Por Sergio Molina Monasterios*
Si vemos la historia larga de la relación bilateral entre Chile Y Bolivia (y de confirmarse lo que parece un hecho), se podría afirmar que hemos vuelto a la normalidad, que estos años de acercamiento entre Evo Morales y tres presidentes chilenos no fueron más que una paréntesis en una relación siempre tensa y distante que obedece a lógicas diferentes e incomprendidas.
Con excepción de algunos guiños y acercamientos, como en el interregno de Pinochet y Banzer (y ahora, durante éste periodo que los historiadores bautizarán de alguna manera), en el último medio siglo estuvieron ausentes las relaciones diplomáticas entre ambos países, se llevaron hasta el paroxismo sus diferencias y, al mismo tiempo, se profundizó en una forma sin precedentes la distancia (existente desde siempre) tanto en lo económico como en lo institucional.
Volver a la normalidad, entonces, implica que Bolivia retomará los escenarios internacionales (que son muchos y variados a lo largo del año), para reclamar un acceso útil, libre y soberano al mar con argumentaciones diversas, sean económicas, culturales o políticas; frente a lo cual Chile pedirá la palabra inmediatamente después para decir que no existen problemas limítrofes pendientes, que hay plenas garantías de acceso marítimo para Bolivia a través de territorio y puertos chilenos y que se trata de un asunto bilateral (un discurso que saben como si fuera un mantra todos los diplomáticos a ambos lados de la frontera).
¿Existe alguna diferencia hoy en relación lo que fue la norma antaño? ¿Hay un caso jurídico para presentar ante tribunales internacionales? Sobre el tema se discutirá largamente en los próximos meses y conoceremos opiniones muy distintas según cuál sea el país de donde provengan. Por mi parte, siempre tuve la certeza de que no hay nada más subjetivo y político que el derecho.
La lógica de Morales
No debe olvidarse que Morales actúo con una lógica sindical (él es un sindicalista): puso un ultimátum (el 23 de marzo) y, al no recibir una respuesta afirmativa, impuso una medida de fuerza (multilateralizar el tema). Ahora bien, la lógica sindical no es igual a la política, ni que decir con la diplomática: las relaciones internacionales tienen sus tiempos, sus códigos, sus formas. En el peor de los casos, podría haber hecho lo mismo pero con la solemnidad y el respeto que ameritaba (a l fin y al cabo somos y seguiremos siendo vecinos); en cualquier caso, no en un discurso en una plaza pública.
Lo cual lleva a otra conclusión relevante, Morales actuó con la cabeza caliente, ensoberbecido al calor de la multitud y de la fecha: era 23 de marzo y todos los 23 de marzo los bolivianos nos ponemos sentimentales y hasta nos deprimimos. No hay otra explicación para las contradicciones flagrantes entre las declaraciones vertidas horas antes y el discurso mismo; amén de las entrevistas y las columnas que llamaba a la calma y que plagaron los medios de ambos países en estos días, mostrando una ofensiva diplomática en esa dirección.
¿Fue una decisión consensuada en Bolivia? Buena parte del Gobierno y la Cancillería no tuvieron un papel relevante, y ni hablar de la oposición que nunca fue tomada en cuenta. Morales conduce la política exterior junto a algunos de sus asesores más estrechos, lo cual fue evidente, por ejemplo, con las desinteligencias sobre el destino del Cónsul boliviano en Chile o con el nombramiento del nuevo Vicecanciller, y por supuesto, ahora.
¿Fue la utilización de la política externa en asuntos internos? Ni duda cabe. Morales atraviesa su año más difícil y no encuentra la forma de revertir el descontento que generan algunas de sus medidas recientes, sobre todo en el ámbito económico que es donde se cuecen las habas más tiernas. El nacionalismo antichileno siempre ha sido una fórmula exitosa en Bolivia, ¿por qué no ahora? (Eso sí, en descargo de Morales convengamos que no hay gobierno en el mundo que no lo haga. Pensar que la diplomacia no tiene que ver con la política cotidiana es de una ingenuidad extrema).
En Chile por otra parte, parece una profecía autocumplida. En los últimos años los sectores más reacios a un entendimiento con Bolivia (que son transversales y no responden a un solo color político) constantemente advirtieron que el acercamiento no conduciría a ninguna parte. Seguramente hoy celebran haber sido tan certeros.
Perú, el otro interesado
Lo que es una extraña coincidencia si tenemos en cuenta al otro país interesado en este tema: Perú. Porque convengamos que si hubo festejos ayer fue en Torre Tagle. Nuevamente más interrogantes: ¿cómo se comportarán Perú y Bolivia en el futuro? ¿Qué grado de coordinación o de distanciamiento tendrán ambos países? ¿Cómo actuará el nuevo Presidente peruano (y quién será éste, luego de una elección cada vez más complicada)?
Finalmente, la pregunta más difícil de todas: ¿qué nos queda?
En mi opinión, trabajar incansablemente para que el diálogo no se rompa, para que vuelvan las aguas a su cauce y para que prime la racionalidad. Insistir en que se busquen los consensos y no las diferencias. En definitiva, tratar de recuperar la confianza que se había conseguido hasta ahora.
Sobre todo, evitar el chauvinismo y aquietar las pasiones nacionalistas que tan rápidamente inflaman el alma de ambos pueblos. Ojalá los políticos que nos gobiernan en ambos lados de la frontera tengan la prestancia para evitar los excesos.
Ya habrá en el futuro quienes asuman el desafío de resolver este diferendo y que apuesten por soluciones imaginativas que, sin satisfacer plenamente a ninguno de los dos países, permitan una reconciliación y un reencuentro que hoy parece tan distante.
*Analista político boliviano-chileno
Mostrando las entradas con la etiqueta relaciones bilaterales. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta relaciones bilaterales. Mostrar todas las entradas
Enemigos íntimos
¿Qué puede llevar a dos países que fueron aliados históricos a distanciarse de esa manera? ¿Qué llevó a Evo Morales a convertir los intereses de Bolivia en los suyos, traduciéndolos a una disputa casi personal?
Desde que Perú pidió la extradición de un asesor de Morales acusado de delitos de terrorismo (a lo cual Bolivia se negó), hasta el retiro temporal de su embajador en Bolivia tras el intento de Morales de impedir el TLC peruano con Estados Unidos a través de la Comunidad Andina, la escalada no ha bajado en intensidad. Uno de los momentos más críticos fue la reciente decisión peruana de conceder refugio a varios ex ministros bolivianos del derrocado régimen de Gonzalo Sánchez de Lozada que actualmente están siendo procesados.
Y como corolario a esta historia de desencuentros, se publica la entrevista del director de La Tercera al Presidente boliviano, en la que Morales responde materias referidas al conflicto entre Chile y Bolivia con sutilezas florentinas, pero se despacha sin concesiones y desde los hígados contra el Perú, no en los términos de “gordo proimperialista” como había dicho en su momento de Alan, pero de forma aún más dolorosa para sus intereses porque identifica a ese país como uno de los responsables de la mediterraneidad boliviana, aunque sin sacar la conclusión elemental que implica esa afirmación: triletarizar el tema.
A raíz de todo ello, se han escrito y escuchado las más diversas opiniones, a cual más informada e inteligente, pero quisiera arriesgar algunas cosas que me parecen ausentes en la discusión.
Sería ingenuo pensar que Morales actuó basado en la racionalidad política y en el reenfoque de los intereses de largo plazo de Bolivia. Ojala la política tuviera esas dosis de sensatez, por el contrario, es mendaz y obstinada; hasta se ha sugerido por parte de la ultraderecha boliviana que el objetivo final de la disputa entre Evo y Alan ha sido instigado por Hugo: complotar y derrocar al gobierno peruano para dar cabida a un régimen indigenista. Por supuesto, no hay ninguna prueba de ello y esto puede ser tan cierto como el delirio de que Morales sabe cuál es la sentencia del tribunal de La Haya.
Ahora bien, actualmente en Bolivia la ideología prima por sobre la racionalidad más elemental, y los intereses nacionales y el Estado se han personalizado. Si se tiene en cuenta esas variables la lectura de lo que dijo Morales es distinta a la simple revisión conveniente de unos párrafos por sobre otros. Nadie ha hecho referencia, por ejemplo, a la fascinación que siente por Ollanta Humala y Fidel Castro, o al maniqueísmo elemental de sus convicciones en política internacional. Tampoco a que en Bolivia, al igual que en Venezuela, el proceso se está radicalizado y no sólo en el discurso (lo cual no sería extraño con elecciones el próximo diciembre); sino también en los hechos. Baste mencionar el decreto que el gobierno emitió para confiscar los bienes de quienes sean sospechosos de complicidad con el terrorismo, lo cual es un calco del “Acta Patriótica” de Bush sólo que en versión de izquierda.
Esta disputa obedece además a la separación cada vez más evidente entre dos países antaño hermanos y que hoy se distancian y bifurcan ofendidos. Una separación que es política pero también económica: estatista e indigenista uno; liberal y occidentalizado otro.
Que la satisfacción por escuchar en boca de un Presidente algunas cosas sobre la que siempre hemos abogado, no nos cieguen respecto a otras.
Publicada en La Tercera el 3 de junio de 2009
Desde que Perú pidió la extradición de un asesor de Morales acusado de delitos de terrorismo (a lo cual Bolivia se negó), hasta el retiro temporal de su embajador en Bolivia tras el intento de Morales de impedir el TLC peruano con Estados Unidos a través de la Comunidad Andina, la escalada no ha bajado en intensidad. Uno de los momentos más críticos fue la reciente decisión peruana de conceder refugio a varios ex ministros bolivianos del derrocado régimen de Gonzalo Sánchez de Lozada que actualmente están siendo procesados.
Y como corolario a esta historia de desencuentros, se publica la entrevista del director de La Tercera al Presidente boliviano, en la que Morales responde materias referidas al conflicto entre Chile y Bolivia con sutilezas florentinas, pero se despacha sin concesiones y desde los hígados contra el Perú, no en los términos de “gordo proimperialista” como había dicho en su momento de Alan, pero de forma aún más dolorosa para sus intereses porque identifica a ese país como uno de los responsables de la mediterraneidad boliviana, aunque sin sacar la conclusión elemental que implica esa afirmación: triletarizar el tema.
A raíz de todo ello, se han escrito y escuchado las más diversas opiniones, a cual más informada e inteligente, pero quisiera arriesgar algunas cosas que me parecen ausentes en la discusión.
Sería ingenuo pensar que Morales actuó basado en la racionalidad política y en el reenfoque de los intereses de largo plazo de Bolivia. Ojala la política tuviera esas dosis de sensatez, por el contrario, es mendaz y obstinada; hasta se ha sugerido por parte de la ultraderecha boliviana que el objetivo final de la disputa entre Evo y Alan ha sido instigado por Hugo: complotar y derrocar al gobierno peruano para dar cabida a un régimen indigenista. Por supuesto, no hay ninguna prueba de ello y esto puede ser tan cierto como el delirio de que Morales sabe cuál es la sentencia del tribunal de La Haya.
