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Tan lejos, tan cerca

Los colombianos están de moda en estos días, sea por las telenovelas, sea por la política: han hecho la de mayor éxito en los últimos años con remake hasta en EEUU (“Betty la fea”, con una actriz que se llama América, vaya casualidad); y en política tienen un líder que roza el 100% de popularidad, lo que da mucho que pensar sobre las encuestas y sobre la política misma.
El último episodio de la serie es el encontronazo entre el presidente nicaragüense —que aceptó un pedido para reunirse con las FARC—, y el gobierno de Colombia que rechaza esa posibilidad porque considera que sería intromisión interna.
En cualquier caso, las FARC en su desesperación terminal y quizá sin quererlo, están llevando a la tumba a la izquierda continental: desprestigiaron a Rafael Correa sólo por vincularse a él; contribuyeron a que Hugo Chávez vaya cuesta abajo en la rodada; y seguramente pasará algo parecido —está vez en tono de farsa— con Ortega... sólo falta algún boliviano y el cartón está completo. Estar lejos de las FARC hoy es garantía de sobrevivencia, y a la inversa. ¿Es que habrá alguna organización que se haya alejado más de los principios que propugnó en su momento? Para ellos, como para gran parte de los movimientos armados de las últimas décadas en Latinoamérica, el fin justifica los medios.

Pero si esto ocurre en un lado de la balanza, en el otro deberíamos ser igual de cuidadosos. Hoy todos tratan de arrimarse a Alvaro Uribe por sus éxitos; sobran los parabienes y loas sobre el presidente colombiano y sus acciones; se multiplican los reportajes sobre su personalidad y sus razones; los comentaristas ya no encuentran adjetivos y hace rato que olvidaron los sustantivos… todo lo cual suena a desquite: si los dos años anteriores fueron de la izquierda y muchos se cansaron de escuchar hablar sobre Chávez, Morales y compañía, hoy la derecha quiere cobrarse la revancha. Pero en eso hay un problema (no en la revancha que siempre habrá quienes vean la política en blanco y negro) sino en creer que Uribe está en las antípodas de Chávez.
En lo ideológico, sin duda, pero la distancia que tienen es mucho menor de lo que se cree: en el estilo de gobernar (allá, en las calles y con la gente); en la importancia que le asignan a los medios y a las instituciones (la fascinación por el vivo y el directo, el odio a los procesos); sus intentos de reelección y perpetuación en el poder (aún a costa de la Constitución); sus creencia en un destino manifiesto (típico de todo líder mesiánico); y, claro, otra vez ese gustito tan desagradable con el que justifican sus acciones.

Finalmente, ese Uribe al que muchos ven como el mejor cuadro de la derecha continental, el hombre al que algunos colombianos literalmente quieren hacer rey (y que Vargas Llosa consagra como el mayor estadista latinoamericano) ¿negociará con las FARC, permitirá las mediaciones para liberar más secuestrados, les dará una salida como debe hacerse con cualquier adversario, o recrudecerá el embate militar y buscará la destrucción total del enemigo?
Difícil saberlo, uno puedo arriesgar un final para una serie de televisión, pero es imposible entrar en la cabeza de personalidades tan complejas. Pero en este tipo de decisiones se juega mucho más que el futuro de la guerra en Colombia, quizá incluso la forma en que entenderemos la democracia en ese país de aquí en adelante, y hasta el destino del populismo en la región, un riesgo últimamente tan cargado a la izquierda como a la derecha.

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Sergio Molina M. es coordinador del Observatorio de política regional de Chile 21
Publicado en La Tercera el 24 de julio de 2008

Ese aura de invencibilidad

¿Qué habrá ocurrido para que los personajes más rutilantes de la región hayan desaparecido del firmamento mediático o, por lo menos, para que éste se haya nublado y comenzado a serles adverso?
Hugo Chávez que era la estrella de cuanto acontecimiento ocurriera, uno de los pocos actores latinoamericanos a nivel mundial, aquel que se codeaba con los grandes protagonistas de la política internacional (negociaba con Putin, convocaba a Ahmadinejad, abrazaba a Castro), ha disminuido su protagonismo dramáticamente. El otrora acertadísimo político omnipresente, el influyente líder continental hoy se equivoca una vez tras otra como si fuera un principiante en la política.
Evo Morales, uno de los cuadros sociales más lúcidos que han tenido los sectores indígenas en el continente, aupado en los hombros de millones que lo aclamaban y a los que representaba por su asertividad política, hoy se debate en contradicciones no sólo diarias sino horarias, y a una pérdida de autoridad que le impide pisar gran parte de su territorio (lo cual no quita relevancia a otros asuntos de diván como ese en el que un ministro chileno le regala al presidente boliviano “20 Poemas de Amor” y no cualquiera de las otras obras de Neruda, pero ese es otro tema).
Y, finalmente, la Argentina de los Kirchner, aquella que se había levantado de las cenizas milagrosamente se desmorona de nuevo, enfrentadas la “patria soyera” con la “patria peronista”, en un duelo que para sus protagonistas parecería definitivo, y lo definitivo —se sabe— es triste y solitario, pero sobre todo no es político (los héroes de la novela negra pueden ser derrotados, los políticos no).


