Por Sergio Molina Monasterios*
Si vemos la historia larga de la relación bilateral entre Chile Y Bolivia (y de confirmarse lo que parece un hecho), se podría afirmar que hemos vuelto a la normalidad, que estos años de acercamiento entre Evo Morales y tres presidentes chilenos no fueron más que una paréntesis en una relación siempre tensa y distante que obedece a lógicas diferentes e incomprendidas.
Con excepción de algunos guiños y acercamientos, como en el interregno de Pinochet y Banzer (y ahora, durante éste periodo que los historiadores bautizarán de alguna manera), en el último medio siglo estuvieron ausentes las relaciones diplomáticas entre ambos países, se llevaron hasta el paroxismo sus diferencias y, al mismo tiempo, se profundizó en una forma sin precedentes la distancia (existente desde siempre) tanto en lo económico como en lo institucional.
Volver a la normalidad, entonces, implica que Bolivia retomará los escenarios internacionales (que son muchos y variados a lo largo del año), para reclamar un acceso útil, libre y soberano al mar con argumentaciones diversas, sean económicas, culturales o políticas; frente a lo cual Chile pedirá la palabra inmediatamente después para decir que no existen problemas limítrofes pendientes, que hay plenas garantías de acceso marítimo para Bolivia a través de territorio y puertos chilenos y que se trata de un asunto bilateral (un discurso que saben como si fuera un mantra todos los diplomáticos a ambos lados de la frontera).
¿Existe alguna diferencia hoy en relación lo que fue la norma antaño? ¿Hay un caso jurídico para presentar ante tribunales internacionales? Sobre el tema se discutirá largamente en los próximos meses y conoceremos opiniones muy distintas según cuál sea el país de donde provengan. Por mi parte, siempre tuve la certeza de que no hay nada más subjetivo y político que el derecho.
La lógica de Morales
No debe olvidarse que Morales actúo con una lógica sindical (él es un sindicalista): puso un ultimátum (el 23 de marzo) y, al no recibir una respuesta afirmativa, impuso una medida de fuerza (multilateralizar el tema). Ahora bien, la lógica sindical no es igual a la política, ni que decir con la diplomática: las relaciones internacionales tienen sus tiempos, sus códigos, sus formas. En el peor de los casos, podría haber hecho lo mismo pero con la solemnidad y el respeto que ameritaba (a l fin y al cabo somos y seguiremos siendo vecinos); en cualquier caso, no en un discurso en una plaza pública.
Lo cual lleva a otra conclusión relevante, Morales actuó con la cabeza caliente, ensoberbecido al calor de la multitud y de la fecha: era 23 de marzo y todos los 23 de marzo los bolivianos nos ponemos sentimentales y hasta nos deprimimos. No hay otra explicación para las contradicciones flagrantes entre las declaraciones vertidas horas antes y el discurso mismo; amén de las entrevistas y las columnas que llamaba a la calma y que plagaron los medios de ambos países en estos días, mostrando una ofensiva diplomática en esa dirección.
¿Fue una decisión consensuada en Bolivia? Buena parte del Gobierno y la Cancillería no tuvieron un papel relevante, y ni hablar de la oposición que nunca fue tomada en cuenta. Morales conduce la política exterior junto a algunos de sus asesores más estrechos, lo cual fue evidente, por ejemplo, con las desinteligencias sobre el destino del Cónsul boliviano en Chile o con el nombramiento del nuevo Vicecanciller, y por supuesto, ahora.
¿Fue la utilización de la política externa en asuntos internos? Ni duda cabe. Morales atraviesa su año más difícil y no encuentra la forma de revertir el descontento que generan algunas de sus medidas recientes, sobre todo en el ámbito económico que es donde se cuecen las habas más tiernas. El nacionalismo antichileno siempre ha sido una fórmula exitosa en Bolivia, ¿por qué no ahora? (Eso sí, en descargo de Morales convengamos que no hay gobierno en el mundo que no lo haga. Pensar que la diplomacia no tiene que ver con la política cotidiana es de una ingenuidad extrema).
En Chile por otra parte, parece una profecía autocumplida. En los últimos años los sectores más reacios a un entendimiento con Bolivia (que son transversales y no responden a un solo color político) constantemente advirtieron que el acercamiento no conduciría a ninguna parte. Seguramente hoy celebran haber sido tan certeros.
Perú, el otro interesado
Lo que es una extraña coincidencia si tenemos en cuenta al otro país interesado en este tema: Perú. Porque convengamos que si hubo festejos ayer fue en Torre Tagle. Nuevamente más interrogantes: ¿cómo se comportarán Perú y Bolivia en el futuro? ¿Qué grado de coordinación o de distanciamiento tendrán ambos países? ¿Cómo actuará el nuevo Presidente peruano (y quién será éste, luego de una elección cada vez más complicada)?
Finalmente, la pregunta más difícil de todas: ¿qué nos queda?
En mi opinión, trabajar incansablemente para que el diálogo no se rompa, para que vuelvan las aguas a su cauce y para que prime la racionalidad. Insistir en que se busquen los consensos y no las diferencias. En definitiva, tratar de recuperar la confianza que se había conseguido hasta ahora.
Sobre todo, evitar el chauvinismo y aquietar las pasiones nacionalistas que tan rápidamente inflaman el alma de ambos pueblos. Ojalá los políticos que nos gobiernan en ambos lados de la frontera tengan la prestancia para evitar los excesos.
Ya habrá en el futuro quienes asuman el desafío de resolver este diferendo y que apuesten por soluciones imaginativas que, sin satisfacer plenamente a ninguno de los dos países, permitan una reconciliación y un reencuentro que hoy parece tan distante.
*Analista político boliviano-chileno
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La carrera de la seducción
Las repercusiones del rescate de la mina San José son difíciles de dimensionar pero muchos creen que serán de tal magnitud que darán para todo. Algo de eso debe de haber percibido Evo Morales (viejo lobo de mar) en su visita relámpago a Chile, la cual obedece al azar del accidente pero también al frío cálculo político.
Sobre esa coincidencia ya habrá tiempo para escribir: un minero boliviano en una faena en el norte, viviendo en el barrio más pobre de Copiapó en condiciones deplorables, en una constatación más de las inextricables relaciones que hay entre ambos países, pero también como augurio del futuro (ese futuro que, como decía el filósofo, es pura posibilidad).
Si no es difícil interpretar las razones de Morales, tampoco lo es entender la entrevista concedida por el Cónsul de Bolivia en Chile, en la que insinúa que las relaciones con Piñera son incluso mejores que las que se tenía con Bachelet, algo que era impensable meses atrás. No parece, sin embargo, una afirmación tan arriesgada: la sintonía entre ambos mandatarios por lo menos públicamente, es evidente.
Ahora bien, si el vínculo entre Chile y Bolivia ya no es noticia, Perú, el otro actor de la discordia, se muestra hoy dispuesto a reordenar las relaciones bilaterales dando una serie de señales potentes de acercamiento a Bolivia: ambos mandatarios se reunirán próximamente para retomar el acuerdo por el cual se creó una zona de libre comercio, Lima deportó a dos políticos buscados por la justicia boliviana y una larga lista menos conocida.
Todo lo cual, sin embargo, no disimula que entre García y Morales no hay acuerdo posible. Veamos sino en estos mismos días de distensión, el enfrentamiento que se produjo a raíz de la opinión que tienen ambos sobre Vargas Llosa (¡qué paradoja ésta, mientras sus vecinos se llenan de gloria: la hazaña minera chilena, el premio Nobel de literatura peruano, Bolivia, en cambio, es noticia internacional por un rodillazo en el bajo vientre!).
Si estas notas pudieran resumirse en una metáfora, sería más bien la de una especie de carrera entre Chile y Perú por seducir a Bolivia ex ante La Haya, y ahí, sin duda, el primero correría con ventaja: está claro que para Morales es mejor un liberal de toda la vida que un ex izquierdista converso. Pero si en época de cortejo la química es suficiente, más adelante, la futura pareja tendría que asumir en carne propia el peso de la historia: que el Silala o el Lauca son un dolor de cabeza, que un romance de pocos años no puede compararse con toda una vida en pareja o que la negociación marítima en algún momento deberá transparentarse.
Sólo entonces veríamos si el acercamiento que hay entre Chile y Bolivia es estructuralmente distinto a otros o si seguimos donde siempre. Por eso, poner las cartas sobre la mesa podría ayudar a que no haya otro quiebre como antaño, que a veces un colorado es mejor que cien amarillos, como el que protagonizó Carlos Mamani diciéndole a Evo Morales que se sentía orgulloso de ser boliviano pero que quería quedarse a trabajar en Chile, representando sin querer a millones de inmigrantes orgullosos de su nacionalidad pero también deseosos de oportunidades que sus propios países les niegan.
Publicado en La Tercera el 16 de octubre de 2010
Sobre esa coincidencia ya habrá tiempo para escribir: un minero boliviano en una faena en el norte, viviendo en el barrio más pobre de Copiapó en condiciones deplorables, en una constatación más de las inextricables relaciones que hay entre ambos países, pero también como augurio del futuro (ese futuro que, como decía el filósofo, es pura posibilidad).
Si no es difícil interpretar las razones de Morales, tampoco lo es entender la entrevista concedida por el Cónsul de Bolivia en Chile, en la que insinúa que las relaciones con Piñera son incluso mejores que las que se tenía con Bachelet, algo que era impensable meses atrás. No parece, sin embargo, una afirmación tan arriesgada: la sintonía entre ambos mandatarios por lo menos públicamente, es evidente.
Ahora bien, si el vínculo entre Chile y Bolivia ya no es noticia, Perú, el otro actor de la discordia, se muestra hoy dispuesto a reordenar las relaciones bilaterales dando una serie de señales potentes de acercamiento a Bolivia: ambos mandatarios se reunirán próximamente para retomar el acuerdo por el cual se creó una zona de libre comercio, Lima deportó a dos políticos buscados por la justicia boliviana y una larga lista menos conocida.
Todo lo cual, sin embargo, no disimula que entre García y Morales no hay acuerdo posible. Veamos sino en estos mismos días de distensión, el enfrentamiento que se produjo a raíz de la opinión que tienen ambos sobre Vargas Llosa (¡qué paradoja ésta, mientras sus vecinos se llenan de gloria: la hazaña minera chilena, el premio Nobel de literatura peruano, Bolivia, en cambio, es noticia internacional por un rodillazo en el bajo vientre!).
Si estas notas pudieran resumirse en una metáfora, sería más bien la de una especie de carrera entre Chile y Perú por seducir a Bolivia ex ante La Haya, y ahí, sin duda, el primero correría con ventaja: está claro que para Morales es mejor un liberal de toda la vida que un ex izquierdista converso. Pero si en época de cortejo la química es suficiente, más adelante, la futura pareja tendría que asumir en carne propia el peso de la historia: que el Silala o el Lauca son un dolor de cabeza, que un romance de pocos años no puede compararse con toda una vida en pareja o que la negociación marítima en algún momento deberá transparentarse.
Sólo entonces veríamos si el acercamiento que hay entre Chile y Bolivia es estructuralmente distinto a otros o si seguimos donde siempre. Por eso, poner las cartas sobre la mesa podría ayudar a que no haya otro quiebre como antaño, que a veces un colorado es mejor que cien amarillos, como el que protagonizó Carlos Mamani diciéndole a Evo Morales que se sentía orgulloso de ser boliviano pero que quería quedarse a trabajar en Chile, representando sin querer a millones de inmigrantes orgullosos de su nacionalidad pero también deseosos de oportunidades que sus propios países les niegan.
Publicado en La Tercera el 16 de octubre de 2010
La cola del diablo
La sabrosa entrevista que La Tercera hizo al Presidente del Perú hace unos días llega en un buen momento desde el punto de vista periodístico pero en uno muy malo desde la perspectiva política, por lo menos para algunos de los países involucrados en la Cumbre de UNASUR que se inaugura hoy. Lo cual lleva a preguntarse seriamente cuáles son las verdaderas razones que tienen los presidentes cuando deciden dar este tipo de declaraciones (que ingenuidades a ese nivel no existen).
Porque, entre otras cosas, Alan García dice que Evo Morales es obsecuente con Chile; que pelea con Lima porque no puede hacerlo con Santiago; que es un incontinente verbal; y, lo más importante, como al pasar, deja sugerida la posibilidad de que hay un acuerdo secreto entre Bolivia y Chile por el tema marítimo.
La sutileza aquí (viejo lobo de mar) está en sugerir que Bolivia y Chile tienen todo el derecho a tener un acuerdo inexistente porque, concediendo eso, no necesita profundizar en la sustancia de un asunto, que todos, incluido él, saben que no sólo es improbable sino políticamente inviable en plena campaña electoral tanto en Chile como en Bolivia. Pero al insinuarlo golpea la médula de lo que ha sido la política exterior de Morales y de lo que es el centro de su estrategia política: la diplomacia de los pueblos por un lado, y la transparencia y la rendición de cuentas a los movimientos sociales por el otro. Sobre todo en temas tan espinosos como éste, el más espinoso de todos. Quizá por eso Morales, más rápido que pronto salió a desmentir cualquier negociación secreta y a decir que el obsecuente es el propio García que pretende distraer el debate de la instalación de bases militares en Colombia.
El duro intercambio verbal entre los tres países ocurre cuando García no las tiene todas consigo dentro de su país (aunque para los parámetros peruanos eso es muy discutible) y, sobre todo, cuando el gobierno boliviano trata de tejer las finísimas filigranas que implica la aprobación del preacuerdo al que había llegado con Chile por el uso de las aguas del Silala (otro de los conflictos históricos que separa a ambos países), y que muchos analistas consideran un experimento ante la opinión pública, para luego extenderla a temas más trascendentales, léase la negociación marítima.
Por otra parte, las palabras del presidente peruano, agregan otro ingrediente más a la ciclotímica disputa entre Lima y La Paz y que la semana pasada prometía llegar hasta el tribunal de La Haya, esta vez por la propiedad de la diablada. Polémica que se desató cuando la representante a Miss Universo de Perú exhibió un traje que, según su diseñador fue inspirado en las festividades de Puno, pero que es similar a los de Oruro o los de la fiesta de La Tirana. Fue de tal magnitud la indignación boliviana que se realizó una “Jornada de reivindicación de la diablada” con miles de bailarines en las calles, y el gobierno produjo un spot en CNN para promocionarla.
Traigo a colación este tema porque vale la pena escuchar las declaraciones de Alan García a raíz de este incidente. En ese entonces se lamentaba de que la integración latinoamericana no pasara por su mejor momento: “Si hemos visto a Francia y a Alemania unirse, olvidando millones de muertos, podemos olvidar el tema del bordado del vestido de la diablada… claro que eso exige madurez”. Unos días después leíamos lo que leímos.
(Publicado en La Tercera el 28 de agosto de 2009)
Porque, entre otras cosas, Alan García dice que Evo Morales es obsecuente con Chile; que pelea con Lima porque no puede hacerlo con Santiago; que es un incontinente verbal; y, lo más importante, como al pasar, deja sugerida la posibilidad de que hay un acuerdo secreto entre Bolivia y Chile por el tema marítimo.
La sutileza aquí (viejo lobo de mar) está en sugerir que Bolivia y Chile tienen todo el derecho a tener un acuerdo inexistente porque, concediendo eso, no necesita profundizar en la sustancia de un asunto, que todos, incluido él, saben que no sólo es improbable sino políticamente inviable en plena campaña electoral tanto en Chile como en Bolivia. Pero al insinuarlo golpea la médula de lo que ha sido la política exterior de Morales y de lo que es el centro de su estrategia política: la diplomacia de los pueblos por un lado, y la transparencia y la rendición de cuentas a los movimientos sociales por el otro. Sobre todo en temas tan espinosos como éste, el más espinoso de todos. Quizá por eso Morales, más rápido que pronto salió a desmentir cualquier negociación secreta y a decir que el obsecuente es el propio García que pretende distraer el debate de la instalación de bases militares en Colombia.
El duro intercambio verbal entre los tres países ocurre cuando García no las tiene todas consigo dentro de su país (aunque para los parámetros peruanos eso es muy discutible) y, sobre todo, cuando el gobierno boliviano trata de tejer las finísimas filigranas que implica la aprobación del preacuerdo al que había llegado con Chile por el uso de las aguas del Silala (otro de los conflictos históricos que separa a ambos países), y que muchos analistas consideran un experimento ante la opinión pública, para luego extenderla a temas más trascendentales, léase la negociación marítima.
Por otra parte, las palabras del presidente peruano, agregan otro ingrediente más a la ciclotímica disputa entre Lima y La Paz y que la semana pasada prometía llegar hasta el tribunal de La Haya, esta vez por la propiedad de la diablada. Polémica que se desató cuando la representante a Miss Universo de Perú exhibió un traje que, según su diseñador fue inspirado en las festividades de Puno, pero que es similar a los de Oruro o los de la fiesta de La Tirana. Fue de tal magnitud la indignación boliviana que se realizó una “Jornada de reivindicación de la diablada” con miles de bailarines en las calles, y el gobierno produjo un spot en CNN para promocionarla.
Traigo a colación este tema porque vale la pena escuchar las declaraciones de Alan García a raíz de este incidente. En ese entonces se lamentaba de que la integración latinoamericana no pasara por su mejor momento: “Si hemos visto a Francia y a Alemania unirse, olvidando millones de muertos, podemos olvidar el tema del bordado del vestido de la diablada… claro que eso exige madurez”. Unos días después leíamos lo que leímos.
(Publicado en La Tercera el 28 de agosto de 2009)
3-0
Para Bolivia el resultado de la demanda peruana ante La Haya es anecdótico. Sea quien sea el beneficiado, ocurra lo que ocurra sobre la jurisdicción del tribunal o el cumplimiento del fallo, Perú habrá conseguido un notable triunfo político y su diplomacia celebrará la cristalización de un escenario que preparó hace mucho para dejar demostrado lo que todos, incluido ellos, niegan públicamente: no habrá solución al diferendo entre los tres países en tanto no haya un acuerdo que abarque a todos ellos.
El impasse reitera otro dato: cada vez que la relación entre Chile y Bolivia se ha estrechado o ha mejorado, Perú se ha distanciado de Chile. Es que Perú no renunciará a reivindicar su derecho sobre espacios que aún considera suyos, lo cual también significa que jamás permitirá que se ceda una franja territorial a Bolivia (si es que al gobierno de Chile se le ocurre hacerlo, lo cual también es improbable).
De ahí que sin mirar el problema integralmente, difícilmente se resolverá esta ecuación de tres incógnitas. Lo cual no es nada nuevo ni nada que no hayan dicho antes quienes entendemos que el sur del Perú, el norte de Chile y la zona andina boliviana son un triángulo indisoluble, no sólo con un pasado cultural común sino con un futuro económico determinante para los tres países.
Para los bolivianos, esta vez el tema estalla en medio de la conmemoración de los 130 años de la Guerra del Pacífico, lo que obligó a Evo Morales a explicitar que la demanda del Perú perjudica “una salida al mar”, refiriéndose al corredor por Arica que —de Pinochet a esta parte—, fue lo más cerca que estuvieron ambos países de resolver su diferendo y que fracasó por la oposición peruana.
Después de ese famoso “abrazo de Charaña” (1-0), otro momento histórico que vale la pena recordar son las negociaciones para vender gas boliviano a Chile durante los gobiernos de Ricardo Lagos y Gonzalo Sánchez de Lozada, las que fueron sistemáticamente boicoteadas por Perú que ofreció proyectos más atractivos pero imposibles de cumplir, e incluso colaboró —según dice una leyenda negra que nadie ha confirmado fehacientemente— en las movilizaciones que derrocaron al boliviano (2-0). Y ahora el tema de los límites marítimos. Una vez y alguien puede pensar en la casualidad, pero cuando ocurre por tercera vez, hacerlo es ingenuo.
Sin caer en eso de la sabiduría de las indicaciones, los espacios jurídicamente consolidados o la intangibilidad de los acuerdos (para usar el léxico oscuro de los diplomáticos), es riesgoso entender la política exterior de esa manera. Cuando se desatan estas escaladas no se pueden prever las reacciones sociales, sobre todo cuando se desatan pasiones nacionalistas. La esquizofrenia de darse la mano y mostrarse los dientes está bien para los diplomáticos curtidos, pero no para los sectores más retrógrados y xenófobos que son mucho más primarios y que, lamentablemente, también presenciarán el partido de fútbol del próximo domingo.
Incluso los políticos en escenarios como éste se ponen nerviosos y suelen decir más de lo que quisieran. Por ejemplo, Morales insinuando que si la solución por Arica no fructifica (y no lo hizo), hay otras; o el Canciller peruano precisando que si la frontera marítima se llegara a modificar, el acceso al mar que se le podría dar a los bolivianos sería “por otro lado”.
De forma que volvemos al principio, pase lo que pase con la demanda peruana y que hoy es de tanta importancia para Chile y Perú, en el caso boliviano apenas es otro gol en contra.
(Publicado en La Tercera en marzo de 2009)
El impasse reitera otro dato: cada vez que la relación entre Chile y Bolivia se ha estrechado o ha mejorado, Perú se ha distanciado de Chile. Es que Perú no renunciará a reivindicar su derecho sobre espacios que aún considera suyos, lo cual también significa que jamás permitirá que se ceda una franja territorial a Bolivia (si es que al gobierno de Chile se le ocurre hacerlo, lo cual también es improbable).
