El referéndum revocatorio no resolverá nada.
Apenas la ratificación de las heridas y problemas que dividen Bolivia... O nuestra particular (e infinita) capacidad para postergar la resolución de los problemas siempre con un más imaginativo volador de luces, o una apuesta mayor en la ruleta en la que se ha convertido la política boliviana.
El referéndum revocatorio fue inicialmente esgrimido por el propio gobierno en noviembre pasado para "redefinir la correlación de fuerzas", pero las encuestas hicieron que diera marcha atrás y se olvidara de la idea. A fin de cuentas todo iba a quedar igual, sólo que con mayor legitimidad para los Prefectos.
El hecho de que ahora sea la oposición quien lo plantee, obedece a la misma lógica: hay quienes consideran que pueden lograr la revocatoria del mandato de Evo Morales, obnubilados como están en la victoria del domingo pasado... con más adrenalina que sensatez y olvidándose que Bolivia es ancha y ajena.
Esperan reproducir la derrota que le infringió la oposición a Hugo Chávez en el referéndum venezolano de diciembre pasado y que le impidió la reelección. ¿Quién sabe? Es difícil hacer pronósticos. Lo concreto es que ni la pregunta es la misma ni los procesos boliviano y venezolano pueden ser comparados.
El gobierno no esperaba que después de perder la iniciativa política en las últimas semanas, la situación continuara igual luego del referéndum autonómico. Se equivocó. Apenas es reactivo ante hechos políticos ya consumados. Ese es el principal golpe que le dio Santa Cruz, como lo demuestra la pelea que tuvo con la Iglesia Católica porque el Cardenal fue a votar (¿cómo pueden ser tan infantiles?).
Por eso era tan difícil para el oficialismo hacer lo que era más sensato: decir que el referéndum no resuelve nada y que sólo será un derroche de recursos sin sentido. Pero puestos a ver quién es el más macho...
Unos enceguecidos por la victoria del domingo, pensando que lo ocurrido en Santa Cruz es lo que ocurre en todo el país... Otros incapaces de reconocer que algo ha cambiado a raíz de lo ocurrido ese día...
En fin, que estamos (y disculpen la expresión) entre el moco y la baba.
Mostrando las entradas con la etiqueta Santa Cruz. Mostrar todas las entradas
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Referéndum revocatorio III
El referéndum revocatorio no resolverá nada.
Apenas la ratificación de las heridas y problemas que dividen Bolivia... O nuestra particular (e infinita) capacidad para postergar la resolución de los problemas siempre con un más imaginativo volador de luces, o una apuesta mayor en la ruleta en la que se ha convertido la política boliviana.
El referéndum revocatorio fue inicialmente esgrimido por el propio gobierno en noviembre pasado para "redefinir la correlación de fuerzas", pero las encuestas hicieron que diera marcha atrás y se olvidara de la idea. A fin de cuentas todo iba a quedar igual, sólo que con mayor legitimidad para los Prefectos.
El hecho de que ahora sea la oposición quien lo plantee, obedece a la misma lógica: hay quienes consideran que pueden lograr la revocatoria del mandato de Evo Morales, obnubilados como están en la victoria del domingo pasado... con más adrenalina que sensatez y olvidándose que Bolivia es ancha y ajena.
Esperan reproducir la derrota que le infringió la oposición a Hugo Chávez en el referéndum venezolano de diciembre pasado y que le impidió la reelección. ¿Quién sabe? Es difícil hacer pronósticos. Lo concreto es que ni la pregunta es la misma ni los procesos boliviano y venezolano pueden ser comparados.
El gobierno no esperaba que después de perder la iniciativa política en las últimas semanas, la situación continuara igual luego del referéndum autonómico. Se equivocó. Apenas es reactivo ante hechos políticos ya consumados. Ese es el principal golpe que le dio Santa Cruz, como lo demuestra la pelea que tuvo con la Iglesia Católica porque el Cardenal fue a votar (¿cómo pueden ser tan infantiles?).
Por eso era tan difícil para el oficialismo hacer lo que era más sensato: decir que el referéndum no resuelve nada y que sólo será un derroche de recursos sin sentido. Pero puestos a ver quién es el más macho...
Unos enceguecidos por la victoria del domingo, pensando que lo ocurrido en Santa Cruz es lo que ocurre en todo el país... Otros incapaces de reconocer que algo ha cambiado a raíz de lo ocurrido ese día...
En fin, que estamos (y disculpen la expresión) entre el moco y la baba.
Apenas la ratificación de las heridas y problemas que dividen Bolivia... O nuestra particular (e infinita) capacidad para postergar la resolución de los problemas siempre con un más imaginativo volador de luces, o una apuesta mayor en la ruleta en la que se ha convertido la política boliviana.
El referéndum revocatorio fue inicialmente esgrimido por el propio gobierno en noviembre pasado para "redefinir la correlación de fuerzas", pero las encuestas hicieron que diera marcha atrás y se olvidara de la idea. A fin de cuentas todo iba a quedar igual, sólo que con mayor legitimidad para los Prefectos.
El hecho de que ahora sea la oposición quien lo plantee, obedece a la misma lógica: hay quienes consideran que pueden lograr la revocatoria del mandato de Evo Morales, obnubilados como están en la victoria del domingo pasado... con más adrenalina que sensatez y olvidándose que Bolivia es ancha y ajena.
Esperan reproducir la derrota que le infringió la oposición a Hugo Chávez en el referéndum venezolano de diciembre pasado y que le impidió la reelección. ¿Quién sabe? Es difícil hacer pronósticos. Lo concreto es que ni la pregunta es la misma ni los procesos boliviano y venezolano pueden ser comparados.
El gobierno no esperaba que después de perder la iniciativa política en las últimas semanas, la situación continuara igual luego del referéndum autonómico. Se equivocó. Apenas es reactivo ante hechos políticos ya consumados. Ese es el principal golpe que le dio Santa Cruz, como lo demuestra la pelea que tuvo con la Iglesia Católica porque el Cardenal fue a votar (¿cómo pueden ser tan infantiles?).
Por eso era tan difícil para el oficialismo hacer lo que era más sensato: decir que el referéndum no resuelve nada y que sólo será un derroche de recursos sin sentido. Pero puestos a ver quién es el más macho...
Unos enceguecidos por la victoria del domingo, pensando que lo ocurrido en Santa Cruz es lo que ocurre en todo el país... Otros incapaces de reconocer que algo ha cambiado a raíz de lo ocurrido ese día...
En fin, que estamos (y disculpen la expresión) entre el moco y la baba.