Se ha escrito mucho sobre la justicia histórica que significaría este declive mediático de izquierda para dar paso a otros líderes antes opacados y que hoy cobran relevancia porque apostaron por una economía sólida, abierta al mundo, de libre mercado, etc., etc. (verbigracia Brasil, Colombia, México, Chile), pero ese análisis está bien para los procesos de largo plazo y para los juicios de la historia, y nosotros apenas escribimos artículos en el periódico.
Quizá la cosa sea más simple y ramplona, y no tenga que ver con lo bien o mal que hagan las cosas esos países (o no solamente); como alguien dijo tan acertadamente alguna vez: “la política es más rasca de lo que parece”.
Luego del plebiscito en el que Chávez fue derrotado; posterior a los referéndums autonómicos en Bolivia en los que Morales perdió; asumida la conciencia machista de que Cristina Fernández es un flanco más débil que el de su esposo; en fin, después de todo eso, parecería que el aura de invencibilidad que rodeaba a estos líderes se vino abajo, y a partir de ahí el despeñadero (dejaron de ser obras de arte, apenas meras reproducciones).
Pasó su “momentum”, un término muy usado en el marketing político que se puede resumir como esa etapa en la que todo le sale bien a uno y mal al oponente. Todos los políticos lo buscan (y que coincida con el día de las elecciones), por supuesto también los presidentes… y quizá los que hemos mencionado lo consigan, ¿quién sabe? A Chávez le toca tener algún acierto, a Morales alguna victoria electoral, a los Kirchner saber que el centro también existe… entonces volveremos a discutir largamente sobre la izquierda continental, sus divisiones y su protagonismo.
Por eso aquéllos que la dan por muerta y enterrada deberían ser más cuidadosos: que algunos líderes de izquierda se hayan desmoronado no quiere decir que sus ideas no tengan adeptos, y en la política pura y dura, lejos del marketing y de la TV, de eso trata.

Coordinador del observatorio de política regional de Chile 21

UNASUR: nacimiento con pronóstico reservado

El viernes pasado sólo los malabarismos diplomáticos brasileños y su peso específico en la región lograron que uno de los fracasos diplomáticos más resonantes de los últimos tiempos se convirtiera en el tibio y prematuro nacimiento de la Unión de Naciones Sudamericanas.
UNASUR es un nuevo organismo de integración política, social, cultural y económica que agrupa a 12 países sudamericanos que tendrá una Secretaría Permanente con sede en Quito, un Consejo de Jefes de Estado y otro de Ministros, y que deberá encontrar su lugar en el mundo entre el MERCOSUR y la CAN, las otras dos instancias subregionales de integración ya conocidas y existentes.
Como para que nadie dude de lo bien que nos va a los latinoamericanos en estos temas, hagamos un recuento de los problemas que tuvieron que sortear los anfitriones en Brasilia para que el papelón no se consumara: Colombia no quiso aceptar la presidencia pro témpore que le correspondía, por sus problemas con Venezuela y Ecuador (por eso la tuvo que asumir Chile, el siguiente país en orden alfabético); el Secretario General de UNASUR —el ex presidente ecuatoriano, Rodrigo Borja— renuncio intempestivamente porque no se hicieron las cosas como él quería; y, finalmente, lo que iba a ser la primera resolución de UNASUR, la idea brasileña de crear un Consejo de Defensa de América del Sur —una especie de OTAN sudamericana—, se vino abajo, nuevamente por la oposición de Colombia, país que hablaba por sí mismo, cierto, pero también por los EE.UU.
Con todos esos traspiés, sólo la fortaleza de Brasil, que busca en esta plataforma retomar el liderazgo continental, y la aquiescencia de la izquierda chavista que bebe los vientos por asuntos como éste, permitieron que naciera algo que se venía abajo irremediablemente.
Se ha escrito mucho sobre las dos almas de América Latina: una según la cual no importa el color del gato sino que éste cace ratones; y aquella para la cual es importante la raza y hasta el color del felino, parafraseando la clásica metáfora de Deng Xiaoping. Esas dos almas chocaron en la fundación de UNASUR, sólo que las buenas maneras de la diplomacia impidieron que el enfrentamiento se haga más explícito. Con la excepción, una vez más, de Colombia. Si algo hay que reconocerle a este país es que no tiene problemas en decir lo que piensan fuerte y claramente y que se ha convertido en una especie de anti-líder indiscutible.
En cualquier caso la unidad latinoamericana nunca estuvo tan lejos ni tampoco tuvo tantos organismos, burocracia, cumbres y reuniones como ahora. Si ya la integración económica está bastante magullada (a pesar de que como nunca la economía continental anda viento en popa), pensar en una de carácter político es excesivo para cualquiera, incluso para las ambiciones imperiales de Brasil o Venezuela.
Que Chile presida una instancia como ésta precisamente ahora es, que duda cabe, paradójico, sea porque algunos querrán ver en ello un premio consuelo al desplazamiento de su liderazgo económico del que tanto se habla sin mayor fundamento, sea porque quienes le reclamaban protagonismo político se dan cuenta que no hay mejor manera de cosechar tempestades.
Pero lo concreto es que UNASUR ha nacido, que Chile tiene la obligación de acompañarla durante sus primeros pasos; que Venezuela enciende cigarros, feliz por el alumbramiento; y que Brasil hará sus mejores esfuerzos para que el niño no se vuelva camello en el camino.