De ahí que sin mirar el problema integralmente, difícilmente se resolverá esta ecuación de tres incógnitas. Lo cual no es nada nuevo ni nada que no hayan dicho antes quienes entendemos que el sur del Perú, el norte de Chile y la zona andina boliviana son un triángulo indisoluble, no sólo con un pasado cultural común sino con un futuro económico determinante para los tres países.
Para los bolivianos, esta vez el tema estalla en medio de la conmemoración de los 130 años de la Guerra del Pacífico, lo que obligó a Evo Morales a explicitar que la demanda del Perú perjudica “una salida al mar”, refiriéndose al corredor por Arica que —de Pinochet a esta parte—, fue lo más cerca que estuvieron ambos países de resolver su diferendo y que fracasó por la oposición peruana.
Después de ese famoso “abrazo de Charaña” (1-0), otro momento histórico que vale la pena recordar son las negociaciones para vender gas boliviano a Chile durante los gobiernos de Ricardo Lagos y Gonzalo Sánchez de Lozada, las que fueron sistemáticamente boicoteadas por Perú que ofreció proyectos más atractivos pero imposibles de cumplir, e incluso colaboró —según dice una leyenda negra que nadie ha confirmado fehacientemente— en las movilizaciones que derrocaron al boliviano (2-0). Y ahora el tema de los límites marítimos. Una vez y alguien puede pensar en la casualidad, pero cuando ocurre por tercera vez, hacerlo es ingenuo.
Sin caer en eso de la sabiduría de las indicaciones, los espacios jurídicamente consolidados o la intangibilidad de los acuerdos (para usar el léxico oscuro de los diplomáticos), es riesgoso entender la política exterior de esa manera. Cuando se desatan estas escaladas no se pueden prever las reacciones sociales, sobre todo cuando se desatan pasiones nacionalistas. La esquizofrenia de darse la mano y mostrarse los dientes está bien para los diplomáticos curtidos, pero no para los sectores más retrógrados y xenófobos que son mucho más primarios y que, lamentablemente, también presenciarán el partido de fútbol del próximo domingo.
Incluso los políticos en escenarios como éste se ponen nerviosos y suelen decir más de lo que quisieran. Por ejemplo, Morales insinuando que si la solución por Arica no fructifica (y no lo hizo), hay otras; o el Canciller peruano precisando que si la frontera marítima se llegara a modificar, el acceso al mar que se le podría dar a los bolivianos sería “por otro lado”.
De forma que volvemos al principio, pase lo que pase con la demanda peruana y que hoy es de tanta importancia para Chile y Perú, en el caso boliviano apenas es otro gol en contra.
(Publicado en La Tercera en marzo de 2009)
El fantasma marítimo
Han pasado tantas cosas después, que quizá ya no se recuerde, pero en su último viaje Ricardo Lagos, uno de los presidentes más importantes de la historia de Chile, visitó Bolivia y se despidió de su gobierno luego de reunirse en el departamento del entonces recién ungido Evo Morales.
Todo un gesto con el cual Lagos cerraba una etapa en las relaciones entre ambos países que pudo ser gloriosa, pero que en definitiva tuvo tintes trágicos. En ella, el chileno negoció con cinco presidentes bolivianos distintos, hubo conatos de lucha, caos en Bolivia e histeria nacionalista chilena, así como también —hay que reconocerlo—políticos visionarios, ciudadanos sensatos y croupiers profesionales que se animaron a levantar las cartas del suelo, barajar y dar de nuevo.
La mediterraneidad boliviana no solamente es un problema económico (-0,7 por ciento anual del PIB para los países sin puertos, según Jeffrey Sachs), sino es un problema cultural tan profundo como un iceberg y también así de peligroso. El hecho de haber sido confinado a las montañas y la selva pesa trágicamente en nuestra historia e idiosincrasia. Al mismo tiempo que en la de Chile sus triunfos militares y económicos son componentes esenciales para entender su conservadurismo y la forma que tienen ellos de mirarse a sí mismos.
En determinadas circunstancias, esa sensibilidad es el catalizador del “antichilenismo” boliviano y de sus pulsiones perversas; y, en el otro lado de este círculo vicioso, fermento de la xenofobia y el racismo de los sectores más retrógrados de la sociedad chilena que reparten sus odios entre peruanos y bolivianos de forma indiscriminada.
Hace un tiempo, en Chile, muchos pensaban que Sánchez de Lozada, el pragmático, o Carlos Mesa, el intelectual, eran capaces de enfrentar el problema. Pocos se imaginaron que el primero sería incapaz de concluir su período, o que el segundo terminaría pateando el tablero y promoviendo un plebiscito vinculante en el cual se aprobó la muletilla de ´gas por mar´. A la inversa, ¿quién hubiera creído en ese entonces que el mayor acercamiento entre ambos gobiernos —después del ´abrazo de Charaña´ entre Hugo Banzer y Augusto Pinochet—, lo iba a protagonizar un indígena y una mujer que sacaron de sus mangas sutilezas de políticos florentinos?
Sin embargo, la euforia inicial y exagerada de muchos analistas ha menguado en estos dos últimos años; cuadrar el círculo sigue siendo igual de complicado que antaño, a pesar de la crisis energética chilena… y antes de que se conozca la dramática situación de nuestra industria petrolera.
Al margen de todo ello, aún quedan buenas noticias para celebrar: las relaciones entre Chile y Bolivia son óptimas, la agenda de 13 puntos sigue cumpliéndose, hay gestos y acciones de acercamiento y hasta visitas impensadas para cualquier otra etapa de nuestra historia contemporánea; incluso nadie se vio afectado en demasía por la cantidad de cónsules bolivianos que han pasado por Santiago y la crisis estatal boliviana prefiere no ser discutida en Chile, precisamente para no echar más leña al fuego.
Pero aún así, es temerario hacer pronósticos sobre lo que ocurrirá en los próximos meses: ¿Bachelet enfrentará los fantasmas del nacionalismo decimonónico chileno siendo mujer o quizá por ello? (no se debe olvidar que una mayoría abrumadora de sus compatriotas y no sólo el establishment, rechaza cualquier sesión territorial incluso sin soberanía). ¿Morales capeará el temporal como creen quienes cifran sus esperanzas en él, y redimirá las injusticias de cinco siglos donde se inscribe en letras cursivas la Guerra del Pacífico?
Nadie sin una bola de cristal (o sin ser charlatán) es capaz de responder estas preguntas: tienen tantas variables que ni los propios protagonistas son capaces de conocerlas o preverlas. La única certeza es que cualquier decisión que se tome en el futuro implicará pasar por sobre las opiniones públicas de ambos países y que los dos mandatarios gasten buena parte de la popularidad que les resta en una especie de educación ciudadana sin la cual el statu quo continuará indefinidamente.
Por lo pronto, queda la esperanza; en que Morales mantenga su postura y considere las relaciones con Chile como parte de una política de Estado donde la soberanía marítima ya no es determinante; y, sobre todo, esperanzas (cada vez más lejanas, hay que decirlo) en que la primera presidenta de la historia de Chile pueda trasladar su visión de gobierno ciudadano alejado de las élites, a la política exterior.
Mientas tanto, el mar es y seguirá siendo parte indisoluble de nuestro imaginario, algo así como el personaje de Bram Stoker, aquel que de pronto resucita y vuelve a morder el cuello de todos nosotros, sus víctimas. Eso sí, la realidad es un reino disparatado y quizá, como en una buena película de antaño, nuestros líderes encuentren la estaca definitiva que atraviese el pecho del vampiro. ¿Quién puede saberlo?
(Publicado en el periódico La Razón de Bolivia el 23 de marzo de 2008)
Todo un gesto con el cual Lagos cerraba una etapa en las relaciones entre ambos países que pudo ser gloriosa, pero que en definitiva tuvo tintes trágicos. En ella, el chileno negoció con cinco presidentes bolivianos distintos, hubo conatos de lucha, caos en Bolivia e histeria nacionalista chilena, así como también —hay que reconocerlo—políticos visionarios, ciudadanos sensatos y croupiers profesionales que se animaron a levantar las cartas del suelo, barajar y dar de nuevo.
La mediterraneidad boliviana no solamente es un problema económico (-0,7 por ciento anual del PIB para los países sin puertos, según Jeffrey Sachs), sino es un problema cultural tan profundo como un iceberg y también así de peligroso. El hecho de haber sido confinado a las montañas y la selva pesa trágicamente en nuestra historia e idiosincrasia. Al mismo tiempo que en la de Chile sus triunfos militares y económicos son componentes esenciales para entender su conservadurismo y la forma que tienen ellos de mirarse a sí mismos.
En determinadas circunstancias, esa sensibilidad es el catalizador del “antichilenismo” boliviano y de sus pulsiones perversas; y, en el otro lado de este círculo vicioso, fermento de la xenofobia y el racismo de los sectores más retrógrados de la sociedad chilena que reparten sus odios entre peruanos y bolivianos de forma indiscriminada.
Hace un tiempo, en Chile, muchos pensaban que Sánchez de Lozada, el pragmático, o Carlos Mesa, el intelectual, eran capaces de enfrentar el problema. Pocos se imaginaron que el primero sería incapaz de concluir su período, o que el segundo terminaría pateando el tablero y promoviendo un plebiscito vinculante en el cual se aprobó la muletilla de ´gas por mar´. A la inversa, ¿quién hubiera creído en ese entonces que el mayor acercamiento entre ambos gobiernos —después del ´abrazo de Charaña´ entre Hugo Banzer y Augusto Pinochet—, lo iba a protagonizar un indígena y una mujer que sacaron de sus mangas sutilezas de políticos florentinos?
Sin embargo, la euforia inicial y exagerada de muchos analistas ha menguado en estos dos últimos años; cuadrar el círculo sigue siendo igual de complicado que antaño, a pesar de la crisis energética chilena… y antes de que se conozca la dramática situación de nuestra industria petrolera.
Al margen de todo ello, aún quedan buenas noticias para celebrar: las relaciones entre Chile y Bolivia son óptimas, la agenda de 13 puntos sigue cumpliéndose, hay gestos y acciones de acercamiento y hasta visitas impensadas para cualquier otra etapa de nuestra historia contemporánea; incluso nadie se vio afectado en demasía por la cantidad de cónsules bolivianos que han pasado por Santiago y la crisis estatal boliviana prefiere no ser discutida en Chile, precisamente para no echar más leña al fuego.
Pero aún así, es temerario hacer pronósticos sobre lo que ocurrirá en los próximos meses: ¿Bachelet enfrentará los fantasmas del nacionalismo decimonónico chileno siendo mujer o quizá por ello? (no se debe olvidar que una mayoría abrumadora de sus compatriotas y no sólo el establishment, rechaza cualquier sesión territorial incluso sin soberanía). ¿Morales capeará el temporal como creen quienes cifran sus esperanzas en él, y redimirá las injusticias de cinco siglos donde se inscribe en letras cursivas la Guerra del Pacífico?
Nadie sin una bola de cristal (o sin ser charlatán) es capaz de responder estas preguntas: tienen tantas variables que ni los propios protagonistas son capaces de conocerlas o preverlas. La única certeza es que cualquier decisión que se tome en el futuro implicará pasar por sobre las opiniones públicas de ambos países y que los dos mandatarios gasten buena parte de la popularidad que les resta en una especie de educación ciudadana sin la cual el statu quo continuará indefinidamente.
Por lo pronto, queda la esperanza; en que Morales mantenga su postura y considere las relaciones con Chile como parte de una política de Estado donde la soberanía marítima ya no es determinante; y, sobre todo, esperanzas (cada vez más lejanas, hay que decirlo) en que la primera presidenta de la historia de Chile pueda trasladar su visión de gobierno ciudadano alejado de las élites, a la política exterior.
Mientas tanto, el mar es y seguirá siendo parte indisoluble de nuestro imaginario, algo así como el personaje de Bram Stoker, aquel que de pronto resucita y vuelve a morder el cuello de todos nosotros, sus víctimas. Eso sí, la realidad es un reino disparatado y quizá, como en una buena película de antaño, nuestros líderes encuentren la estaca definitiva que atraviese el pecho del vampiro. ¿Quién puede saberlo?
(Publicado en el periódico La Razón de Bolivia el 23 de marzo de 2008)
Carlos Mesa: “Con Chile no me arrepiento de nada”

(Sergio Molina y Nicole Etchegaray desde La Paz, Bolivia)
Versión original de la entrevista publicada en la revista Qué Pasa el 21 de septiembre de 2007
El ex Presidente boliviano mantiene esa característica que lo hizo famoso: habla de corrido, no dubita ni se equivoca. Eso sí, parece más enérgico que hace unos años y si bien no nos responde a la pregunta sobre los rumores de que prepara su retorno a la vida pública, sí se explaya largamente sobre su política exterior cuando era primer mandatario y se enfrentó con Ricardo Lagos en aquel ya famoso duelo verbal.
Afirma que jamás pensó en la obviedad de "tú me das mar y yo te doy gas"; y considera que hoy Evo Morales y Michelle Bachelet no estarían haciendo lo que están haciendo si él no hubiera reposicionado el tema con firmeza.
Dice que no se arrepiente de nada de lo que hizo. Eso sí, cree que los chilenos apuestan a ver si Evo es capaz de convencer al pueblo boliviano de que postergue la soberanía por un enclave territorial ("No descarto que nos hagan comer ese pastelito", bromea). Pero también se pregunta si Morales no se dará cuenta de que podría estar vendiendo la herencia boliviana por un plato de lentejas.
En esta entrevista concedida en su despacho de la ciudad de La Paz —y que es parte de una investigación que los autores realizan para la Universidad Diego Portales que será publicada próximamente—, Mesa declara que obligó a Chile a reconocer que había un problema pendiente, pero jura que nunca utilizó el tema para ganar popularidad.
Y, por si fuera poco, confiesa que la presión más fuerte que recibió para que no avanzara ni un milímetro con Chile fue la de Evo Morales, cuando el actual Presidente boliviano estaba en la oposición, y que Chile necesita desesperadamente energía y la conseguirá al costo que sea.
Muchos sostienen que Bolivia y Chile pasan por un buen momento en la relación bilateral. ¿Cómo evaluaría el proceso de negociación que están protagonizando ambos gobiernos?
Chile, que tiene una mirada sagaz en política internacional, se ha dado perfecta cuenta de la legitimidad que Evo Morales tiene en Bolivia y, por lo tanto, de la capacidad que tiene para llevar adelante iniciativas que ningún otro presidente de nuestra historia tuvo en el pasado.
Creo que Chile esta llevando adelante una ofensiva diplomática muy fuerte para lograr su objetivo fundamental: conseguir energía de Bolivia en un plazo razonablemente corto. Y (sabe) que el único presidente que puede hacerlo sin sesión de soberanía es Evo Morales.
Desde otra óptica, creo que Evo es consciente de que la cereza de la torta de su legitimidad y de su paso por la historia sería resolver definitivamente el problema bilateral con Chile. Mi impresión, sin embargo, es que la política exterior boliviana actual carece de la experiencia, del conocimiento histórico y de los elementos suficientes como para comprender en profundidad el problema y saber si lo que se está haciendo es vender la herencia boliviana por un plato de lentejas.
Mi impresión es que Chile está negociando algo que se parezca lo más posible a la soberanía sin ser soberanía, para que Evo Morales pueda decir a los bolivianos que lo ha conseguido.
Yo en esto mantengo mi posición, yo sigo pensando que nosotros, como nunca en nuestra historia, tenemos un instrumento de negociación de un poder incontrastable que se llama energía y que en ningún caso debiéramos llegar a un acuerdo con Chile que no sea a cambio de soberanía.
El concepto de soberanía, sin embargo, debiera ser matizado. No es una visión de soberanía decimonónica, es la comprensión de que la herida se cierra cuando Chile le da soberanía a Bolivia. Inmediatamente después negociamos lo que sea necesario: una administración tripartita, un manejo compartido de recursos, eliminación del concepto de fronteras si se rompiera la chileno-peruana; un conjunto de cosas…
Pero no veo en ningún caso que Chile haya cambiado un milímetro su postura. Lo que Chile tratará es hacernos creer a los bolivianos, a través del presidente Morales, que lo ha hecho.
Se ha dicho que su gestión de gobierno fue el peor momento en la relación bilateral, por los enfrentamientos verbales que hubo, por el plebiscito y por su política de gas por mar. ¿Usted sigue defendiendo esta postura como la más adecuada para Bolivia?
Primero que nada, es un disparate decir que fue el peor momento de las relaciones boliviano chilenas, ¡por Dios! No sé si recuerdas que se rompieron relaciones y no las rompí yo.
A mí no me da pena que Chile piense o diga lo que tiene que decir porque es parte de su política exterior, a mí lo que más pena me da es que los bolivianos siempre caigamos en la trampa planteada por la lógica informativa e interpretativa de Chile. Por el contrario, yo afirmo que nosotros como gobierno reposicionamos de una manera muy importante la reivindicación marítima. La colocamos como nunca en el pasado en el ámbito internacional. No existe ningún antecedente de una Cumbre en la que estuvieron todos los países del hemisferio, en que un presidente boliviano pusiera sobre el tapete un hecho que obligó al presidente de Chile a reconocer que había un tema pendiente entre ambos países… Obligó a una ofensiva diplomática chilena para tratar de revertir el éxito que Bolivia tuvo en mostrarle al hemisferio y al mundo que había un problema que estaba entorpeciendo la integración. Y obligó a intelectuales, medios de comunicación y opinión pública chilena a repensar si era correcto lo que estaban haciendo con Bolivia.
Yo sostengo que la política que defendí, fue y es un éxito. Evo Morales no estaría haciendo lo que está haciendo hoy, y la señora Bachelet no estaría haciendo lo que está haciendo hoy si previamente Bolivia no hubiera reposicionado el tema.
Los gobiernos anteriores plantearon algo que no funcionó: ‘vamos a hacer negocios, vamos a hacer que nuestras economías avancen y eso nos acercará al mar’, no ha habido tal cosa.
Pero usted planteó la política de gas por mar…
Política de gas por mar... yo puedo ser estúpido pero no tanto. Quien conozca la historia de Chile sabe que si yo chantajeo a Chile y le digo tú me das mar y yo te doy gas, la respuesta va a ser siempre no.
El concepto de la política exterior boliviana planteada en el referéndum fue “vamos a utilizar el gas como un instrumento de negociación para reconquistar el mar”. ¿En qué dirección? En la dirección de un acercamiento bilateral con el Perú, y la exportación del gas boliviano a México y Estados Unidos por el Perú…
Yo jamás pensé en la obviedad de “tú me das mar y yo te doy gas”. Había que hacer un trabajo de integración mucho más profundo con el Perú. Mi política exterior estaba mucho más vinculada a convertir a Perú y Bolivia en una alianza energética estratégica que obligara a Chile a cambiar su lógica con Bolivia. No pudo ser porque las élites bolivianas y peruanas no nos acompañaron, porque Perú no leyó adecuadamente las cosas y porque yo en el momento en que hice el acuerdo con Perú no pude contar con la aprobación de la Ley de Hidrocarburos.
En Bolivia, entre los historiadores y diplomáticos —y sobre todo entre estos últimos—, hay corrientes pro chilenas y pro peruanas. Hay gente que dice que usted es más bien “peruanofilo”… sin embargo, Perú ha sido el país que más ha dificultado cualquier entendimiento entre Bolivia y Chile…
Para una persona que intenta una visión racional de las cosas y que intenta y cree en la integración, la definición de “peruanofilo” siempre tiene un peligro, el suponer que el ser peruanofilo es ser antichileno. El primer concepto vital aquí es que yo no soy antichileno. No puedo, no debo ser antichileno. Por la simple y sencilla razón —lo he dicho muchas veces— de que Chile y Bolivia son países esencialmente complementarios en términos económicos y comerciales. Además, estoy absolutamente convencido de que el triángulo Perú, Chile y Bolivia está condenado, en el sentido positivo del término, a entenderse.
Que yo tengo, emocionalmente, una mayor proximidad sentimental con el Perú, sin duda. La figura que yo más admiro es el Mariscal Andrés de Santa Cruz, porque yo creo en la reintegración del espacio geográfico de Perú y Bolivia. Pero eso no es excluyente…
En Chile se afirma que los bolivianos utilizan la política exterior como política interna y que eso ocurrió sobre todo en su gobierno, ¿en qué medida esto es cierto?
Cuando yo llegué a Monterrey tenía el 77% de respaldo popular, antes del tema del mar. ¿Un presidente que tiene ese porcentaje de apoyo nacional, a santo de qué necesitaría utilizar el mar para subir su popularidad?
A mi me parece lamentable que se hable de memoria. ¿Y por qué se habla de memoria? ¡Porque quienes lo dijeron fueron los chilenos! Porque fueron los periodistas que me entrevistaron después de mi impasse con Lagos los que dijeron que yo estaba utilizando el tema del mar para ganar popularidad. Lo cual está muy bien que lo digan los chilenos, es parte del asunto. Esa es la estrategia histórica de Chile y es legítima.
Que los bolivianos lo repitan sin molestarse en leer encuestas, es inaceptable.
Pero en su gestión usted hizo mucho más énfasis en este tema que otros gobiernos...
Después de lo que ocurrió en octubre del año 2003, ¿con qué lógica cree alguien con dos dedos de frente en la cabeza que se podía llevar adelante una negociación como la que había llevado el presidente Lagos y el presidente Sánchez de Lozada? Era absolutamente imposible. Hoy es muy fácil decirlo después de todo el proceso de distensión gracias al endurecimiento de mi política exterior.