El referendo cruceño y el costo de frenar a Evo
Por Fernando Molina, especial para Infolatam
Alrededor del 85 por ciento de los cruceños (según datos extraoficiales) acaba de aprobar un Estatuto Autonómico que, en teoría, les permitirá darse un completo auto-gobierno, sólo subordinado al Estado nacional en materia de defensa, moneda y relaciones exteriores. Si se aplicara plenamente, este Estatuto pondría a Santa Cruz en una situación similar a la del País Vasco dentro de España, incluso en cuanto al tratamiento de los impuestos nacionales como tributos locales de los cuales coparticipa el gobierno nacional.
Sin embargo, los efectos prácticos de esta abrumadora votación, que por otra parte todo el mundo esperaba, seguramente serán escasos, por lo menos en el terreno administrativo. El referendo se efectuó sin un claro respaldo legal y sin la aquiescencia de las autoridades nacionales, que durante varias semanas dudaron entre reprimirlo o, como sucedió al final, permitir su realización y desconocer sus resultados. Para el presidente Evo Morales y buena parte de los bolivianos del occidente del país, las atribuciones que pretende darse Santa Cruz son desmedidas e inaceptables. Por eso los seguidores de Morales en la capital de este Departamento y en la casi colindante Montero, así como en los pueblos de Yapacaní y San Julián –mayoritariamente habitados por inmigrantes del oeste– organizaron protestas e impidieron la votación en el cuatro por ciento de la mesas de sufragio, según la Corte Departamental Electoral. Por otra parte, resulta difícil que las autoridades cruceñas puedan usar las facultades que les concede el Estatuto aprobado, ya que la mayoría de las instituciones de gobierno que deberían comenzar a manejar, comenzando con el Servicio de Impuestos, tienen un carácter nacional. Desgajar la parte cruceña de estas instituciones requerirá de tiempo, de fondos y de la colaboración de La Paz, por lo que no es probable a corto plazo. Más factible resulta que, de aquí en adelante, los cruceños se aboquen a elegir la Asamblea Departamental que, según el Estatuto, debe funcionar como organismo legislativo. También se espera que en las próximas semanas otros tres departamentos efectúen sus propios referendos autonómicos –también rechazados por el gobierno–, aunque poniendo en consideración en ellos estatutos más moderados que los de Santa Cruz.
De este modo Bolivia, una vez más, gasta una gran cantidad de energías y de recursos –que por supuesto no tiene– en movilizaciones simbólicas, en demostraciones de fuerza, en complicadas y onerosas movidas ajedrecísticas dentro de una lucha que ya dura ocho años por evitar que se produzca una nueva revolución populista en el país (que ya ha vivido varias y sin embargo, o más bien por eso mismo, es el más pobre de Sudamérica). La lucha autonomista que encabeza Santa Cruz es el medio de la oposición para detener o por lo menos desviar el ímpetu redistribuidor y revanchista del gobierno de Evo Morales, que desde La Paz pretende construir un Estado justiciero y a la vez autoritario, a imitación del que gobierna Hugo Chávez en Venezuela. Hace menos de una semana, este proceso dio un nuevo fruto: la nacionalización “a la mala” de cuatro empresas petroleras y la principal compañía telefónica, acción que retiró la palabra empeñada por el Estado boliviano con compañías españolas, inglesas, norteamericanas, alemanas e italianas.
Sin embargo, el medio elegido por la oposición, aunque hasta ahora bastante eficiente, es peligroso porque alienta pasiones regionales que siempre han tensionado a Bolivia y que aquí no existe ningún Estado fuerte capaz de atenuar. La resistencia regional está frenando a Evo Morales, sí, pero al costo de –también ella– relativizar las leyes, debilitar las instituciones y despertar demonios (como el odio contra La Paz y contra los indígenas) cuya existencia explica buena parte de la historia de fracasos y de pobreza de Bolivia.
Alrededor del 85 por ciento de los cruceños (según datos extraoficiales) acaba de aprobar un Estatuto Autonómico que, en teoría, les permitirá darse un completo auto-gobierno, sólo subordinado al Estado nacional en materia de defensa, moneda y relaciones exteriores. Si se aplicara plenamente, este Estatuto pondría a Santa Cruz en una situación similar a la del País Vasco dentro de España, incluso en cuanto al tratamiento de los impuestos nacionales como tributos locales de los cuales coparticipa el gobierno nacional.
Sin embargo, los efectos prácticos de esta abrumadora votación, que por otra parte todo el mundo esperaba, seguramente serán escasos, por lo menos en el terreno administrativo. El referendo se efectuó sin un claro respaldo legal y sin la aquiescencia de las autoridades nacionales, que durante varias semanas dudaron entre reprimirlo o, como sucedió al final, permitir su realización y desconocer sus resultados. Para el presidente Evo Morales y buena parte de los bolivianos del occidente del país, las atribuciones que pretende darse Santa Cruz son desmedidas e inaceptables. Por eso los seguidores de Morales en la capital de este Departamento y en la casi colindante Montero, así como en los pueblos de Yapacaní y San Julián –mayoritariamente habitados por inmigrantes del oeste– organizaron protestas e impidieron la votación en el cuatro por ciento de la mesas de sufragio, según la Corte Departamental Electoral. Por otra parte, resulta difícil que las autoridades cruceñas puedan usar las facultades que les concede el Estatuto aprobado, ya que la mayoría de las instituciones de gobierno que deberían comenzar a manejar, comenzando con el Servicio de Impuestos, tienen un carácter nacional. Desgajar la parte cruceña de estas instituciones requerirá de tiempo, de fondos y de la colaboración de La Paz, por lo que no es probable a corto plazo. Más factible resulta que, de aquí en adelante, los cruceños se aboquen a elegir la Asamblea Departamental que, según el Estatuto, debe funcionar como organismo legislativo. También se espera que en las próximas semanas otros tres departamentos efectúen sus propios referendos autonómicos –también rechazados por el gobierno–, aunque poniendo en consideración en ellos estatutos más moderados que los de Santa Cruz.
De este modo Bolivia, una vez más, gasta una gran cantidad de energías y de recursos –que por supuesto no tiene– en movilizaciones simbólicas, en demostraciones de fuerza, en complicadas y onerosas movidas ajedrecísticas dentro de una lucha que ya dura ocho años por evitar que se produzca una nueva revolución populista en el país (que ya ha vivido varias y sin embargo, o más bien por eso mismo, es el más pobre de Sudamérica). La lucha autonomista que encabeza Santa Cruz es el medio de la oposición para detener o por lo menos desviar el ímpetu redistribuidor y revanchista del gobierno de Evo Morales, que desde La Paz pretende construir un Estado justiciero y a la vez autoritario, a imitación del que gobierna Hugo Chávez en Venezuela. Hace menos de una semana, este proceso dio un nuevo fruto: la nacionalización “a la mala” de cuatro empresas petroleras y la principal compañía telefónica, acción que retiró la palabra empeñada por el Estado boliviano con compañías españolas, inglesas, norteamericanas, alemanas e italianas.