Ahora bien, actualmente en Bolivia la ideología prima por sobre la racionalidad más elemental, y los intereses nacionales y el Estado se han personalizado. Si se tiene en cuenta esas variables la lectura de lo que dijo Morales es distinta a la simple revisión conveniente de unos párrafos por sobre otros. Nadie ha hecho referencia, por ejemplo, a la fascinación que siente por Ollanta Humala y Fidel Castro, o al maniqueísmo elemental de sus convicciones en política internacional. Tampoco a que en Bolivia, al igual que en Venezuela, el proceso se está radicalizado y no sólo en el discurso (lo cual no sería extraño con elecciones el próximo diciembre); sino también en los hechos. Baste mencionar el decreto que el gobierno emitió para confiscar los bienes de quienes sean sospechosos de complicidad con el terrorismo, lo cual es un calco del “Acta Patriótica” de Bush sólo que en versión de izquierda.
Esta disputa obedece además a la separación cada vez más evidente entre dos países antaño hermanos y que hoy se distancian y bifurcan ofendidos. Una separación que es política pero también económica: estatista e indigenista uno; liberal y occidentalizado otro.
Que la satisfacción por escuchar en boca de un Presidente algunas cosas sobre la que siempre hemos abogado, no nos cieguen respecto a otras.
Publicada en La Tercera el 3 de junio de 2009
Por la boca muere el pez
La larga y conflictiva historia diplomática entre Bolivia y Chile, sólo en estos últimos años, cobró dos cónsules al primer país y uno al segundo. En los tres casos y si nos atenemos a las versiones oficiales, por motivos similares: Hablar de más.
Lo cual confirma algunas certezas en el caso boliviano. En primer lugar que los temas que son determinantes para la administración de Evo Morales se manejan sin ningún tipo de intermediarios; es el caso, por ejemplo, de los hidrocarburos, Ministerio por el cual ya han pasado tres personajes de alto renombre en el último año; la Asamblea Constituyente donde la última palabra siempre la tiene el Presidente; o, salvando las distancias, la relación diplomática con Chile. Lo cual debe hacer reflexionar a los especialistas no sobre las contradicciones de Morales (que no las hubo en la destitución de Enrique Pinelo o Roberto Finot), sino sobre la toma de decisiones y su particular forma de ejercicio de la política.
La prioridad que tiene este asunto para el Presidente boliviano se confirma día tras día. La semana pasada, por ejemplo, cuando realizó un viaje relámpago al Perú, país con el que está algo más que distanciado. Ahí no tuvo reparos en soltar graciosas e infelices frases como aquella de que a Alan García lo conocía cuando era más flaco y más antiimperialista, palabras que por supuesto no cayeron nada bien en el gobierno peruano, pero que permiten colegir —si uno quisiera rizar el rizo—, cuál fue la respuesta peruana a los planteamientos marítimos bolivianos.
Por otra parte, si bien la construcción de su liderazgo sindical y político se sustentó en la lucha intransigente para evitar que se venda gas a Chile (lo que costó decenas de muertos y la renuncia de un Presidente), hoy en cambio, es precisamente él quien se muestra más convencido de que puede resolver la cuadratura del círculo.
Como cualquier político boliviano, alberga secretamente el deseo de resolver el principal diferendo sudamericano y pasar a la historia por la puerta grande, por tanto, como todos ellos, está dispuesto a pagar el precio (pero ni un centavo más, y menos por un funcionario de segundo rango). Es que nunca debiera olvidarse el costo político que diariamente tiene que pagar Morales por su política exterior ni dejar de prever cuán abultada es su cuenta corriente.
Finalmente, a diferencia de lo que tradicionalmente se piensa, en justicia hay que decir que si Bolivia tiene algo parecido a una política de Estado ésa es la referida al tema marítimo (¿o usted oyó alguna vez en el último siglo a un presidente, canciller, embajador o cónsul que no reivindicara una salida soberana al mar?). Que esa aspiración sea condimentada por una serie de fórmulas complejas y por la contingencia política, es anecdótico.
Y esto es en lo que no podemos equivocarnos (y donde Roberto Finot erró de medio a medio): Sólo Evo Morales le puede decir a los bolivianos que la soberanía será postergada por asuntos menos trascendentes y más terrenales, sea un enclave, una zona económica especial o un canje territorial; o, paradoja de las paradojas que se le venderá gas a Chile. No sólo es su responsabilidad como Presidente (y su derecho como político), sino que en el mundo real es el único que puede y está dispuesto a hacerlo.
Lo cual confirma algunas certezas en el caso boliviano. En primer lugar que los temas que son determinantes para la administración de Evo Morales se manejan sin ningún tipo de intermediarios; es el caso, por ejemplo, de los hidrocarburos, Ministerio por el cual ya han pasado tres personajes de alto renombre en el último año; la Asamblea Constituyente donde la última palabra siempre la tiene el Presidente; o, salvando las distancias, la relación diplomática con Chile. Lo cual debe hacer reflexionar a los especialistas no sobre las contradicciones de Morales (que no las hubo en la destitución de Enrique Pinelo o Roberto Finot), sino sobre la toma de decisiones y su particular forma de ejercicio de la política.
La prioridad que tiene este asunto para el Presidente boliviano se confirma día tras día. La semana pasada, por ejemplo, cuando realizó un viaje relámpago al Perú, país con el que está algo más que distanciado. Ahí no tuvo reparos en soltar graciosas e infelices frases como aquella de que a Alan García lo conocía cuando era más flaco y más antiimperialista, palabras que por supuesto no cayeron nada bien en el gobierno peruano, pero que permiten colegir —si uno quisiera rizar el rizo—, cuál fue la respuesta peruana a los planteamientos marítimos bolivianos.
Por otra parte, si bien la construcción de su liderazgo sindical y político se sustentó en la lucha intransigente para evitar que se venda gas a Chile (lo que costó decenas de muertos y la renuncia de un Presidente), hoy en cambio, es precisamente él quien se muestra más convencido de que puede resolver la cuadratura del círculo.
Como cualquier político boliviano, alberga secretamente el deseo de resolver el principal diferendo sudamericano y pasar a la historia por la puerta grande, por tanto, como todos ellos, está dispuesto a pagar el precio (pero ni un centavo más, y menos por un funcionario de segundo rango). Es que nunca debiera olvidarse el costo político que diariamente tiene que pagar Morales por su política exterior ni dejar de prever cuán abultada es su cuenta corriente.
Finalmente, a diferencia de lo que tradicionalmente se piensa, en justicia hay que decir que si Bolivia tiene algo parecido a una política de Estado ésa es la referida al tema marítimo (¿o usted oyó alguna vez en el último siglo a un presidente, canciller, embajador o cónsul que no reivindicara una salida soberana al mar?). Que esa aspiración sea condimentada por una serie de fórmulas complejas y por la contingencia política, es anecdótico.
Y esto es en lo que no podemos equivocarnos (y donde Roberto Finot erró de medio a medio): Sólo Evo Morales le puede decir a los bolivianos que la soberanía será postergada por asuntos menos trascendentes y más terrenales, sea un enclave, una zona económica especial o un canje territorial; o, paradoja de las paradojas que se le venderá gas a Chile. No sólo es su responsabilidad como Presidente (y su derecho como político), sino que en el mundo real es el único que puede y está dispuesto a hacerlo.
Déjà Vu
Qué duda cabe, una de las mejores cancillerías del continente es la peruana. Si no fijémonos en los últimos acontecimientos.
Sólo días después de que se reunieran en La Paz los vicecancilleres de Chile y Bolivia para tratar en forma confidencial el problema marítimo (como parte de la agenda bilateral que tienen ambos países), el canciller peruano, José Antonio García Belaúnde, reaccionó y frenó en seco este acercamiento declarando a una oficialista e ignota agencia de prensa que es "bienvenida" la posibilidad de que Chile ceda a Bolivia un territorio de "soberanía compartida" con Perú; en Arica para más datos.
Nadie se lo había preguntado, no era una noticia en la agenda ni en los medios de ninguno de los tres países, pero -por si acaso- decidió advertir a sus homólogos de Chile y Bolivia.
¿Qué significan estas declaraciones en lenguaje no diplomático? Patear el tablero que estaban construyendo trabajosamente chilenos y bolivianos para decir claramente que sobre el mar no se discute sin la participación del Perú.
Lo mismo ocurrió en la década del ‘70 cuando Bolivia y Chile estuvieron más cerca que nunca de arreglar sus históricos problemas (¿se acuerda del "abrazo de Charaña" entre Banzer y Pinochet?). En ese entonces, ante la propuesta de cesión a Bolivia de una franja territorial, el Perú planteo que era mejor convertir Arica en un espacio de soberanía trinacional, lo cual era inadmisible para Chile y Bolivia. Inmediatamente después vino la ruptura y el distanciamiento entre ambos países, que no se recompuso en décadas.
No hay espacio en esta columna para contar episodios como éste que han tachonado nuestra historia compartida, pero sí para esbozar una regla general: En la medida en que Bolivia y Chile se acercan (sea por temas económicos, sea por el mar), Perú activa todo su aparato diplomático y político, recuerda viejas rivalidades y logra en pocos días que Chile reconsidere sus intenciones. Esa regla fue coronada tiempo atrás con una sutileza que alejó definitivamente cualquier posibilidad de salida al mar para Bolivia a través de la frontera norte chilena: Sacó a la luz la ya famosa disputa sobre límites marítimos.
Por eso, al leer las noticias, se siente una profunda sensación de Déjà Vu (y de desasosiego). Lo único que parecería haber cambiado en estos meses es que arrecia la crisis energética y que Bolivia (si dejara de lado sus anteojeras ideológicas) podría jugar un papel determinante en la región en el corto plazo. O quizá no, y eso también estuvo previsto en las declaraciones de Belaúnde.
Ahora bien, en algo tiene razón Perú. Mientras no se "trilateralice" la discusión sobre el tema marítimo, no se avanzará un milímetro. La bilateralidad que plantea la cancillera chilena y más recientemente el gobierno de Evo Morales, parecería conducir al mismo callejón sin salida de siempre.
Mientras tanto, cierto que se puede profundizar la integración comercial o energética, pero no mucho más. Si Bolivia y Chile quieren hablar del mar deben invitar a la mesa a otro comensal, no sólo porque así lo dicen los tratados sino porque así lo dicta el pragmatismo político.
Por lo menos si se quiere hablar seriamente y evitar que nuestras respectivas cancillerías se sigan mandando recados por el periódico.
Sólo días después de que se reunieran en La Paz los vicecancilleres de Chile y Bolivia para tratar en forma confidencial el problema marítimo (como parte de la agenda bilateral que tienen ambos países), el canciller peruano, José Antonio García Belaúnde, reaccionó y frenó en seco este acercamiento declarando a una oficialista e ignota agencia de prensa que es "bienvenida" la posibilidad de que Chile ceda a Bolivia un territorio de "soberanía compartida" con Perú; en Arica para más datos.