Lo primero que yo le dije al presidente Lagos fue: “Es imposible que continuemos en la lógica en que usted estuvo, porque hay un 17 de octubre (cuando cayó Sánchez de Lozada) y 67 muertos, con razón o sin ella, embanderados en la no-venta-de-gas-a-Chile”.
Yo te recuerdo que una de las exigencias del presidente Evo Morales —que la gente suele olvidar—, es que no se vendiera ni una molécula de gas a Chile directa o indirectamente... Hoy día el presidente Morales lo ha olvidado, como suele olvidar todo lo que le conviene olvidar. La presión más fuerte para que no avanzáramos ni un milímetro con Chile fue la de Evo Morales cuando estaba en la oposición.
De su experiencia como Vicepresidente, como Presidente y ahora lejos del Estado, ¿de qué se arrepiente, qué hubiera hecho mejor? ¿Cuál es la autocrítica que se hace?
Nada, absolutamente nada. Me arrepiento de muchas cosas, he cometido muchos errores, pero ciertamente mi política exterior con Chile tuvo una consistencia, una seriedad, un enfoque que me sigue pareciendo correcto y cualquier avance que Bolivia logre con Chile se deberá a que nosotros, exitosamente, colocamos las cosas en el lugar en el que debían estar.
La lógica chilena de olvidarse del tema, de que aquí no pasó nada, se convirtió en un problema de reflexión intelectual muy profundo. Lo que no se hubiera producido si siguiéramos con la teoría de que aquí lo que había que hacer era un intercambio económico y que el mar vendría por añadidura. El mar nunca va a venir por añadidura. No existe una voluntad íntima en Chile, por una razón elemental, el costo político para un presidente chileno que otorgue soberanía es tanto o más alto que el costo político de un presidente boliviano que no la consiga.
Haciendo un poco de política ficción, ¿qué es lo que haría usted si estuviera en sus manos la actual negociación?
Yo no cedería un milímetro en el tema de energía con Chile si no hay soberanía, así de simple. Yo trabajaría intensamente para recuperar relaciones con Perú en la lógica en que estábamos con el presidente Toledo. Lamentablemente, las relaciones entre el presidente Morales y el presidente García no están en su mejor momento por cuestiones ideológicas.
Pero en términos de política ficción, yo iría en ese sentido y apostaría a trabajar un proceso de inversión masiva de Bolivia para lograr que el gas boliviano pueda ser exportado a México y California. Haría un acuerdo con Perú para trabajar una o más plantas de gas en territorio peruano y trabajaría en esas exportaciones, sobre esa realidad renegociaría con Chile el tema del mar.
Lo que creo que va a pasar, la apuesta de ambas partes, es ver si logran que Evo convenza al pueblo boliviano de que una playa, un enclave por ahí y una planta de regasificación se pueden parecer a soberanía… a ver si los bolivianos se comen ese pastelito. Creo que eso es a lo que Chile está apostando, y Evo también.
Ahora bien, debo decir, con absoluta franqueza, que en este gobierno he visto cosas que creía imposibles en términos de opinión pública. Así que no descarto que nos hagan comer el pastelito.
¿Y usted vería eso como un fracaso?
Absolutamente.
Hay una corriente que plantea que Michelle Bachelet y Evo Morales, por su afinidad ideológica por sus características de género y étnicas, serían los personajes más adecuados para conducir con éxito una negociación. ¿Cuál es su opinión?
Puede haber una afinidad en términos de superficie, mucha afinidad quizás. Pero en términos objetivos me parece que muy poca. Michelle Bachelet representa la centro izquierda moderada y Evo Morales representa la revolución socialista del siglo XXI —espero enterarme algún día de qué se trata—. Lo que hay es una afinidad personal, lo que hay es un concepto de que un mujer y un indígena representan cosas nuevas, representan cambios, representan frescura en ambos países… pero quien está desesperado es Chile. La desesperación es chilena.
La razón de estado la entiende siempre mejor Chile que Bolivia. La señora Bachelet hará lo que tenga que hacer, porque la razón de estado chilena es que tiene que conseguir energía boliviana. Es urgente. Chile necesita esa energía por encima de cualquier cosa.
¿A pesar de que Chile está haciendo todo para no necesitar gas boliviano?
Chile va a conseguir energía, al costo que sea. Y si no la consigue de Bolivia la conseguirá de Indonesia o de Australia. Chile tiene que conseguir gas como pueda y al costo que sea, pero obviamente si tú tienes que pagar entre siete y ocho dólares a pagar entre cuatro y cinco, no hay dónde perderse. Por lo tanto lo lógico, lo sensato para el continente, es que ese gas sea boliviano. Es un buen negocio para Bolivia y un buen negocio para Chile.
Pero hay una razón política. La señora Bachelet está tratando de pasar por encima de esa razón política y el presidente Morales también. Yo creo que ambos gobiernos están haciendo los máximos esfuerzos para ver cómo les venden a los bolivianos la teoría de que la negociación bilateral es exitosa en términos de mar.
Bolivia es un país sumamente pobre, ¿por qué cree que no debería vender gas a Chile y dejar para después el tema de la soberanía marítima?
Si yo fuera presidente le vendería gas a Estados Unidos, que me da diez veces más ingresos que venderle a Chile. ¿Por qué yo debería venderle gas a Chile? Si Chile fuera mi único mercado potencial no tengo dudas de que le vendería, pero no es el único.
Es lamentable cómo se ha desechado el proyecto de la venta de gas a México y Estados Unidos, no entiendo por qué.
Peor que eso, me gustaría saber cuándo comienzan las inversiones para vender el gas que ya está negociado. Toda la retórica nacionalizadora —que es una gran falsificación porque no se ha nacionalizado nada—, parte de un principio de recuperación de recursos y de soberanía, pero lo que no veo muy claro es donde está la inversión que viene a acompañar esa soberanía y esa dignidad.
Se afirma que Bolivia no tiene una política de Estado respecto al mar, ¿hubo en Bolivia, a lo largo de su historia, una política definida al respecto?
Por supuesto que sí, y esa es una de las grandes falacias de la historia. Bolivia siempre tuvo una política coherente. Más coherente que Chile en la medida en que para Chile es fácil decir no. Lo único que ha hecho Chile a lo largo de la historia es decir no. Y las veces que nos hemos aproximado en negociaciones interesantes, como en 1950, o en 1975, o en 1987, ha sido para engañar a Bolivia. Para decirle sí pero no. Hay ahí también una responsabilidad peruana, por supuesto, sería una estupidez suponer que es sólo chilena.
Bolivia en cambio ha ofrecido a Chile y a Perú todas las soluciones habidas y por haber. Desde 1910 con Daniel Sánchez Bustamante, desde que fuimos a la Sociedad de Naciones, desde el acuerdo de intercambio de las aguas del Lago Titicaca, hasta Pinochet y Bánzer, Bolivia demostró flexibilidad, inventiva y creatividad. Que eso se entienda como un zigzagueo boliviano es un error. Bolivia, país débil, diez, veinte, treinta veces más débil que Chile, planteó todos los caminos posibles para encontrar una salida y se encontró siempre una muralla. En consecuencia, por supuesto que creo que hay una política de estado. Política que parece errática porque hemos tenido propuestas distintas en la medida en que las respuestas de Chile eran negativas.
Se considera que Perú es un pueblo mucho más antichileno que el boliviano. ¿Será cierto? ¿Es Bolivia un país en que hay una élite “chilenofila” y un pueblo antichileno?
Yo creo que Perú y Bolivia son un espejo en sus reacciones con Chile. La única diferencia es que Perú no perdió el mar, su reivindicación es puramente emotiva... Perú pagó un precio mucho más alto en términos humanos y de lo que significa un pueblo humillado por la dominación. Pero Perú no perdió el mar.
Su reivindicación es emotiva y el pueblo peruano es antichileno, sin duda, pero no tiene esa herida profunda en el corazón artificialmente armada que tiene el pueblo boliviano. Yo no soy partidario de que construyas la realidad de tu país sobre una derrota.
¿Y Bolivia la ha construido así?
La identidad boliviana, su contexto de unidad, en gran medida está basado en el tema de Chile. Ese es el gran problema en la lectura de la historia de Bolivia. Es una lectura equivocada, es una lectura inaceptable, es un mapa de luto, de masoquismo. No puedes construir tu identidad y tu orgullo nacional y tu seguridad contándoles a tus niños que todos tus vecinos te robaron.
¿Y sobre qué se debería construir entonces?
A partir de los procesos históricos que Bolivia tuvo: su desarrollo prehispánico occidental y oriental... la audiencia de Charcas que une oriente y occidente; lo que significó la epopeya de la creación de la gobernación de Santa Cruz; la Confederación Perú-Boliviana; la revolución que transformó el país en 1952; la sociedad múltiple con riqueza cultural y diversidad...
Eso y no las tonterías de que perdimos, perdimos, perdimos. Porque no fue así. La Confederación Perú-Boliviana fue el momento de mayor esplendor militar de Bolivia. Fue la potencia más importante de América del Sur en ese momento.
El problema de la historia boliviana es que —sin inventos— está planteada al revés: Que Bolivia es un país pobre, que tuvo fracasos, que sus élites no lograron construir bienestar... Pero hay razones entendibles: si tú tuvieras las mismas condiciones en países como Chile, Argentina, Brasil o México, probablemente el resultado sería el mismo. No vinculado a que unos fueron más capaces que otros, sino a razones geográficas, étnicas e históricas. Yo haría una relectura de nuestra historia.
En Bolivia se afirma que Chile es la causa de su subdesarrollo y pobreza, y en Chile se dice que ese es un gran pretexto que utilizan los bolivianos para esconder sus propias limitaciones. ¿Qué opina usted al respecto?
Es evidente que la herida abierta por la Guerra del Pacífico ha marcado el corazón de Bolivia. Y es evidente que la educación boliviana hace un énfasis muy fuerte en que el mar nos fue arrebatado, que Chile protagonizó una guerra injusta y que el enclaustramiento marítimo tiene que ver en buena medida con el retraso comparativo de Bolivia en el contexto de América del Sur. Adicionalmente se recuerda siempre que Chile todavía tiene ingresos importantísimos por las riquezas que obtuvo en el siglo XIX, ganadas en una guerra injusta…
Que eso sea una victimización gratuita, que eso sea una forma de tratar de disfrazar problemas que el país enfrenta, me parece una simplificación. Yo creo que Bolivia es una nación que tiene una gran capacidad de autocrítica, a veces se excede en ella, y que una visión racional, que la hay en varios ámbitos, marca claramente las propias insuficiencias del país.
Por el contrario, mi visión es que los bolivianos somos demasiado duros con nosotros mismos y tenemos una visión excesivamente negativa de nuestra historia.
El ex Presidente boliviano mantiene esa característica que lo hizo famoso: habla de corrido, no dubita ni se equivoca. Eso sí, parece más enérgico que hace unos años y si bien no nos responde a la pregunta sobre los rumores de que prepara su retorno a la vida pública, sí se explaya largamente sobre su política exterior cuando era primer mandatario y se enfrentó con Ricardo Lagos en aquel ya famoso duelo verbal.
Afirma que jamás pensó en la obviedad de "tú me das mar y yo te doy gas"; y considera que hoy Evo Morales y Michelle Bachelet no estarían haciendo lo que están haciendo si él no hubiera reposicionado el tema con firmeza.
Dice que no se arrepiente de nada de lo que hizo. Eso sí, cree que los chilenos apuestan a ver si Evo es capaz de convencer al pueblo boliviano de que postergue la soberanía por un enclave territorial ("No descarto que nos hagan comer ese pastelito", bromea). Pero también se pregunta si Morales no se dará cuenta de que podría estar vendiendo la herencia boliviana por un plato de lentejas.
En esta entrevista concedida en su despacho de la ciudad de La Paz —y que es parte de una investigación que los autores realizan para la Universidad Diego Portales que será publicada próximamente—, Mesa declara que obligó a Chile a reconocer que había un problema pendiente, pero jura que nunca utilizó el tema para ganar popularidad.
Y, por si fuera poco, confiesa que la presión más fuerte que recibió para que no avanzara ni un milímetro con Chile fue la de Evo Morales, cuando el actual Presidente boliviano estaba en la oposición, y que Chile necesita desesperadamente energía y la conseguirá al costo que sea.
Muchos sostienen que Bolivia y Chile pasan por un buen momento en la relación bilateral. ¿Cómo evaluaría el proceso de negociación que están protagonizando ambos gobiernos?
Chile, que tiene una mirada sagaz en política internacional, se ha dado perfecta cuenta de la legitimidad que Evo Morales tiene en Bolivia y, por lo tanto, de la capacidad que tiene para llevar adelante iniciativas que ningún otro presidente de nuestra historia tuvo en el pasado.
Creo que Chile esta llevando adelante una ofensiva diplomática muy fuerte para lograr su objetivo fundamental: conseguir energía de Bolivia en un plazo razonablemente corto. Y (sabe) que el único presidente que puede hacerlo sin sesión de soberanía es Evo Morales.
Desde otra óptica, creo que Evo es consciente de que la cereza de la torta de su legitimidad y de su paso por la historia sería resolver definitivamente el problema bilateral con Chile. Mi impresión, sin embargo, es que la política exterior boliviana actual carece de la experiencia, del conocimiento histórico y de los elementos suficientes como para comprender en profundidad el problema y saber si lo que se está haciendo es vender la herencia boliviana por un plato de lentejas.
Mi impresión es que Chile está negociando algo que se parezca lo más posible a la soberanía sin ser soberanía, para que Evo Morales pueda decir a los bolivianos que lo ha conseguido.
Yo en esto mantengo mi posición, yo sigo pensando que nosotros, como nunca en nuestra historia, tenemos un instrumento de negociación de un poder incontrastable que se llama energía y que en ningún caso debiéramos llegar a un acuerdo con Chile que no sea a cambio de soberanía.
El concepto de soberanía, sin embargo, debiera ser matizado. No es una visión de soberanía decimonónica, es la comprensión de que la herida se cierra cuando Chile le da soberanía a Bolivia. Inmediatamente después negociamos lo que sea necesario: una administración tripartita, un manejo compartido de recursos, eliminación del concepto de fronteras si se rompiera la chileno-peruana; un conjunto de cosas…
Pero no veo en ningún caso que Chile haya cambiado un milímetro su postura. Lo que Chile tratará es hacernos creer a los bolivianos, a través del presidente Morales, que lo ha hecho.
Se ha dicho que su gestión de gobierno fue el peor momento en la relación bilateral, por los enfrentamientos verbales que hubo, por el plebiscito y por su política de gas por mar. ¿Usted sigue defendiendo esta postura como la más adecuada para Bolivia?
Primero que nada, es un disparate decir que fue el peor momento de las relaciones boliviano chilenas, ¡por Dios! No sé si recuerdas que se rompieron relaciones y no las rompí yo.
A mí no me da pena que Chile piense o diga lo que tiene que decir porque es parte de su política exterior, a mí lo que más pena me da es que los bolivianos siempre caigamos en la trampa planteada por la lógica informativa e interpretativa de Chile. Por el contrario, yo afirmo que nosotros como gobierno reposicionamos de una manera muy importante la reivindicación marítima. La colocamos como nunca en el pasado en el ámbito internacional. No existe ningún antecedente de una Cumbre en la que estuvieron todos los países del hemisferio, en que un presidente boliviano pusiera sobre el tapete un hecho que obligó al presidente de Chile a reconocer que había un tema pendiente entre ambos países… Obligó a una ofensiva diplomática chilena para tratar de revertir el éxito que Bolivia tuvo en mostrarle al hemisferio y al mundo que había un problema que estaba entorpeciendo la integración. Y obligó a intelectuales, medios de comunicación y opinión pública chilena a repensar si era correcto lo que estaban haciendo con Bolivia.
Yo sostengo que la política que defendí, fue y es un éxito. Evo Morales no estaría haciendo lo que está haciendo hoy, y la señora Bachelet no estaría haciendo lo que está haciendo hoy si previamente Bolivia no hubiera reposicionado el tema.
Los gobiernos anteriores plantearon algo que no funcionó: ‘vamos a hacer negocios, vamos a hacer que nuestras economías avancen y eso nos acercará al mar’, no ha habido tal cosa.
Pero usted planteó la política de gas por mar…
Política de gas por mar... yo puedo ser estúpido pero no tanto. Quien conozca la historia de Chile sabe que si yo chantajeo a Chile y le digo tú me das mar y yo te doy gas, la respuesta va a ser siempre no.
El concepto de la política exterior boliviana planteada en el referéndum fue “vamos a utilizar el gas como un instrumento de negociación para reconquistar el mar”. ¿En qué dirección? En la dirección de un acercamiento bilateral con el Perú, y la exportación del gas boliviano a México y Estados Unidos por el Perú…
Yo jamás pensé en la obviedad de “tú me das mar y yo te doy gas”. Había que hacer un trabajo de integración mucho más profundo con el Perú. Mi política exterior estaba mucho más vinculada a convertir a Perú y Bolivia en una alianza energética estratégica que obligara a Chile a cambiar su lógica con Bolivia. No pudo ser porque las élites bolivianas y peruanas no nos acompañaron, porque Perú no leyó adecuadamente las cosas y porque yo en el momento en que hice el acuerdo con Perú no pude contar con la aprobación de la Ley de Hidrocarburos.
En Bolivia, entre los historiadores y diplomáticos —y sobre todo entre estos últimos—, hay corrientes pro chilenas y pro peruanas. Hay gente que dice que usted es más bien “peruanofilo”… sin embargo, Perú ha sido el país que más ha dificultado cualquier entendimiento entre Bolivia y Chile…
Para una persona que intenta una visión racional de las cosas y que intenta y cree en la integración, la definición de “peruanofilo” siempre tiene un peligro, el suponer que el ser peruanofilo es ser antichileno. El primer concepto vital aquí es que yo no soy antichileno. No puedo, no debo ser antichileno. Por la simple y sencilla razón —lo he dicho muchas veces— de que Chile y Bolivia son países esencialmente complementarios en términos económicos y comerciales. Además, estoy absolutamente convencido de que el triángulo Perú, Chile y Bolivia está condenado, en el sentido positivo del término, a entenderse.
Que yo tengo, emocionalmente, una mayor proximidad sentimental con el Perú, sin duda. La figura que yo más admiro es el Mariscal Andrés de Santa Cruz, porque yo creo en la reintegración del espacio geográfico de Perú y Bolivia. Pero eso no es excluyente…
En Chile se afirma que los bolivianos utilizan la política exterior como política interna y que eso ocurrió sobre todo en su gobierno, ¿en qué medida esto es cierto?
Cuando yo llegué a Monterrey tenía el 77% de respaldo popular, antes del tema del mar. ¿Un presidente que tiene ese porcentaje de apoyo nacional, a santo de qué necesitaría utilizar el mar para subir su popularidad?
A mi me parece lamentable que se hable de memoria. ¿Y por qué se habla de memoria? ¡Porque quienes lo dijeron fueron los chilenos! Porque fueron los periodistas que me entrevistaron después de mi impasse con Lagos los que dijeron que yo estaba utilizando el tema del mar para ganar popularidad. Lo cual está muy bien que lo digan los chilenos, es parte del asunto. Esa es la estrategia histórica de Chile y es legítima.
Que los bolivianos lo repitan sin molestarse en leer encuestas, es inaceptable.
Pero en su gestión usted hizo mucho más énfasis en este tema que otros gobiernos...
Después de lo que ocurrió en octubre del año 2003, ¿con qué lógica cree alguien con dos dedos de frente en la cabeza que se podía llevar adelante una negociación como la que había llevado el presidente Lagos y el presidente Sánchez de Lozada? Era absolutamente imposible. Hoy es muy fácil decirlo después de todo el proceso de distensión gracias al endurecimiento de mi política exterior.
Lo primero que yo le dije al presidente Lagos fue: “Es imposible que continuemos en la lógica en que usted estuvo, porque hay un 17 de octubre (cuando cayó Sánchez de Lozada) y 67 muertos, con razón o sin ella, embanderados en la no-venta-de-gas-a-Chile”.
Yo te recuerdo que una de las exigencias del presidente Evo Morales —que la gente suele olvidar—, es que no se vendiera ni una molécula de gas a Chile directa o indirectamente... Hoy día el presidente Morales lo ha olvidado, como suele olvidar todo lo que le conviene olvidar. La presión más fuerte para que no avanzáramos ni un milímetro con Chile fue la de Evo Morales cuando estaba en la oposición.
De su experiencia como Vicepresidente, como Presidente y ahora lejos del Estado, ¿de qué se arrepiente, qué hubiera hecho mejor? ¿Cuál es la autocrítica que se hace?
Nada, absolutamente nada. Me arrepiento de muchas cosas, he cometido muchos errores, pero ciertamente mi política exterior con Chile tuvo una consistencia, una seriedad, un enfoque que me sigue pareciendo correcto y cualquier avance que Bolivia logre con Chile se deberá a que nosotros, exitosamente, colocamos las cosas en el lugar en el que debían estar.
La lógica chilena de olvidarse del tema, de que aquí no pasó nada, se convirtió en un problema de reflexión intelectual muy profundo. Lo que no se hubiera producido si siguiéramos con la teoría de que aquí lo que había que hacer era un intercambio económico y que el mar vendría por añadidura. El mar nunca va a venir por añadidura. No existe una voluntad íntima en Chile, por una razón elemental, el costo político para un presidente chileno que otorgue soberanía es tanto o más alto que el costo político de un presidente boliviano que no la consiga.