Sin embargo, el medio elegido por la oposición, aunque hasta ahora bastante eficiente, es peligroso porque alienta pasiones regionales que siempre han tensionado a Bolivia y que aquí no existe ningún Estado fuerte capaz de atenuar. La resistencia regional está frenando a Evo Morales, sí, pero al costo de –también ella– relativizar las leyes, debilitar las instituciones y despertar demonios (como el odio contra La Paz y contra los indígenas) cuya existencia explica buena parte de la historia de fracasos y de pobreza de Bolivia.
Bolivia: hagan sus apuestas
Bolivia es el paraíso del juego, y los políticos, ludópatas compulsivos. Por eso pocos se sorprenden de que estén prohibidos los casinos o de que ante la perdida de iniciativa oficialista por el referéndum autonómico de Santa Cruz, la reacción fuera escalar el conflicto para retomar la agenda política.
Evo Morales optó por nacionalizar empresas petroleras (sobre lo cual había acuerdos previos porque el negocio alcanza para todos); e intentar nuevamente expropiar ENTEL (lo único que puede considerarse una patada al tablero).
Y la mala costumbre cunde: en los últimos días todos quienes siguen de cerca la política en la región apuestan sobre lo que pasará después de un referéndum que concentra la preocupación máxima de organismos como la OEA que desde hace semanas tratan de encontrar alternativas de diálogo y enfrentan la paradoja de que una de las partes (los movimientos regionales) quiere esperar hasta después del 4 de mayo para negociar con más fuerza, y la otra (el gobierno) quiere hacerlo antes por el mismo motivo.
¿Habrá estado de sitio? ¿Guerra civil, acaso? ¿Balcanización, división? Y, en ese caso, ¿quién se quedará con qué? Los más irresponsables incluso arriesgan el número de muertos que en días más enlutarán Bolivia.
La respuesta que se puede arriesgar a estos interrogantes es no: el lunes la lucha continuará en el campo simbólico (a la boliviana, claro está), con violencia esporádica como hasta ahora, pero sin definición de ningún tipo. Se trata de un proceso de largo aliento en el que se cierra un ciclo del Estado que nació después de la Revolución del ‘52 sin que nadie sepa a ciencia cierta qué vendrá después.
El referéndum del domingo es un momento culminante pero no definitivo: se vota por un estatuto autonómico parecido al español que fue redactado para hacer frente a la Constitución indigenista que el gobierno quiso aprobar y que hoy todos dan por desahuciada; se vota contra las medidas de desgaste económico (prohibición de exportaciones de aceite y recorte de recursos); pero por sobre todo se vota en adhesión o rechazo al gobierno.
Pero no nos engañemos, este proceso ha generado que Santa Cruz, el departamento económicamente más importante, el más rico, el más moderno (pero también el que tiene dirigentes más racistas y reaccionarios), esté a punto de consumar un acto que tendrá consecuencias para el futuro político y administrativo de Bolivia. El clivaje regional —al igual que el indígena que permitió la victoria de Morales hace dos años—, ahonda el empate catastrófico boliviano convirtiéndolo en un problema de seguridad nacional para todos los países de la región, incluido Chile.
El gobierno ha reaccionado con distintas estrategias para frenar al referéndum, conciente que le será adverso numérica y políticamente: la nacionalización es una de ellas, pero también bautizándolo como una “encuesta cara”, lo que significa que lo desconocerá pero permitirá que se lleve a cabo pacíficamente.
Por su parte, los cruceños saben que, una vez aprobado, el estatuto autonómico será poco más que papel en tanto no haya un acuerdo nacional o una Constitución que lo respalde y permita ponerlo en marcha.
Por eso, sea cual sea la correlación de fuerzas que arroje el referéndum del domingo (y los otros tres en preparación en regiones tan importantes como Tarija, donde se encuentra la riqueza gasífera del Chaco), el lunes Bolivia volverá a esa anomalía permanente a la que comienza a acostumbrarse, sin resolver la crisis estatal que la aqueja desde hace ocho años esperando la siguiente apuesta de los jugadores. Claro está, con un crupier cada vez más deteriorado, deprimido y agónico… pero aún entero.
Coordinador Observatorio de Política Regional Chile 21
(Publicado en La Tercera el domingo 4 de mayo de 2008)
Evo Morales optó por nacionalizar empresas petroleras (sobre lo cual había acuerdos previos porque el negocio alcanza para todos); e intentar nuevamente expropiar ENTEL (lo único que puede considerarse una patada al tablero).
Y la mala costumbre cunde: en los últimos días todos quienes siguen de cerca la política en la región apuestan sobre lo que pasará después de un referéndum que concentra la preocupación máxima de organismos como la OEA que desde hace semanas tratan de encontrar alternativas de diálogo y enfrentan la paradoja de que una de las partes (los movimientos regionales) quiere esperar hasta después del 4 de mayo para negociar con más fuerza, y la otra (el gobierno) quiere hacerlo antes por el mismo motivo.
¿Habrá estado de sitio? ¿Guerra civil, acaso? ¿Balcanización, división? Y, en ese caso, ¿quién se quedará con qué? Los más irresponsables incluso arriesgan el número de muertos que en días más enlutarán Bolivia.
La respuesta que se puede arriesgar a estos interrogantes es no: el lunes la lucha continuará en el campo simbólico (a la boliviana, claro está), con violencia esporádica como hasta ahora, pero sin definición de ningún tipo. Se trata de un proceso de largo aliento en el que se cierra un ciclo del Estado que nació después de la Revolución del ‘52 sin que nadie sepa a ciencia cierta qué vendrá después.
El referéndum del domingo es un momento culminante pero no definitivo: se vota por un estatuto autonómico parecido al español que fue redactado para hacer frente a la Constitución indigenista que el gobierno quiso aprobar y que hoy todos dan por desahuciada; se vota contra las medidas de desgaste económico (prohibición de exportaciones de aceite y recorte de recursos); pero por sobre todo se vota en adhesión o rechazo al gobierno.