Nadie se lo había preguntado, no era una noticia en la agenda ni en los medios de ninguno de los tres países, pero -por si acaso- decidió advertir a sus homólogos de Chile y Bolivia.
¿Qué significan estas declaraciones en lenguaje no diplomático? Patear el tablero que estaban construyendo trabajosamente chilenos y bolivianos para decir claramente que sobre el mar no se discute sin la participación del Perú.
Lo mismo ocurrió en la década del ‘70 cuando Bolivia y Chile estuvieron más cerca que nunca de arreglar sus históricos problemas (¿se acuerda del "abrazo de Charaña" entre Banzer y Pinochet?). En ese entonces, ante la propuesta de cesión a Bolivia de una franja territorial, el Perú planteo que era mejor convertir Arica en un espacio de soberanía trinacional, lo cual era inadmisible para Chile y Bolivia. Inmediatamente después vino la ruptura y el distanciamiento entre ambos países, que no se recompuso en décadas.
No hay espacio en esta columna para contar episodios como éste que han tachonado nuestra historia compartida, pero sí para esbozar una regla general: En la medida en que Bolivia y Chile se acercan (sea por temas económicos, sea por el mar), Perú activa todo su aparato diplomático y político, recuerda viejas rivalidades y logra en pocos días que Chile reconsidere sus intenciones. Esa regla fue coronada tiempo atrás con una sutileza que alejó definitivamente cualquier posibilidad de salida al mar para Bolivia a través de la frontera norte chilena: Sacó a la luz la ya famosa disputa sobre límites marítimos.
Por eso, al leer las noticias, se siente una profunda sensación de Déjà Vu (y de desasosiego). Lo único que parecería haber cambiado en estos meses es que arrecia la crisis energética y que Bolivia (si dejara de lado sus anteojeras ideológicas) podría jugar un papel determinante en la región en el corto plazo. O quizá no, y eso también estuvo previsto en las declaraciones de Belaúnde.
Ahora bien, en algo tiene razón Perú. Mientras no se "trilateralice" la discusión sobre el tema marítimo, no se avanzará un milímetro. La bilateralidad que plantea la cancillera chilena y más recientemente el gobierno de Evo Morales, parecería conducir al mismo callejón sin salida de siempre.
Mientras tanto, cierto que se puede profundizar la integración comercial o energética, pero no mucho más. Si Bolivia y Chile quieren hablar del mar deben invitar a la mesa a otro comensal, no sólo porque así lo dicen los tratados sino porque así lo dicta el pragmatismo político.
Por lo menos si se quiere hablar seriamente y evitar que nuestras respectivas cancillerías se sigan mandando recados por el periódico.
Las negociaciones secretas del gobierno de Morales para vender gas a Chile
Con información del periódico La Tercera de Chile
Una investigación periodística reveló hace unos días que diversos funcionarios del gobierno boliviano propusieron a sus contrapartes chilenas la posibilidad de venderles gas para generar energía eléctrica.
El reportaje del periódico chileno La Tercera establece que dos de las generadoras eléctricas más importantes del norte de Chile y responsables de abastecer casi la totalidad de la minería de esa zona (industria que por sí solas representa la mitad de las exportaciones totales de ese país), discutieron largamente la propuesta de funcionarios del gobierno de Evo Morales, particularmente del Cónsul José Enrique Pinelo, para recibir gas boliviano y resolver el problema de desabastecimiento de este hidrocarburo y de energía eléctrica que sufre Chile a consecuencia del racionamiento argentino.
En qué consistía el negocio
"Las dos principales operadoras eléctricas en la zona, Gas Atacama (de propiedad de Endesa y CMS Energy) y el Grupo Suez (socia junto a Codelco de las operadoras eléctricas Edelnor y Electroandina) recibieron un inesperado mensaje del gobierno de Evo Morales: Bolivia está interesada en ingresar al mercado eléctrico chileno pagando con gas natural", sostuvo La Tercera el 1° de octubre pasado.
El negocio consistía en que una empresa filial de YPFB se asociaría con alguna de las generadoras eléctricas chilenas y pagaría el capital adeudado con gas natural hasta alcanzar una cifra de 800 millones de dólares.
Según La Tercera se habló de exportar hasta cuatro millones de metros cúbicos diarios de gas, más del doble de lo que Chile estaba recibiendo de la Argentina en julio pasado producto del racionamiento.
Según confirmaron quienes participaron en las reuniones, dos cosas llamaron la atención de esta propuesta: En primer lugar que el negocio no mencionaba la reivindicación marítima y el acceso soberano al mar; en segundo lugar, que quien hacía los primeros acercamiento no era un desconocido sino alguien que se autodefine como hombre de confianza de Evo Morales, el diplomático Coco Pinelo.
Según La Tercera, Pinelo contactó al gerente general de Gas Atacama, Rudolf Araneda y al representante de Suez Energy, Manlio Alessi, para hacer los primeros sondeos.
Rudolf Araneda, una vez conocidos los detalles de la negociación, se reunió con la Cancillería chilena para ponerlos al tanto de las conversaciones. Según el mismo matutino, lo recibieron el Vicecanciller, Alberto Van Klaveren, el Director de Política General, Carlos Portales, y el principal Asesor del Canciller Alejandro Foxley, Edgardo Boeninger.
Araneda sostuvo en esa oportunidad que las conversaciones contaban en Bolivia con el consentimiento y respaldo del Vicepresidente, Álvaro García Linera, autoridades de YPFB y algunos miembros del gabinete de Evo Morales, si bien no había consenso total en su gobierno.
Sin embargo, García Linera desmintió la información el 3 de octubre pasado en Yapacaní, al afirmar que no hubo acercamiento a Chile ni negociación secreta alguna.
El periódico chileno para confirmar la reunión, cita a Boeninger (un viejo y reconocido político y ex ministro de Estado chileno) quien afirmó que "Araneda quería explorar la opinión del gobierno", e incluso mostró "detalles técnicos de la operación (con Bolivia)".
A pesar del desmentido, se trata de un esquema nada novedoso en la política energética de Evo Morales. Varios de los principales colaboradores del Presidente consideran que el gas debe ser industrializado y no exportado como materia prima, por ello impulsan tratos como el que se cerró con la empresa india para explotar El Mutún, una de las reservas de hierro más grandes del continente, a la cual se le entregará gas a precio más que subvencionado; o el varias veces discutido y postergado proyecto de construir una planta de polietileno en la frontera con Brasil, que tanto interés despertaba antes de la nacionalización y del impasse surgido entre nuestro país y el gigante latinoamericano.
Fuentes bien informadas dijeron a Pulso que si bien la idea era impulsada fuertemente por los sectores menos radicales del gobierno, recibió duros comentarios de los sectores maximalistas que se niegan a cualquier acercamiento a Chile que no diga explícitamente "acceso al mar con soberanía" desde el primer momento y en la primera página.
Existen fuertes disputas entre ambos sectores, y los últimos acusan a los primeros de ser el entorno que ha "secuestrado" al Presidente (la salida del ex Ministro de Hidrocarburos, Andrés Soliz Rada, por presión de Petrobras hay que leerla en ese contexto).
La pelea entre ambos sectores también ocasiona que el gobierno sea incapaz de mantener una línea monolítica en su política exterior. Así, en medio de la negociación secreta, el Canciller David Choquehuanca, llegó a decir que la política de gas por mar estaba superada, lo que fue desmentido 24 horas después por uno de sus colegas.
Los retruécanos verbales de Choquehuanca, que recientemente afirmó que en adelante no hablaría respecto a ninguna negociación (previsor y temeroso de filtraciones como las que publicó La Tercera), no hacen más que confirmar que pese a que cree que sus intuiciones son geniales, suenan ante los países vecinos como las de un ingenuo, sobre todo si hace referencia a proyectos tan delicados que no sólo necesitan viabilidad política, sino ingeniería técnica y financiera, y mucha suerte.
Es en el marco de la lucha interna dentro del gobierno boliviano que hay que leer la información de La Tercera, así como la información, también revelada por ese matutino, de que no era la primera vez que el gobierno de Morales hacía propuestas para sondear la posibilidad de vender gas a Chile. Al principio, afirma el reportaje, el Palacio Quemado buscaba una negociación entre gobierno y gobierno (YPFB y CODELCO de Chile, y que es dueña del 66% de las acciones de Edelnor y Electroandina), y no con privados como finalmente ocurrió. Pero este camino habría sido descartado en la reunión entre vicecancilleres de ambos países el 18 de julio pasado, cuando se estableció que el gas estaría fuera de las negociaciones entre ambos países.
Chile dice no
Cuando se supo de la propuesta boliviana, la reacción de la Cancillería chilena fue de un "rechazo categórico". Según La Tercera, en la reunión entre Gas Atacama y el Ministerio de Relaciones Exteriores del vecino país, los diplomáticos chilenos señalaron el riesgo de que el gas que Bolivia se comprometía a exportar pudiera ser empleados como una forma de presión para lograr una solución a nuestra centenaria demanda marítima. "Por lo mismo, el gobierno no se involucraría en este negocio y si los privados se animaban a hacerlo, sería a cuenta y riesgo propio", publicó el reportaje mencionado.
El argumento de que este es un tema entre privados suena hueco y sin sentido: En Chile, cualquier cosa que tenga que ver con el gas y con negociaciones con Bolivia, trasciende largamente al ámbito político y gubernamental. En definitiva, Chile prefirió mirar para otro lado ante la propuesta boliviana, quitando el piso político imprescindible para que este proyecto tuviera viabilidad.
La misma respuesta negativa habría recibido Ignacio Pérez Walker, un ex senador chileno de derecha que ahora asesora al grupo Suez Energy y quien tuvo varias reuniones con autoridades bolivianas y chilenas. Según La Tercera, Walker se reunió con Coco Pinelo el 6 de julio pasado y discutieron la posible asociación de YPFB con Edelnor y Electroandina.
Pero cuando Walker reunió a Pinelo con Manlio Alessi, delegado de Suez Energy para Chile y Perú, éste último escuchó la idea pero insistió en que si la idea del gobierno boliviano era comprar parte de las acciones de la estatal chilena Codelco en Edelnor y Electroandina, lo que debía hacer Pinelo era hablar con esa empresa y no con él.
Pérez Walker hizo otras gestiones pero fracasó en todas ellas, incluso recibió un desplante de la Ministra de Energía chilena, Karen Poniachik, según informa La Tercera. Ella no quiso recibirlo, alertada seguramente por el tipo de propuesta que le llevaría.
El otro ninguneo que hizo Poniachik al proyecto, según La Tercera, lo sufrió esta vez Pinelo. Éste habría insistido en que la Ministra chilena viajara a La Paz para reunirse con el entonces Ministro de Hidrocarburos, Soliz Rada, pero la invitación fue rechazada.
Las consecuencias del fracaso
La hipótesis más segura para entender las negativas reiteradas de Poniachik es que justo en esos días preparaba un anuncio central para los intereses estratégicos de Chile: dar inicio al proyecto para la construcción de una planta de licuefacción de gas en la ciudad chilena de Mejillones que en dos años más pretende alimentar el Sistema Interconectado del Norte Grande, con gas traído de diferentes mercados en buques especialmente acondicionados para el efecto. Con esto se resolvería el desabastecimiento energético de las empresas mineras y de la industria en general.