Haciendo un poco de política ficción, ¿qué es lo que haría usted si estuviera en sus manos la actual negociación?
Yo no cedería un milímetro en el tema de energía con Chile si no hay soberanía, así de simple. Yo trabajaría intensamente para recuperar relaciones con Perú en la lógica en que estábamos con el presidente Toledo. Lamentablemente, las relaciones entre el presidente Morales y el presidente García no están en su mejor momento por cuestiones ideológicas.
Pero en términos de política ficción, yo iría en ese sentido y apostaría a trabajar un proceso de inversión masiva de Bolivia para lograr que el gas boliviano pueda ser exportado a México y California. Haría un acuerdo con Perú para trabajar una o más plantas de gas en territorio peruano y trabajaría en esas exportaciones, sobre esa realidad renegociaría con Chile el tema del mar.
Lo que creo que va a pasar, la apuesta de ambas partes, es ver si logran que Evo convenza al pueblo boliviano de que una playa, un enclave por ahí y una planta de regasificación se pueden parecer a soberanía… a ver si los bolivianos se comen ese pastelito. Creo que eso es a lo que Chile está apostando, y Evo también.
Ahora bien, debo decir, con absoluta franqueza, que en este gobierno he visto cosas que creía imposibles en términos de opinión pública. Así que no descarto que nos hagan comer el pastelito.
¿Y usted vería eso como un fracaso?
Absolutamente.
Hay una corriente que plantea que Michelle Bachelet y Evo Morales, por su afinidad ideológica por sus características de género y étnicas, serían los personajes más adecuados para conducir con éxito una negociación. ¿Cuál es su opinión?
Puede haber una afinidad en términos de superficie, mucha afinidad quizás. Pero en términos objetivos me parece que muy poca. Michelle Bachelet representa la centro izquierda moderada y Evo Morales representa la revolución socialista del siglo XXI —espero enterarme algún día de qué se trata—. Lo que hay es una afinidad personal, lo que hay es un concepto de que un mujer y un indígena representan cosas nuevas, representan cambios, representan frescura en ambos países… pero quien está desesperado es Chile. La desesperación es chilena.
La razón de estado la entiende siempre mejor Chile que Bolivia. La señora Bachelet hará lo que tenga que hacer, porque la razón de estado chilena es que tiene que conseguir energía boliviana. Es urgente. Chile necesita esa energía por encima de cualquier cosa.
¿A pesar de que Chile está haciendo todo para no necesitar gas boliviano?
Chile va a conseguir energía, al costo que sea. Y si no la consigue de Bolivia la conseguirá de Indonesia o de Australia. Chile tiene que conseguir gas como pueda y al costo que sea, pero obviamente si tú tienes que pagar entre siete y ocho dólares a pagar entre cuatro y cinco, no hay dónde perderse. Por lo tanto lo lógico, lo sensato para el continente, es que ese gas sea boliviano. Es un buen negocio para Bolivia y un buen negocio para Chile.
Pero hay una razón política. La señora Bachelet está tratando de pasar por encima de esa razón política y el presidente Morales también. Yo creo que ambos gobiernos están haciendo los máximos esfuerzos para ver cómo les venden a los bolivianos la teoría de que la negociación bilateral es exitosa en términos de mar.
Bolivia es un país sumamente pobre, ¿por qué cree que no debería vender gas a Chile y dejar para después el tema de la soberanía marítima?
Si yo fuera presidente le vendería gas a Estados Unidos, que me da diez veces más ingresos que venderle a Chile. ¿Por qué yo debería venderle gas a Chile? Si Chile fuera mi único mercado potencial no tengo dudas de que le vendería, pero no es el único.
Es lamentable cómo se ha desechado el proyecto de la venta de gas a México y Estados Unidos, no entiendo por qué.
Peor que eso, me gustaría saber cuándo comienzan las inversiones para vender el gas que ya está negociado. Toda la retórica nacionalizadora —que es una gran falsificación porque no se ha nacionalizado nada—, parte de un principio de recuperación de recursos y de soberanía, pero lo que no veo muy claro es donde está la inversión que viene a acompañar esa soberanía y esa dignidad.
Se afirma que Bolivia no tiene una política de Estado respecto al mar, ¿hubo en Bolivia, a lo largo de su historia, una política definida al respecto?
Por supuesto que sí, y esa es una de las grandes falacias de la historia. Bolivia siempre tuvo una política coherente. Más coherente que Chile en la medida en que para Chile es fácil decir no. Lo único que ha hecho Chile a lo largo de la historia es decir no. Y las veces que nos hemos aproximado en negociaciones interesantes, como en 1950, o en 1975, o en 1987, ha sido para engañar a Bolivia. Para decirle sí pero no. Hay ahí también una responsabilidad peruana, por supuesto, sería una estupidez suponer que es sólo chilena.
Bolivia en cambio ha ofrecido a Chile y a Perú todas las soluciones habidas y por haber. Desde 1910 con Daniel Sánchez Bustamante, desde que fuimos a la Sociedad de Naciones, desde el acuerdo de intercambio de las aguas del Lago Titicaca, hasta Pinochet y Bánzer, Bolivia demostró flexibilidad, inventiva y creatividad. Que eso se entienda como un zigzagueo boliviano es un error. Bolivia, país débil, diez, veinte, treinta veces más débil que Chile, planteó todos los caminos posibles para encontrar una salida y se encontró siempre una muralla. En consecuencia, por supuesto que creo que hay una política de estado. Política que parece errática porque hemos tenido propuestas distintas en la medida en que las respuestas de Chile eran negativas.
Se considera que Perú es un pueblo mucho más antichileno que el boliviano. ¿Será cierto? ¿Es Bolivia un país en que hay una élite “chilenofila” y un pueblo antichileno?
Yo creo que Perú y Bolivia son un espejo en sus reacciones con Chile. La única diferencia es que Perú no perdió el mar, su reivindicación es puramente emotiva... Perú pagó un precio mucho más alto en términos humanos y de lo que significa un pueblo humillado por la dominación. Pero Perú no perdió el mar.
Su reivindicación es emotiva y el pueblo peruano es antichileno, sin duda, pero no tiene esa herida profunda en el corazón artificialmente armada que tiene el pueblo boliviano. Yo no soy partidario de que construyas la realidad de tu país sobre una derrota.
¿Y Bolivia la ha construido así?
La identidad boliviana, su contexto de unidad, en gran medida está basado en el tema de Chile. Ese es el gran problema en la lectura de la historia de Bolivia. Es una lectura equivocada, es una lectura inaceptable, es un mapa de luto, de masoquismo. No puedes construir tu identidad y tu orgullo nacional y tu seguridad contándoles a tus niños que todos tus vecinos te robaron.
¿Y sobre qué se debería construir entonces?
A partir de los procesos históricos que Bolivia tuvo: su desarrollo prehispánico occidental y oriental... la audiencia de Charcas que une oriente y occidente; lo que significó la epopeya de la creación de la gobernación de Santa Cruz; la Confederación Perú-Boliviana; la revolución que transformó el país en 1952; la sociedad múltiple con riqueza cultural y diversidad...
Eso y no las tonterías de que perdimos, perdimos, perdimos. Porque no fue así. La Confederación Perú-Boliviana fue el momento de mayor esplendor militar de Bolivia. Fue la potencia más importante de América del Sur en ese momento.
El problema de la historia boliviana es que —sin inventos— está planteada al revés: Que Bolivia es un país pobre, que tuvo fracasos, que sus élites no lograron construir bienestar... Pero hay razones entendibles: si tú tuvieras las mismas condiciones en países como Chile, Argentina, Brasil o México, probablemente el resultado sería el mismo. No vinculado a que unos fueron más capaces que otros, sino a razones geográficas, étnicas e históricas. Yo haría una relectura de nuestra historia.
En Bolivia se afirma que Chile es la causa de su subdesarrollo y pobreza, y en Chile se dice que ese es un gran pretexto que utilizan los bolivianos para esconder sus propias limitaciones. ¿Qué opina usted al respecto?
Es evidente que la herida abierta por la Guerra del Pacífico ha marcado el corazón de Bolivia. Y es evidente que la educación boliviana hace un énfasis muy fuerte en que el mar nos fue arrebatado, que Chile protagonizó una guerra injusta y que el enclaustramiento marítimo tiene que ver en buena medida con el retraso comparativo de Bolivia en el contexto de América del Sur. Adicionalmente se recuerda siempre que Chile todavía tiene ingresos importantísimos por las riquezas que obtuvo en el siglo XIX, ganadas en una guerra injusta…
Que eso sea una victimización gratuita, que eso sea una forma de tratar de disfrazar problemas que el país enfrenta, me parece una simplificación. Yo creo que Bolivia es una nación que tiene una gran capacidad de autocrítica, a veces se excede en ella, y que una visión racional, que la hay en varios ámbitos, marca claramente las propias insuficiencias del país.
Por el contrario, mi visión es que los bolivianos somos demasiado duros con nosotros mismos y tenemos una visión excesivamente negativa de nuestra historia.
Por la boca muere el pez
La larga y conflictiva historia diplomática entre Bolivia y Chile, sólo en estos últimos años, cobró dos cónsules al primer país y uno al segundo. En los tres casos y si nos atenemos a las versiones oficiales, por motivos similares: Hablar de más.
Lo cual confirma algunas certezas en el caso boliviano. En primer lugar que los temas que son determinantes para la administración de Evo Morales se manejan sin ningún tipo de intermediarios; es el caso, por ejemplo, de los hidrocarburos, Ministerio por el cual ya han pasado tres personajes de alto renombre en el último año; la Asamblea Constituyente donde la última palabra siempre la tiene el Presidente; o, salvando las distancias, la relación diplomática con Chile. Lo cual debe hacer reflexionar a los especialistas no sobre las contradicciones de Morales (que no las hubo en la destitución de Enrique Pinelo o Roberto Finot), sino sobre la toma de decisiones y su particular forma de ejercicio de la política.
La prioridad que tiene este asunto para el Presidente boliviano se confirma día tras día. La semana pasada, por ejemplo, cuando realizó un viaje relámpago al Perú, país con el que está algo más que distanciado. Ahí no tuvo reparos en soltar graciosas e infelices frases como aquella de que a Alan García lo conocía cuando era más flaco y más antiimperialista, palabras que por supuesto no cayeron nada bien en el gobierno peruano, pero que permiten colegir —si uno quisiera rizar el rizo—, cuál fue la respuesta peruana a los planteamientos marítimos bolivianos.
Por otra parte, si bien la construcción de su liderazgo sindical y político se sustentó en la lucha intransigente para evitar que se venda gas a Chile (lo que costó decenas de muertos y la renuncia de un Presidente), hoy en cambio, es precisamente él quien se muestra más convencido de que puede resolver la cuadratura del círculo.
Como cualquier político boliviano, alberga secretamente el deseo de resolver el principal diferendo sudamericano y pasar a la historia por la puerta grande, por tanto, como todos ellos, está dispuesto a pagar el precio (pero ni un centavo más, y menos por un funcionario de segundo rango). Es que nunca debiera olvidarse el costo político que diariamente tiene que pagar Morales por su política exterior ni dejar de prever cuán abultada es su cuenta corriente.
Finalmente, a diferencia de lo que tradicionalmente se piensa, en justicia hay que decir que si Bolivia tiene algo parecido a una política de Estado ésa es la referida al tema marítimo (¿o usted oyó alguna vez en el último siglo a un presidente, canciller, embajador o cónsul que no reivindicara una salida soberana al mar?). Que esa aspiración sea condimentada por una serie de fórmulas complejas y por la contingencia política, es anecdótico.
Y esto es en lo que no podemos equivocarnos (y donde Roberto Finot erró de medio a medio): Sólo Evo Morales le puede decir a los bolivianos que la soberanía será postergada por asuntos menos trascendentes y más terrenales, sea un enclave, una zona económica especial o un canje territorial; o, paradoja de las paradojas que se le venderá gas a Chile. No sólo es su responsabilidad como Presidente (y su derecho como político), sino que en el mundo real es el único que puede y está dispuesto a hacerlo.
Lo cual confirma algunas certezas en el caso boliviano. En primer lugar que los temas que son determinantes para la administración de Evo Morales se manejan sin ningún tipo de intermediarios; es el caso, por ejemplo, de los hidrocarburos, Ministerio por el cual ya han pasado tres personajes de alto renombre en el último año; la Asamblea Constituyente donde la última palabra siempre la tiene el Presidente; o, salvando las distancias, la relación diplomática con Chile. Lo cual debe hacer reflexionar a los especialistas no sobre las contradicciones de Morales (que no las hubo en la destitución de Enrique Pinelo o Roberto Finot), sino sobre la toma de decisiones y su particular forma de ejercicio de la política.
La prioridad que tiene este asunto para el Presidente boliviano se confirma día tras día. La semana pasada, por ejemplo, cuando realizó un viaje relámpago al Perú, país con el que está algo más que distanciado. Ahí no tuvo reparos en soltar graciosas e infelices frases como aquella de que a Alan García lo conocía cuando era más flaco y más antiimperialista, palabras que por supuesto no cayeron nada bien en el gobierno peruano, pero que permiten colegir —si uno quisiera rizar el rizo—, cuál fue la respuesta peruana a los planteamientos marítimos bolivianos.
Por otra parte, si bien la construcción de su liderazgo sindical y político se sustentó en la lucha intransigente para evitar que se venda gas a Chile (lo que costó decenas de muertos y la renuncia de un Presidente), hoy en cambio, es precisamente él quien se muestra más convencido de que puede resolver la cuadratura del círculo.
Como cualquier político boliviano, alberga secretamente el deseo de resolver el principal diferendo sudamericano y pasar a la historia por la puerta grande, por tanto, como todos ellos, está dispuesto a pagar el precio (pero ni un centavo más, y menos por un funcionario de segundo rango). Es que nunca debiera olvidarse el costo político que diariamente tiene que pagar Morales por su política exterior ni dejar de prever cuán abultada es su cuenta corriente.
Finalmente, a diferencia de lo que tradicionalmente se piensa, en justicia hay que decir que si Bolivia tiene algo parecido a una política de Estado ésa es la referida al tema marítimo (¿o usted oyó alguna vez en el último siglo a un presidente, canciller, embajador o cónsul que no reivindicara una salida soberana al mar?). Que esa aspiración sea condimentada por una serie de fórmulas complejas y por la contingencia política, es anecdótico.
Y esto es en lo que no podemos equivocarnos (y donde Roberto Finot erró de medio a medio): Sólo Evo Morales le puede decir a los bolivianos que la soberanía será postergada por asuntos menos trascendentes y más terrenales, sea un enclave, una zona económica especial o un canje territorial; o, paradoja de las paradojas que se le venderá gas a Chile. No sólo es su responsabilidad como Presidente (y su derecho como político), sino que en el mundo real es el único que puede y está dispuesto a hacerlo.
Déjà Vu
Qué duda cabe, una de las mejores cancillerías del continente es la peruana. Si no fijémonos en los últimos acontecimientos.
Sólo días después de que se reunieran en La Paz los vicecancilleres de Chile y Bolivia para tratar en forma confidencial el problema marítimo (como parte de la agenda bilateral que tienen ambos países), el canciller peruano, José Antonio García Belaúnde, reaccionó y frenó en seco este acercamiento declarando a una oficialista e ignota agencia de prensa que es "bienvenida" la posibilidad de que Chile ceda a Bolivia un territorio de "soberanía compartida" con Perú; en Arica para más datos.
Nadie se lo había preguntado, no era una noticia en la agenda ni en los medios de ninguno de los tres países, pero -por si acaso- decidió advertir a sus homólogos de Chile y Bolivia.
¿Qué significan estas declaraciones en lenguaje no diplomático? Patear el tablero que estaban construyendo trabajosamente chilenos y bolivianos para decir claramente que sobre el mar no se discute sin la participación del Perú.
Lo mismo ocurrió en la década del ‘70 cuando Bolivia y Chile estuvieron más cerca que nunca de arreglar sus históricos problemas (¿se acuerda del "abrazo de Charaña" entre Banzer y Pinochet?). En ese entonces, ante la propuesta de cesión a Bolivia de una franja territorial, el Perú planteo que era mejor convertir Arica en un espacio de soberanía trinacional, lo cual era inadmisible para Chile y Bolivia. Inmediatamente después vino la ruptura y el distanciamiento entre ambos países, que no se recompuso en décadas.
No hay espacio en esta columna para contar episodios como éste que han tachonado nuestra historia compartida, pero sí para esbozar una regla general: En la medida en que Bolivia y Chile se acercan (sea por temas económicos, sea por el mar), Perú activa todo su aparato diplomático y político, recuerda viejas rivalidades y logra en pocos días que Chile reconsidere sus intenciones. Esa regla fue coronada tiempo atrás con una sutileza que alejó definitivamente cualquier posibilidad de salida al mar para Bolivia a través de la frontera norte chilena: Sacó a la luz la ya famosa disputa sobre límites marítimos.
Por eso, al leer las noticias, se siente una profunda sensación de Déjà Vu (y de desasosiego). Lo único que parecería haber cambiado en estos meses es que arrecia la crisis energética y que Bolivia (si dejara de lado sus anteojeras ideológicas) podría jugar un papel determinante en la región en el corto plazo. O quizá no, y eso también estuvo previsto en las declaraciones de Belaúnde.
Ahora bien, en algo tiene razón Perú. Mientras no se "trilateralice" la discusión sobre el tema marítimo, no se avanzará un milímetro. La bilateralidad que plantea la cancillera chilena y más recientemente el gobierno de Evo Morales, parecería conducir al mismo callejón sin salida de siempre.
Mientras tanto, cierto que se puede profundizar la integración comercial o energética, pero no mucho más. Si Bolivia y Chile quieren hablar del mar deben invitar a la mesa a otro comensal, no sólo porque así lo dicen los tratados sino porque así lo dicta el pragmatismo político.
Por lo menos si se quiere hablar seriamente y evitar que nuestras respectivas cancillerías se sigan mandando recados por el periódico.
Sólo días después de que se reunieran en La Paz los vicecancilleres de Chile y Bolivia para tratar en forma confidencial el problema marítimo (como parte de la agenda bilateral que tienen ambos países), el canciller peruano, José Antonio García Belaúnde, reaccionó y frenó en seco este acercamiento declarando a una oficialista e ignota agencia de prensa que es "bienvenida" la posibilidad de que Chile ceda a Bolivia un territorio de "soberanía compartida" con Perú; en Arica para más datos.
Nadie se lo había preguntado, no era una noticia en la agenda ni en los medios de ninguno de los tres países, pero -por si acaso- decidió advertir a sus homólogos de Chile y Bolivia.
¿Qué significan estas declaraciones en lenguaje no diplomático? Patear el tablero que estaban construyendo trabajosamente chilenos y bolivianos para decir claramente que sobre el mar no se discute sin la participación del Perú.
Lo mismo ocurrió en la década del ‘70 cuando Bolivia y Chile estuvieron más cerca que nunca de arreglar sus históricos problemas (¿se acuerda del "abrazo de Charaña" entre Banzer y Pinochet?). En ese entonces, ante la propuesta de cesión a Bolivia de una franja territorial, el Perú planteo que era mejor convertir Arica en un espacio de soberanía trinacional, lo cual era inadmisible para Chile y Bolivia. Inmediatamente después vino la ruptura y el distanciamiento entre ambos países, que no se recompuso en décadas.
No hay espacio en esta columna para contar episodios como éste que han tachonado nuestra historia compartida, pero sí para esbozar una regla general: En la medida en que Bolivia y Chile se acercan (sea por temas económicos, sea por el mar), Perú activa todo su aparato diplomático y político, recuerda viejas rivalidades y logra en pocos días que Chile reconsidere sus intenciones. Esa regla fue coronada tiempo atrás con una sutileza que alejó definitivamente cualquier posibilidad de salida al mar para Bolivia a través de la frontera norte chilena: Sacó a la luz la ya famosa disputa sobre límites marítimos.
Por eso, al leer las noticias, se siente una profunda sensación de Déjà Vu (y de desasosiego). Lo único que parecería haber cambiado en estos meses es que arrecia la crisis energética y que Bolivia (si dejara de lado sus anteojeras ideológicas) podría jugar un papel determinante en la región en el corto plazo. O quizá no, y eso también estuvo previsto en las declaraciones de Belaúnde.
Ahora bien, en algo tiene razón Perú. Mientras no se "trilateralice" la discusión sobre el tema marítimo, no se avanzará un milímetro. La bilateralidad que plantea la cancillera chilena y más recientemente el gobierno de Evo Morales, parecería conducir al mismo callejón sin salida de siempre.
Mientras tanto, cierto que se puede profundizar la integración comercial o energética, pero no mucho más. Si Bolivia y Chile quieren hablar del mar deben invitar a la mesa a otro comensal, no sólo porque así lo dicen los tratados sino porque así lo dicta el pragmatismo político.
Por lo menos si se quiere hablar seriamente y evitar que nuestras respectivas cancillerías se sigan mandando recados por el periódico.
Entrevista del periódico La Razón
¿Cuál es la evaluación que usted tiene de las relaciones bilaterales entre Bolivia y Chile, considerando el manejo que le dieron la presidente Michelle Bachelet y el Presidente Evo Morales?