Coordinador Observatorio de Política Regional Chile 21

La hora de la verdad

La escalada llegó a su clímax el lunes pasado: Alvaro Uribe agregaba gasolina al incendio denunciando vínculos de Venezuela y Ecuador con las FARC y de que éstas querían construir bombas de destrucción masiva (¿?), con el peor sentido de la oportunidad del que se tenga memoria; y Ecuador rompía relaciones diplomáticas con Colombia, invocando la columna vertebral del derecho internacional. Entonces se pusieron en tensión todos los mecanismos diplomáticos bilaterales y multilaterales de la región y la atención se concentró sobre la OEA.
Brasil, por supuesto, fue el que más rápido actuó, no sólo por la responsabilidad que tiene debido a su peso específico sino también por las buenas relaciones que mantiene con todos los involucrados. Propuso que ésta sea la instancia de resolución del impasse (guardándose a sí mismo y a otros países para el peor e improbable escenario de que la escalada se profundice) y José Miguel Insulza expresó “su apoyo entusiasta” a la iniciativa.
En resumen, como sostienen los más veteranos diplomáticos de la región, éste es un conflicto hecho a medida para que la OEA muestre su justa dimensión y para saber si sus críticos tienen o no razón (a quienes avalan lo acontecido en el pasado: la guerra de Las Malvinas o la de Centroamérica, por ejemplo, donde ésta brilló por su ausencia).
Así, se puso nuevamente en el tapete uno de los temas que siempre rondan los análisis en situaciones de crisis como éstas: la vigencia de una de las organizaciones regionales más antiguas del mundo, precisamente cuando Latinoamérica se tensiona merced a la ideología y a las fuertes disputas por un liderazgo que cada vez se hace más elusivo y fragmentario.
En este conflicto y en el otro que estallará próximamente (los referéndum convocados en Bolivia en dos meses más), se juega la paz en la región en un caso, y la continuidad del sistema democrático en el otro; pero no sólo eso.
Y aquí no hablamos de la vigencia de la institución, que nadie duda de ella, porque vendrá de capa caída pero ha pasado por crisis más graves en las últimas décadas y, ya se sabe, en el multipolarizado mundo actual son ellas las que deben perdurar; sino, sobre todo acerca de la vara con la que se medirá la gestión de José Miguel Insulza en el futuro.
Si la OEA participa activamente en la resolución del largo y tenso diferendo que se avecina entre Ecuador, Venezuela y Colombia; y además tiene una participación ecuánime y proactiva en Bolivia, estas crisis pueden ser la oportunidad (disculpen el cliché), que Insulza estaba esperando.
Porque, convengamos, hay otro escenario posible, si la OEA se muestra ineficiente, los países más poderosos, a la cabeza de Brasil (y al que ayer se sumó Chile), tendrán que intervenir directamente para aplacar ambos incendios: convocando a un grupo como el de Contadora para Centroamérica en el caso ecuatoriano-colombiano; o interviniendo con Argentina en el caso de Bolivia.
En descargo de Insulza y sus hombres habrá que decir que en los últimos años América Latina se ha convertido en un polvorín, y que quizá la crisis de la OEA no se deba sólo a las personas que la manejan sino a los mecanismos que la sostienen y que se muestran insuficientes para enfrentar los nuevos desafíos regionales. Para poner un ejemplo, la ONU tiene la discutible resolución 1373 de su Consejo de Seguridad sobre las obligaciones de los Estados respecto a los grupos terroristas, pero algo es algo.
Lo cual no es óbice para decir que, cuando la historia se nos pone al frente, los hombres tienen la obligación de aceptar el envite, o por lo menos de intentarlo, aunque fracasen en ello, porque uno los juzga a la larga más por omisión que por acción. Ese es el gigantesco desafío que hoy se enfrenta.

Irán en América Latina: La gira de Ahmadineyad

El presidente iraní, famoso entre otras cosas por negar el Holocausto u oponerse al Estado de Israel, está de visita en Latinoamérica. Esta semana llega a Venezuela y Bolivia y nadie duda de que su presencia ensombrecerá aún más el ya oscuro escenario latinoamericano.
Ahmadineyad no viene a participar de una reunión global como lo hizo en Nueva York, o a manifestar sus convicciones como en la charla que impartió en la Universidad de Columbia (y que habla muy bien de esa institución), sino para establecer vínculos cada vez más estrechos y permanentes con ambos países, que contemplan desde inversiones hasta cooperación en programas energéticos, y gatillan su ingreso en un conflicto mundial del que se habían mantenido al margen.