Pero no nos engañemos, este proceso ha generado que Santa Cruz, el departamento económicamente más importante, el más rico, el más moderno (pero también el que tiene dirigentes más racistas y reaccionarios), esté a punto de consumar un acto que tendrá consecuencias para el futuro político y administrativo de Bolivia. El clivaje regional —al igual que el indígena que permitió la victoria de Morales hace dos años—, ahonda el empate catastrófico boliviano convirtiéndolo en un problema de seguridad nacional para todos los países de la región, incluido Chile.
El gobierno ha reaccionado con distintas estrategias para frenar al referéndum, conciente que le será adverso numérica y políticamente: la nacionalización es una de ellas, pero también bautizándolo como una “encuesta cara”, lo que significa que lo desconocerá pero permitirá que se lleve a cabo pacíficamente.
Por su parte, los cruceños saben que, una vez aprobado, el estatuto autonómico será poco más que papel en tanto no haya un acuerdo nacional o una Constitución que lo respalde y permita ponerlo en marcha.
Por eso, sea cual sea la correlación de fuerzas que arroje el referéndum del domingo (y los otros tres en preparación en regiones tan importantes como Tarija, donde se encuentra la riqueza gasífera del Chaco), el lunes Bolivia volverá a esa anomalía permanente a la que comienza a acostumbrarse, sin resolver la crisis estatal que la aqueja desde hace ocho años esperando la siguiente apuesta de los jugadores. Claro está, con un crupier cada vez más deteriorado, deprimido y agónico… pero aún entero.
Coordinador Observatorio de Política Regional Chile 21
(Publicado en La Tercera el domingo 4 de mayo de 2008)
Huelga de hambre en cuatro departamentos bolivianos
Cuatro departamentos comienzan hoy lunes 3 de diciembre una huelga de hambre en contra de la Constitución Política del Estado aprobada en grande por la Asamblea Constituyente, y contra la Renta Dignidad que disminuye los recursos para las regiones que reciben a través del Impuesto Directo a los Hidrocarburos (IDH).
Otra etapa más en la escalada de confrontación y polarización en la que está enfrascada Bolivia sin solución ni ganadores a la vista.
Adivine quién gana con todo esto.
Otra etapa más en la escalada de confrontación y polarización en la que está enfrascada Bolivia sin solución ni ganadores a la vista.
Adivine quién gana con todo esto.
La cultura rentista
Esta vez no se trata sólo de la satisfacción de un deseo (la autonomía en la cual cifran todas sus esperanzas), ahora las regiones bolivianas se rebela contra la decisión del gobierno central de recortar hasta en un 70% sus ingresos por el impuesto a los hidrocarburos.
Estos recursos se destinarían a pagar una renta vitalicia a los ancianos mayores de 60 años, reemplazando una ya existente creada por el gobierno de Sánchez de Lozada como parte de la capitalización que realizó a finales de la década del ‘90 (la venta del paquete mayoritario de las empresas estatales y el uso de las utilidades del resto de las acciones, propiedad de los bolivianos, para pagar una renta anual de jubilación llamada Bonosol).
Esas utilidades nunca fueron como se esperaban, lo que sumado a la nacionalización de los hidrocarburos, hicieron que el Bonosol se tornara inviable. Para reemplazarlo, el gobierno plantea obtener el dinero recortando los ingresos de las regiones.
Se trata de una medida de corte profundamente social (Sánchez de Lozada vivió muchos años de su popularidad), ¿quién puede oponerse a que los ancianos indigentes reciban 300 dólares al año?, pero la “media luna” argumenta que se trata de una política que sólo busca saldar cuentas con los opositores.
Estos recursos se destinarían a pagar una renta vitalicia a los ancianos mayores de 60 años, reemplazando una ya existente creada por el gobierno de Sánchez de Lozada como parte de la capitalización que realizó a finales de la década del ‘90 (la venta del paquete mayoritario de las empresas estatales y el uso de las utilidades del resto de las acciones, propiedad de los bolivianos, para pagar una renta anual de jubilación llamada Bonosol).
Esas utilidades nunca fueron como se esperaban, lo que sumado a la nacionalización de los hidrocarburos, hicieron que el Bonosol se tornara inviable. Para reemplazarlo, el gobierno plantea obtener el dinero recortando los ingresos de las regiones.
Se trata de una medida de corte profundamente social (Sánchez de Lozada vivió muchos años de su popularidad), ¿quién puede oponerse a que los ancianos indigentes reciban 300 dólares al año?, pero la “media luna” argumenta que se trata de una política que sólo busca saldar cuentas con los opositores.
Al margen de este episodio, la lucha por repartir la riqueza ya existente (y no por crear una nueva), tiene larga data. Por los ciclos de extracción de materias primas que tuvo en su historia, Bolivia creó un paradigma colectivo que suele llamarse “rentista”. El MAS tiene a la redistribución como eje de su propuesta política y fue exitosa en tanto la cultura rentista de la elite política anterior era profundamente excluyente.
Ahora bien, a diferencia de antaño, el eje La Paz–Oruro–Potosí (alrededor del cual se instauró esta cultura), basado en la minería y mirando al Pacífico, ha perdido importancia y ha sido desplazado por un eje agrícola y otro gasífero en el oriente y sur bolivianos, que tienen sus ojos puestos en el Atlántico. Actualmente ambos son responsables del 70% de las exportaciones totales del país.
Evitar que esta situación se consolide y haga irrelevante políticamente a la región andina fue una de las apuestas de Evo Morales desde un inicio, por eso es ingenuo atribuir sólo a errores políticos su oposición a la descentralización y a las autonomías.
¿Llegó el momento de ahogar económicamente a la “media luna”? ¿El horno está para esos bollos? Un nuevo liderazgo y un desarrollo económico distinto plantean dos formas de ver el futuro de Bolivia, y esas agendas provocan acciones en una escalada de difícil pronóstico.
Hace unos días el ejército hizo una operación comando para “tomar” el aeropuerto de Santa Cruz, lo que fue duramente resistido en esa ciudad, por lo que Morales tuvo que dar un paso al costado, pero este nuevo enfrentamiento por los recursos de los hidrocarburos promete ser aún más duro.
Ahora bien, sería una lectura muy simple pensar que todo se reduce a la lucha entre una región occidental arcaica e indígena y una región oriental moderna y dinámica. Desde el punto de vista económico es probable que el eje se haya desplazado, pero políticamente los dirigentes cívicos que encabezan la “media luna” —ante la ausencia de liderazgos políticos—, son tan retrógrados como integristas algunos miembros del gobierno.