Yo soy optimista por naturaleza, así que siempre celebro el diálogo, las buenas maneras y, sobre todo, la diplomacia presidencial inteligente y de bajo perfil.
Ojala ambos presidentes tengan la valentía necesaria, asuman los costos políticos que implicaría una negociación futura y, sobre todo, estén dispuestos a ceder (no hay negociación posible sin eso).
¿Quién hubiera creído hace unos años que el mayor acercamiento entre ambos gobiernos -después del "abrazo de Charaña" entre Banzer y Pinochet-, lo iba a protagonizar en estos meses un indígena y una mujer que sacaron de sus mangas sutilezas florentinas?
¿Cuánto ha avanzado la agenda bilateral de 13 puntos acordada por ambos gobiernos?
Las conversaciones recién se inician. Hay temas más sencillos que otros… pero no nos engañemos. Mientras no se discutan los problemas esenciales, mientras no se le ponga el cascabel al gato, siempre veremos esos acercamientos como preliminares.
¿El diálogo bilateral comercial está sujeto al restablecimiento pleno de las relaciones diplomáticas?
No sería prudente, sobre todo de nuestra parte.
¿De acuerdo a la formación estudiantil y diplomática que recibió usted, Qué posición tiene sobre la demanda boliviana de reintegración marítima?
Yo amo profundamente ambos países. Antes que los estudios de secundaria o mi formación profesional, mis afectos fundamentales (los que realmente valen la pena) están repartidos entre Bolivia -que para mí no es un concepto nacionalista sino lugares y personas entrañables-; y Chile, donde nació la persona más importante de mi vida, mi hijo Ismael. Entenderá entonces que quiero que ambos países se entiendan y se complementen.
¿Usted cree que ambos países podrían profundizar su relación comercial, si se considera que son complementarios? Y si es así, ¿en qué temas?
Creo que el agua, la energía y la tecnología se convierten en fundamentales a la hora de pensar en una relación realista, seria y de futuro entre ambos países.
Ojala que dentro de unos años Bolivia vendiera gas a Chile, pero también manufacturas (sobre los que habrá que negociar con inteligencia), y ojala que Chile le transfiriera a Bolivia innovación, tecnología e información que tanta falta hacen.
¿Cuál es la lectura que tiene Chile sobre la diplomacia de los pueblos?
Chile no es una entelequia, como no lo es Bolivia. El gobierno tiene una opinión, los partidos de oposición otra, los diferentes sectores de la sociedad chilena (los pocos que conocen esa abstracción), su propio punto de vista, en fin.
Ahora bien, en el ámbito diplomático se hace una lectura respetuosa, pero a nivel más informal se la considera un gesto más bien discursivo.
¿Cómo percibe la opinión pública la actual relación entre Bolivia y Chile a la perspectiva del diálogo bilateral?
La visión negativa que tienen sectores importantes de la población de ambos países es una realidad, no nos engañemos. Hay fuertes dosis de xenofobia, nacionalismo y racismo a ambos lados de la frontera, y esa es una combinación explosiva y peligrosa. Por eso la importancia que tienen los liderazgos responsables, fuertes de amplio respaldo como el de Evo Morales o Michelle Bachelet. Ellos no sólo tienen la posibilidad sino la responsabilidad de hacer que ambos pueblos superen su distanciamiento a través de lo que algunos analistas llaman “educación presidencial”.
¿Cómo analiza el acto conjunto que realizarán el próximo 10 de abril en Calama para rendir homenaje a Eduardo Abaroa?
Fantástico, todos estos gestos son importantes... No nos olvidemos que Abaroa es nuestro máximo héroe, pero también tiene descendientes en Chile que lo recuerdan y le rendirán homenaje. ¡Qué paradoja!
Ese acto, las visitas de militares y políticos, su asistencia a actos protocolares, el diálogo… ¡hasta las vacaciones en Arica de los pequeños sectores que pueden darse ese lujo en Bolivia!.. Todas esas cosas suman.
¿Existe una posibilidad real de que Chile decida reincorporar el tema energético en el diálogo sobre la reivindicación marítima?
Chile necesita energía y mucha, pero no cederá soberanía a cambio de ella. Quién lo crea de otra manera está mintiéndose a sí mismo. La energía es una condicionante del crecimiento chileno, pero precisamente por eso la obtendrá en otros mercados; el mundo globalizado así lo permite.
Nadie en Chile, ningún político ni ningún ciudadano, está dispuesto a caer en ese juego infantil: "Si me das, te doy… si no nada".
Cambiemos la perspectiva. Se deben conversar paralelamente sobre ambos temas sin complejos pero también sin ingenuidad.
Yo soy optimista por naturaleza, así que siempre celebro el diálogo, las buenas maneras y, sobre todo, la diplomacia presidencial inteligente y de bajo perfil.
Ojala ambos presidentes tengan la valentía necesaria, asuman los costos políticos que implicaría una negociación futura y, sobre todo, estén dispuestos a ceder (no hay negociación posible sin eso).
¿Quién hubiera creído hace unos años que el mayor acercamiento entre ambos gobiernos -después del "abrazo de Charaña" entre Banzer y Pinochet-, lo iba a protagonizar en estos meses un indígena y una mujer que sacaron de sus mangas sutilezas florentinas?
¿Cuánto ha avanzado la agenda bilateral de 13 puntos acordada por ambos gobiernos?
Las conversaciones recién se inician. Hay temas más sencillos que otros… pero no nos engañemos. Mientras no se discutan los problemas esenciales, mientras no se le ponga el cascabel al gato, siempre veremos esos acercamientos como preliminares.
¿El diálogo bilateral comercial está sujeto al restablecimiento pleno de las relaciones diplomáticas?
No sería prudente, sobre todo de nuestra parte.
¿De acuerdo a la formación estudiantil y diplomática que recibió usted, Qué posición tiene sobre la demanda boliviana de reintegración marítima?
Yo amo profundamente ambos países. Antes que los estudios de secundaria o mi formación profesional, mis afectos fundamentales (los que realmente valen la pena) están repartidos entre Bolivia -que para mí no es un concepto nacionalista sino lugares y personas entrañables-; y Chile, donde nació la persona más importante de mi vida, mi hijo Ismael. Entenderá entonces que quiero que ambos países se entiendan y se complementen.
¿Usted cree que ambos países podrían profundizar su relación comercial, si se considera que son complementarios? Y si es así, ¿en qué temas?
Creo que el agua, la energía y la tecnología se convierten en fundamentales a la hora de pensar en una relación realista, seria y de futuro entre ambos países.
Ojala que dentro de unos años Bolivia vendiera gas a Chile, pero también manufacturas (sobre los que habrá que negociar con inteligencia), y ojala que Chile le transfiriera a Bolivia innovación, tecnología e información que tanta falta hacen.
¿Cuál es la lectura que tiene Chile sobre la diplomacia de los pueblos?
Chile no es una entelequia, como no lo es Bolivia. El gobierno tiene una opinión, los partidos de oposición otra, los diferentes sectores de la sociedad chilena (los pocos que conocen esa abstracción), su propio punto de vista, en fin.
Ahora bien, en el ámbito diplomático se hace una lectura respetuosa, pero a nivel más informal se la considera un gesto más bien discursivo.
¿Cómo percibe la opinión pública la actual relación entre Bolivia y Chile a la perspectiva del diálogo bilateral?
La visión negativa que tienen sectores importantes de la población de ambos países es una realidad, no nos engañemos. Hay fuertes dosis de xenofobia, nacionalismo y racismo a ambos lados de la frontera, y esa es una combinación explosiva y peligrosa. Por eso la importancia que tienen los liderazgos responsables, fuertes de amplio respaldo como el de Evo Morales o Michelle Bachelet. Ellos no sólo tienen la posibilidad sino la responsabilidad de hacer que ambos pueblos superen su distanciamiento a través de lo que algunos analistas llaman “educación presidencial”.
¿Cómo analiza el acto conjunto que realizarán el próximo 10 de abril en Calama para rendir homenaje a Eduardo Abaroa?
Fantástico, todos estos gestos son importantes... No nos olvidemos que Abaroa es nuestro máximo héroe, pero también tiene descendientes en Chile que lo recuerdan y le rendirán homenaje. ¡Qué paradoja!
Ese acto, las visitas de militares y políticos, su asistencia a actos protocolares, el diálogo… ¡hasta las vacaciones en Arica de los pequeños sectores que pueden darse ese lujo en Bolivia!.. Todas esas cosas suman.
¿Existe una posibilidad real de que Chile decida reincorporar el tema energético en el diálogo sobre la reivindicación marítima?
Chile necesita energía y mucha, pero no cederá soberanía a cambio de ella. Quién lo crea de otra manera está mintiéndose a sí mismo. La energía es una condicionante del crecimiento chileno, pero precisamente por eso la obtendrá en otros mercados; el mundo globalizado así lo permite.
Nadie en Chile, ningún político ni ningún ciudadano, está dispuesto a caer en ese juego infantil: "Si me das, te doy… si no nada".
Cambiemos la perspectiva. Se deben conversar paralelamente sobre ambos temas sin complejos pero también sin ingenuidad.
La guerra más trágica
El 23 de marzo Bolivia conmemora la Guerra del Pacífico, la más trágica de la que fue protagonista (aunque no la más cruenta: faltaría medio siglo todavía para eso, y sería con Paraguay, en el Chaco). Pero la de 1879 fue la más importante porque ocasionó no sólo pérdidas territoriales sino un enclaustramiento marítimo que generó una transformación cultural que afecta aún hoy la idiosincrasia de nosotros, los bolivianos. Aunque sea difícil de entender para quienes no conocen el país, no es un tema olvidado y añejo, sino uno de los pilares de nuestro imaginario colectivo (lamentablemente, construido en base a demagogia política y militar, pero esa es otra historia).
Es un día también en el que se recuerdan frases heroicas (esas que uno nunca sabrá si realmente fueron pronunciadas, pero que son parte de cualquier mitología). Se dice que cuando las tropas chilenas exigieron la rendición del máximo héroe boliviano, Eduardo Abaroa, recibieron por respuesta: "¿Rendirme yo? ¡Que se rinda su abuela, carajo!". Menos poética que la de Arturo Prat pero igual de trágica.
Pero no nos equivoquemos, no hay grandeza en las guerras (o ésta se camufla cobardemente entre el nacionalismo y la literatura). Las guerras significan dolor y muerte, y dejan heridas difíciles de restañar. Pocas veces los involucrados se dotan de la valentía necesaria, asumen las pérdidas, tienen realismo político y, sobre todo, se muestran dispuestos a ceder. Entre bolivianos y chilenos, 128 años después, parecerían no haber nacido aún los hombres y mujeres dispuestos a esos sacrificios.
Hace unos años, muchos pensaban en Chile que Sánchez de Lozada, el pragmático, o Carlos Mesa, el intelectual, eran capaces de enfrentar el problema. Pocos se imaginaron que el primero sería incapaz de concluir su periodo, o que el segundo terminaría pateando el tablero y promoviendo un plebiscito vinculante en el cual se aprobó la muletilla de "gas por mar". A la inversa, ¿quién hubiera creído en ese entonces que el mayor acercamiento entre ambos gobiernos -después del "abrazo de Charaña" entre Hugo Banzer y Augusto Pinochet-, lo iba a protagonizar en estos meses un indígena y una mujer que sacaron de sus mangas sutilezas florentinas? Después de todo, siempre queda la esperanza.
Este 23 de marzo en toda Bolivia se realizarán los tradicionales desfiles cívico-militares al que íbamos los estudiantes uniformados, cuando creíamos -ingenuos- que existían buenos y malos en la historia, que el gris era para días graves, de lluvia. Quizá haya manifestaciones multitudinarias, documentales por TV o discursos conciliadores, quién lo sabe. Pero de seguro no faltarán salteñas, helados ni algodón de dulce… o la ilusión de ver a hermosas guaripoleras haciendo piruetas ante el público, o los trajes gastados, pero limpios y recién planchados de los excombatientes que aún quedan de otras guerras más recientes.
El mar es y seguirá siendo parte indisoluble de la cultura boliviana, una piedra en el zapato, una asignatura pendiente, el personaje preferido de Bram Stoker, aquel que puede morir por siglos, pero que por cualquier motivo, aún el más inesperado (hasta por una dulce gota de sangre), resucita y vuelve a morder el cuello de todos nosotros, sus víctimas.
Sergio Molina es boliviano y tiene un hijo chileno
Es un día también en el que se recuerdan frases heroicas (esas que uno nunca sabrá si realmente fueron pronunciadas, pero que son parte de cualquier mitología). Se dice que cuando las tropas chilenas exigieron la rendición del máximo héroe boliviano, Eduardo Abaroa, recibieron por respuesta: "¿Rendirme yo? ¡Que se rinda su abuela, carajo!". Menos poética que la de Arturo Prat pero igual de trágica.
Pero no nos equivoquemos, no hay grandeza en las guerras (o ésta se camufla cobardemente entre el nacionalismo y la literatura). Las guerras significan dolor y muerte, y dejan heridas difíciles de restañar. Pocas veces los involucrados se dotan de la valentía necesaria, asumen las pérdidas, tienen realismo político y, sobre todo, se muestran dispuestos a ceder. Entre bolivianos y chilenos, 128 años después, parecerían no haber nacido aún los hombres y mujeres dispuestos a esos sacrificios.
Hace unos años, muchos pensaban en Chile que Sánchez de Lozada, el pragmático, o Carlos Mesa, el intelectual, eran capaces de enfrentar el problema. Pocos se imaginaron que el primero sería incapaz de concluir su periodo, o que el segundo terminaría pateando el tablero y promoviendo un plebiscito vinculante en el cual se aprobó la muletilla de "gas por mar". A la inversa, ¿quién hubiera creído en ese entonces que el mayor acercamiento entre ambos gobiernos -después del "abrazo de Charaña" entre Hugo Banzer y Augusto Pinochet-, lo iba a protagonizar en estos meses un indígena y una mujer que sacaron de sus mangas sutilezas florentinas? Después de todo, siempre queda la esperanza.
Este 23 de marzo en toda Bolivia se realizarán los tradicionales desfiles cívico-militares al que íbamos los estudiantes uniformados, cuando creíamos -ingenuos- que existían buenos y malos en la historia, que el gris era para días graves, de lluvia. Quizá haya manifestaciones multitudinarias, documentales por TV o discursos conciliadores, quién lo sabe. Pero de seguro no faltarán salteñas, helados ni algodón de dulce… o la ilusión de ver a hermosas guaripoleras haciendo piruetas ante el público, o los trajes gastados, pero limpios y recién planchados de los excombatientes que aún quedan de otras guerras más recientes.
El mar es y seguirá siendo parte indisoluble de la cultura boliviana, una piedra en el zapato, una asignatura pendiente, el personaje preferido de Bram Stoker, aquel que puede morir por siglos, pero que por cualquier motivo, aún el más inesperado (hasta por una dulce gota de sangre), resucita y vuelve a morder el cuello de todos nosotros, sus víctimas.
Sergio Molina es boliviano y tiene un hijo chileno
Las negociaciones secretas del gobierno de Morales para vender gas a Chile
Con información del periódico La Tercera de Chile
Una investigación periodística reveló hace unos días que diversos funcionarios del gobierno boliviano propusieron a sus contrapartes chilenas la posibilidad de venderles gas para generar energía eléctrica.
El reportaje del periódico chileno La Tercera establece que dos de las generadoras eléctricas más importantes del norte de Chile y responsables de abastecer casi la totalidad de la minería de esa zona (industria que por sí solas representa la mitad de las exportaciones totales de ese país), discutieron largamente la propuesta de funcionarios del gobierno de Evo Morales, particularmente del Cónsul José Enrique Pinelo, para recibir gas boliviano y resolver el problema de desabastecimiento de este hidrocarburo y de energía eléctrica que sufre Chile a consecuencia del racionamiento argentino.
En qué consistía el negocio
"Las dos principales operadoras eléctricas en la zona, Gas Atacama (de propiedad de Endesa y CMS Energy) y el Grupo Suez (socia junto a Codelco de las operadoras eléctricas Edelnor y Electroandina) recibieron un inesperado mensaje del gobierno de Evo Morales: Bolivia está interesada en ingresar al mercado eléctrico chileno pagando con gas natural", sostuvo La Tercera el 1° de octubre pasado.
El negocio consistía en que una empresa filial de YPFB se asociaría con alguna de las generadoras eléctricas chilenas y pagaría el capital adeudado con gas natural hasta alcanzar una cifra de 800 millones de dólares.
Según La Tercera se habló de exportar hasta cuatro millones de metros cúbicos diarios de gas, más del doble de lo que Chile estaba recibiendo de la Argentina en julio pasado producto del racionamiento.
Según confirmaron quienes participaron en las reuniones, dos cosas llamaron la atención de esta propuesta: En primer lugar que el negocio no mencionaba la reivindicación marítima y el acceso soberano al mar; en segundo lugar, que quien hacía los primeros acercamiento no era un desconocido sino alguien que se autodefine como hombre de confianza de Evo Morales, el diplomático Coco Pinelo.
Según La Tercera, Pinelo contactó al gerente general de Gas Atacama, Rudolf Araneda y al representante de Suez Energy, Manlio Alessi, para hacer los primeros sondeos.
Rudolf Araneda, una vez conocidos los detalles de la negociación, se reunió con la Cancillería chilena para ponerlos al tanto de las conversaciones. Según el mismo matutino, lo recibieron el Vicecanciller, Alberto Van Klaveren, el Director de Política General, Carlos Portales, y el principal Asesor del Canciller Alejandro Foxley, Edgardo Boeninger.
Araneda sostuvo en esa oportunidad que las conversaciones contaban en Bolivia con el consentimiento y respaldo del Vicepresidente, Álvaro García Linera, autoridades de YPFB y algunos miembros del gabinete de Evo Morales, si bien no había consenso total en su gobierno.
Sin embargo, García Linera desmintió la información el 3 de octubre pasado en Yapacaní, al afirmar que no hubo acercamiento a Chile ni negociación secreta alguna.
El periódico chileno para confirmar la reunión, cita a Boeninger (un viejo y reconocido político y ex ministro de Estado chileno) quien afirmó que "Araneda quería explorar la opinión del gobierno", e incluso mostró "detalles técnicos de la operación (con Bolivia)".
A pesar del desmentido, se trata de un esquema nada novedoso en la política energética de Evo Morales. Varios de los principales colaboradores del Presidente consideran que el gas debe ser industrializado y no exportado como materia prima, por ello impulsan tratos como el que se cerró con la empresa india para explotar El Mutún, una de las reservas de hierro más grandes del continente, a la cual se le entregará gas a precio más que subvencionado; o el varias veces discutido y postergado proyecto de construir una planta de polietileno en la frontera con Brasil, que tanto interés despertaba antes de la nacionalización y del impasse surgido entre nuestro país y el gigante latinoamericano.
Fuentes bien informadas dijeron a Pulso que si bien la idea era impulsada fuertemente por los sectores menos radicales del gobierno, recibió duros comentarios de los sectores maximalistas que se niegan a cualquier acercamiento a Chile que no diga explícitamente "acceso al mar con soberanía" desde el primer momento y en la primera página.
Existen fuertes disputas entre ambos sectores, y los últimos acusan a los primeros de ser el entorno que ha "secuestrado" al Presidente (la salida del ex Ministro de Hidrocarburos, Andrés Soliz Rada, por presión de Petrobras hay que leerla en ese contexto).
La pelea entre ambos sectores también ocasiona que el gobierno sea incapaz de mantener una línea monolítica en su política exterior. Así, en medio de la negociación secreta, el Canciller David Choquehuanca, llegó a decir que la política de gas por mar estaba superada, lo que fue desmentido 24 horas después por uno de sus colegas.
Los retruécanos verbales de Choquehuanca, que recientemente afirmó que en adelante no hablaría respecto a ninguna negociación (previsor y temeroso de filtraciones como las que publicó La Tercera), no hacen más que confirmar que pese a que cree que sus intuiciones son geniales, suenan ante los países vecinos como las de un ingenuo, sobre todo si hace referencia a proyectos tan delicados que no sólo necesitan viabilidad política, sino ingeniería técnica y financiera, y mucha suerte.
Es en el marco de la lucha interna dentro del gobierno boliviano que hay que leer la información de La Tercera, así como la información, también revelada por ese matutino, de que no era la primera vez que el gobierno de Morales hacía propuestas para sondear la posibilidad de vender gas a Chile. Al principio, afirma el reportaje, el Palacio Quemado buscaba una negociación entre gobierno y gobierno (YPFB y CODELCO de Chile, y que es dueña del 66% de las acciones de Edelnor y Electroandina), y no con privados como finalmente ocurrió. Pero este camino habría sido descartado en la reunión entre vicecancilleres de ambos países el 18 de julio pasado, cuando se estableció que el gas estaría fuera de las negociaciones entre ambos países.
Chile dice no
Cuando se supo de la propuesta boliviana, la reacción de la Cancillería chilena fue de un "rechazo categórico". Según La Tercera, en la reunión entre Gas Atacama y el Ministerio de Relaciones Exteriores del vecino país, los diplomáticos chilenos señalaron el riesgo de que el gas que Bolivia se comprometía a exportar pudiera ser empleados como una forma de presión para lograr una solución a nuestra centenaria demanda marítima. "Por lo mismo, el gobierno no se involucraría en este negocio y si los privados se animaban a hacerlo, sería a cuenta y riesgo propio", publicó el reportaje mencionado.