El gas natural licuado si bien es más caro, es la principal apuesta del gobierno chileno para tener seguridad y diversificar su matriz energética. Que sea más costoso sigue siendo un problema, pero menor al fantasma del desabastecimiento y a lo que se considera la peor pesadilla de Chile: que la escasez de gas para las industrias y la generación eléctrica se traslade a los consumidores y haya racionamiento en las ciudades.
En este nuevo y millonario proyecto de gas natural licuado participan Gas Atacama y Suez Energy, lo que les hace perder interés en alternativas como las planteadas por el gobierno de Morales hace unos meses, que si bien significarían gas más barato también se comprueba cada vez más como políticamente inviable.
Actualmente compañías como Suez están operando incluso con diesel y carbón para producir energía, a un costo varias veces mayor (hasta un 1.200% según La Tercera) que lo que significaría producir termoelectricidad por gas natural, y no es menor tampoco el impacto para el medio ambiente que tiene este tipo de emprendimientos.
Según las autoridades chilenas, la apuesta de gas natural licuado es el camino a su independencia en materia energética, sobre todo respecto de vecinos que les incomodan como Argentina o Bolivia; también en este marco hay que leer la discusión que se está dando en Chile para ver la viabilidad técnica y política de construir una planta de energía nuclear para producir electricidad. Para La Tercera, este tipo de proyectos (el gas natural y la energía atómica) son también "a los ojos de la cancillería boliviana, el fin de cualquier posibilidad de que Bolivia le venda gas natural a Chile".
Finalmente, luego de la negativa chilena y de la filtración periodística, el proyecto fue postergado también en Bolivia porque hoy este tipo de negociaciones están lejos de las prioridades políticas del gobierno de Morales dados los fuertes conflictos internos y sociales que atraviesa y a que su popularidad descendió dramáticamente en los últimos meses (de 81% en mayo, a 52% en septiembre, según la encuestadora Apoyo).
Todo lo cual es una lástima. Seis meses atrás, con gobiernos recién estrenados en ambos países, más de uno se animó a escribir que era el momento para que Chile y Bolivia resolvieran sus problemas; y que dos outsiders de la política (por procedencia cultural y de género como Morales y Bachelet) eran una esperanza frente a políticos clásicos que ya habían fracasado en reiteradas ocasiones. Ahí nos equivocamos todos.
Quienes no lo hicieron fueron algunos emprendedores que siguen buscando alternativas imaginativas, muy riesgosas pero menos ideológicas y más baratas. Un puede apostar que el entendimiento entre Chile y Bolivia provendrá de ideas como ésta. Quizá entonces los funcionarios de ambos países les presten la atención que merecen.
Una investigación periodística reveló hace unos días que diversos funcionarios del gobierno boliviano propusieron a sus contrapartes chilenas la posibilidad de venderles gas para generar energía eléctrica.
El reportaje del periódico chileno La Tercera establece que dos de las generadoras eléctricas más importantes del norte de Chile y responsables de abastecer casi la totalidad de la minería de esa zona (industria que por sí solas representa la mitad de las exportaciones totales de ese país), discutieron largamente la propuesta de funcionarios del gobierno de Evo Morales, particularmente del Cónsul José Enrique Pinelo, para recibir gas boliviano y resolver el problema de desabastecimiento de este hidrocarburo y de energía eléctrica que sufre Chile a consecuencia del racionamiento argentino.
En qué consistía el negocio
"Las dos principales operadoras eléctricas en la zona, Gas Atacama (de propiedad de Endesa y CMS Energy) y el Grupo Suez (socia junto a Codelco de las operadoras eléctricas Edelnor y Electroandina) recibieron un inesperado mensaje del gobierno de Evo Morales: Bolivia está interesada en ingresar al mercado eléctrico chileno pagando con gas natural", sostuvo La Tercera el 1° de octubre pasado.
El negocio consistía en que una empresa filial de YPFB se asociaría con alguna de las generadoras eléctricas chilenas y pagaría el capital adeudado con gas natural hasta alcanzar una cifra de 800 millones de dólares.
Según La Tercera se habló de exportar hasta cuatro millones de metros cúbicos diarios de gas, más del doble de lo que Chile estaba recibiendo de la Argentina en julio pasado producto del racionamiento.
Según confirmaron quienes participaron en las reuniones, dos cosas llamaron la atención de esta propuesta: En primer lugar que el negocio no mencionaba la reivindicación marítima y el acceso soberano al mar; en segundo lugar, que quien hacía los primeros acercamiento no era un desconocido sino alguien que se autodefine como hombre de confianza de Evo Morales, el diplomático Coco Pinelo.
Según La Tercera, Pinelo contactó al gerente general de Gas Atacama, Rudolf Araneda y al representante de Suez Energy, Manlio Alessi, para hacer los primeros sondeos.
Rudolf Araneda, una vez conocidos los detalles de la negociación, se reunió con la Cancillería chilena para ponerlos al tanto de las conversaciones. Según el mismo matutino, lo recibieron el Vicecanciller, Alberto Van Klaveren, el Director de Política General, Carlos Portales, y el principal Asesor del Canciller Alejandro Foxley, Edgardo Boeninger.
Araneda sostuvo en esa oportunidad que las conversaciones contaban en Bolivia con el consentimiento y respaldo del Vicepresidente, Álvaro García Linera, autoridades de YPFB y algunos miembros del gabinete de Evo Morales, si bien no había consenso total en su gobierno.
Sin embargo, García Linera desmintió la información el 3 de octubre pasado en Yapacaní, al afirmar que no hubo acercamiento a Chile ni negociación secreta alguna.
El periódico chileno para confirmar la reunión, cita a Boeninger (un viejo y reconocido político y ex ministro de Estado chileno) quien afirmó que "Araneda quería explorar la opinión del gobierno", e incluso mostró "detalles técnicos de la operación (con Bolivia)".
A pesar del desmentido, se trata de un esquema nada novedoso en la política energética de Evo Morales. Varios de los principales colaboradores del Presidente consideran que el gas debe ser industrializado y no exportado como materia prima, por ello impulsan tratos como el que se cerró con la empresa india para explotar El Mutún, una de las reservas de hierro más grandes del continente, a la cual se le entregará gas a precio más que subvencionado; o el varias veces discutido y postergado proyecto de construir una planta de polietileno en la frontera con Brasil, que tanto interés despertaba antes de la nacionalización y del impasse surgido entre nuestro país y el gigante latinoamericano.
Fuentes bien informadas dijeron a Pulso que si bien la idea era impulsada fuertemente por los sectores menos radicales del gobierno, recibió duros comentarios de los sectores maximalistas que se niegan a cualquier acercamiento a Chile que no diga explícitamente "acceso al mar con soberanía" desde el primer momento y en la primera página.
Existen fuertes disputas entre ambos sectores, y los últimos acusan a los primeros de ser el entorno que ha "secuestrado" al Presidente (la salida del ex Ministro de Hidrocarburos, Andrés Soliz Rada, por presión de Petrobras hay que leerla en ese contexto).
La pelea entre ambos sectores también ocasiona que el gobierno sea incapaz de mantener una línea monolítica en su política exterior. Así, en medio de la negociación secreta, el Canciller David Choquehuanca, llegó a decir que la política de gas por mar estaba superada, lo que fue desmentido 24 horas después por uno de sus colegas.
Los retruécanos verbales de Choquehuanca, que recientemente afirmó que en adelante no hablaría respecto a ninguna negociación (previsor y temeroso de filtraciones como las que publicó La Tercera), no hacen más que confirmar que pese a que cree que sus intuiciones son geniales, suenan ante los países vecinos como las de un ingenuo, sobre todo si hace referencia a proyectos tan delicados que no sólo necesitan viabilidad política, sino ingeniería técnica y financiera, y mucha suerte.
Es en el marco de la lucha interna dentro del gobierno boliviano que hay que leer la información de La Tercera, así como la información, también revelada por ese matutino, de que no era la primera vez que el gobierno de Morales hacía propuestas para sondear la posibilidad de vender gas a Chile. Al principio, afirma el reportaje, el Palacio Quemado buscaba una negociación entre gobierno y gobierno (YPFB y CODELCO de Chile, y que es dueña del 66% de las acciones de Edelnor y Electroandina), y no con privados como finalmente ocurrió. Pero este camino habría sido descartado en la reunión entre vicecancilleres de ambos países el 18 de julio pasado, cuando se estableció que el gas estaría fuera de las negociaciones entre ambos países.
Chile dice no
Cuando se supo de la propuesta boliviana, la reacción de la Cancillería chilena fue de un "rechazo categórico". Según La Tercera, en la reunión entre Gas Atacama y el Ministerio de Relaciones Exteriores del vecino país, los diplomáticos chilenos señalaron el riesgo de que el gas que Bolivia se comprometía a exportar pudiera ser empleados como una forma de presión para lograr una solución a nuestra centenaria demanda marítima. "Por lo mismo, el gobierno no se involucraría en este negocio y si los privados se animaban a hacerlo, sería a cuenta y riesgo propio", publicó el reportaje mencionado.
El argumento de que este es un tema entre privados suena hueco y sin sentido: En Chile, cualquier cosa que tenga que ver con el gas y con negociaciones con Bolivia, trasciende largamente al ámbito político y gubernamental. En definitiva, Chile prefirió mirar para otro lado ante la propuesta boliviana, quitando el piso político imprescindible para que este proyecto tuviera viabilidad.
La misma respuesta negativa habría recibido Ignacio Pérez Walker, un ex senador chileno de derecha que ahora asesora al grupo Suez Energy y quien tuvo varias reuniones con autoridades bolivianas y chilenas. Según La Tercera, Walker se reunió con Coco Pinelo el 6 de julio pasado y discutieron la posible asociación de YPFB con Edelnor y Electroandina.
Pero cuando Walker reunió a Pinelo con Manlio Alessi, delegado de Suez Energy para Chile y Perú, éste último escuchó la idea pero insistió en que si la idea del gobierno boliviano era comprar parte de las acciones de la estatal chilena Codelco en Edelnor y Electroandina, lo que debía hacer Pinelo era hablar con esa empresa y no con él.
Pérez Walker hizo otras gestiones pero fracasó en todas ellas, incluso recibió un desplante de la Ministra de Energía chilena, Karen Poniachik, según informa La Tercera. Ella no quiso recibirlo, alertada seguramente por el tipo de propuesta que le llevaría.
El otro ninguneo que hizo Poniachik al proyecto, según La Tercera, lo sufrió esta vez Pinelo. Éste habría insistido en que la Ministra chilena viajara a La Paz para reunirse con el entonces Ministro de Hidrocarburos, Soliz Rada, pero la invitación fue rechazada.