Los movimientos cívicos, sin legitimidad popular y con visiones profundamente racistas y balcanizadoras, suscitan temores transversales y fundados en el resto del país. Para muchos de ellos, Morales es un “indio ignorante” incapaz de gobernar. Lamentablemente en sus regiones nadie sale al frente de ese discurso por temor a ser tildado de progubernamental, lo cual impide que el liderazgo económico se traduzca en un liderazgo político que responda a los problemas nacionales.
Puesto así, el panorama no parecería llevar a ningún desempate, por tanto, unos y otros prometen seguir mirándose a sí mismos, quizá negociando para que no haya enfrentamientos violentos (la última línea que nadie quiere cruzar); farreándose los recursos del boom económico que, de declinar, ocasionará que comiencen a replantearse nuevamente cómo repartir una renta cada vez más pequeña entre cada vez más comensales.
Ahora bien, a diferencia de antaño, el eje La Paz–Oruro–Potosí (alrededor del cual se instauró esta cultura), basado en la minería y mirando al Pacífico, ha perdido importancia y ha sido desplazado por un eje agrícola y otro gasífero en el oriente y sur bolivianos, que tienen sus ojos puestos en el Atlántico. Actualmente ambos son responsables del 70% de las exportaciones totales del país.
Evitar que esta situación se consolide y haga irrelevante políticamente a la región andina fue una de las apuestas de Evo Morales desde un inicio, por eso es ingenuo atribuir sólo a errores políticos su oposición a la descentralización y a las autonomías.
¿Llegó el momento de ahogar económicamente a la “media luna”? ¿El horno está para esos bollos? Un nuevo liderazgo y un desarrollo económico distinto plantean dos formas de ver el futuro de Bolivia, y esas agendas provocan acciones en una escalada de difícil pronóstico.
Hace unos días el ejército hizo una operación comando para “tomar” el aeropuerto de Santa Cruz, lo que fue duramente resistido en esa ciudad, por lo que Morales tuvo que dar un paso al costado, pero este nuevo enfrentamiento por los recursos de los hidrocarburos promete ser aún más duro.
Ahora bien, sería una lectura muy simple pensar que todo se reduce a la lucha entre una región occidental arcaica e indígena y una región oriental moderna y dinámica. Desde el punto de vista económico es probable que el eje se haya desplazado, pero políticamente los dirigentes cívicos que encabezan la “media luna” —ante la ausencia de liderazgos políticos—, son tan retrógrados como integristas algunos miembros del gobierno.
Los movimientos cívicos, sin legitimidad popular y con visiones profundamente racistas y balcanizadoras, suscitan temores transversales y fundados en el resto del país. Para muchos de ellos, Morales es un “indio ignorante” incapaz de gobernar. Lamentablemente en sus regiones nadie sale al frente de ese discurso por temor a ser tildado de progubernamental, lo cual impide que el liderazgo económico se traduzca en un liderazgo político que responda a los problemas nacionales.
Puesto así, el panorama no parecería llevar a ningún desempate, por tanto, unos y otros prometen seguir mirándose a sí mismos, quizá negociando para que no haya enfrentamientos violentos (la última línea que nadie quiere cruzar); farreándose los recursos del boom económico que, de declinar, ocasionará que comiencen a replantearse nuevamente cómo repartir una renta cada vez más pequeña entre cada vez más comensales.
Evo: ¿Ronaldinho o Zidane?
Podría decirse de los resultados electorales en Bolivia, que Evo Morales demostró tener una sólida y envidiable caja de ahorros pero que este mes sobregiró su cuenta corriente. Ganó bien y sigue acumulando poder, pero se equivocó al creer que la autonomía regional no era una reivindicación sentida y anhelada por la mitad de los bolivianos.
También, por supuesto, demuestra otro rasgo de sabiduría popular: no se deben firmar cheques en blanco. Eso graficaron los electores cuando cruzaron su voto y apoyaron al gobierno en la mayor parte de las cosas pero no en ésta.
El apabullante voto favor de las autonomías -pese a la campaña del gobierno- en cuatro de nueve departamentos, es señal de que se asumió la descentralización como pérdida de poder para el gobierno central y como forma de democratización y apertura de la sociedad.
Por eso, el plebiscito realizado por exigencia de Santa Cruz, que presentó decenas de miles de firmas para aprobarlo meses atrás, expresa vitalidad republicana, al igual que la Asamblea Constituyente, la que el propio Morales impulsó mucho antes de ser Presidente. El problema está en creer que ambos instrumentos de participación ciudadana (reales y no retóricos) y sus resultados, son antitéticos, o que uno reemplaza al otro.
En ese sentido, Morales tiene una oportunidad histórica: reconocer, aunque no le guste, la demanda autonómica (aprendiendo del modelo español, por ejemplo), y al mismo tiempo aprovechar su mayoría en la Asamblea Constituyente para profundizar la participación en otras áreas de la vida pública a través del pacto, el diálogo y el consenso... o impulsar una en desmedro de la otra, buscando algún resquicio legal para mantener el centralismo e imponer su concepción del mundo pugnando por mantener la hegemonía, que genera y mantiene el poder pero resiente las instituciones.
En ese caso, se olvidaría que democracia también es permitir que cada uno decida sobre sí mismo, sea en su región, en su ciudad o en su vida. En eso consiste. Más que en creer que el Estado central, por más buenas intenciones que tenga, resolverá nuestros problemas.
Morales está ante un disyuntiva histórica, ser el líder que transformó a Bolivia y permitió el desarrollo desde la periferia (nada menos que él, quien proviene de los márgenes no sólo regionales sino sociales y étnicos), o el líder de un gobierno populista que simplemente buscó eternizarse en el poder y del que la historia se acordará como otro esfuerzo fracasado de las mayorías nacionales bolivianas, tan desprotegidas y abandonadas.
Para no ser tan solemnes y utilizar un metáfora futbolística, ser como Ronaldiho para las brasileños de quien esperaban tanto y dio tan poco, o como Zidane para los franceses a quien nadie venía venir pero que de pronto apareció y sorprendió a todos.
También, por supuesto, demuestra otro rasgo de sabiduría popular: no se deben firmar cheques en blanco. Eso graficaron los electores cuando cruzaron su voto y apoyaron al gobierno en la mayor parte de las cosas pero no en ésta.
El apabullante voto favor de las autonomías -pese a la campaña del gobierno- en cuatro de nueve departamentos, es señal de que se asumió la descentralización como pérdida de poder para el gobierno central y como forma de democratización y apertura de la sociedad.