El argumento de que este es un tema entre privados suena hueco y sin sentido: En Chile, cualquier cosa que tenga que ver con el gas y con negociaciones con Bolivia, trasciende largamente al ámbito político y gubernamental. En definitiva, Chile prefirió mirar para otro lado ante la propuesta boliviana, quitando el piso político imprescindible para que este proyecto tuviera viabilidad.
La misma respuesta negativa habría recibido Ignacio Pérez Walker, un ex senador chileno de derecha que ahora asesora al grupo Suez Energy y quien tuvo varias reuniones con autoridades bolivianas y chilenas. Según La Tercera, Walker se reunió con Coco Pinelo el 6 de julio pasado y discutieron la posible asociación de YPFB con Edelnor y Electroandina.
Pero cuando Walker reunió a Pinelo con Manlio Alessi, delegado de Suez Energy para Chile y Perú, éste último escuchó la idea pero insistió en que si la idea del gobierno boliviano era comprar parte de las acciones de la estatal chilena Codelco en Edelnor y Electroandina, lo que debía hacer Pinelo era hablar con esa empresa y no con él.
Pérez Walker hizo otras gestiones pero fracasó en todas ellas, incluso recibió un desplante de la Ministra de Energía chilena, Karen Poniachik, según informa La Tercera. Ella no quiso recibirlo, alertada seguramente por el tipo de propuesta que le llevaría.
El otro ninguneo que hizo Poniachik al proyecto, según La Tercera, lo sufrió esta vez Pinelo. Éste habría insistido en que la Ministra chilena viajara a La Paz para reunirse con el entonces Ministro de Hidrocarburos, Soliz Rada, pero la invitación fue rechazada.
Las consecuencias del fracaso
La hipótesis más segura para entender las negativas reiteradas de Poniachik es que justo en esos días preparaba un anuncio central para los intereses estratégicos de Chile: dar inicio al proyecto para la construcción de una planta de licuefacción de gas en la ciudad chilena de Mejillones que en dos años más pretende alimentar el Sistema Interconectado del Norte Grande, con gas traído de diferentes mercados en buques especialmente acondicionados para el efecto. Con esto se resolvería el desabastecimiento energético de las empresas mineras y de la industria en general.
El gas natural licuado si bien es más caro, es la principal apuesta del gobierno chileno para tener seguridad y diversificar su matriz energética. Que sea más costoso sigue siendo un problema, pero menor al fantasma del desabastecimiento y a lo que se considera la peor pesadilla de Chile: que la escasez de gas para las industrias y la generación eléctrica se traslade a los consumidores y haya racionamiento en las ciudades.
En este nuevo y millonario proyecto de gas natural licuado participan Gas Atacama y Suez Energy, lo que les hace perder interés en alternativas como las planteadas por el gobierno de Morales hace unos meses, que si bien significarían gas más barato también se comprueba cada vez más como políticamente inviable.
Actualmente compañías como Suez están operando incluso con diesel y carbón para producir energía, a un costo varias veces mayor (hasta un 1.200% según La Tercera) que lo que significaría producir termoelectricidad por gas natural, y no es menor tampoco el impacto para el medio ambiente que tiene este tipo de emprendimientos.
Según las autoridades chilenas, la apuesta de gas natural licuado es el camino a su independencia en materia energética, sobre todo respecto de vecinos que les incomodan como Argentina o Bolivia; también en este marco hay que leer la discusión que se está dando en Chile para ver la viabilidad técnica y política de construir una planta de energía nuclear para producir electricidad. Para La Tercera, este tipo de proyectos (el gas natural y la energía atómica) son también "a los ojos de la cancillería boliviana, el fin de cualquier posibilidad de que Bolivia le venda gas natural a Chile".
Finalmente, luego de la negativa chilena y de la filtración periodística, el proyecto fue postergado también en Bolivia porque hoy este tipo de negociaciones están lejos de las prioridades políticas del gobierno de Morales dados los fuertes conflictos internos y sociales que atraviesa y a que su popularidad descendió dramáticamente en los últimos meses (de 81% en mayo, a 52% en septiembre, según la encuestadora Apoyo).
Todo lo cual es una lástima. Seis meses atrás, con gobiernos recién estrenados en ambos países, más de uno se animó a escribir que era el momento para que Chile y Bolivia resolvieran sus problemas; y que dos outsiders de la política (por procedencia cultural y de género como Morales y Bachelet) eran una esperanza frente a políticos clásicos que ya habían fracasado en reiteradas ocasiones. Ahí nos equivocamos todos.
Quienes no lo hicieron fueron algunos emprendedores que siguen buscando alternativas imaginativas, muy riesgosas pero menos ideológicas y más baratas. Un puede apostar que el entendimiento entre Chile y Bolivia provendrá de ideas como ésta. Quizá entonces los funcionarios de ambos países les presten la atención que merecen.
Una investigación periodística reveló hace unos días que diversos funcionarios del gobierno boliviano propusieron a sus contrapartes chilenas la posibilidad de venderles gas para generar energía eléctrica.
El reportaje del periódico chileno La Tercera establece que dos de las generadoras eléctricas más importantes del norte de Chile y responsables de abastecer casi la totalidad de la minería de esa zona (industria que por sí solas representa la mitad de las exportaciones totales de ese país), discutieron largamente la propuesta de funcionarios del gobierno de Evo Morales, particularmente del Cónsul José Enrique Pinelo, para recibir gas boliviano y resolver el problema de desabastecimiento de este hidrocarburo y de energía eléctrica que sufre Chile a consecuencia del racionamiento argentino.
En qué consistía el negocio
"Las dos principales operadoras eléctricas en la zona, Gas Atacama (de propiedad de Endesa y CMS Energy) y el Grupo Suez (socia junto a Codelco de las operadoras eléctricas Edelnor y Electroandina) recibieron un inesperado mensaje del gobierno de Evo Morales: Bolivia está interesada en ingresar al mercado eléctrico chileno pagando con gas natural", sostuvo La Tercera el 1° de octubre pasado.
El negocio consistía en que una empresa filial de YPFB se asociaría con alguna de las generadoras eléctricas chilenas y pagaría el capital adeudado con gas natural hasta alcanzar una cifra de 800 millones de dólares.
Según La Tercera se habló de exportar hasta cuatro millones de metros cúbicos diarios de gas, más del doble de lo que Chile estaba recibiendo de la Argentina en julio pasado producto del racionamiento.
Según confirmaron quienes participaron en las reuniones, dos cosas llamaron la atención de esta propuesta: En primer lugar que el negocio no mencionaba la reivindicación marítima y el acceso soberano al mar; en segundo lugar, que quien hacía los primeros acercamiento no era un desconocido sino alguien que se autodefine como hombre de confianza de Evo Morales, el diplomático Coco Pinelo.
Según La Tercera, Pinelo contactó al gerente general de Gas Atacama, Rudolf Araneda y al representante de Suez Energy, Manlio Alessi, para hacer los primeros sondeos.
Rudolf Araneda, una vez conocidos los detalles de la negociación, se reunió con la Cancillería chilena para ponerlos al tanto de las conversaciones. Según el mismo matutino, lo recibieron el Vicecanciller, Alberto Van Klaveren, el Director de Política General, Carlos Portales, y el principal Asesor del Canciller Alejandro Foxley, Edgardo Boeninger.
Araneda sostuvo en esa oportunidad que las conversaciones contaban en Bolivia con el consentimiento y respaldo del Vicepresidente, Álvaro García Linera, autoridades de YPFB y algunos miembros del gabinete de Evo Morales, si bien no había consenso total en su gobierno.
Sin embargo, García Linera desmintió la información el 3 de octubre pasado en Yapacaní, al afirmar que no hubo acercamiento a Chile ni negociación secreta alguna.
El periódico chileno para confirmar la reunión, cita a Boeninger (un viejo y reconocido político y ex ministro de Estado chileno) quien afirmó que "Araneda quería explorar la opinión del gobierno", e incluso mostró "detalles técnicos de la operación (con Bolivia)".
A pesar del desmentido, se trata de un esquema nada novedoso en la política energética de Evo Morales. Varios de los principales colaboradores del Presidente consideran que el gas debe ser industrializado y no exportado como materia prima, por ello impulsan tratos como el que se cerró con la empresa india para explotar El Mutún, una de las reservas de hierro más grandes del continente, a la cual se le entregará gas a precio más que subvencionado; o el varias veces discutido y postergado proyecto de construir una planta de polietileno en la frontera con Brasil, que tanto interés despertaba antes de la nacionalización y del impasse surgido entre nuestro país y el gigante latinoamericano.
Fuentes bien informadas dijeron a Pulso que si bien la idea era impulsada fuertemente por los sectores menos radicales del gobierno, recibió duros comentarios de los sectores maximalistas que se niegan a cualquier acercamiento a Chile que no diga explícitamente "acceso al mar con soberanía" desde el primer momento y en la primera página.
Existen fuertes disputas entre ambos sectores, y los últimos acusan a los primeros de ser el entorno que ha "secuestrado" al Presidente (la salida del ex Ministro de Hidrocarburos, Andrés Soliz Rada, por presión de Petrobras hay que leerla en ese contexto).
La pelea entre ambos sectores también ocasiona que el gobierno sea incapaz de mantener una línea monolítica en su política exterior. Así, en medio de la negociación secreta, el Canciller David Choquehuanca, llegó a decir que la política de gas por mar estaba superada, lo que fue desmentido 24 horas después por uno de sus colegas.
Los retruécanos verbales de Choquehuanca, que recientemente afirmó que en adelante no hablaría respecto a ninguna negociación (previsor y temeroso de filtraciones como las que publicó La Tercera), no hacen más que confirmar que pese a que cree que sus intuiciones son geniales, suenan ante los países vecinos como las de un ingenuo, sobre todo si hace referencia a proyectos tan delicados que no sólo necesitan viabilidad política, sino ingeniería técnica y financiera, y mucha suerte.
Es en el marco de la lucha interna dentro del gobierno boliviano que hay que leer la información de La Tercera, así como la información, también revelada por ese matutino, de que no era la primera vez que el gobierno de Morales hacía propuestas para sondear la posibilidad de vender gas a Chile. Al principio, afirma el reportaje, el Palacio Quemado buscaba una negociación entre gobierno y gobierno (YPFB y CODELCO de Chile, y que es dueña del 66% de las acciones de Edelnor y Electroandina), y no con privados como finalmente ocurrió. Pero este camino habría sido descartado en la reunión entre vicecancilleres de ambos países el 18 de julio pasado, cuando se estableció que el gas estaría fuera de las negociaciones entre ambos países.
Chile dice no
Cuando se supo de la propuesta boliviana, la reacción de la Cancillería chilena fue de un "rechazo categórico". Según La Tercera, en la reunión entre Gas Atacama y el Ministerio de Relaciones Exteriores del vecino país, los diplomáticos chilenos señalaron el riesgo de que el gas que Bolivia se comprometía a exportar pudiera ser empleados como una forma de presión para lograr una solución a nuestra centenaria demanda marítima. "Por lo mismo, el gobierno no se involucraría en este negocio y si los privados se animaban a hacerlo, sería a cuenta y riesgo propio", publicó el reportaje mencionado.
El argumento de que este es un tema entre privados suena hueco y sin sentido: En Chile, cualquier cosa que tenga que ver con el gas y con negociaciones con Bolivia, trasciende largamente al ámbito político y gubernamental. En definitiva, Chile prefirió mirar para otro lado ante la propuesta boliviana, quitando el piso político imprescindible para que este proyecto tuviera viabilidad.
La misma respuesta negativa habría recibido Ignacio Pérez Walker, un ex senador chileno de derecha que ahora asesora al grupo Suez Energy y quien tuvo varias reuniones con autoridades bolivianas y chilenas. Según La Tercera, Walker se reunió con Coco Pinelo el 6 de julio pasado y discutieron la posible asociación de YPFB con Edelnor y Electroandina.
Pero cuando Walker reunió a Pinelo con Manlio Alessi, delegado de Suez Energy para Chile y Perú, éste último escuchó la idea pero insistió en que si la idea del gobierno boliviano era comprar parte de las acciones de la estatal chilena Codelco en Edelnor y Electroandina, lo que debía hacer Pinelo era hablar con esa empresa y no con él.
Pérez Walker hizo otras gestiones pero fracasó en todas ellas, incluso recibió un desplante de la Ministra de Energía chilena, Karen Poniachik, según informa La Tercera. Ella no quiso recibirlo, alertada seguramente por el tipo de propuesta que le llevaría.
El otro ninguneo que hizo Poniachik al proyecto, según La Tercera, lo sufrió esta vez Pinelo. Éste habría insistido en que la Ministra chilena viajara a La Paz para reunirse con el entonces Ministro de Hidrocarburos, Soliz Rada, pero la invitación fue rechazada.
Las consecuencias del fracaso
La hipótesis más segura para entender las negativas reiteradas de Poniachik es que justo en esos días preparaba un anuncio central para los intereses estratégicos de Chile: dar inicio al proyecto para la construcción de una planta de licuefacción de gas en la ciudad chilena de Mejillones que en dos años más pretende alimentar el Sistema Interconectado del Norte Grande, con gas traído de diferentes mercados en buques especialmente acondicionados para el efecto. Con esto se resolvería el desabastecimiento energético de las empresas mineras y de la industria en general.
El gas natural licuado si bien es más caro, es la principal apuesta del gobierno chileno para tener seguridad y diversificar su matriz energética. Que sea más costoso sigue siendo un problema, pero menor al fantasma del desabastecimiento y a lo que se considera la peor pesadilla de Chile: que la escasez de gas para las industrias y la generación eléctrica se traslade a los consumidores y haya racionamiento en las ciudades.
En este nuevo y millonario proyecto de gas natural licuado participan Gas Atacama y Suez Energy, lo que les hace perder interés en alternativas como las planteadas por el gobierno de Morales hace unos meses, que si bien significarían gas más barato también se comprueba cada vez más como políticamente inviable.
Actualmente compañías como Suez están operando incluso con diesel y carbón para producir energía, a un costo varias veces mayor (hasta un 1.200% según La Tercera) que lo que significaría producir termoelectricidad por gas natural, y no es menor tampoco el impacto para el medio ambiente que tiene este tipo de emprendimientos.
Según las autoridades chilenas, la apuesta de gas natural licuado es el camino a su independencia en materia energética, sobre todo respecto de vecinos que les incomodan como Argentina o Bolivia; también en este marco hay que leer la discusión que se está dando en Chile para ver la viabilidad técnica y política de construir una planta de energía nuclear para producir electricidad. Para La Tercera, este tipo de proyectos (el gas natural y la energía atómica) son también "a los ojos de la cancillería boliviana, el fin de cualquier posibilidad de que Bolivia le venda gas natural a Chile".
Finalmente, luego de la negativa chilena y de la filtración periodística, el proyecto fue postergado también en Bolivia porque hoy este tipo de negociaciones están lejos de las prioridades políticas del gobierno de Morales dados los fuertes conflictos internos y sociales que atraviesa y a que su popularidad descendió dramáticamente en los últimos meses (de 81% en mayo, a 52% en septiembre, según la encuestadora Apoyo).
Todo lo cual es una lástima. Seis meses atrás, con gobiernos recién estrenados en ambos países, más de uno se animó a escribir que era el momento para que Chile y Bolivia resolvieran sus problemas; y que dos outsiders de la política (por procedencia cultural y de género como Morales y Bachelet) eran una esperanza frente a políticos clásicos que ya habían fracasado en reiteradas ocasiones. Ahí nos equivocamos todos.
Quienes no lo hicieron fueron algunos emprendedores que siguen buscando alternativas imaginativas, muy riesgosas pero menos ideológicas y más baratas. Un puede apostar que el entendimiento entre Chile y Bolivia provendrá de ideas como ésta. Quizá entonces los funcionarios de ambos países les presten la atención que merecen.
33% de los chilenos no quieren soberanía para Bolivia
El 33% de los chilenos no quieren darle a Bolivia una salida soberana al mar ni beneficios económicos para exportar sus productos. Sin embargo, el 13% cree que un corredor o una franja de territorio es viable, y el 47% sostiene que hay que dar a los bolivianos beneficios económicos para exportar sus productos.
Estos son algunos de los resultados de la Encuesta Bicentenario Adimark - Universidad Católica que se centró en los cambios culturales de la sociedad chilena.
Si quiere ver la encuesta completa pinche aquí:
Encuesta Bicentenario Adimark Universidad Católica
Estos son algunos de los resultados de la Encuesta Bicentenario Adimark - Universidad Católica que se centró en los cambios culturales de la sociedad chilena.
Si quiere ver la encuesta completa pinche aquí:
Encuesta Bicentenario Adimark Universidad Católica
La historia que pudo ser y no fue
La primicia periodística lanzada por La Tercera el domingo pasado sobre las negociaciones para intercambiar gas y electricidad entre Chile y Bolivia ha tenido amplias y curiosas repercusiones, dando razón a Carlos Fuentes quien sostiene que ?en política los secretos son a voces y sólo las voces son secretas?.
Es que la negociación contemplaba un sistema nada novedoso en la política energética de Evo Morales. Varios de sus colaboradores consideran que el gas debe ser vendido con valor agregado o industrializado, por ello impulsaron este acercamiento con Chile, y tratos como el que están cerrando con una empresa india para explotar en Santa Cruz una de las reservas de hierro más grandes del continente y entregar gas a cambio; o proyectos similares para una mina en el Occidente y para una planta de polietileno en la frontera con Brasil.
La negociación fracasó por el lado boliviano porque este sector tiene fuertes disputas con aquellos que lo acusan de haber ?secuestrado y burocratizado? al Presidente (la salida del Ministro de Hidrocarburos por presión de Petrobras hay que leerla en ese contexto), y porque hoy la negociación con Chile está lejos de las prioridades de supervivencia política del gobierno dado que la popularidad de Morales descendió del 81% en mayo, al 52% en septiembre.
Pelea que también ocasiona que el gobierno sea incapaz de mantener una línea monolítica en su política exterior. Así, en medio de la negociación secreta, el Canciller boliviano llegó a decir que la política de gas por mar estaba superada, lo que fue desmentido 24 horas después por uno de sus colegas, luego de la presión pública y privada de quienes luchan militantemente contra cualquier acercamiento a Chile que no diga acceso al mar con soberanía en la primera página.
Los retruécanos verbales de Choquehuanca, que recientemente llegó a decir que en adelante no hablaría respecto a ninguna negociación (previsor y temeroso de filtraciones como las que publicó La Tercera), no hacen más que confirmar que pese a que cree que sus intuiciones son geniales, suenan ante los países vecinos como las de un ingenuo, sobre todo si hace referencia a proyectos tan delicados que no sólo necesitan viabilidad política, sino ingeniería técnica y financiera, y mucha suerte.
Por su parte, la Cancillería chilena no quiso inmiscuirse y prefirió mirar para otro lado (sobre todo hacia el Perú), quitando el piso imprescindible al asunto. El argumento de que este es un tema entre privados suena hueco: En Chile, cualquier cosa que tenga que ver con el gas y con negociaciones con Bolivia trasciende largamente al ámbito político y gubernamental.
Una lástima. Seis meses atrás, con gobiernos recién estrenados, más de uno se animó a escribir que era el momento para que ambos países resolvieran sus problemas; que dos outsiders de la política (por procedencia cultural y de género) eran una esperanza frente a políticos clásicos. Ahí nos equivocamos todos.
Quienes no lo hicieron fueron algunos emprendedores que siguen buscando alternativas imaginativas, muy riesgosas pero menos ideológicas y más baratas. Un puede apostar que el entendimiento entre Chile y Bolivia provendrá de ideas como ésta. Quizá entonces los funcionarios de ambos países les presten la atención que merecen.
Es que la negociación contemplaba un sistema nada novedoso en la política energética de Evo Morales. Varios de sus colaboradores consideran que el gas debe ser vendido con valor agregado o industrializado, por ello impulsaron este acercamiento con Chile, y tratos como el que están cerrando con una empresa india para explotar en Santa Cruz una de las reservas de hierro más grandes del continente y entregar gas a cambio; o proyectos similares para una mina en el Occidente y para una planta de polietileno en la frontera con Brasil.
La negociación fracasó por el lado boliviano porque este sector tiene fuertes disputas con aquellos que lo acusan de haber ?secuestrado y burocratizado? al Presidente (la salida del Ministro de Hidrocarburos por presión de Petrobras hay que leerla en ese contexto), y porque hoy la negociación con Chile está lejos de las prioridades de supervivencia política del gobierno dado que la popularidad de Morales descendió del 81% en mayo, al 52% en septiembre.
Pelea que también ocasiona que el gobierno sea incapaz de mantener una línea monolítica en su política exterior. Así, en medio de la negociación secreta, el Canciller boliviano llegó a decir que la política de gas por mar estaba superada, lo que fue desmentido 24 horas después por uno de sus colegas, luego de la presión pública y privada de quienes luchan militantemente contra cualquier acercamiento a Chile que no diga acceso al mar con soberanía en la primera página.
Los retruécanos verbales de Choquehuanca, que recientemente llegó a decir que en adelante no hablaría respecto a ninguna negociación (previsor y temeroso de filtraciones como las que publicó La Tercera), no hacen más que confirmar que pese a que cree que sus intuiciones son geniales, suenan ante los países vecinos como las de un ingenuo, sobre todo si hace referencia a proyectos tan delicados que no sólo necesitan viabilidad política, sino ingeniería técnica y financiera, y mucha suerte.