Las consecuencias del fracaso
La hipótesis más segura para entender las negativas reiteradas de Poniachik es que justo en esos días preparaba un anuncio central para los intereses estratégicos de Chile: dar inicio al proyecto para la construcción de una planta de licuefacción de gas en la ciudad chilena de Mejillones que en dos años más pretende alimentar el Sistema Interconectado del Norte Grande, con gas traído de diferentes mercados en buques especialmente acondicionados para el efecto. Con esto se resolvería el desabastecimiento energético de las empresas mineras y de la industria en general.
El gas natural licuado si bien es más caro, es la principal apuesta del gobierno chileno para tener seguridad y diversificar su matriz energética. Que sea más costoso sigue siendo un problema, pero menor al fantasma del desabastecimiento y a lo que se considera la peor pesadilla de Chile: que la escasez de gas para las industrias y la generación eléctrica se traslade a los consumidores y haya racionamiento en las ciudades.
En este nuevo y millonario proyecto de gas natural licuado participan Gas Atacama y Suez Energy, lo que les hace perder interés en alternativas como las planteadas por el gobierno de Morales hace unos meses, que si bien significarían gas más barato también se comprueba cada vez más como políticamente inviable.
Actualmente compañías como Suez están operando incluso con diesel y carbón para producir energía, a un costo varias veces mayor (hasta un 1.200% según La Tercera) que lo que significaría producir termoelectricidad por gas natural, y no es menor tampoco el impacto para el medio ambiente que tiene este tipo de emprendimientos.
Según las autoridades chilenas, la apuesta de gas natural licuado es el camino a su independencia en materia energética, sobre todo respecto de vecinos que les incomodan como Argentina o Bolivia; también en este marco hay que leer la discusión que se está dando en Chile para ver la viabilidad técnica y política de construir una planta de energía nuclear para producir electricidad. Para La Tercera, este tipo de proyectos (el gas natural y la energía atómica) son también "a los ojos de la cancillería boliviana, el fin de cualquier posibilidad de que Bolivia le venda gas natural a Chile".
Finalmente, luego de la negativa chilena y de la filtración periodística, el proyecto fue postergado también en Bolivia porque hoy este tipo de negociaciones están lejos de las prioridades políticas del gobierno de Morales dados los fuertes conflictos internos y sociales que atraviesa y a que su popularidad descendió dramáticamente en los últimos meses (de 81% en mayo, a 52% en septiembre, según la encuestadora Apoyo).
Todo lo cual es una lástima. Seis meses atrás, con gobiernos recién estrenados en ambos países, más de uno se animó a escribir que era el momento para que Chile y Bolivia resolvieran sus problemas; y que dos outsiders de la política (por procedencia cultural y de género como Morales y Bachelet) eran una esperanza frente a políticos clásicos que ya habían fracasado en reiteradas ocasiones. Ahí nos equivocamos todos.
Quienes no lo hicieron fueron algunos emprendedores que siguen buscando alternativas imaginativas, muy riesgosas pero menos ideológicas y más baratas. Un puede apostar que el entendimiento entre Chile y Bolivia provendrá de ideas como ésta. Quizá entonces los funcionarios de ambos países les presten la atención que merecen.
33% de los chilenos no quieren soberanía para Bolivia
El 33% de los chilenos no quieren darle a Bolivia una salida soberana al mar ni beneficios económicos para exportar sus productos. Sin embargo, el 13% cree que un corredor o una franja de territorio es viable, y el 47% sostiene que hay que dar a los bolivianos beneficios económicos para exportar sus productos.
Estos son algunos de los resultados de la Encuesta Bicentenario Adimark - Universidad Católica que se centró en los cambios culturales de la sociedad chilena.
Si quiere ver la encuesta completa pinche aquí:
Encuesta Bicentenario Adimark Universidad Católica
Estos son algunos de los resultados de la Encuesta Bicentenario Adimark - Universidad Católica que se centró en los cambios culturales de la sociedad chilena.
Si quiere ver la encuesta completa pinche aquí:
Encuesta Bicentenario Adimark Universidad Católica
La historia que pudo ser y no fue
La primicia periodística lanzada por La Tercera el domingo pasado sobre las negociaciones para intercambiar gas y electricidad entre Chile y Bolivia ha tenido amplias y curiosas repercusiones, dando razón a Carlos Fuentes quien sostiene que ?en política los secretos son a voces y sólo las voces son secretas?.
Es que la negociación contemplaba un sistema nada novedoso en la política energética de Evo Morales. Varios de sus colaboradores consideran que el gas debe ser vendido con valor agregado o industrializado, por ello impulsaron este acercamiento con Chile, y tratos como el que están cerrando con una empresa india para explotar en Santa Cruz una de las reservas de hierro más grandes del continente y entregar gas a cambio; o proyectos similares para una mina en el Occidente y para una planta de polietileno en la frontera con Brasil.
La negociación fracasó por el lado boliviano porque este sector tiene fuertes disputas con aquellos que lo acusan de haber ?secuestrado y burocratizado? al Presidente (la salida del Ministro de Hidrocarburos por presión de Petrobras hay que leerla en ese contexto), y porque hoy la negociación con Chile está lejos de las prioridades de supervivencia política del gobierno dado que la popularidad de Morales descendió del 81% en mayo, al 52% en septiembre.
Pelea que también ocasiona que el gobierno sea incapaz de mantener una línea monolítica en su política exterior. Así, en medio de la negociación secreta, el Canciller boliviano llegó a decir que la política de gas por mar estaba superada, lo que fue desmentido 24 horas después por uno de sus colegas, luego de la presión pública y privada de quienes luchan militantemente contra cualquier acercamiento a Chile que no diga acceso al mar con soberanía en la primera página.
Los retruécanos verbales de Choquehuanca, que recientemente llegó a decir que en adelante no hablaría respecto a ninguna negociación (previsor y temeroso de filtraciones como las que publicó La Tercera), no hacen más que confirmar que pese a que cree que sus intuiciones son geniales, suenan ante los países vecinos como las de un ingenuo, sobre todo si hace referencia a proyectos tan delicados que no sólo necesitan viabilidad política, sino ingeniería técnica y financiera, y mucha suerte.
Por su parte, la Cancillería chilena no quiso inmiscuirse y prefirió mirar para otro lado (sobre todo hacia el Perú), quitando el piso imprescindible al asunto. El argumento de que este es un tema entre privados suena hueco: En Chile, cualquier cosa que tenga que ver con el gas y con negociaciones con Bolivia trasciende largamente al ámbito político y gubernamental.
Una lástima. Seis meses atrás, con gobiernos recién estrenados, más de uno se animó a escribir que era el momento para que ambos países resolvieran sus problemas; que dos outsiders de la política (por procedencia cultural y de género) eran una esperanza frente a políticos clásicos. Ahí nos equivocamos todos.
Quienes no lo hicieron fueron algunos emprendedores que siguen buscando alternativas imaginativas, muy riesgosas pero menos ideológicas y más baratas. Un puede apostar que el entendimiento entre Chile y Bolivia provendrá de ideas como ésta. Quizá entonces los funcionarios de ambos países les presten la atención que merecen.
Es que la negociación contemplaba un sistema nada novedoso en la política energética de Evo Morales. Varios de sus colaboradores consideran que el gas debe ser vendido con valor agregado o industrializado, por ello impulsaron este acercamiento con Chile, y tratos como el que están cerrando con una empresa india para explotar en Santa Cruz una de las reservas de hierro más grandes del continente y entregar gas a cambio; o proyectos similares para una mina en el Occidente y para una planta de polietileno en la frontera con Brasil.
La negociación fracasó por el lado boliviano porque este sector tiene fuertes disputas con aquellos que lo acusan de haber ?secuestrado y burocratizado? al Presidente (la salida del Ministro de Hidrocarburos por presión de Petrobras hay que leerla en ese contexto), y porque hoy la negociación con Chile está lejos de las prioridades de supervivencia política del gobierno dado que la popularidad de Morales descendió del 81% en mayo, al 52% en septiembre.
Pelea que también ocasiona que el gobierno sea incapaz de mantener una línea monolítica en su política exterior. Así, en medio de la negociación secreta, el Canciller boliviano llegó a decir que la política de gas por mar estaba superada, lo que fue desmentido 24 horas después por uno de sus colegas, luego de la presión pública y privada de quienes luchan militantemente contra cualquier acercamiento a Chile que no diga acceso al mar con soberanía en la primera página.
Los retruécanos verbales de Choquehuanca, que recientemente llegó a decir que en adelante no hablaría respecto a ninguna negociación (previsor y temeroso de filtraciones como las que publicó La Tercera), no hacen más que confirmar que pese a que cree que sus intuiciones son geniales, suenan ante los países vecinos como las de un ingenuo, sobre todo si hace referencia a proyectos tan delicados que no sólo necesitan viabilidad política, sino ingeniería técnica y financiera, y mucha suerte.
Por su parte, la Cancillería chilena no quiso inmiscuirse y prefirió mirar para otro lado (sobre todo hacia el Perú), quitando el piso imprescindible al asunto. El argumento de que este es un tema entre privados suena hueco: En Chile, cualquier cosa que tenga que ver con el gas y con negociaciones con Bolivia trasciende largamente al ámbito político y gubernamental.
Una lástima. Seis meses atrás, con gobiernos recién estrenados, más de uno se animó a escribir que era el momento para que ambos países resolvieran sus problemas; que dos outsiders de la política (por procedencia cultural y de género) eran una esperanza frente a políticos clásicos. Ahí nos equivocamos todos.
Quienes no lo hicieron fueron algunos emprendedores que siguen buscando alternativas imaginativas, muy riesgosas pero menos ideológicas y más baratas. Un puede apostar que el entendimiento entre Chile y Bolivia provendrá de ideas como ésta. Quizá entonces los funcionarios de ambos países les presten la atención que merecen.
Cumbre borrascosa
Si algo nos enseña la situación política internacional, es que no hay nada más saludable que el diálogo. Sobre todo si éste deja de lado los discursos circulares y auto referentes y comienza a tener una semántica común.
Que por primera vez haya una agenda compartida entre Chile y Bolivia es un cambio cualitativo que satisface a ambas partes. A Chile porque mantiene la discusión en el marco bilateral y según lo acordado previamente, y a Bolivia porque ahora la cuestión marítima y el agua -clave para Potosí y el norte chileno-, están nuevamente en el tapete. De ahora en adelante la cuestión se centrará en énfasis e interpretaciones pero no en significados... y, por supuesto, en enfrentar adecuadamente a los fastidiosos duendecillos de la contingencia.
Hoy lo que deja sin dormir a los bolivianos es la Asamblea Constituyente y los conflictos regionales por autonomía, lo que puede conducir a un escenario de confrontación interna según los pesimistas o a uno de reconciliación nacional como afirman los más optimistas.
En Chile también hay fuertes ruidos de interferencia. La política exterior de Michelle Bachelet está en entredicho para tirios y troyanos sobre todo después de las dificultades que enfrenta su gobierno con el de Néstor Kirchner. Ergo, lo que podría ser apertura al diálogo con Bolivia es leído por muchos como otra señal de debilidad, acusación que toca la fibra más sensible de la Presidenta, quien sale de una crisis de gabinete y enfrenta duras críticas de sus aliados y de la oposición por no tener un relato global que seduzca a sus ciudadanos.