Actualmente Irán es una de las principales preocupaciones políticas y de seguridad internacional: Francia no dudó hace unas semanas en decir que había que estar preparado para lo peor (la guerra) con ese país, y se han publicado extensos artículos sobre los planes bélicos de EEUU (junto a una crítica detallada de cada uno de ellos, sobre todo porque incluyen todas las opciones posibles, entre ellas la nuclear, pero en los cuales brillan por su ausencia la moderación y el sentido común).
No hay que olvidar, además, que la visita complica el panorama regional porque Irán está fuertemente enfrentado a Argentina por el atentado terrorista contra la AMIA (una asociación judía), que costó la vida a 85 personas en 1994. Ayer nuestros vecinos decidieron llevar el caso ante la ONU, lo cual incrementará una escalada diplomática entre ambos países que ya tuvo perlas como las declaraciones del representante iraní en Buenos Aires quien dijo hace unos días que si ocurre lo que ocurrió “muchos países entenderán que Argentina está a favor de la guerra”.
Por tanto, el flirteo de Venezuela y Bolivia (dos naciones cercanas a la Argentina), con Irán no puede ser entendido sino como parte de una estrategia de expansión y liderazgo continental que está construida sin importar nada más que la oposición a los EEUU.
Y de los dos, Venezuela lejos se lleva la mejor parte, convirtiéndose para países como Bolivia en un "nuevo imperialismo" (o si se quiere en uno alternativo) si nos atenemos a las connotaciones que tuvo el término antaño: dependencia económica, influencia ideológica, en fin, la etapa superior del capitalismo al decir de Lenin, y por tanto su cara más decrépita.
Es que a medida que la influencia de Chávez crece, Bolivia se aleja de los EEUU y aprueba delicias como la imposición de visa a los norteamericanos, incrementa la producción de coca o critica duramente la cooperación de USAID acusándola hasta de conspirar en su contra.
Este clivaje esquizofrénico entre Venezuela y EEUU es el motivo para que este jueves Morales reciba a Ahmadineyad e inicie por primera vez relaciones diplomáticas con una teocracia fundamentalista que tiene antecedentes tan funestos en este lado del mundo.
No es raro, entonces, que los norteamericanos comiencen a preocuparse en serio, tanto, que su embajador en Bolivia pidió a Evo Morales rechazar el programa nuclear iraní, entre otras cosas porque los persas patrocinan el terrorismo. Adivinen cuál fue la respuesta que recibió.

¿A la cama con Chávez o con Bush?



Siempre que se escribe sobre Hugo Chávez existe el peligro en caer en simplificaciones. Hace unos días el New York Times le dedicaba un editorial y lo acusaba de utilizar "retórica orwelliana"; y hace unos años The Economist llegó a afirmar que "muy pocos creen que sea un segundo Fidel Castro". Y esto para hablar sólo de la prensa más seria del mundo.
En 1999 García Márquez escribió sobre sus múltiples personalidades: "Me estremeció la inspiración de que había conversado con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país, Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más".
Esa doble personalidad, cercana a un thriller de Hollywood (o a una novela caribeña), es la que genera desconcierto. En Latinoamérica siempre hubo políticos corruptos, mesiánicos, populistas y de todas las formas y calibres imaginables, pero a lo más se podía asociar un par de adjetivos a uno de ellos; pocas veces fue posible, como ahora, unirlos todos (y muchos más) sin equivocarnos.
Es fácil acusar a Chávez de ser un autócrata vinculado a un gobierno antimoderno como el de Irán; nadie duda de las intenciones que tuvo al silenciar el principal canal opositor ni de que ahora quiere perpetuarse en el poder; pero quedarnos sólo con esa argumentación es reduccionista, al igual que pensar que los casi nueve mil millones de dólares que comprometió para este año a países latinoamericanos es ayuda honesta y desinteresada (o sólo parte de su política de agitación y propaganda).
¿Agradecerán los latinoamericanos un caballo que tiene dientes como las latas de sardina en Pisco, los sobornos al ejército boliviano o los maletines de dólares en Argentina, pero que también ha permitido redefinir el mapa energético sudamericano y financiar obras de infraestructura y hasta economías nacionales?
¿Adherirán a Chávez por esos dólares que aunque pase por el filtro de la corrupción y el despilfarro, llega a regiones donde el Estado brilla por su ausencia, la pobreza es endémica y las instituciones están quebradas?
Difícil responder a estas preguntas. De cualquier forma, todas ellas no hacen más que confirmar que el de Chávez es el más importante liderazgo regional en Latinoamérica, a pesar incluso de Brasil. ¿Entre la promesa de etanol verde para el futuro, y los petrodólares contantes y sonantes del gris presente, hay alternativas?
También sirven para atisbar otras profundidades, Chávez está construyendo un liderazgo cuya identidad y razón de ser surgen a partir de la crítica a su Némesis: George Bush. La política neoconservadora norteamericana no sólo ha fracasado sino que, paradójicamente, ha terminado con la doctrina Monroe, aquella que establecía que la única potencia en el continente era EEUU. El que abandona la región (y no se pone) deja el campo fértil para estas tempestades.
Hace un tiempo que Venezuela subsidia el 50 por ciento del valor de la micro para gente pobre en Londres. Su alcalde, Ken Livingstone, ante las criticas de que una ciudad rica no debería aceptar dinero de un país donde el 40% vive en la indigencia, respondió: "Prefiero irme a la cama con Chávez que con Bush, como lo hace el gobierno británico". Y uno puede imaginar que eso (aunque quizá menos retórico) debe estar pasando por la cabeza de muchos latinoamericanos.

La era de la desconfianza y de la política

Chile era un país más amigo de los latinoamericanos cuando el liberalismo era hegemónico, y hoy es menos amigo cuando se impone otro tipo de discurso en la región