Por su parte, la Cancillería chilena no quiso inmiscuirse y prefirió mirar para otro lado (sobre todo hacia el Perú), quitando el piso imprescindible al asunto. El argumento de que este es un tema entre privados suena hueco: En Chile, cualquier cosa que tenga que ver con el gas y con negociaciones con Bolivia trasciende largamente al ámbito político y gubernamental.
Una lástima. Seis meses atrás, con gobiernos recién estrenados, más de uno se animó a escribir que era el momento para que ambos países resolvieran sus problemas; que dos outsiders de la política (por procedencia cultural y de género) eran una esperanza frente a políticos clásicos. Ahí nos equivocamos todos.
Quienes no lo hicieron fueron algunos emprendedores que siguen buscando alternativas imaginativas, muy riesgosas pero menos ideológicas y más baratas. Un puede apostar que el entendimiento entre Chile y Bolivia provendrá de ideas como ésta. Quizá entonces los funcionarios de ambos países les presten la atención que merecen.
El vampiro marítimo
Durante su primera presidencia Gonzalo Sánchez de Lozada le dijo a Ricardo Lagos, que en ese entonces era ministro de Obras Públicas, que el tema marítimo era como Drácula: podía morir en una película, pero, por cualquier motivo, aún el más inesperado, en la siguiente resucitaba y volvía a buscar, sediento, el cuello de sus víctimas. Si bien en los últimos meses la luz volvió al escenario y él antihéroe por antonomasia se retiró silencioso, nadie tampoco se anima a clavarle la estaca final, definitiva.
En su última actividad internacional (todo un símbolo en esta historia de desencuentros), Ricardo Lagos, ya no ministro de Obras Públicas sino uno de los presidentes más importantes de la historia de Chile, visitó Bolivia y se despidió de su gobierno en el exterior después de reunirse con Evo Morales en un humilde departamento, hablando de lo que no se debía hablar, mientras miles de hombres y mujeres se apropiaban de las plazas para festejar una victoria que consideraban propia.
Con este gesto tan simbólico Ricardo Lagos cerrará una etapa en las relaciones entre ambos países que pudo ser gloriosa pero que en definitiva fue trágica. Una historia donde existieron acercamientos, conatos de lucha, mesas pateadas, el caos en Bolivia e histeria nacionalista, así como también ?hay que reconocerlo? croupiers profesionales, políticos sensatos como el ahora ex Presidente Eduardo Rodríguez, y el propio Lagos (nunca resignado a sufrir una derrota que considera personal), quienes se animaron a levantar las cartas del suelo, barajar y dar de nuevo.
Un problema cultural
En cierto sentido la mediterraneidad boliviana no solamente es un problema económico (-0,7% anual del PIB para los países sin puertos, según Jeffrey Sachs), sino un problema cultural tan profundo como un iceberg y también así de peligroso. El hecho de haber sido confinado a las montañas y la selva pesa trágicamente en la historia y en la idiosincrasia boliviana. Al mismo tiempo que en la de Chile, los triunfos militares y económicos son componentes esenciales para entender la forma de mirarse a sí mismos.
En determinadas circunstancias esa sensibilidad es el catalizador del ?antichilenismo? boliviano y de sus pulsiones más perversas; y también, en el otro lado de este círculo vicioso, de esta serpiente que se muerde la cola, fermento de la xenofobia de algunos sectores retrógrados de la sociedad chilena que reparten sus odios entre peruanos y bolivianos de forma indiscriminada.
La simbología del poder
Lagos puede estar frustrado por no haber podido resolver esta encrucijada, pero no es menor el esfuerzo que hizo para propiciar el escenario que deja luego de su visita y despedida. En él hay una nueva Presidenta (la primera mujer), que quizá tenga la sensibilidad e imaginación suficiente, o la que ha faltado; y un Presidente (el primer indio), que ha moderado su discurso hasta sorprender por la seriedad con que hace referencia al tema marítimo.
Sin embargo, es temerario hacer pronósticos sobre lo que ocurrirá en los próximos meses: ¿Bachelet enfrentará los fantasmas del nacionalismo decimonónico chileno siendo mujer o quizá por ello? ¿Morales capeará el temporal de quienes cifran sus esperanzas en él como si fuera un nuevo Mesías que redimirá las injusticias de cinco siglos, donde se inscribe en letras cursivas la Guerra de Pacífico? Nadie sin una bola de cristal (o que no sea un charlatán) es capaz de responder estas preguntas: tienen tantas variables que ni los propios protagonistas son capaces de conocerlas o preverlas.
Por lo pronto hay esperanzas. Esperanzas en que Morales mantenga su postura y considere las relaciones con Chile como prioritarias y parte de una política de Estado donde la ?cualidad marítima boliviana? sea un factor preponderante pero no determinante; y, sobre todo, en que la política interna no se contamine con las relaciones internacionales. Y, finalmente, esperanzas en que la primera presidenta de la historia de Chile pueda trasladar su visión de gobierno ciudadano alejado de las elites, a la política exterior de forma que se piense en el futuro en función de los intereses de ambos pueblos y no a las tradiciones de las cancillerías.
Pero quedemos con la imagen del domingo. Ese día, viendo la teatralidad y el ceremonial de la posesión de Morales y la sencillez de su juramento, una niña de ojos verdes preguntó a su madre si ella también era india.
Responder a esta pregunta ha marcado a fuego a los bolivianos. En este caso la madre contestó: ?todos tenemos algo de indios?; pero podría haber dicho ?no digas estupideces? e incluso haberla golpeado.
En la respuesta qué eligió se encuentra alguna clave. La realidad ?dicen? es un reino disparatado, pero también, como lo han querido los pueblos de ambos países, es una construcción donde hay espacio para la soberanía, y donde al final, como en todas las buenas películas siempre se encuentra una estaca para atravesar el pecho del vampiro.
En su última actividad internacional (todo un símbolo en esta historia de desencuentros), Ricardo Lagos, ya no ministro de Obras Públicas sino uno de los presidentes más importantes de la historia de Chile, visitó Bolivia y se despidió de su gobierno en el exterior después de reunirse con Evo Morales en un humilde departamento, hablando de lo que no se debía hablar, mientras miles de hombres y mujeres se apropiaban de las plazas para festejar una victoria que consideraban propia.
Con este gesto tan simbólico Ricardo Lagos cerrará una etapa en las relaciones entre ambos países que pudo ser gloriosa pero que en definitiva fue trágica. Una historia donde existieron acercamientos, conatos de lucha, mesas pateadas, el caos en Bolivia e histeria nacionalista, así como también ?hay que reconocerlo? croupiers profesionales, políticos sensatos como el ahora ex Presidente Eduardo Rodríguez, y el propio Lagos (nunca resignado a sufrir una derrota que considera personal), quienes se animaron a levantar las cartas del suelo, barajar y dar de nuevo.
Un problema cultural
En cierto sentido la mediterraneidad boliviana no solamente es un problema económico (-0,7% anual del PIB para los países sin puertos, según Jeffrey Sachs), sino un problema cultural tan profundo como un iceberg y también así de peligroso. El hecho de haber sido confinado a las montañas y la selva pesa trágicamente en la historia y en la idiosincrasia boliviana. Al mismo tiempo que en la de Chile, los triunfos militares y económicos son componentes esenciales para entender la forma de mirarse a sí mismos.
En determinadas circunstancias esa sensibilidad es el catalizador del ?antichilenismo? boliviano y de sus pulsiones más perversas; y también, en el otro lado de este círculo vicioso, de esta serpiente que se muerde la cola, fermento de la xenofobia de algunos sectores retrógrados de la sociedad chilena que reparten sus odios entre peruanos y bolivianos de forma indiscriminada.
La simbología del poder
Lagos puede estar frustrado por no haber podido resolver esta encrucijada, pero no es menor el esfuerzo que hizo para propiciar el escenario que deja luego de su visita y despedida. En él hay una nueva Presidenta (la primera mujer), que quizá tenga la sensibilidad e imaginación suficiente, o la que ha faltado; y un Presidente (el primer indio), que ha moderado su discurso hasta sorprender por la seriedad con que hace referencia al tema marítimo.
Sin embargo, es temerario hacer pronósticos sobre lo que ocurrirá en los próximos meses: ¿Bachelet enfrentará los fantasmas del nacionalismo decimonónico chileno siendo mujer o quizá por ello? ¿Morales capeará el temporal de quienes cifran sus esperanzas en él como si fuera un nuevo Mesías que redimirá las injusticias de cinco siglos, donde se inscribe en letras cursivas la Guerra de Pacífico? Nadie sin una bola de cristal (o que no sea un charlatán) es capaz de responder estas preguntas: tienen tantas variables que ni los propios protagonistas son capaces de conocerlas o preverlas.
Por lo pronto hay esperanzas. Esperanzas en que Morales mantenga su postura y considere las relaciones con Chile como prioritarias y parte de una política de Estado donde la ?cualidad marítima boliviana? sea un factor preponderante pero no determinante; y, sobre todo, en que la política interna no se contamine con las relaciones internacionales. Y, finalmente, esperanzas en que la primera presidenta de la historia de Chile pueda trasladar su visión de gobierno ciudadano alejado de las elites, a la política exterior de forma que se piense en el futuro en función de los intereses de ambos pueblos y no a las tradiciones de las cancillerías.
Pero quedemos con la imagen del domingo. Ese día, viendo la teatralidad y el ceremonial de la posesión de Morales y la sencillez de su juramento, una niña de ojos verdes preguntó a su madre si ella también era india.
Responder a esta pregunta ha marcado a fuego a los bolivianos. En este caso la madre contestó: ?todos tenemos algo de indios?; pero podría haber dicho ?no digas estupideces? e incluso haberla golpeado.
En la respuesta qué eligió se encuentra alguna clave. La realidad ?dicen? es un reino disparatado, pero también, como lo han querido los pueblos de ambos países, es una construcción donde hay espacio para la soberanía, y donde al final, como en todas las buenas películas siempre se encuentra una estaca para atravesar el pecho del vampiro.
Siete malentendidos que complican a dos cancillerías
Juan Ignacio Siles jamás pensó recibir esa llamada telefónica. Varado en Santa Cruz porque no había vuelos a La Paz, esperaba buenas noticias como todos los bolivianos en ese trágico mes de octubre de 2003, pero no la llamada personal de su amigo Carlos Mesa, todavía vicepresidente de la República, quien le dijo en tono imperativo: ?ven inmediatamente, como sea?.
Al día siguiente, el viernes 17 de octubre, subió a un avión contratado especialmente para trasladar algunos diputados que tenían que ir a una sesión del Congreso en la que se aceptaría la renuncia del Presidente y se posesionaría a otro (aunque en ese momento no lo sabían, y el viaje era incierto y peligroso por las noticias que llegaban de La Paz).
La capital política de Bolivia estaba sitiada por miles de indígenas y sectores de clase media que impedían la circulación vehicular, que habían logrado paralizar las actividades aéreas y, sobre todo, que todos los que vivían en esa hoyada temieran por sus vidas. Sólo esa semana casi cincuenta personas murieron en enfrentamientos de diverso tipo lo cual determinó que la caída de Gonzalo Sánchez de Lozada fuera irreversible.
El sábado por la mañana hubo urgentes y tensas reuniones en el Palacio de Gobierno de la Plaza Murillo (no es fácil asumir un gobierno y menos sin experiencia o planificación previas), una de ellas fue la que Carlos Mesa, flamante presidente de la República de Bolivia, tuvo con Juan Ignacio Siles, en la cual Mesa le confirmó que lo quería como Canciller y que sería posesionado al día siguiente. Mucho más no hablaron, en esas jornadas intensas no había tiempo para definir cuál iba a ser la política exterior: había que bajar la tensión social y evitar una guerra civil, ver qué hacer con el Congreso y los partidos políticos, etc. etc. Otras eran las prioridades.
Siles viene de una familia conservadora de intelectuales con los cuales recorrió el mundo. Años después hizo un doctorado en literatura en EE.UU. pero como la literatura no paga, y mucho menos en Bolivia, ingresó a la carrera diplomática y sirvió en distintos países. Sin embargo, como él mismo dice, sus principales logros los obtuvo en las letras con dos novelas publicadas, algún libro de poemas y su monumental tesis sobre la literatura boliviana y el Che Guevara que le llevó precisamente a centrar uno de sus libros de ficción sobre este mismo personaje.
Siles es uno de los intelectuales jóvenes y progresistas más importantes de Bolivia (paradójicamente hijo de una connotada historiadora chilena), y antes de ser Canciller se lo podía ver más a gusto en una tertulia literaria que un cóctel diplomático, o que en medio de la historia de malentendidos que se sucedió vertiginosamente en los últimos meses y que continúa hoy con una guerra de declaraciones sin precedentes en las relaciones entre ambos países (que, como coinciden muchos analistas, están en uno de sus peores momentos).
Si a ello le agregamos la crisis energética entre Chile y Argentina que permitió reposicionar el tema a través del convenio suscrito entre Carlos Mesa y Néstor Kirchner (y a creer en la buena suerte de los bolivianos en esta materia), la historia está para alquilar balcones.
Primer malentendido: en política no existen las casualidades
Muchos consideran que el aluvión de declaraciones en apoyo a la causa marítima boliviana que comenzó con las del Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y que se complementaron con las del Secretario General de Naciones Unidas, Kofi Annan, o las de Jimmy Carter fueron planificadas por el gobierno boliviano, sea porque este año se cumplen cien años del Tratado de Paz y Amistad de 1904, sea por los 125 años de la Guerra del Pacífico que se conmemoraron el pasado 23 de marzo. Sin embargo, a veces las casualidades tienen un papel más importante en la historia de lo que se cree.
Claro que el tema marítimo siempre es importante para los gobiernos bolivianos (por ejemplo en la OEA o en la Asamblea de la ONU, de forma constante en las últimas décadas), pero no hubo la planificación previa y conspirativa con meses de anticipación como quiere creerse en algunos círculos.
Pensar lo contrario es excesivo incluso para alguien tan imaginativo como Siles, si tenemos en cuenta que la Cumbre Iberoamericana del 14 y 15 de noviembre de 2003 ?cuando sucedió la mayor parte de esta historia?, había sido planificada en su mayor parte por Gonzalo Sánchez de Lozada y no por Carlos Mesa, quienes tienen visiones totalmente contrapuestas del asunto. La invitación a Annan, por ejemplo, la curso Sánchez de Lozada y no fue precisamente para que viniera a hablar del mar. Eso sí, hay que reconocer que Mesa y Siles no desaprovecharon la oportunidad.
Bolivia recibió adhesiones sin pedirlas por un motivo más banal, todos querían apoyar a un país pobre y atrasado que salía de una de las peores crisis en su historia democrática, que por su miseria crónica vive de la cooperación internacional y en el cual había (hay) el peligro cierto de que grupos indígenas radicalizados tomarán el poder. Decirles a los visitantes que llegaban a Bolivia que la falta de una salida al mar era la causa de todo esto fue la clave del éxito para los bolivianos.
La solidaridad internacional era previsible: cómo no tenerla y sobre un tema que hasta ese momento ante la comunidad internacional estaba confinado a polvorientos libros de historia, que caería bien a cualquier boliviano (incluso a los imprevisibles, y en ese momento no se sabía bien en que grupo ubicar a Carlos Mesa) y que no generaría mayores contratiempos.
Tanto así que el agregado de prensa de Kofi Annan en su segundo día de visita a Bolivia, esta vez a Santa Cruz (el primero había estado en La Paz y fue cuando hizo sus declaraciones sobre las relaciones entre Chile y Bolivia), se desayunó con la reacción de la prensa chilena y corrió a la habitación de Annan para comentar y controlar la crisis. Los funcionarios de Annan tuvieron que secuestrar el discurso que tenía preparado esa mañana y que ya se había repartido para que improvisara una nueva declaración. Cualquiera puede imaginar que no es común que esto ocurra, y menos que con el Secretario General de Naciones Unidas quien planifica con minuciosidad todo lo que tiene que decir.
Segundo malentendido: las cosas no son tas simples como parecen
El discurso de Carlos Mesa en la Cumbre de Monterrey fue decidido en el último minuto porque hasta entonces los bolivianos esperaban una reunión bilateral entre Ricardo Lagos y su Presidente (que hubiera pasado desapercibida como la que tuvieron en Santa Cruz en noviembre), sin embargo, la reunión fue rechazada por Chile lo que generó un ventilador público sobre los entretelones de la negociación de los últimos años entre ambos países. La diplomacia chilena sobre-reaccionó como ya lo había hecho frente a las declaraciones venezolanas.
La Cancillería que había hecho un intenso lobby con otros países, que preparó una sesuda intervención del Presidente Lagos, que planificó hasta el último detalle el escenario que finalmente acontecería, no supo dar una respuesta más simple y menos costosa: aceptar una reunión, hablar como siempre y decir lo mismo que se dijo públicamente y por televisión, pero en privado y entre amigos. Es que el gobierno chileno estaba enojado, creía firmemente que Bolivia había pateado el tablero y que las cosas ya no eran como antes.
Tercer malentendido: No hay un interlocutor válido
Muchos piensan también que hoy en Bolivia no hay un interlocutor válido con el cual hablar y continuar el diálogo que se estableció en los últimos años (¿cuánto durará el gobierno de Mesa?, se preguntan en pasillos de la Cancillería). Muchos bolivianos razonan igual y decían hace un tiempo que Mesa se parecía al carnaval: no se sabía si caía en febrero o en marzo. Sin embargo, la realidad, los militares y la Embajada Americana en Bolivia parecen desmentir estos presagios. A nadie le interesa que haya otra crisis terminal en Bolivia.
Ahora bien, la Cancillería boliviana evaluó hasta la posibilidad de suspender la reunión bilateral de vicecancilleres que se realizó en febrero en Santiago, pero prefirió reunirse y no tratar el tema marítimo en esa ocasión, lo que hubiera sido considerado otra patada al tablero (cosa que sí hizo el vicecanciller peruano hace unos días, en circunstancias similares); y, si leemos con cuidado, también es capaz de emitir declaraciones conciliatorias como las del 23 de marzo. Pero ?se quejan? ningún chileno reconoce eso.
En el fondo el gobierno boliviano está buscando una salida, acorralado como está entre su opinión pública y las declaraciones del gobierno chileno, no otra cosa demuestran los gestos que intentó dar en las últimas semanas, es que es un tema que podría calificarse de ?no win situation? (una situación que no se puede ganar), y eso lo sabe mejor que nadie el propio Canciller boliviano, que busca una alternativa política en la que no se pierda demasiado. Sus últimas declaraciones fueron ?este es un tema de largo plazo?, ergo, ?necesito tiempo?.
Cuarto malentendido: la diplomacia es para consumo interno
Carlos Mesa es periodista, y donde mejor se desempeñó antes de ser Vicepresidente de Sánchez de Lozada fue en la televisión. Opositores y leales le reconocen una increíble capacidad para improvisar (es capaz de hablar horas frente a una cámara sin equivocarse), por eso su mayor respaldo es la del pueblo anónimo que tiene un Presidente que le mira a los ojos y le dice lo que quiere escuchar.
Carlos Mesa es preso de las circunstancias. Su gobierno se sustenta en la opinión pública y no en el Congreso o en los partidos políticos, más bien adversos, por tanto no puede menos que respaldar los ánimos ya caldeados de una población que hasta ha logrado la renuncia de un Presidente. De ahí a discutir con Lagos de tú a tú, ser recibido como un héroe a su vuelta de Monterrey y subir diez puntos en las encuestas, no había más que un paso.
Que se aprovechó el tema marítimo para uso interno no es una sospecha, es un dato de la realidad, aunque nadie sabrá nunca si Mesa y Siles lo hacen concientemente o nuevamente porque no tienen más alternativas.
Paradójicamente parecería que la diplomacia chilena también actúa más preocupada por la opinión pública de lo que quiere reconocer y emite declaraciones que causan molestias innecesarias.
Molestia que se agrava con acusaciones como las que se hicieron en algunos medios cuando se informó que Mesa encabezó las movilizaciones en las cuales se quemaron banderas, cuando esto era, obviamente, falso; o, para no ir más lejos, con anécdotas como la del discurso del Presidente Lagos al llegar a Bolivia en noviembre pasado, donde aparecía enojado y molesto. En su descargo hay que decir que antes de aterrizar en Santa Cruz tuvo que sobrevolar mucho tiempo porque Hugo Chávez (nada menos) se demoró excesivamente con la prensa en el aeropuerto e hizo esas sus famosas declaraciones, las mismas que Lagos escuchó en su avión ya cansando por la espera.
No es inútil pedir a ambos gobiernos que se distancien de sus respectivas opiniones públicas y se preocupen más por la diplomacia. Es ahí cuando los Presidentes tienen que hablar.
Quinto malentendido: los negocios y la política se llevan bien
Durante su primera presidencia (1993-1997) Gonzalo Sánchez de Lozada le dijo a Ricardo Lagos, que en ese entonces era ministro de Obras Públicas, que el tema marítimo era como Drácula: podía morir en una película, pero por cualquier motivo, aún el más inesperado, en la siguiente resucitaba y volvía a saltar al cuello de sus víctimas, en este caso, Chile y Bolivia. Sánchez de Lozada por lo menos en esto tenía razón. Drácula resucitó después de la crisis boliviana de octubre y de la Cumbre Iberoamericana y parecería que aún nadie le ha clavado una estaca ni nadie se animará a hacerlo.
