sin negociación. Finalmente, el escenario opositor negociado que supone una negociación para adelantar las elecciones?.
Los escenarios más probables, según el PNUD son el primero y el último, los cuales están asociados a la aprobación de una nueva Ley de Hidrocarburos y al éxito del referéndum, lo que daría margen de maniobra política a Carlos Mesa para lo que le resta de su mandato (agosto de 2007) o, por lo menos, hasta la futura Asamblea Constituyente, una de las promesas más caras y difíciles de cumplir del gobernante.
El verdadero desafío para Bolivia entonces estará en esa Constituyente donde se dirimirá desde el planteamiento de autonomía de los cruceños, hasta el tipo de Estado que quieren los pobladores de Ayo Ayo, o la nacionalización de la propiedad privada que buscan los partidarios de Evo Morales.
Por el momento Bolivia está lejos de desaparecer o de ?libanizarse? como dijo el ministro argentino, lo cual no desmerece la importancia de Bolivia para la Casa Rosada, sobre todo porque EE.UU. le ha encomendado la tarea de atender la problemática boliviana, según informaron La Nación y Clarín luego de la reunión entre los gobiernos argentino y norteamericano en Monterrey, en enero pasado.
De ahí surgió el planteamiento argentino del ?Corredor marítimo por la paz?, o la reunión de comandantes de las fuerzas armadas de varios países a la que convocó para tratar el tema en Buenos Aires. En fin, que las declaraciones de Pampurro fueron inoportunas es cierto, pero reflejan lo que piensa uno de los principales jugadores internacionales de un partido con final impredecible.
Eso sí, hay otros protagonistas en el juego. Uno de los cuales cuenta con un respaldo ciudadano que no ha bajado del 60% en todos estos meses (el segundo más alto de Latinoamérica) y que ha demostrado una destreza impensada en la arena política: Si Carlos Mesa logró reflotar el tema marítimo en un esfuerzo por unir al resquebrajado tejido social boliviano, no es improbable que logre sortear con éxito la era de definiciones históricas en las que se encuentra su país.
Mesa está consciente de que el principal actor internacional en Bolivia, el gobierno de EE.UU., lo quiere en el cargo, como lo demuestra que el secretario adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental, Roger Noriega, afirmara hace unos días que su administración considera ?que es decisivo que el presidente Mesa complete su mandato constitucional" y que Washington asumirá el compromiso de trabajar con el gobierno altiplánico.
Y las de Noriega no fueron palabras improvisadas como las de Pampurro.
Lo que está claro es que ?la situación de precario equilibrio sociopolítico que vive ese país desde el 2000 ha entrado en una fase de definiciones?, como afirma Naciones Unidas; definiciones que se dan en un contexto económico boliviano bastante más favorable que en períodos pasados (en abril del 2004 el FMI revisó su pronóstico de crecimiento para Bolivia de 2,9% a 3,6%); y si bien el déficit fiscal es preocupante, el crecimiento positivo del 2003 (2,45% del PIB), asociado a un entorno internacional favorable, parecerían augurar mejor destino para los bolivianos.
¿Qué pasó en Ayo Ayo y Santa Cruz?
A finales del siglo XIX una treintena de soldados que se reponían del cansancio y de sus heridas en la Iglesia boliviana de Ayo Ayo, fueron martirizados hasta la muerte por una turba indígena. Fue el episodio más sangriento de la Guerra Federal de 1899, la misma que permitiría a La Paz convertirse en sede de gobierno.
No es extraño entonces que más de un siglo después, un oscuro hecho policial (el secuestro, tortura e incineración del alcalde), haya sido protagonizado por esa misma comunidad, o que sus habitantes renieguen de las instituciones estatales.
El asesinato de Ayo Ayo parecería más la constatación de que los problemas más importantes de la nación altiplánica siguen irresueltos (exclusión social y cuestión indígena, entre otros), antes que el anuncio del fin del Estado boliviano o el anuncio de una etapa insurreccional.