Sergio Molina Monasterios

Existe una leyenda urbana muy generalizada (como cualquiera de ellas) que sostiene que es preferible que hablen mal de ti a que no hablen. Pues bien, no estaría mal desempolvar este tipo de fábulas al ver los resultados de la última encuesta de Latinobarómetro presentada ayer.
El análisis comienza con una frase lapidaria: "América Latina no está en su mejor momento… estamos en una región donde cada vez cada cual está más solo, con menos amigos, indiferente hacia los otros… Donde predomina la desconfianza… que nos aísla y nos dificulta el encuentro con otros".
Lo paradójico es que dentro de Chile parece ocurrir lo mismo, el año pasado en otro sondeo se podía leer que "consultados sobre si predomina la confianza entre los chilenos, un 74% contestaba que no" (Imaginaccion 2006). Por tanto, parecería ser éste uno de los países más en sintonía entre lo que ocurre dentro de sus fronteras y en su percepción de los que están fuera de ellas.
Pero volvamos al tema, según el Latinobarómetro mientras en 1998 Chile estaba entre los siete países más amigos de la región, hoy ya no está en esa lista, sin embargo, lo paradójico es que en la pregunta inversa (el país menos amigo de América Latina) la odiosidad actualmente se la disputan EEUU, Cuba, Venezuela, Argentina y… Chile (ya no hablan bien, pero siguen hablando, diría el de la leyenda).
Datos todos estos con beneficio de inventario porque, según el Latinobarómetro, tanto las amistades como las odiosidades son muy minoritarias.
No es necesario ser muy perceptivo para darse cuenta que en los últimos años hay una variación sustancial en la percepción regional sobre Chile (la que tan bien retrató el New York Times en su momento cuando afirmó que era el niño rico del barrio); o que, para bien o para mal, Chile se consolida en el imaginario latinoamericano aún por sobre su peso específico.
Uno puede arriesgarse a decir que precisamente las referencias en ésta como en otras mediciones tienen una relación absolutamente directa con el éxito económico y el modelo que eligió para alcanzarlo (a diferencia de otros asuntos también exitosos como su estabilidad política). Ésta podría ser la explicación también para una variación tan sustancial en la percepción amigo-enemigo de los últimos ocho años. Esto es, Chile era un país más amigo de los latinoamericanos cuando aún el liberalismo era hegemónico en el cono sur, y hoy es menos amigo cuando se impone otro tipo de relato económico (estatista, populista o como quiera llamárselo).
En cualquier caso, ya no es novedad en buena parte de Latinoamérica hablar de los éxitos económicos de Chile o de los problemas que tiene con sus vecinos, pero si es una rareza escuchar de sus éxitos políticos, quizá el principal activo de Chile en los desconfiados/paranoicos tiempos en los que vivimos. A cualquiera le puede ir bien con las cuentas, ¿pero tener estabilidad política o resolver conflictos vecinales? Corregir este desbalance en la percepción pública latinoamericana quizá sea más importante de lo que se piensa… precisamente para que las cuentas salden bien en el largo plazo, aquél en el que todos estaremos muertos pero no nuestros países.

Carrera (armamentista) a ninguna parte

Probablemente el presidente Evo Morales anuncie en algunas semanas más la compra de aviones de guerra. Por lo menos así informaron a La Tercera altos oficiales de las Fuerzas Armadas bolivianas antes de iniciar un viaje por diversos países del mundo en procura de encontrar la oferta más atractiva.
Los argentinos son más originales, se les ha ocurrido cambiar su doctrina militar por una denominada "La guerra por los recursos" y sólo el 2007 gastarán 100 millones de dólares en el afán. Las Fuerzas Armadas chilenas, gracias al cobre, nunca compraron tantas armas como ahora; y las del Perú se prestarán 650 millones de dólares para rearmar al ejército. Más al norte, en Colombia, Alvaro Uribe gastará cuatro mil millones de dólares en material bélico; mientras que la guinda para esta torta, Venezuela, anunció la próxima llegada de nueve submarinos, miles de fusiles kalashnikov, además de una franquicia de la famosa marca rusa para producirlos y exportarlos. Hugo Chávez, que en los últimos años gastó en armas casi como China, Pakistán e Irán, es sindicado por el Director Nacional de Inteligencia de los EEUU de ser el autor de esta escalada millonaria. Y él se confiesa culpable porque, dice, tiene que defenderse precisamente, de sus acusadores.
Uno no debería ser alarmista, además, todos los países son soberanos para decidir qué y cuándo comprar, pero basta con leer estas noticias para preguntarse por qué los latinoamericanos somos incapaces de cumplir las Metas del Milenio de la ONU, pero sí estamos siempre prestos para gastar en sables y fusiles.
Sobre todo cuando en los últimos años habíamos tenido buenas noticias: el SIPRI, un instituto sueco que informa sobre el comercio de armas, afirmaba que en la última década América Latina había bajado su gasto militar y era la región del mundo que destinaba menor porcentaje de su PIB a la guerra: menos del 1,4% (con excepción de Chile, Perú y Venezuela).
En medio de este panorama concluyó hace unos días la Cumbre del Grupo de Río, el más político de la infinidad de encuentros multilaterales que hay entre Presidentes -y si bien muchos observadores la calificaron como un fiasco-, los presidentes de Argentina, Brasil, Chile y México expresaron su deseo de retomar el liderazgo regional, lo que ha sido interpretado como una respuesta a Venezuela y los países que se alinean con ella.
Sin embargo, lo que nadie explicó todavía es cómo los líderes mencionados -todos respetables y con muy buenas intenciones-, lograrán hacerlo. Chávez tiene una receta probada y bien financiada (además de una retórica e imaginación que parecen inagotables); la de los otros aún no se conoce (y merece el beneficio de la duda), pero todos esperamos que sea más imaginativa que la decidida por EEUU, que intenta una hazaña similar a través de la actual gira del Presidente norteamericano por la región.
Mientras tanto, Chávez está de shopping en uno de los mercados más cotizados del mundo (3% del PIB mundial)? Y también de gira (cuándo no): encabezará multitudinarias protestas contra Bush en la Argentina de Néstor Kirchner, a lado del boliviano Evo Morales. Esa si que es globalización.