Por eso, el plebiscito realizado por exigencia de Santa Cruz, que presentó decenas de miles de firmas para aprobarlo meses atrás, expresa vitalidad republicana, al igual que la Asamblea Constituyente, la que el propio Morales impulsó mucho antes de ser Presidente. El problema está en creer que ambos instrumentos de participación ciudadana (reales y no retóricos) y sus resultados, son antitéticos, o que uno reemplaza al otro.
En ese sentido, Morales tiene una oportunidad histórica: reconocer, aunque no le guste, la demanda autonómica (aprendiendo del modelo español, por ejemplo), y al mismo tiempo aprovechar su mayoría en la Asamblea Constituyente para profundizar la participación en otras áreas de la vida pública a través del pacto, el diálogo y el consenso... o impulsar una en desmedro de la otra, buscando algún resquicio legal para mantener el centralismo e imponer su concepción del mundo pugnando por mantener la hegemonía, que genera y mantiene el poder pero resiente las instituciones.
En ese caso, se olvidaría que democracia también es permitir que cada uno decida sobre sí mismo, sea en su región, en su ciudad o en su vida. En eso consiste. Más que en creer que el Estado central, por más buenas intenciones que tenga, resolverá nuestros problemas.
Morales está ante un disyuntiva histórica, ser el líder que transformó a Bolivia y permitió el desarrollo desde la periferia (nada menos que él, quien proviene de los márgenes no sólo regionales sino sociales y étnicos), o el líder de un gobierno populista que simplemente buscó eternizarse en el poder y del que la historia se acordará como otro esfuerzo fracasado de las mayorías nacionales bolivianas, tan desprotegidas y abandonadas.
Para no ser tan solemnes y utilizar un metáfora futbolística, ser como Ronaldiho para las brasileños de quien esperaban tanto y dio tan poco, o como Zidane para los franceses a quien nadie venía venir pero que de pronto apareció y sorprendió a todos.
La agridulce victoria de Evo Morales
Las elecciones para elegir constituyentes en Bolivia dieron más de una sorpresa.
Si bien el oficialismo mantuvo la votación que había logrado en las presidenciales pasadas y la oposición continúa fragmentada, a diferencia de diciembre de 2005, las expectativas de Morales eran mucho mayores al resultado que finalmente obtuvo; si el MAS esperaba dos tercios de los votos, ayer "apenas" laogró algo más del 50%.
Lo que podría haber sido un plebiscito para confirmar la popularidad de Morales y para ratificar el respaldo a sus políticas, se enfrentó, por culpa del exceso de confianza y de la sensación de que su poder es inagotable y absoluto, a un revés impensado producto de que hace unas semanas tomó una de las decisiones más arriesgadas y quizá más equivocadas de su gestión.
Es que no sólo se votó para elegir constituyentes sino que se realizó un referéndum para aprobar o rechazar las autonomías departamentales, una reivindicación cara a las regiones no occidentales de Bolivia y que representa no sólo a las élites sino que es un anhelo mayoritario de quienes viven en la periferia del país.
Morales equivocadamente identificó esa demanda con las de la oligarquía y, en lugar de apoyarla, como prometió en un principio, o abstenerse como dijo después, decidió oponerse a ella, y hasta amenazó con desconocer el carácter vinculante de la consulta.
Pese a ello, en cuatro de las nueve regiones bolivianas triunfó abrumadoramente la votación por el Sí. Este traspié gubernamental llevó a los voceros de gobierno a hacer malabarismos verbales para justificar que su desazón no era tal.
Estaba claro, sin embargo, que no esperaban un apoyo tan contundente a la autonomía, sobre todo si éste se ha dado en lugares como Santa Cruz y Tarija, dos departamentos claves por su importancia económica y energética.
Si el gobierno antes de la elección incluso amenazó con desconocer los resultados, anoche se cuidaba de decirlo públicamente porque sintió el golpe y sabe que puede jugar con fuego pero no tan cerca del incendio en un país que siempre vive al borde del abismo y que tiene una disputa regional sólo parecida a la que vivió en el siglo XIX y que convirtió a La Paz en capital de la República en desmedro e Sucre.
De tal forma, la Asamblea Constituyente se verá envuelta no sólo en pugnas ideológicas de variados colores, sino en disputas regionales que si uno mira la historia, son más difíciles de resolver y más traumáticas.
La voluntad democrática de los bolivianos que concurrieron a las urnas, desechando la abstención que tanto temían los analistas, y el cruce de su voto (muchos apoyaron al gobierno en la Constituyente, pero votaron contra él en el referéndum) demuestra su talante democrático, lo que hará más difícil el camino hacia el modelo chavista y plebiscitario de la política en el que está embarcado el régimen.
Es, en resumen, un triunfo de la democracia porque nuevamente en Bolivia llegó la hora de las alianzas y los pactos en busca de los dos tercios de los constituyentes, por ejemplo, para que se apruebe la reelección presidencial que tanto seduce a los asesores del primer mandatario boliviano y a él mismo.
A primera vista parecería que el poder de Morales se vio consolidado apero ayer sufrió más de lo que esperaba y, se sabe, la política es muchas cosas, pero también es cuestión de expectativas.
Si bien el oficialismo mantuvo la votación que había logrado en las presidenciales pasadas y la oposición continúa fragmentada, a diferencia de diciembre de 2005, las expectativas de Morales eran mucho mayores al resultado que finalmente obtuvo; si el MAS esperaba dos tercios de los votos, ayer "apenas" laogró algo más del 50%.
Lo que podría haber sido un plebiscito para confirmar la popularidad de Morales y para ratificar el respaldo a sus políticas, se enfrentó, por culpa del exceso de confianza y de la sensación de que su poder es inagotable y absoluto, a un revés impensado producto de que hace unas semanas tomó una de las decisiones más arriesgadas y quizá más equivocadas de su gestión.
Es que no sólo se votó para elegir constituyentes sino que se realizó un referéndum para aprobar o rechazar las autonomías departamentales, una reivindicación cara a las regiones no occidentales de Bolivia y que representa no sólo a las élites sino que es un anhelo mayoritario de quienes viven en la periferia del país.
Morales equivocadamente identificó esa demanda con las de la oligarquía y, en lugar de apoyarla, como prometió en un principio, o abstenerse como dijo después, decidió oponerse a ella, y hasta amenazó con desconocer el carácter vinculante de la consulta.
Pese a ello, en cuatro de las nueve regiones bolivianas triunfó abrumadoramente la votación por el Sí. Este traspié gubernamental llevó a los voceros de gobierno a hacer malabarismos verbales para justificar que su desazón no era tal.
Estaba claro, sin embargo, que no esperaban un apoyo tan contundente a la autonomía, sobre todo si éste se ha dado en lugares como Santa Cruz y Tarija, dos departamentos claves por su importancia económica y energética.