En una coyuntura así, el peligro está en que se desande lo avanzado con actitudes intransigentes y maximalistas (parte del "huayralevismo" altoperuano que tanto criticaban los intelectuales más lúcidos bolivianos), o golpeando la mesa para dar una señal de autoridad (como gustan hacer algunos políticos chilenos), lo que en asuntos diplomáticos sólo es bien visto por compatriotas y correligionarios.
Si ya la cumbre del MERCOSUR era complicada para Bachelet porque debía discutir el aumento del precio del gas argentino (asunto en el cual Bolivia jugó un papel determinante) y el de los combustibles en zonas fronterizas, hoy su agenda internacional tiene otro frente complejo: el diálogo con Morales y la respuesta que tendrá que dar a sus reiteradas invitaciones para visitar Sucre el 6 de agosto próximo y asistir a la inauguración de la Asamblea Constituyente, el proyecto estrella del Presidente boliviano por refundacional y hegemónico. Invitación a la cual responderá con un sí, lo que podría ser leído en Chile como una concesión innecesaria; o con un no, monosílabo que sería interpretado en La Paz casi como un desplante.
Una Cumbre, entonces, acorde a esta era de diplomacia presidencial, donde -como ocurre en todos los mecanismos regionales de integración- las bilaterales son más importantes que las plenarias, en la que Kirchner y Morales juegan de locales, y en la cual los mandatarios, además de sonreír para la foto, tendrán que demostrar la muñeca que tienen para conducir en caminos de cornisa, ripiosos y escarpados.
Que por primera vez haya una agenda compartida entre Chile y Bolivia es un cambio cualitativo que satisface a ambas partes. A Chile porque mantiene la discusión en el marco bilateral y según lo acordado previamente, y a Bolivia porque ahora la cuestión marítima y el agua -clave para Potosí y el norte chileno-, están nuevamente en el tapete. De ahora en adelante la cuestión se centrará en énfasis e interpretaciones pero no en significados... y, por supuesto, en enfrentar adecuadamente a los fastidiosos duendecillos de la contingencia.
Hoy lo que deja sin dormir a los bolivianos es la Asamblea Constituyente y los conflictos regionales por autonomía, lo que puede conducir a un escenario de confrontación interna según los pesimistas o a uno de reconciliación nacional como afirman los más optimistas.
En Chile también hay fuertes ruidos de interferencia. La política exterior de Michelle Bachelet está en entredicho para tirios y troyanos sobre todo después de las dificultades que enfrenta su gobierno con el de Néstor Kirchner. Ergo, lo que podría ser apertura al diálogo con Bolivia es leído por muchos como otra señal de debilidad, acusación que toca la fibra más sensible de la Presidenta, quien sale de una crisis de gabinete y enfrenta duras críticas de sus aliados y de la oposición por no tener un relato global que seduzca a sus ciudadanos.
En una coyuntura así, el peligro está en que se desande lo avanzado con actitudes intransigentes y maximalistas (parte del "huayralevismo" altoperuano que tanto criticaban los intelectuales más lúcidos bolivianos), o golpeando la mesa para dar una señal de autoridad (como gustan hacer algunos políticos chilenos), lo que en asuntos diplomáticos sólo es bien visto por compatriotas y correligionarios.
Si ya la cumbre del MERCOSUR era complicada para Bachelet porque debía discutir el aumento del precio del gas argentino (asunto en el cual Bolivia jugó un papel determinante) y el de los combustibles en zonas fronterizas, hoy su agenda internacional tiene otro frente complejo: el diálogo con Morales y la respuesta que tendrá que dar a sus reiteradas invitaciones para visitar Sucre el 6 de agosto próximo y asistir a la inauguración de la Asamblea Constituyente, el proyecto estrella del Presidente boliviano por refundacional y hegemónico. Invitación a la cual responderá con un sí, lo que podría ser leído en Chile como una concesión innecesaria; o con un no, monosílabo que sería interpretado en La Paz casi como un desplante.
Una Cumbre, entonces, acorde a esta era de diplomacia presidencial, donde -como ocurre en todos los mecanismos regionales de integración- las bilaterales son más importantes que las plenarias, en la que Kirchner y Morales juegan de locales, y en la cual los mandatarios, además de sonreír para la foto, tendrán que demostrar la muñeca que tienen para conducir en caminos de cornisa, ripiosos y escarpados.
El ruido y las nueces
Hay más ruido que nueces en las críticas desatadas alrededor de la visita de miembros del Congreso chileno a Bolivia. Las reuniones a las que asistieron los parlamentarios, la firma de una nota conjunta, las entrevistas, los enviados especiales, fueron interpretadas en Bolivia como señales de acercamiento y voluntad de diálogo, pero nadie es tan ingenuo como para creer que una declaración de buenas intenciones pueda modificar escenarios.
Esta visita no es la primera de una autoridad chilena a Bolivia en los últimos años, ni será la última: Diputados, alcaldes y funcionarios viajan constantemente y expresan sus opiniones, a veces de forma personal, a veces oficialmente, de ahí que al referirse a éste los medios bolivianos lo dimensionaran en su justa medida: Fue noticia, pero nadie estimó que cambiaría el curso de las negociaciones.
El ruido alrededor del tema contrasta con la poca importancia que se le ha dado a un asunto de mucha mayor trascendencia: La negociación entre Argentina y Bolivia por la exportación de gas. Ese acuerdo que firmarán en los próximos días los presidentes de ambos países tendrá un ingrediente ofensivo. Señalará, una vez más, que el gas boliviano no debe reexportarse a Chile porque el gobierno boliviano cree (o dice creer) que esto es posible, y que obtendrá concesiones territoriales través de él.
Si ya de por sí es inadmisible que Argentina pague menos de lo que le cobra a Chile por el mismo producto, también lo es el componente antichileno del nuevo contrato. Tan inadmisible como la reacción chauvinista que desató la visita de los legisladores concertacionistas y el tono de escándalo que se le ha dado al tema en las últimas horas. Ambas cosas, lo saben bien los diplomáticos, no le hace bien a un proceso de acercamiento que recién comienza, muy empinado y espinoso, y que ya de por sí muchos comparan con el Sísifo mitológico antes que con algún tratado de diplomacia internacional exitosa.
El viaje de los congresistas fue una sumatoria de buenas voluntades y, si bien es cierto que de ellas está plagado el camino al infierno, parecería que quienes lo critican obedecen más a la lógica de la política interna y la coyuntura nacional, antes que a la seriedad que siempre caracterizó a las relaciones exteriores chilenas. Sea de parte del gobierno que no asume una agenda conjunta con el Congreso y que tiene una curiosa tendencia a controlar la información y la vida pública, sea de parte de la oposición que ante la ausencia de agenda propia busca crear un incidente ficticio para conseguir precisamente esto: que yo y otros columnistas estemos escribiendo una nota sobre el tema.
Esta visita no es la primera de una autoridad chilena a Bolivia en los últimos años, ni será la última: Diputados, alcaldes y funcionarios viajan constantemente y expresan sus opiniones, a veces de forma personal, a veces oficialmente, de ahí que al referirse a éste los medios bolivianos lo dimensionaran en su justa medida: Fue noticia, pero nadie estimó que cambiaría el curso de las negociaciones.
El ruido alrededor del tema contrasta con la poca importancia que se le ha dado a un asunto de mucha mayor trascendencia: La negociación entre Argentina y Bolivia por la exportación de gas. Ese acuerdo que firmarán en los próximos días los presidentes de ambos países tendrá un ingrediente ofensivo. Señalará, una vez más, que el gas boliviano no debe reexportarse a Chile porque el gobierno boliviano cree (o dice creer) que esto es posible, y que obtendrá concesiones territoriales través de él.
Si ya de por sí es inadmisible que Argentina pague menos de lo que le cobra a Chile por el mismo producto, también lo es el componente antichileno del nuevo contrato. Tan inadmisible como la reacción chauvinista que desató la visita de los legisladores concertacionistas y el tono de escándalo que se le ha dado al tema en las últimas horas. Ambas cosas, lo saben bien los diplomáticos, no le hace bien a un proceso de acercamiento que recién comienza, muy empinado y espinoso, y que ya de por sí muchos comparan con el Sísifo mitológico antes que con algún tratado de diplomacia internacional exitosa.
El viaje de los congresistas fue una sumatoria de buenas voluntades y, si bien es cierto que de ellas está plagado el camino al infierno, parecería que quienes lo critican obedecen más a la lógica de la política interna y la coyuntura nacional, antes que a la seriedad que siempre caracterizó a las relaciones exteriores chilenas. Sea de parte del gobierno que no asume una agenda conjunta con el Congreso y que tiene una curiosa tendencia a controlar la información y la vida pública, sea de parte de la oposición que ante la ausencia de agenda propia busca crear un incidente ficticio para conseguir precisamente esto: que yo y otros columnistas estemos escribiendo una nota sobre el tema.
Nuevo Cónsul, ¿viejos problemas?
En los bautizos durante la Edad Media, el hombre reconocía su paternidad al pasar a su niño por la manga de una camisa para luego sacarlo por el cuello y, finalmente, besarlo en la frente en señal de aceptación. No se sabe cómo, esa camisa con el tiempo término midiendo nueve metros (once varas) convirtiéndose en una expresión que señala la poca conveniencia de complicarse la vida innecesariamente. Se trata de un refrán muy conocido pero del que se olvido el canciller Alejandro Foxley cuando dio su primera entrevista exclusiva y en profundidad. En ella dio a entender que todo es negociable con Bolivia -incluida la soberanía-.
Días después, lo que parecía una muestra de honestidad intelectual, se convirtió en una gran bola de fuego -una camisa de once varas-, que generó suspicacias en Chile, sorpresa en Bolivia y otras variopintas reacciones, la mayoría de las cuales obviamente no son públicas.
Foxley sufragó el derecho de piso que todos los diplomáticos (expertos o no) suelen pagar cuando se animan con las relaciones bilaterales, asunto donde hasta el más ducho ha pisado el palito y caído de bruces.
Ahora bien, el grado de estas reacciones también fue distinto entre Santiago y La Paz. Es que en Bolivia es posible cambiar de discurso sin problema alguno en tanto quien hable no olvide decir claramente que el objetivo final es un acceso soberano al mar (así, Morales puede pasearse entre la bilateralidad y la multilateralidad semanalmente sin ningún problema); en cambio en Chile una frase desafortunada se convierte en cuestión de Estado y ha costado el cargo a más de un avezado diplomático.
Hay, además, otras consecuencias. Entre las decisiones que se tomaron en La Paz luego de las declaraciones de Foxley, se encuentra convocar a una reunión (a nivel de vicecancilleres) para mayo próximo; pedir que José Miguel Insulza alargue su visita a Bolivia y, la más importante de todas, apresurar el nombramiento de José Enrique "Coco" Pinelo, como cónsul de Bolivia en Santiago.