Politólogo. Analista de Imaginaccion Consultores

Cumbre, cima, cresta

En una famosa y añeja foto se ve a Churchill, Stalin y Roosevelt viejos y cansados repartiéndose países como si fueran fichas de dominó. Fue en Yalta en 1945 y la II Guerra Mundial estaba a punto de concluir. Desde entonces hasta ahora las cumbres presidenciales han perdido encanto y glamour.
Cierto que antaño reunir presidentes no era tarea fácil, y que hoy el fin del tiempo y del espacio hace posible que los presidentes converjan en un solo punto en forma inmediata, pero incluso en la era de la diplomacia directa nuestra región sigue caracterizándose por los excesos y se llegan a convocar periódicamente por lo menos cinco citas de gran envergadura: la Cumbre de las Américas, la Iberoamericana, la del Grupo de Río, la de la Comunidad Andina, la del MERCOSUR (para no nadar en aguas profundas como las reuniones con otros continentes o las minicumbres).
Está claro que no todas son iguales; por ejemplo, la de Las Américas es sobre todo la reunión con el primus interpares de los presidentes: el mandatario norteamericano (hoy venida a menos por el fracaso del ALCA). La Iberoamericana es la versión española y no participa los EEUU (también muy desprestigiada porque en Montevideo hace algunas semanas hubo más ausentes que presentes). La del MERCOSUR tenía las tintas más cargadas en la integración comercial pero actualmente está tan politizada que dos de sus miembros no pueden ni verse. Finalmente, poco queda de aquel glorioso Grupo de Río surgido de la pacificación centroamericana y que asume su crisis terminal casi con resignación.
La más novel de todas estas citas es la Cumbre Sudamericana que se inaugura hoy en Cochabamba. Agrupa a 12 países de la región de los cuales cuatro comprometieron su asistencia y por lo menos cinco no asistirán.
Si bien como en cualquier otra hay que celebrar las reuniones bilaterales (la que sostendrán Evo Morales y Michelle Bachelet, por ejemplo, y que continúa el profuso y positivo intercambio entre ambos países), es probable que esta reunión no alcance relevancia alguna y se recuerde sobre todo por quienes no fueron antes que por los que fueron.
Pero esto no sólo hay que atribuirlo a lo deteriorado que está la integración sudamericana (nunca la región estuvo tan separada como ahora), sino también a otro pequeño detalle: Bolivia está convulsionada y en las últimas semanas hay un proceso creciente de confrontación donde interviene la espontánea movilización de la clase media, la lucha desesperada de algunas elites derrotadas y una sólida y oficialista mayoría indígena. La disputa hace referencia a un tema legal pero en realidad lo que se está peleando palmo a palmo es el tipo de democracia y el modelo de descentralización que regirá en el futuro.
Todo ello ante un público privilegiado: varios presidentes y 800 periodistas que tendrán desde fotos de Chávez eufórico post-reelección hasta movilizaciones "clandestinas" y huelgas "secretas" (disculpen los oxímoron). Todo esto, claro está, si el gobierno las permite, porque entre hoy y mañana hará los mejores esfuerzos para mostrar a Bolivia como una buena familia burguesa (decadente, cierto, pero que nadie lo note).

Sergio Molina Monasterios es Politólogo, analista de Imaginaccion Consultores

Visión que hay en Chile sobre otros Presidentes



Encuesta de la empresa de comunicación estratégica y asuntos públicos Imaginaccion Consultores, realizada en octubre de 2006, si quiere más información pinche aquí:

Imaginaccion Consultores

La búsqueda chilena del centro en política internacional

El centro es el punto equidistante de todos los extremos, la aguja del compás que traza un círculo. El problema es que, como todo concepto de la geometría, es relativo, sobre todo cuando se lo quiere trasladar a la política.
Ya Aristóteles alertaba sobre el justo medio: Entre los temerarios y los cobardes, los prudentes; entre un extremo y el otro, la virtud; sin embargo, la sensatez y el sentido común, valores que deberían ser exclusividad de los poderosos según el filósofo, parecerían haberse trasladado a los ciudadanos en este siglo. Veamos sino la encuesta de "Imaginaccion Consultores" de octubre pasado, según la cual los personajes internacionales más desfavorables para los chilenos son Hugo Chávez y George Bush, con casi dos terceras partes de la población en contra y sin distinciones notables.
En cambio, los ciudadanos miran con muy buenos ojos a los presidentes de España, José Luis Rodríguez Zapatero; de Francia, Jacques Chirac; de Brasil, Luiz Inacio Lula Da Silva; y el Primer Ministro de Inglaterra, Tony Blair. Elogio del centro político y del consenso, los bienes más preciados de la cultura política chilena contemporánea, pero también de la forma positiva en que esos países se representan en el imaginario social.
Evo Morales, Fidel Castro y Alan García están en el lote del medio (aproximadamente la mitad de la población está en contra de ellos, pero lejos de los porcentajes de Bush y Chávez).
Otros datos curiosos: Las antipatías están repartidas entre hombres y mujeres y, por supuesto, existen las previsibles diferenciaciones por grupo socioeconómico, pero en el caso de Evo Morales son las mujeres las que se muestran más desfavorables hacia el boliviano.
Por otra parte, la visión que hay sobre Néstor Kirchner y Evo Morales parecería contradictoria (por historia y tradición); cuando se pregunta si "a pesar de que nuestros vecinos han demostrado que pueden incumplir sus compromisos, ¿usted cree que Chile debe hacer esfuerzos para comprarles gas o electricidad?" La respuesta, en el caso de Bolivia, indica que hay un 49% que cree que no se debe hacer ningún esfuerzo, pero el porcentaje sube al 56% si se pregunta por la Argentina.
Además, según la encuesta las dos terceras partes de la población creen que Chile está mejor que cualquier otro país de América Latina, y hay un notable 5 sobre 7 para el prestigio de Chile en el mundo.
Ahora bien, el sondeo de "Imaginaccion" se hizo finalizando la enorme discusión mediática sobre la decisión de abstenerse frente a Guatemala y Venezuela, lo cual arroja otra constatación que no es novedosa pero que siempre hay que tener presente si se quiere entender el 55% de respaldo ciudadano que tiene la Presidenta. Cuando se pregunta sobre el problema más importante, la votación en la ONU no tiene ni el 7% de las menciones, los temas relevantes siguen siendo los mismos de siempre (salud, educación, delincuencia, etc.), lo que demuestra cuán alejadas están la agenda partidaria de la pública, la de la oposición y la del gobierno; y, por supuesto, dónde está ubicado el sentido común y el centro político.