Si el gobierno antes de la elección incluso amenazó con desconocer los resultados, anoche se cuidaba de decirlo públicamente porque sintió el golpe y sabe que puede jugar con fuego pero no tan cerca del incendio en un país que siempre vive al borde del abismo y que tiene una disputa regional sólo parecida a la que vivió en el siglo XIX y que convirtió a La Paz en capital de la República en desmedro e Sucre.
De tal forma, la Asamblea Constituyente se verá envuelta no sólo en pugnas ideológicas de variados colores, sino en disputas regionales que si uno mira la historia, son más difíciles de resolver y más traumáticas.
La voluntad democrática de los bolivianos que concurrieron a las urnas, desechando la abstención que tanto temían los analistas, y el cruce de su voto (muchos apoyaron al gobierno en la Constituyente, pero votaron contra él en el referéndum) demuestra su talante democrático, lo que hará más difícil el camino hacia el modelo chavista y plebiscitario de la política en el que está embarcado el régimen.
Es, en resumen, un triunfo de la democracia porque nuevamente en Bolivia llegó la hora de las alianzas y los pactos en busca de los dos tercios de los constituyentes, por ejemplo, para que se apruebe la reelección presidencial que tanto seduce a los asesores del primer mandatario boliviano y a él mismo.
A primera vista parecería que el poder de Morales se vio consolidado apero ayer sufrió más de lo que esperaba y, se sabe, la política es muchas cosas, pero también es cuestión de expectativas.
Bolivia: ¿Un enfermo terminal?
A las malas noticias que durante los últimos meses ha generado Bolivia se le han agregado declaraciones que convierten la preocupación en alarma: El ministro de Defensa Argentino, José Pampurro, afirmó que el proceso político y social boliviano se estaría ?libanizando?. Aunque las declaraciones no eran oficiales, y fueron desmentidas por el gobierno de Néstor Kirchner, el argentino hacía referencia a las masivas movilizaciones en Santa Cruz en procura de autonomía regional y al asesinato del alcalde de Ayo Ayo.
Lo que está claro es que ?la situación de precario equilibrio sociopolítico que vive ese país desde el 2000 ha entrado en una fase de definiciones?, como afirma Naciones Unidas; definiciones que se dan en un contexto económico boliviano bastante más favorable que en períodos pasados (en abril del 2004 el FMI revisó su pronóstico de crecimiento para Bolivia de 2,9% a 3,6%); y si bien el déficit fiscal es preocupante, el crecimiento positivo del 2003 (2,45% del PIB), asociado a un entorno internacional favorable, parecerían augurar mejor destino para los bolivianos.
¿Qué pasó en Ayo Ayo y Santa Cruz?
A finales del siglo XIX una treintena de soldados que se reponían del cansancio y de sus heridas en la Iglesia boliviana de Ayo Ayo, fueron martirizados hasta la muerte por una turba indígena. Fue el episodio más sangriento de la Guerra Federal de 1899, la misma que permitiría a La Paz convertirse en sede de gobierno.
No es extraño entonces que más de un siglo después, un oscuro hecho policial (el secuestro, tortura e incineración del alcalde), haya sido protagonizado por esa misma comunidad, o que sus habitantes renieguen de las instituciones estatales.
El asesinato de Ayo Ayo parecería más la constatación de que los problemas más importantes de la nación altiplánica siguen irresueltos (exclusión social y cuestión indígena, entre otros), antes que el anuncio del fin del Estado boliviano o el anuncio de una etapa insurreccional.
Otro acontecimiento que algunos identificaron como el preludio de la desintegración ha sido el pedido de autonomía que han hecho los sectores cívicos cruceños y que quieren validar en otro referéndum.
Si bien por impedimentos legales es dudoso que el referéndum se realice en diciembre como quieren los cívicos, impulsadas por un exitoso desempeño económico y por el fantasma del gas, las pulsiones regionales volvieron a despertarse en una de las manifestaciones más multitudinarias de los últimos años.
Estado fallido
No debe haber sociedad que discuta con tanta pasión sobre su inviabilidad como la boliviana; ni lugar donde se hagan tantos análisis políticos en detrimento de los proyectos económicos, o donde el trotskismo tenga tantos fanáticos y seguidores. Las fuerzas centrípetas bolivianas siempre estuvieron presentes a lo largo de su historia. Se trata de un país construido sobre otras nacionalidades (la quechua, aymará y guaraní, entre otras) y que no ha resuelto ni su problema étnico ni su problema estatal. Por eso es más cierto afirmar que se trata de un Estado fallido antes que un país en vías de extinción.
En uno de los informes que dirige Fernando Calderón ?asesor para América Latina del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo? se plantea que el punto focal de la coyuntura en Bolivia es la agenda hidrocarburífera que genera cuatro escenarios posibles: ?El escenario oficialista que supone una negociación satisfactoria en torno a la propuesta presidencial, que desbloquea el conflicto y genera espacio político. El escenario opositor que supone, en cambio, un conflicto abierto entre gobierno y actores sociales y un posible desenlace caótico. El escenario oficialista autoritario, que supone la imposición de la agenda presidencial sin negociación. Finalmente, el escenario opositor negociado que supone una negociación para adelantar las elecciones?.
Los escenarios más probables, según el PNUD son el primero y el último, los cuales están asociados a la aprobación de una nueva Ley de Hidrocarburos y al éxito del referéndum, lo que daría margen de maniobra política a Carlos Mesa para lo que le resta de su mandato (agosto de 2007) o, por lo menos, hasta la futura Asamblea Constituyente, una de las promesas más caras y difíciles de cumplir del gobernante.
El verdadero desafío para Bolivia entonces estará en esa Constituyente donde se dirimirá desde el planteamiento de autonomía de los cruceños, hasta el tipo de Estado que quieren los pobladores de Ayo Ayo, o la nacionalización de la propiedad privada que buscan los partidarios de Evo Morales.
Por el momento Bolivia está lejos de desaparecer o de ?libanizarse? como dijo el ministro argentino, lo cual no desmerece la importancia de Bolivia para la Casa Rosada, sobre todo porque EE.UU. le ha encomendado la tarea de atender la problemática boliviana, según informaron La Nación y Clarín luego de la reunión entre los gobiernos argentino y norteamericano en Monterrey, en enero pasado.
De ahí surgió el planteamiento argentino del ?Corredor marítimo por la paz?, o la reunión de comandantes de las fuerzas armadas de varios países a la que convocó para tratar el tema en Buenos Aires. En fin, que las declaraciones de Pampurro fueron inoportunas es cierto, pero reflejan lo que piensa uno de los principales jugadores internacionales de un partido con final impredecible.