Otra anécdota que refleja la gravedad de la temática marítima para Bolivia es que en los más oscuros pasillos de la Cancillería de ese país se dice que ?si quieres mantener la pega, no te metas con el mar?, a más de uno se le quemó el pan en la puerta del horno.
Sánchez de Lozada sabía todo esto, por ello, al igual que sus dos antecesores con los que Lagos estableció sus mejores vínculos (Hugo Banzer y Jorge Quiroga) realizó únicamente reuniones confidenciales sobre este tema y siempre con el gas como primera prioridad.
Las negociaciones con Bolivia para darle una salida al mar estaban muy avanzadas, como el propio Lagos afirmó en la Cumbre de Monterrey, las que comprendían la exportación de gas por el puerto de Patillos en Iquique que sería entregado en concesión a Bolivia por 99 años junto a otra serie de facilidades.
Para los negociadores pragmáticos tanto de Chile como de tres gobiernos bolivianos, era el primer paso de un arreglo que traería beneficios para todos: por un lado un negocio millonario que fortalecería el norte de Chile (que junto al sur peruano y al altiplano boliviano forman un enclave económico natural) y, por el otro, ganancias enormes para Bolivia (cuya única opción de crecimiento y de divisas frescas es la exportación del energético a través de Chile), con la cereza de la torta que significaba para los bolivianos el acceso a un puerto. Sin soberanía, eso sí, pero ?se sabe?, la soberanía es un concepto más que gaseoso en pleno siglo XXI. Nunca Bolivia estuvo tan cerca del mar como en ese entonces.
Sexto malentendido: el mar y del gas no voltean gobiernos
Sánchez de Lozada quería dejar su gobierno (según sus propias palabras) ?firmando un TLC con EE.UU. y exportando gas? (desde un puerto chileno, pero no agregó esas dos palabras aunque todos los que participaban en la reunión donde se sinceró sabían que no había otra forma).
Pero si ese era su deseo, la realidad le decía todo lo contrario: había encargado una serie de encuestas, fanático como era de ellas, sobre el tema, y todas eran adversas a ambos deseos. Por eso encargó a un grupo especial de asesores, encabezado por su yerno y principal hombre en comunicación, a que se avocaran exclusivamente a analizar cuál sería la estrategia que se ejecutaría cuando se decidiera hacer pública la negociación con Chile. Faltaba, para Sánchez de Lozada, que los consorcios privados que intervenían en el negocio de la exportación se comprometieran a firmar los precontratos necesarios (se sabe, el gas no es como el petróleo en el mercado internacional, primero es necesario cerrar el trato con el comprador), y Sánchez de Lozada no iba a arriesgar su gobierno si las empresas a su vez no se comprometían.
Al final perdió la soga y el cabrito, y una de las críticas centrales que se le hizo en las jornadas de octubre fue que la decisión de exportar por Chile estaba tomada y que lo había hecho a espaldas del pueblo, lo cual desde esa perspectiva es rigurosamente cierto.
La crisis de su gobierno tuvo muchos motivos, pero sin duda éste no fue el menor. En la percepción de los bolivianos Sánchez de Lozada quería regalar el país, en este caso, el gas, a las transnacionales como ya lo había hecho con las empresas estatales a través de la capitalización (la privatización diferida que hizo en su primer gobierno), y encima beneficiando a los chilenos. Era como que mucho.
Pero si meses atrás los bolivianos nunca estuvieron tan cerca del mar, una vez que ocurrieron la serie de acontecimientos que conocemos, todos coinciden que nunca se estuvo tan lejos del Océano Pacífico como ahora, porque las posiciones se han endurecido, ha intervenido la opinión pública en ambos países (cosa que en Chile no ocurría hasta noviembre pasado) y se ha convertido en un tema mediático, lo que no le hace bien a nadie.
Séptimo malentendido: No es cuestión de sensibilidades sino de negocios
?Desconfía de un hombre que no haya visto el mar? dice un refrán que casi no es utilizado en Bolivia aunque mucha gente lo conozca. En muchos sentidos el mar no es un problema económico sino un problema cultural, la mediterraneidad boliviana tiene ese matiz, al margen de los análisis que puedan hacer economistas como Jeffrey Sachs (-0,7% anual del PIB para los países sin puertos). El hecho de haber sido confinado a las montañas y la selva pesa trágicamente en la idiosincrasia boliviana.
Esa sensibilidad es la que en determinados momentos se convierte en el famoso antichilenismo del que se habla hoy en los medios. Los bolivianos tienen que echarle la culpa a alguien de los problemas que tienen, y si ese alguien es de afuera mucho mejor (al no haber dios a quien quejarse ?porque no participa en política desde la Revolución Francesa?, no quedan más que los chilenos). Sin embargo, esa entelequia que es Chile para los bolivianos, no es lo mismo que un chileno de carne y hueso con quien interactúa diariamente. Pero es imprescindible conocer esa sensibilidad y esos matices para actuar correctamente, al igual que le haría bien a los bolivianos conocer algo más sobre lo que piensan los chilenos y darse cuenta que hasta hace unos meses había muchas más simpatías hacia la causa boliviana que hoy, lo cual es una contradicción insalvable para la diplomacia boliviana a la hora de los debe y haber, que son siempre los que al final evalúa la historia.
Al día siguiente, el viernes 17 de octubre, subió a un avión contratado especialmente para trasladar algunos diputados que tenían que ir a una sesión del Congreso en la que se aceptaría la renuncia del Presidente y se posesionaría a otro (aunque en ese momento no lo sabían, y el viaje era incierto y peligroso por las noticias que llegaban de La Paz).
La capital política de Bolivia estaba sitiada por miles de indígenas y sectores de clase media que impedían la circulación vehicular, que habían logrado paralizar las actividades aéreas y, sobre todo, que todos los que vivían en esa hoyada temieran por sus vidas. Sólo esa semana casi cincuenta personas murieron en enfrentamientos de diverso tipo lo cual determinó que la caída de Gonzalo Sánchez de Lozada fuera irreversible.
El sábado por la mañana hubo urgentes y tensas reuniones en el Palacio de Gobierno de la Plaza Murillo (no es fácil asumir un gobierno y menos sin experiencia o planificación previas), una de ellas fue la que Carlos Mesa, flamante presidente de la República de Bolivia, tuvo con Juan Ignacio Siles, en la cual Mesa le confirmó que lo quería como Canciller y que sería posesionado al día siguiente. Mucho más no hablaron, en esas jornadas intensas no había tiempo para definir cuál iba a ser la política exterior: había que bajar la tensión social y evitar una guerra civil, ver qué hacer con el Congreso y los partidos políticos, etc. etc. Otras eran las prioridades.
Siles viene de una familia conservadora de intelectuales con los cuales recorrió el mundo. Años después hizo un doctorado en literatura en EE.UU. pero como la literatura no paga, y mucho menos en Bolivia, ingresó a la carrera diplomática y sirvió en distintos países. Sin embargo, como él mismo dice, sus principales logros los obtuvo en las letras con dos novelas publicadas, algún libro de poemas y su monumental tesis sobre la literatura boliviana y el Che Guevara que le llevó precisamente a centrar uno de sus libros de ficción sobre este mismo personaje.
Siles es uno de los intelectuales jóvenes y progresistas más importantes de Bolivia (paradójicamente hijo de una connotada historiadora chilena), y antes de ser Canciller se lo podía ver más a gusto en una tertulia literaria que un cóctel diplomático, o que en medio de la historia de malentendidos que se sucedió vertiginosamente en los últimos meses y que continúa hoy con una guerra de declaraciones sin precedentes en las relaciones entre ambos países (que, como coinciden muchos analistas, están en uno de sus peores momentos).
Si a ello le agregamos la crisis energética entre Chile y Argentina que permitió reposicionar el tema a través del convenio suscrito entre Carlos Mesa y Néstor Kirchner (y a creer en la buena suerte de los bolivianos en esta materia), la historia está para alquilar balcones.
Primer malentendido: en política no existen las casualidades
Muchos consideran que el aluvión de declaraciones en apoyo a la causa marítima boliviana que comenzó con las del Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y que se complementaron con las del Secretario General de Naciones Unidas, Kofi Annan, o las de Jimmy Carter fueron planificadas por el gobierno boliviano, sea porque este año se cumplen cien años del Tratado de Paz y Amistad de 1904, sea por los 125 años de la Guerra del Pacífico que se conmemoraron el pasado 23 de marzo. Sin embargo, a veces las casualidades tienen un papel más importante en la historia de lo que se cree.
Claro que el tema marítimo siempre es importante para los gobiernos bolivianos (por ejemplo en la OEA o en la Asamblea de la ONU, de forma constante en las últimas décadas), pero no hubo la planificación previa y conspirativa con meses de anticipación como quiere creerse en algunos círculos.
Pensar lo contrario es excesivo incluso para alguien tan imaginativo como Siles, si tenemos en cuenta que la Cumbre Iberoamericana del 14 y 15 de noviembre de 2003 ?cuando sucedió la mayor parte de esta historia?, había sido planificada en su mayor parte por Gonzalo Sánchez de Lozada y no por Carlos Mesa, quienes tienen visiones totalmente contrapuestas del asunto. La invitación a Annan, por ejemplo, la curso Sánchez de Lozada y no fue precisamente para que viniera a hablar del mar. Eso sí, hay que reconocer que Mesa y Siles no desaprovecharon la oportunidad.
Bolivia recibió adhesiones sin pedirlas por un motivo más banal, todos querían apoyar a un país pobre y atrasado que salía de una de las peores crisis en su historia democrática, que por su miseria crónica vive de la cooperación internacional y en el cual había (hay) el peligro cierto de que grupos indígenas radicalizados tomarán el poder. Decirles a los visitantes que llegaban a Bolivia que la falta de una salida al mar era la causa de todo esto fue la clave del éxito para los bolivianos.
La solidaridad internacional era previsible: cómo no tenerla y sobre un tema que hasta ese momento ante la comunidad internacional estaba confinado a polvorientos libros de historia, que caería bien a cualquier boliviano (incluso a los imprevisibles, y en ese momento no se sabía bien en que grupo ubicar a Carlos Mesa) y que no generaría mayores contratiempos.
Tanto así que el agregado de prensa de Kofi Annan en su segundo día de visita a Bolivia, esta vez a Santa Cruz (el primero había estado en La Paz y fue cuando hizo sus declaraciones sobre las relaciones entre Chile y Bolivia), se desayunó con la reacción de la prensa chilena y corrió a la habitación de Annan para comentar y controlar la crisis. Los funcionarios de Annan tuvieron que secuestrar el discurso que tenía preparado esa mañana y que ya se había repartido para que improvisara una nueva declaración. Cualquiera puede imaginar que no es común que esto ocurra, y menos que con el Secretario General de Naciones Unidas quien planifica con minuciosidad todo lo que tiene que decir.
Segundo malentendido: las cosas no son tas simples como parecen
El discurso de Carlos Mesa en la Cumbre de Monterrey fue decidido en el último minuto porque hasta entonces los bolivianos esperaban una reunión bilateral entre Ricardo Lagos y su Presidente (que hubiera pasado desapercibida como la que tuvieron en Santa Cruz en noviembre), sin embargo, la reunión fue rechazada por Chile lo que generó un ventilador público sobre los entretelones de la negociación de los últimos años entre ambos países. La diplomacia chilena sobre-reaccionó como ya lo había hecho frente a las declaraciones venezolanas.
La Cancillería que había hecho un intenso lobby con otros países, que preparó una sesuda intervención del Presidente Lagos, que planificó hasta el último detalle el escenario que finalmente acontecería, no supo dar una respuesta más simple y menos costosa: aceptar una reunión, hablar como siempre y decir lo mismo que se dijo públicamente y por televisión, pero en privado y entre amigos. Es que el gobierno chileno estaba enojado, creía firmemente que Bolivia había pateado el tablero y que las cosas ya no eran como antes.
Tercer malentendido: No hay un interlocutor válido
Muchos piensan también que hoy en Bolivia no hay un interlocutor válido con el cual hablar y continuar el diálogo que se estableció en los últimos años (¿cuánto durará el gobierno de Mesa?, se preguntan en pasillos de la Cancillería). Muchos bolivianos razonan igual y decían hace un tiempo que Mesa se parecía al carnaval: no se sabía si caía en febrero o en marzo. Sin embargo, la realidad, los militares y la Embajada Americana en Bolivia parecen desmentir estos presagios. A nadie le interesa que haya otra crisis terminal en Bolivia.
Ahora bien, la Cancillería boliviana evaluó hasta la posibilidad de suspender la reunión bilateral de vicecancilleres que se realizó en febrero en Santiago, pero prefirió reunirse y no tratar el tema marítimo en esa ocasión, lo que hubiera sido considerado otra patada al tablero (cosa que sí hizo el vicecanciller peruano hace unos días, en circunstancias similares); y, si leemos con cuidado, también es capaz de emitir declaraciones conciliatorias como las del 23 de marzo. Pero ?se quejan? ningún chileno reconoce eso.
En el fondo el gobierno boliviano está buscando una salida, acorralado como está entre su opinión pública y las declaraciones del gobierno chileno, no otra cosa demuestran los gestos que intentó dar en las últimas semanas, es que es un tema que podría calificarse de ?no win situation? (una situación que no se puede ganar), y eso lo sabe mejor que nadie el propio Canciller boliviano, que busca una alternativa política en la que no se pierda demasiado. Sus últimas declaraciones fueron ?este es un tema de largo plazo?, ergo, ?necesito tiempo?.
Cuarto malentendido: la diplomacia es para consumo interno
Carlos Mesa es periodista, y donde mejor se desempeñó antes de ser Vicepresidente de Sánchez de Lozada fue en la televisión. Opositores y leales le reconocen una increíble capacidad para improvisar (es capaz de hablar horas frente a una cámara sin equivocarse), por eso su mayor respaldo es la del pueblo anónimo que tiene un Presidente que le mira a los ojos y le dice lo que quiere escuchar.
Carlos Mesa es preso de las circunstancias. Su gobierno se sustenta en la opinión pública y no en el Congreso o en los partidos políticos, más bien adversos, por tanto no puede menos que respaldar los ánimos ya caldeados de una población que hasta ha logrado la renuncia de un Presidente. De ahí a discutir con Lagos de tú a tú, ser recibido como un héroe a su vuelta de Monterrey y subir diez puntos en las encuestas, no había más que un paso.
Que se aprovechó el tema marítimo para uso interno no es una sospecha, es un dato de la realidad, aunque nadie sabrá nunca si Mesa y Siles lo hacen concientemente o nuevamente porque no tienen más alternativas.
Paradójicamente parecería que la diplomacia chilena también actúa más preocupada por la opinión pública de lo que quiere reconocer y emite declaraciones que causan molestias innecesarias.
Molestia que se agrava con acusaciones como las que se hicieron en algunos medios cuando se informó que Mesa encabezó las movilizaciones en las cuales se quemaron banderas, cuando esto era, obviamente, falso; o, para no ir más lejos, con anécdotas como la del discurso del Presidente Lagos al llegar a Bolivia en noviembre pasado, donde aparecía enojado y molesto. En su descargo hay que decir que antes de aterrizar en Santa Cruz tuvo que sobrevolar mucho tiempo porque Hugo Chávez (nada menos) se demoró excesivamente con la prensa en el aeropuerto e hizo esas sus famosas declaraciones, las mismas que Lagos escuchó en su avión ya cansando por la espera.
No es inútil pedir a ambos gobiernos que se distancien de sus respectivas opiniones públicas y se preocupen más por la diplomacia. Es ahí cuando los Presidentes tienen que hablar.
Quinto malentendido: los negocios y la política se llevan bien
Durante su primera presidencia (1993-1997) Gonzalo Sánchez de Lozada le dijo a Ricardo Lagos, que en ese entonces era ministro de Obras Públicas, que el tema marítimo era como Drácula: podía morir en una película, pero por cualquier motivo, aún el más inesperado, en la siguiente resucitaba y volvía a saltar al cuello de sus víctimas, en este caso, Chile y Bolivia. Sánchez de Lozada por lo menos en esto tenía razón. Drácula resucitó después de la crisis boliviana de octubre y de la Cumbre Iberoamericana y parecería que aún nadie le ha clavado una estaca ni nadie se animará a hacerlo.
Otra anécdota que refleja la gravedad de la temática marítima para Bolivia es que en los más oscuros pasillos de la Cancillería de ese país se dice que ?si quieres mantener la pega, no te metas con el mar?, a más de uno se le quemó el pan en la puerta del horno.
Sánchez de Lozada sabía todo esto, por ello, al igual que sus dos antecesores con los que Lagos estableció sus mejores vínculos (Hugo Banzer y Jorge Quiroga) realizó únicamente reuniones confidenciales sobre este tema y siempre con el gas como primera prioridad.
Las negociaciones con Bolivia para darle una salida al mar estaban muy avanzadas, como el propio Lagos afirmó en la Cumbre de Monterrey, las que comprendían la exportación de gas por el puerto de Patillos en Iquique que sería entregado en concesión a Bolivia por 99 años junto a otra serie de facilidades.
Para los negociadores pragmáticos tanto de Chile como de tres gobiernos bolivianos, era el primer paso de un arreglo que traería beneficios para todos: por un lado un negocio millonario que fortalecería el norte de Chile (que junto al sur peruano y al altiplano boliviano forman un enclave económico natural) y, por el otro, ganancias enormes para Bolivia (cuya única opción de crecimiento y de divisas frescas es la exportación del energético a través de Chile), con la cereza de la torta que significaba para los bolivianos el acceso a un puerto. Sin soberanía, eso sí, pero ?se sabe?, la soberanía es un concepto más que gaseoso en pleno siglo XXI. Nunca Bolivia estuvo tan cerca del mar como en ese entonces.
Sexto malentendido: el mar y del gas no voltean gobiernos
Sánchez de Lozada quería dejar su gobierno (según sus propias palabras) ?firmando un TLC con EE.UU. y exportando gas? (desde un puerto chileno, pero no agregó esas dos palabras aunque todos los que participaban en la reunión donde se sinceró sabían que no había otra forma).
Pero si ese era su deseo, la realidad le decía todo lo contrario: había encargado una serie de encuestas, fanático como era de ellas, sobre el tema, y todas eran adversas a ambos deseos. Por eso encargó a un grupo especial de asesores, encabezado por su yerno y principal hombre en comunicación, a que se avocaran exclusivamente a analizar cuál sería la estrategia que se ejecutaría cuando se decidiera hacer pública la negociación con Chile. Faltaba, para Sánchez de Lozada, que los consorcios privados que intervenían en el negocio de la exportación se comprometieran a firmar los precontratos necesarios (se sabe, el gas no es como el petróleo en el mercado internacional, primero es necesario cerrar el trato con el comprador), y Sánchez de Lozada no iba a arriesgar su gobierno si las empresas a su vez no se comprometían.
Al final perdió la soga y el cabrito, y una de las críticas centrales que se le hizo en las jornadas de octubre fue que la decisión de exportar por Chile estaba tomada y que lo había hecho a espaldas del pueblo, lo cual desde esa perspectiva es rigurosamente cierto.
La crisis de su gobierno tuvo muchos motivos, pero sin duda éste no fue el menor. En la percepción de los bolivianos Sánchez de Lozada quería regalar el país, en este caso, el gas, a las transnacionales como ya lo había hecho con las empresas estatales a través de la capitalización (la privatización diferida que hizo en su primer gobierno), y encima beneficiando a los chilenos. Era como que mucho.
Pero si meses atrás los bolivianos nunca estuvieron tan cerca del mar, una vez que ocurrieron la serie de acontecimientos que conocemos, todos coinciden que nunca se estuvo tan lejos del Océano Pacífico como ahora, porque las posiciones se han endurecido, ha intervenido la opinión pública en ambos países (cosa que en Chile no ocurría hasta noviembre pasado) y se ha convertido en un tema mediático, lo que no le hace bien a nadie.
Séptimo malentendido: No es cuestión de sensibilidades sino de negocios
?Desconfía de un hombre que no haya visto el mar? dice un refrán que casi no es utilizado en Bolivia aunque mucha gente lo conozca. En muchos sentidos el mar no es un problema económico sino un problema cultural, la mediterraneidad boliviana tiene ese matiz, al margen de los análisis que puedan hacer economistas como Jeffrey Sachs (-0,7% anual del PIB para los países sin puertos). El hecho de haber sido confinado a las montañas y la selva pesa trágicamente en la idiosincrasia boliviana.
Esa sensibilidad es la que en determinados momentos se convierte en el famoso antichilenismo del que se habla hoy en los medios. Los bolivianos tienen que echarle la culpa a alguien de los problemas que tienen, y si ese alguien es de afuera mucho mejor (al no haber dios a quien quejarse ?porque no participa en política desde la Revolución Francesa?, no quedan más que los chilenos). Sin embargo, esa entelequia que es Chile para los bolivianos, no es lo mismo que un chileno de carne y hueso con quien interactúa diariamente. Pero es imprescindible conocer esa sensibilidad y esos matices para actuar correctamente, al igual que le haría bien a los bolivianos conocer algo más sobre lo que piensan los chilenos y darse cuenta que hasta hace unos meses había muchas más simpatías hacia la causa boliviana que hoy, lo cual es una contradicción insalvable para la diplomacia boliviana a la hora de los debe y haber, que son siempre los que al final evalúa la historia.
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