Morales necesitaba un hombre de su absoluta confianza para desarrollar su estrategia y optó por un experto en organizaciones sociales, no por un diplomático de carrera, bajo la apuesta de que se debe negociar no sólo con la Cancillería sino con el pueblo chileno. Se trata de una expresión concreta de la anunciada diplomacia de los pueblos, esa que el Presidente boliviano vislumbró el día mismo en que visitó el estadio nacional en Santiago y escucho mieles para sus oídos.
Coco Pinelo es un personaje de larga trayectoria entre la izquierda boliviana. Hizo la mayor parte de su carrera en Unitas (una red de organizaciones no gubernamentales); tuvo un papel destacado en el Diálogo Nacional; y actualmente participa del círculo de hierro del Presidente (se comenta que fue uno de los responsables de la obtención de fondos internacionales para la campaña electoral del MAS). Cuando se negoció la transición en diciembre pasado, Pinelo se perfilaba como Ministro de Desarrollo Económico o de Participación Popular, pero salió de la escena pública durante unos meses hasta ahora, que vuelve al ruedo político enfrentando una de los mayores desafíos que tiene el Palacio Quemado.
Varios políticos e intelectuales consultados no coincidieron en sus apreciaciones sobre él, pero ninguno duda de su inteligencia, su capacidad de organización y su fuerte raigambre ideológica (en la década de los '60 simpatizó con el Ejército de Liberación Nacional; luego se acercó a la guerrilla de Teoponte -el segundo grupo foquista en la historia boliviana después del protagonizado por el Che Guevara-; años después se integró al MIR, se escindió junto a una fracción de ese partido; y, finalmente, recaló en el MAS).
En su descargo, un lúcido intelectual boliviano dijo a La Tercera que "si la relación (entre Chile y Bolivia) es humana, Pinelo las tiene todas a su favor. Tiene sentido común y, si se trata de facilitar relaciones y afectos, es la persona adecuada".
Sólo el tiempo dirá si esos atributos son suficientes y, sobre todo, si la diplomacia de los pueblos alcanza para encontrar la cuadratura del círculo.
Días después, lo que parecía una muestra de honestidad intelectual, se convirtió en una gran bola de fuego -una camisa de once varas-, que generó suspicacias en Chile, sorpresa en Bolivia y otras variopintas reacciones, la mayoría de las cuales obviamente no son públicas.
Foxley sufragó el derecho de piso que todos los diplomáticos (expertos o no) suelen pagar cuando se animan con las relaciones bilaterales, asunto donde hasta el más ducho ha pisado el palito y caído de bruces.
Ahora bien, el grado de estas reacciones también fue distinto entre Santiago y La Paz. Es que en Bolivia es posible cambiar de discurso sin problema alguno en tanto quien hable no olvide decir claramente que el objetivo final es un acceso soberano al mar (así, Morales puede pasearse entre la bilateralidad y la multilateralidad semanalmente sin ningún problema); en cambio en Chile una frase desafortunada se convierte en cuestión de Estado y ha costado el cargo a más de un avezado diplomático.
Hay, además, otras consecuencias. Entre las decisiones que se tomaron en La Paz luego de las declaraciones de Foxley, se encuentra convocar a una reunión (a nivel de vicecancilleres) para mayo próximo; pedir que José Miguel Insulza alargue su visita a Bolivia y, la más importante de todas, apresurar el nombramiento de José Enrique "Coco" Pinelo, como cónsul de Bolivia en Santiago.
Morales necesitaba un hombre de su absoluta confianza para desarrollar su estrategia y optó por un experto en organizaciones sociales, no por un diplomático de carrera, bajo la apuesta de que se debe negociar no sólo con la Cancillería sino con el pueblo chileno. Se trata de una expresión concreta de la anunciada diplomacia de los pueblos, esa que el Presidente boliviano vislumbró el día mismo en que visitó el estadio nacional en Santiago y escucho mieles para sus oídos.
Coco Pinelo es un personaje de larga trayectoria entre la izquierda boliviana. Hizo la mayor parte de su carrera en Unitas (una red de organizaciones no gubernamentales); tuvo un papel destacado en el Diálogo Nacional; y actualmente participa del círculo de hierro del Presidente (se comenta que fue uno de los responsables de la obtención de fondos internacionales para la campaña electoral del MAS). Cuando se negoció la transición en diciembre pasado, Pinelo se perfilaba como Ministro de Desarrollo Económico o de Participación Popular, pero salió de la escena pública durante unos meses hasta ahora, que vuelve al ruedo político enfrentando una de los mayores desafíos que tiene el Palacio Quemado.
Varios políticos e intelectuales consultados no coincidieron en sus apreciaciones sobre él, pero ninguno duda de su inteligencia, su capacidad de organización y su fuerte raigambre ideológica (en la década de los '60 simpatizó con el Ejército de Liberación Nacional; luego se acercó a la guerrilla de Teoponte -el segundo grupo foquista en la historia boliviana después del protagonizado por el Che Guevara-; años después se integró al MIR, se escindió junto a una fracción de ese partido; y, finalmente, recaló en el MAS).
En su descargo, un lúcido intelectual boliviano dijo a La Tercera que "si la relación (entre Chile y Bolivia) es humana, Pinelo las tiene todas a su favor. Tiene sentido común y, si se trata de facilitar relaciones y afectos, es la persona adecuada".
Sólo el tiempo dirá si esos atributos son suficientes y, sobre todo, si la diplomacia de los pueblos alcanza para encontrar la cuadratura del círculo.
Ciencia ficción: Evo en Chile, entre la retórica y la realidad
La visita de Evo Morales a Santiago fue uno de los triunfos diplomáticos más importantes de Bolivia en los últimos tiempos. Su presencia mesurada, el parafraseo de Perón con el que sorprendió a todos ("mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar", afirmaba el argentino, y "del mar no se habla, se hace" acertó el boliviano); su moderación cuando había tanta adrenalina en el ambiente como en el Estadio Nacional; y la forma en que logró que se soltaran de lengua hasta los parcos y serios diplomáticos chilenos, mostraron que Evo es un político de fuste.
Dicho esto, la diplomacia entre ambos países tiene algo de arte, otro poco de incertidumbre y mucho de ciencia ficción. Hace un tiempo muchos pensaban que Carlos Mesa era el intelectual capaz de entender en su multidimensionalidad el problema, pero pocos se imaginaron que terminaría pateando el tablero y enfriando las relaciones a temperaturas antárticas; a la inversa, ¿quién hubiera creído en ese entonces que el mayor acercamiento entre ambos gobiernos -desde el "abrazo de Charaña" entre Hugo Banzer y Augusto Pinochet- lo iba a protagonizar un ex dirigente sindical que sacó de la manga sutilezas de político florentino? Aparte de la frase mencionada, Perón (dueño de una retórica que cualquiera envidiaría), también dijo que "la única verdad es la realidad"... y ella nos dice que el Presidente boliviano demostró que tiene más cintura política que todos sus antecesores.
Pero esa realidad también constata que Bolivia está tensando su relación con los EE.UU. al límite (un día antes de reunirse con la secretaria de Estado norteamericana advirtió que Latinoamérica puede convertirse en un segundo Vietnam); que Morales cree que Cuba es una democracia; y que dictó una orden de captura para los gerentes de la segunda petrolera más importante en Bolivia (Repsol), lo que llevó a Antonio Brufau, su máximo ejecutivo, a visitar La Paz, a que haya protestas formales del gobierno español y a que El País publique un editorial donde se critica "el juego del ratón y el gato como trastienda de retóricas declaraciones amistosas (que) sólo contribuye a la confusión".
De moda está entre los políticos el libro de Carlos Fuentes "La silla del Águila" que transcurre en el 2020 cuando Condoleeza Rice es Presidenta de EE.UU. y México no tiene Internet ni teléfonos. En la novela, un híbrido entre la ciencia ficción y el tratado sociológico, se sostiene que "en política los secretos son a voces y que sólo las voces son secretas... mejor dale vueltas a lo que ya sabemos. Allí están los secretos".
¿Qué es lo que sabemos? que Morales es el único con físico suficiente para convencer a la mayoría de los bolivianos de negociar racionalmente con Chile pero que, a diferencia de sus antecesores, el 23 de marzo cuando se conmemore la Guerra del Pacífico en Bolivia, no habrá un acto cívico militar sino manifestaciones populares; se sabe que las leyes prohíben que un gobernante chileno ceda un centímetro de su territorio (por tanto no dará nada sin recibir algo similar a cambio), y se sabe que el gas y el comercio siguen siendo el punto de contacto entre ambos países.
Por suerte no habrá que esperar hasta el 2020 como en la novela para saber cómo se suceden los acontecimientos y comprobar cuánto de ciencia hay en lo que está sucediendo y cuánto de ficción.
Dicho esto, la diplomacia entre ambos países tiene algo de arte, otro poco de incertidumbre y mucho de ciencia ficción. Hace un tiempo muchos pensaban que Carlos Mesa era el intelectual capaz de entender en su multidimensionalidad el problema, pero pocos se imaginaron que terminaría pateando el tablero y enfriando las relaciones a temperaturas antárticas; a la inversa, ¿quién hubiera creído en ese entonces que el mayor acercamiento entre ambos gobiernos -desde el "abrazo de Charaña" entre Hugo Banzer y Augusto Pinochet- lo iba a protagonizar un ex dirigente sindical que sacó de la manga sutilezas de político florentino? Aparte de la frase mencionada, Perón (dueño de una retórica que cualquiera envidiaría), también dijo que "la única verdad es la realidad"... y ella nos dice que el Presidente boliviano demostró que tiene más cintura política que todos sus antecesores.
Pero esa realidad también constata que Bolivia está tensando su relación con los EE.UU. al límite (un día antes de reunirse con la secretaria de Estado norteamericana advirtió que Latinoamérica puede convertirse en un segundo Vietnam); que Morales cree que Cuba es una democracia; y que dictó una orden de captura para los gerentes de la segunda petrolera más importante en Bolivia (Repsol), lo que llevó a Antonio Brufau, su máximo ejecutivo, a visitar La Paz, a que haya protestas formales del gobierno español y a que El País publique un editorial donde se critica "el juego del ratón y el gato como trastienda de retóricas declaraciones amistosas (que) sólo contribuye a la confusión".
De moda está entre los políticos el libro de Carlos Fuentes "La silla del Águila" que transcurre en el 2020 cuando Condoleeza Rice es Presidenta de EE.UU. y México no tiene Internet ni teléfonos. En la novela, un híbrido entre la ciencia ficción y el tratado sociológico, se sostiene que "en política los secretos son a voces y que sólo las voces son secretas... mejor dale vueltas a lo que ya sabemos. Allí están los secretos".
¿Qué es lo que sabemos? que Morales es el único con físico suficiente para convencer a la mayoría de los bolivianos de negociar racionalmente con Chile pero que, a diferencia de sus antecesores, el 23 de marzo cuando se conmemore la Guerra del Pacífico en Bolivia, no habrá un acto cívico militar sino manifestaciones populares; se sabe que las leyes prohíben que un gobernante chileno ceda un centímetro de su territorio (por tanto no dará nada sin recibir algo similar a cambio), y se sabe que el gas y el comercio siguen siendo el punto de contacto entre ambos países.