Eso sí, hay otros protagonistas en el juego. Uno de los cuales cuenta con un respaldo ciudadano que no ha bajado del 60% en todos estos meses (el segundo más alto de Latinoamérica) y que ha demostrado una destreza impensada en la arena política: Si Carlos Mesa logró reflotar el tema marítimo en un esfuerzo por unir al resquebrajado tejido social boliviano, no es improbable que logre sortear con éxito la era de definiciones históricas en las que se encuentra su país.
Mesa está consciente de que el principal actor internacional en Bolivia, el gobierno de EE.UU., lo quiere en el cargo, como lo demuestra que el secretario adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental, Roger Noriega, afirmara hace unos días que su administración considera ?que es decisivo que el presidente Mesa complete su mandato constitucional" y que Washington asumirá el compromiso de trabajar con el gobierno altiplánico.
Y las de Noriega no fueron palabras improvisadas como las de Pampurro.
Lo que está claro es que ?la situación de precario equilibrio sociopolítico que vive ese país desde el 2000 ha entrado en una fase de definiciones?, como afirma Naciones Unidas; definiciones que se dan en un contexto económico boliviano bastante más favorable que en períodos pasados (en abril del 2004 el FMI revisó su pronóstico de crecimiento para Bolivia de 2,9% a 3,6%); y si bien el déficit fiscal es preocupante, el crecimiento positivo del 2003 (2,45% del PIB), asociado a un entorno internacional favorable, parecerían augurar mejor destino para los bolivianos.
¿Qué pasó en Ayo Ayo y Santa Cruz?
A finales del siglo XIX una treintena de soldados que se reponían del cansancio y de sus heridas en la Iglesia boliviana de Ayo Ayo, fueron martirizados hasta la muerte por una turba indígena. Fue el episodio más sangriento de la Guerra Federal de 1899, la misma que permitiría a La Paz convertirse en sede de gobierno.
No es extraño entonces que más de un siglo después, un oscuro hecho policial (el secuestro, tortura e incineración del alcalde), haya sido protagonizado por esa misma comunidad, o que sus habitantes renieguen de las instituciones estatales.
El asesinato de Ayo Ayo parecería más la constatación de que los problemas más importantes de la nación altiplánica siguen irresueltos (exclusión social y cuestión indígena, entre otros), antes que el anuncio del fin del Estado boliviano o el anuncio de una etapa insurreccional.
Otro acontecimiento que algunos identificaron como el preludio de la desintegración ha sido el pedido de autonomía que han hecho los sectores cívicos cruceños y que quieren validar en otro referéndum.
Si bien por impedimentos legales es dudoso que el referéndum se realice en diciembre como quieren los cívicos, impulsadas por un exitoso desempeño económico y por el fantasma del gas, las pulsiones regionales volvieron a despertarse en una de las manifestaciones más multitudinarias de los últimos años.
Estado fallido
No debe haber sociedad que discuta con tanta pasión sobre su inviabilidad como la boliviana; ni lugar donde se hagan tantos análisis políticos en detrimento de los proyectos económicos, o donde el trotskismo tenga tantos fanáticos y seguidores. Las fuerzas centrípetas bolivianas siempre estuvieron presentes a lo largo de su historia. Se trata de un país construido sobre otras nacionalidades (la quechua, aymará y guaraní, entre otras) y que no ha resuelto ni su problema étnico ni su problema estatal. Por eso es más cierto afirmar que se trata de un Estado fallido antes que un país en vías de extinción.
En uno de los informes que dirige Fernando Calderón ?asesor para América Latina del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo? se plantea que el punto focal de la coyuntura en Bolivia es la agenda hidrocarburífera que genera cuatro escenarios posibles: ?El escenario oficialista que supone una negociación satisfactoria en torno a la propuesta presidencial, que desbloquea el conflicto y genera espacio político. El escenario opositor que supone, en cambio, un conflicto abierto entre gobierno y actores sociales y un posible desenlace caótico. El escenario oficialista autoritario, que supone la imposición de la agenda presidencial sin negociación. Finalmente, el escenario opositor negociado que supone una negociación para adelantar las elecciones?.
Los escenarios más probables, según el PNUD son el primero y el último, los cuales están asociados a la aprobación de una nueva Ley de Hidrocarburos y al éxito del referéndum, lo que daría margen de maniobra política a Carlos Mesa para lo que le resta de su mandato (agosto de 2007) o, por lo menos, hasta la futura Asamblea Constituyente, una de las promesas más caras y difíciles de cumplir del gobernante.
El verdadero desafío para Bolivia entonces estará en esa Constituyente donde se dirimirá desde el planteamiento de autonomía de los cruceños, hasta el tipo de Estado que quieren los pobladores de Ayo Ayo, o la nacionalización de la propiedad privada que buscan los partidarios de Evo Morales.
Por el momento Bolivia está lejos de desaparecer o de ?libanizarse? como dijo el ministro argentino, lo cual no desmerece la importancia de Bolivia para la Casa Rosada, sobre todo porque EE.UU. le ha encomendado la tarea de atender la problemática boliviana, según informaron La Nación y Clarín luego de la reunión entre los gobiernos argentino y norteamericano en Monterrey, en enero pasado.
De ahí surgió el planteamiento argentino del ?Corredor marítimo por la paz?, o la reunión de comandantes de las fuerzas armadas de varios países a la que convocó para tratar el tema en Buenos Aires. En fin, que las declaraciones de Pampurro fueron inoportunas es cierto, pero reflejan lo que piensa uno de los principales jugadores internacionales de un partido con final impredecible.
Eso sí, hay otros protagonistas en el juego. Uno de los cuales cuenta con un respaldo ciudadano que no ha bajado del 60% en todos estos meses (el segundo más alto de Latinoamérica) y que ha demostrado una destreza impensada en la arena política: Si Carlos Mesa logró reflotar el tema marítimo en un esfuerzo por unir al resquebrajado tejido social boliviano, no es improbable que logre sortear con éxito la era de definiciones históricas en las que se encuentra su país.
Mesa está consciente de que el principal actor internacional en Bolivia, el gobierno de EE.UU., lo quiere en el cargo, como lo demuestra que el secretario adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental, Roger Noriega, afirmara hace unos días que su administración considera ?que es decisivo que el presidente Mesa complete su mandato constitucional" y que Washington asumirá el compromiso de trabajar con el gobierno altiplánico.
Y las de Noriega no fueron palabras improvisadas como las de Pampurro.
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