Otro acontecimiento que algunos identificaron como el preludio de la desintegración ha sido el pedido de autonomía que han hecho los sectores cívicos cruceños y que quieren validar en otro referéndum.
Si bien por impedimentos legales es dudoso que el referéndum se realice en diciembre como quieren los cívicos, impulsadas por un exitoso desempeño económico y por el fantasma del gas, las pulsiones regionales volvieron a despertarse en una de las manifestaciones más multitudinarias de los últimos años.
Estado fallido
No debe haber sociedad que discuta con tanta pasión sobre su inviabilidad como la boliviana; ni lugar donde se hagan tantos análisis políticos en detrimento de los proyectos económicos, o donde el trotskismo tenga tantos fanáticos y seguidores. Las fuerzas centrípetas bolivianas siempre estuvieron presentes a lo largo de su historia. Se trata de un país construido sobre otras nacionalidades (la quechua, aymará y guaraní, entre otras) y que no ha resuelto ni su problema étnico ni su problema estatal. Por eso es más cierto afirmar que se trata de un Estado fallido antes que un país en vías de extinción.
En uno de los informes que dirige Fernando Calderón ?asesor para América Latina del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo? se plantea que el punto focal de la coyuntura en Bolivia es la agenda hidrocarburífera que genera cuatro escenarios posibles: ?El escenario oficialista que supone una negociación satisfactoria en torno a la propuesta presidencial, que desbloquea el conflicto y genera espacio político. El escenario opositor que supone, en cambio, un conflicto abierto entre gobierno y actores sociales y un posible desenlace caótico. El escenario oficialista autoritario, que supone la imposición de la agenda presidencial sin negociación. Finalmente, el escenario opositor negociado que supone una negociación para adelantar las elecciones?.
Los escenarios más probables, según el PNUD son el primero y el último, los cuales están asociados a la aprobación de una nueva Ley de Hidrocarburos y al éxito del referéndum, lo que daría margen de maniobra política a Carlos Mesa para lo que le resta de su mandato (agosto de 2007) o, por lo menos, hasta la futura Asamblea Constituyente, una de las promesas más caras y difíciles de cumplir del gobernante.
El verdadero desafío para Bolivia entonces estará en esa Constituyente donde se dirimirá desde el planteamiento de autonomía de los cruceños, hasta el tipo de Estado que quieren los pobladores de Ayo Ayo, o la nacionalización de la propiedad privada que buscan los partidarios de Evo Morales.
Por el momento Bolivia está lejos de desaparecer o de ?libanizarse? como dijo el ministro argentino, lo cual no desmerece la importancia de Bolivia para la Casa Rosada, sobre todo porque EE.UU. le ha encomendado la tarea de atender la problemática boliviana, según informaron La Nación y Clarín luego de la reunión entre los gobiernos argentino y norteamericano en Monterrey, en enero pasado.
De ahí surgió el planteamiento argentino del ?Corredor marítimo por la paz?, o la reunión de comandantes de las fuerzas armadas de varios países a la que convocó para tratar el tema en Buenos Aires. En fin, que las declaraciones de Pampurro fueron inoportunas es cierto, pero reflejan lo que piensa uno de los principales jugadores internacionales de un partido con final impredecible.
Eso sí, hay otros protagonistas en el juego. Uno de los cuales cuenta con un respaldo ciudadano que no ha bajado del 60% en todos estos meses (el segundo más alto de Latinoamérica) y que ha demostrado una destreza impensada en la arena política: Si Carlos Mesa logró reflotar el tema marítimo en un esfuerzo por unir al resquebrajado tejido social boliviano, no es improbable que logre sortear con éxito la era de definiciones históricas en las que se encuentra su país.
Mesa está consciente de que el principal actor internacional en Bolivia, el gobierno de EE.UU., lo quiere en el cargo, como lo demuestra que el secretario adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental, Roger Noriega, afirmara hace unos días que su administración considera ?que es decisivo que el presidente Mesa complete su mandato constitucional" y que Washington asumirá el compromiso de trabajar con el gobierno altiplánico.
Y las de Noriega no fueron palabras improvisadas como las de Pampurro.
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