Sergio Molina Monasterios trabaja en el área de encuestas de Imaginaccion Consultores y es profesor del magíster de comunicación política de la Universidad de Chile.

Los cinco desafíos de América Latina para José Miguel Insulza

El Secretario General de la Organización de Estados Americanos, José Miguel Insulza, detalló los que a su juicio son los cinco principales desafíos de la región en el marco del seminario "América Latina en la Encrucijada" (Proyectamérica y Centro de Estudios Internacionales de la Universidad Católica).
En primer lugar el crecimiento ("el resto sólo es música", dijo), y por tanto estabilidad.
Si un empresario tuviera que escoger un país donde invertir, ejemplificó, elige primero una democracia estable, después -lamentablemente- una autocracia estable y, finalmente, una democracia inestable).
En segundo lugar el combate contra la pobreza ligado estrechamente a disminuir la desigualdad y a luchar contra la discriminación (sobre todo en un continente donde las mayorías son afro americanas e indígenas... además de ser pobres).
En tercer lugar la integración, pero asumiendo los problemas reales que ésta tiene. No habrá integración, sostuvo, sin que cada país ceda algo, sin entregar soberanía de algún tipo.
Hoy ningún gobierno está dispuesto a supeditar parte de sus decisiones, por ejemplo, a una entidad supranacional o a ser integrante de un mecanismo de solución de controversias.
Por otra parte, la integración cuesta y alguien tiene que pagar la cuenta. Al respecto recordó nuevamente la experiencia europea que implicó que algunos países grandes y ricos pagaran a países más pequeños y pobres. El problema en América Latina, enfatizó, es que no hay disposición a asumir los costos inevitables que trae la integración.
Otro desafío que debe enfrentar la región es el combate al crimen. Sugirió que ya no hay violencia política en América Latina o que ésta se ha reducido sustancialmente, en cambio, se ha incrementado en forma exponencial el narcotráfico, las pandillas, el lavado de dinero, etc.
Finalmente, destacó que hay cierto consenso respecto a que el mercado por sí solo no resuelve los problemas de la gente, es común escuchar que se necesita que el Estado asuma otro rol si se quiere pensar en forma optimista sobre el futuro de la región. En ese contexto, dijo que el quinto desafío es la gobernabilidad. Entre millones de latinoamericanos existe la sensación de que la democracia no está resolviendo sus problemas más apremiantes, lo cual es muy grave porque implica una desconfianza profunda en las instituciones.
La democracia, finalizó, tiene que resolver temas de calidad, transparencia y eficacia, elementos que van a determinar el futuro de América Latina. La democracia, cree Insulza, ya no está sujeta a la amenaza de un golpe de Estado o de una insurrección armada sino a que la gente común y corriente no soporte más al gobierno que tiene.

El ave fénix del sur

El MERCOSUR es lo más parecido a un paciente bipolar que pueda describir un psiquiatra: Desfallece y renace con tanta facilidad como el ser mitológico aquél, y se revitaliza sólo dos meses después de haberse visto agonizante. En eso es la institución más auténticamente latina que pueda encontrarse en el mercado (como andina era la CAN y de ahí su destino trágico).
Pero esta capacidad de renacimiento también lleva a dudar de su consistencia y generar pesimistas análisis de políticos de toda la gama democrática, para quienes el ingreso de Hugo Chávez al bloque es casi el contagio de un virus terminal; estas opiniones tienen sólidas y detalladas justificaciones, sin duda, pero hay que agregar a ellas que con el ingreso de los venezolanos, el MERCOSUR agrupa actualmente casi el 80% del PBI de América del Sur y que, además, si es cierta la disposición de México de integrarse, se convertirá en uno de los mecanismos de integración más importantes del mundo sólo por su peso específico antes que por sus (des) aciertos políticos o económicos.
Los próximos seis meses, el MERCOSUR atravesará una nueva etapa, menos ciclotímica esta vez, porque estará bajo la presidencia brasileña, y seguramente entonces Lula centrara su atención en el tema energético y en la incorporación plena de Bolivia al bloque. Si bien es cierto que el brasileño puede no ser el más feliz de los presidentes luego del acuerdo con Cuba o del ingreso de Venezuela (pergeñado en su integridad durante la presidencia de la Argentina), firmó ambos cheques en un guiño a sus electores de izquierda a meses de tener que renovar credenciales democráticas. Más adelante tendrá tiempo para imponer la cordura y moderar la retórica.
Por tanto es apresurado pensar que alguno de sus países miembros no seguirá apostando con todas sus fuerzas al MERCOSUR, o que Brasil pueda (o deje de ser) su actor principal. Como antaño y en el futuro, las decisiones importantes del bloque pasarán por ese país... en acuerdo con la Argentina, eje que es su razón de ser, y que difícilmente pueda ser desplazado por otro (uno caraqueño, por ejemplo), si éste se encuentra engrasado y en sintonía (y parece que lo estará por varios años más según todas las encuestas electorales).
Ahora bien, la complejidad del escenario no radica en la retórica de izquierda simbolizada en ese Fidel Castro ya en decadencia plena, preso de un autoritarismo senil que lo asemeja a un rock star antes que a un político (y, se sabe, a las estrellas se les permite todo porque sólo afectan la vida de sus fanáticos); sino en las variables políticas y sociales incorporadas el fin de semana pasado a la ya de por sí difícil dimensión económica que también tuvo sus bemoles: El reconocimiento de las asimetrías entre países; la integración de Bolivia, Paraguay, y Uruguay a los proyectos energéticos de los tres grandes del bloque; y la casi segura creación de un banco de financiamiento regional.
Variables entonces que pueden hacer morir al MERCOSUR varias veces más en el futuro, pero que no evitarán que renazca como parte ineludible de la integración regional, más aún si EEUU continúa con el foco puesto a muchos miles de kilómetros de distancia.

¿El fin de un sueño integrador?

El enfrentamiento entre Venezuela y Colombia y las declaraciones de grueso calibre vertidas entre autoridades bolivianas y peruanas parecería señalar el fin de uno de los acuerdos de integración más antiguos del continente: la Comunidad Andina de Naciones (CAN) de la que forman parte Ecuador, Perú, Colombia, Bolivia y Venezuela (Chile se retiró en 1976). Ahora bien, se sabe como comienzan estas cosas pero nunca cómo terminan, y quizá la sangre no llegue al río.

Todo comenzó hace unos días cuando Venezuela y Bolivia alzaron el grito al cielo en oposición a los Tratados de Libre Comercio que firmaron Colombia y Perú con los EEUU. Hugo Chávez sostiene que si se suspenden esos TLC revisará su decisión de abandonar la CAN, pero es poco probable que Colombia o Perú cambien de opinión, o Ecuador, que también ha dicho que firmará un Tratado con los norteamericanos en los próximos meses.

Bolivia en esto (como en muchas otras cosas) sigue a Venezuela estrechamente, no sólo en acciones sino en discursos: lo que afirma Chávez en "Aló Presidente" es lo mismo que Morales se esfuerza en decir a los bolivianos en sus intervenciones públicas, como lo demostraron ambos la semana pasada a raíz de este episodio.

Para Chávez los problemas que tuvo el ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) significaron un cambio en la estrategia norteamericana que ahora propugna TLC bilaterales (como el firmado por Chile) en lugar de un acuerdo global. Las disputas entre Venezuela y los EEUU son harto conocidas, a ellas hay que sumarles los menos mediáticos encontronazos entre Morales y el país el Norte por el tema de la coca y el retiro de visas a funcionarios de su gobierno.

Pero el enojo de Morales no sólo se debe a razones ideológicas, sino porque Bolivia es, junto a Venezuela, el país más afectado por el TLC colombiano ya que significará que pierda a su principal comprador de soya (100 millones de dólares anuales); además se trata de un producto que es una de las principales exportaciones del díscolo departamento de Santa Cruz con el que viene enfrentado desde el inicio de su gobierno.

Sin embargo, la apuesta de Morales es arriesgada porque el comercio de Bolivia con todo los países de la CAN representa la nada despreciable cifra de 450 millones de dólares que, para una economía de las dimensiones de la boliviana, es significativa. Ya los exportadores bolivianos han afirmado que sería una locura perder este mercado, como está ocurriendo con el norteamericano si Bolivia no renueva al ATPDEA (un acuerdo excepcional de libre comercio que favorece a países productores de droga); en su reemplazo Morales está embarcado en la búsqueda de un "Tratado de Comercio entre los Pueblos", similar a la "Diplomacia de los Pueblos" que quiere ejercitar con Chile.

Finalmente, Venezuela busca trasladar al MERCOSUR toda la discusión de integración comercial, y Bolivia plantea realizar una simbiosis entre éste, la CAN y la Comunidad Sudamericana de Naciones.

Pero el MERCOSUR que miran Chávez y Morales tampoco está en su mejor momento, son muy fuertes los desacuerdos entre Argentina y Uruguay a raíz de la construcción de papeleras así como las disputas comerciales entre Brasil y Argentina. Lo cual augura que cuando Venezuela ingrese de forma plena habrá más de un problema, ya que no sólo tiene fuentes energéticas sino que está dispuesto a insertarlo en una feroz discusión ideológica y a poner sobre sus hombros a países más chicos que forman parte del acuerdo como el propio Uruguay, Paraguay y, cómo no, Bolivia.

Se trata pues de un "chenko" total (como dicen los andinos cuando las cosas están muy enrevesadas), y una pequeñísima muestra del panorama que enfrenta la integración regional, a la que Chile quiere mirar con especial atención en los próximos años, precisamente el país que apostó a los TLC individuales con mayor éxito y en los que basa su modelo exportador.