Por suerte no habrá que esperar hasta el 2020 como en la novela para saber cómo se suceden los acontecimientos y comprobar cuánto de ciencia hay en lo que está sucediendo y cuánto de ficción.
La visita de Evo Morales a Chile: El cascabel y el gato
A diferencias de muchos artistas del festival de Viña del Mar, Evo Morales llega a Santiago en su mejor momento. Una encuesta reciente le otorga a su gobierno un índice de confianza de 6,2 puntos, y su calificación personal alcanza 6,5 sobre 10; uno de cada dos encuestados cree que su situación económica mejorará en el futuro; mientras que el 65% de los bolivianos considera que hizo más de lo que se esperaba desde que asumió. La economía también se recupera: la inflación está controlada, el crecimiento continúa en 4%, mientras las exportaciones aumentaron en un 53%.
Internacionalmente la situación es similar. El respaldo de los organismos multilaterales fue condonar parte de la deuda y prometer ayuda adicional; ha sabido establecer buenas relaciones con los países vecinos en su primer mes de gobierno; y el mundo entero valora su procedencia indígena. Éxitos que no pueden subestimarse.
Sólo EEUU tiene una posición ambivalente: junto a declaraciones de amistad y respeto, suspendió la visa de una senadora del MAS y afirma que está esperando señales concretas (en la erradicación de coca y la nacionalización) antes de que su política respecto a Bolivia tome un rumbo definitivo. Ahora bien, Evo ?que ha sido muy cauteloso con la administración Bush? tiene un mullido colchón donde caer si el conflicto se agrava: los petrodólares ofrecidos por Venezuela en tanto incremente su retórica antiimperialista (Hugo Chávez ya fue muy generoso con Argentina. No le costaría nada serlo con una economía muchísimo más pequeña).
Ahora bien, hay que consignar la preocupación de algunos analistas sobre el lado oscuro del gobierno de Evo. Por un lado, el cariz que ha tomado la convocatoria a una Asamblea Constituyente por los pocos representantes regionales (y de otras minorías) que tendrá y por el carácter re-fundacional y teleológico que quiere darle el gobierno (además del deseo explícito de que sea el mecanismo para aprobar la reelección presidencial); y, por otra parte, por las dificultades que el oficialismo ha puesto al referéndum sobre autonomías regionales que reclaman Santa Cruz y otros departamentos. A lo cual hay que sumar una suerte de ?desinstitucionalización? de entidades que ya se consideraban al margen del ?cuoteo? político (Aduanas, Impuestos Internos o la Corte Electoral).
En resumen, algunos de los grandes desafíos que enfrenta Morales son las altas expectativas y el maximalismo popular en temas complejos como gas, tierra y mar que se definirán en la Asamblea Constituyente; el escenario crítico que presentan algunas regiones por el ?ninguneo? del que se sienten objeto; y, finalmente, si optará o no por replicar el modelo venezolano.
Lo que sí está claro es que en el ámbito de las relaciones bilaterales entre Chile y Bolivia no hubo momento más propicio en los últimos años, y que el cuidado con el que se tratan ambos gobiernos se torna casi empalagoso. Es que la elite más lúcida de ambos países sabe que el único que puede ponerle el cascabel al gato, es decir, el único que tiene cintura y espaldas (habilidad y respaldo) para convencer a los bolivianos que se debe negociar racionalmente con Chile es el presidente Morales.
Internacionalmente la situación es similar. El respaldo de los organismos multilaterales fue condonar parte de la deuda y prometer ayuda adicional; ha sabido establecer buenas relaciones con los países vecinos en su primer mes de gobierno; y el mundo entero valora su procedencia indígena. Éxitos que no pueden subestimarse.
Sólo EEUU tiene una posición ambivalente: junto a declaraciones de amistad y respeto, suspendió la visa de una senadora del MAS y afirma que está esperando señales concretas (en la erradicación de coca y la nacionalización) antes de que su política respecto a Bolivia tome un rumbo definitivo. Ahora bien, Evo ?que ha sido muy cauteloso con la administración Bush? tiene un mullido colchón donde caer si el conflicto se agrava: los petrodólares ofrecidos por Venezuela en tanto incremente su retórica antiimperialista (Hugo Chávez ya fue muy generoso con Argentina. No le costaría nada serlo con una economía muchísimo más pequeña).
Ahora bien, hay que consignar la preocupación de algunos analistas sobre el lado oscuro del gobierno de Evo. Por un lado, el cariz que ha tomado la convocatoria a una Asamblea Constituyente por los pocos representantes regionales (y de otras minorías) que tendrá y por el carácter re-fundacional y teleológico que quiere darle el gobierno (además del deseo explícito de que sea el mecanismo para aprobar la reelección presidencial); y, por otra parte, por las dificultades que el oficialismo ha puesto al referéndum sobre autonomías regionales que reclaman Santa Cruz y otros departamentos. A lo cual hay que sumar una suerte de ?desinstitucionalización? de entidades que ya se consideraban al margen del ?cuoteo? político (Aduanas, Impuestos Internos o la Corte Electoral).
En resumen, algunos de los grandes desafíos que enfrenta Morales son las altas expectativas y el maximalismo popular en temas complejos como gas, tierra y mar que se definirán en la Asamblea Constituyente; el escenario crítico que presentan algunas regiones por el ?ninguneo? del que se sienten objeto; y, finalmente, si optará o no por replicar el modelo venezolano.
Lo que sí está claro es que en el ámbito de las relaciones bilaterales entre Chile y Bolivia no hubo momento más propicio en los últimos años, y que el cuidado con el que se tratan ambos gobiernos se torna casi empalagoso. Es que la elite más lúcida de ambos países sabe que el único que puede ponerle el cascabel al gato, es decir, el único que tiene cintura y espaldas (habilidad y respaldo) para convencer a los bolivianos que se debe negociar racionalmente con Chile es el presidente Morales.
El vampiro marítimo
Durante su primera presidencia Gonzalo Sánchez de Lozada le dijo a Ricardo Lagos, que en ese entonces era ministro de Obras Públicas, que el tema marítimo era como Drácula: podía morir en una película, pero, por cualquier motivo, aún el más inesperado, en la siguiente resucitaba y volvía a buscar, sediento, el cuello de sus víctimas. Si bien en los últimos meses la luz volvió al escenario y él antihéroe por antonomasia se retiró silencioso, nadie tampoco se anima a clavarle la estaca final, definitiva.
En su última actividad internacional (todo un símbolo en esta historia de desencuentros), Ricardo Lagos, ya no ministro de Obras Públicas sino uno de los presidentes más importantes de la historia de Chile, visitó Bolivia y se despidió de su gobierno en el exterior después de reunirse con Evo Morales en un humilde departamento, hablando de lo que no se debía hablar, mientras miles de hombres y mujeres se apropiaban de las plazas para festejar una victoria que consideraban propia.
Con este gesto tan simbólico Ricardo Lagos cerrará una etapa en las relaciones entre ambos países que pudo ser gloriosa pero que en definitiva fue trágica. Una historia donde existieron acercamientos, conatos de lucha, mesas pateadas, el caos en Bolivia e histeria nacionalista, así como también ?hay que reconocerlo? croupiers profesionales, políticos sensatos como el ahora ex Presidente Eduardo Rodríguez, y el propio Lagos (nunca resignado a sufrir una derrota que considera personal), quienes se animaron a levantar las cartas del suelo, barajar y dar de nuevo.
Un problema cultural
En cierto sentido la mediterraneidad boliviana no solamente es un problema económico (-0,7% anual del PIB para los países sin puertos, según Jeffrey Sachs), sino un problema cultural tan profundo como un iceberg y también así de peligroso. El hecho de haber sido confinado a las montañas y la selva pesa trágicamente en la historia y en la idiosincrasia boliviana. Al mismo tiempo que en la de Chile, los triunfos militares y económicos son componentes esenciales para entender la forma de mirarse a sí mismos.
En determinadas circunstancias esa sensibilidad es el catalizador del ?antichilenismo? boliviano y de sus pulsiones más perversas; y también, en el otro lado de este círculo vicioso, de esta serpiente que se muerde la cola, fermento de la xenofobia de algunos sectores retrógrados de la sociedad chilena que reparten sus odios entre peruanos y bolivianos de forma indiscriminada.
La simbología del poder
Lagos puede estar frustrado por no haber podido resolver esta encrucijada, pero no es menor el esfuerzo que hizo para propiciar el escenario que deja luego de su visita y despedida. En él hay una nueva Presidenta (la primera mujer), que quizá tenga la sensibilidad e imaginación suficiente, o la que ha faltado; y un Presidente (el primer indio), que ha moderado su discurso hasta sorprender por la seriedad con que hace referencia al tema marítimo.
Sin embargo, es temerario hacer pronósticos sobre lo que ocurrirá en los próximos meses: ¿Bachelet enfrentará los fantasmas del nacionalismo decimonónico chileno siendo mujer o quizá por ello? ¿Morales capeará el temporal de quienes cifran sus esperanzas en él como si fuera un nuevo Mesías que redimirá las injusticias de cinco siglos, donde se inscribe en letras cursivas la Guerra de Pacífico? Nadie sin una bola de cristal (o que no sea un charlatán) es capaz de responder estas preguntas: tienen tantas variables que ni los propios protagonistas son capaces de conocerlas o preverlas.
Por lo pronto hay esperanzas. Esperanzas en que Morales mantenga su postura y considere las relaciones con Chile como prioritarias y parte de una política de Estado donde la ?cualidad marítima boliviana? sea un factor preponderante pero no determinante; y, sobre todo, en que la política interna no se contamine con las relaciones internacionales. Y, finalmente, esperanzas en que la primera presidenta de la historia de Chile pueda trasladar su visión de gobierno ciudadano alejado de las elites, a la política exterior de forma que se piense en el futuro en función de los intereses de ambos pueblos y no a las tradiciones de las cancillerías.
Pero quedemos con la imagen del domingo. Ese día, viendo la teatralidad y el ceremonial de la posesión de Morales y la sencillez de su juramento, una niña de ojos verdes preguntó a su madre si ella también era india.
Responder a esta pregunta ha marcado a fuego a los bolivianos. En este caso la madre contestó: ?todos tenemos algo de indios?; pero podría haber dicho ?no digas estupideces? e incluso haberla golpeado.
En la respuesta qué eligió se encuentra alguna clave. La realidad ?dicen? es un reino disparatado, pero también, como lo han querido los pueblos de ambos países, es una construcción donde hay espacio para la soberanía, y donde al final, como en todas las buenas películas siempre se encuentra una estaca para atravesar el pecho del vampiro.
En su última actividad internacional (todo un símbolo en esta historia de desencuentros), Ricardo Lagos, ya no ministro de Obras Públicas sino uno de los presidentes más importantes de la historia de Chile, visitó Bolivia y se despidió de su gobierno en el exterior después de reunirse con Evo Morales en un humilde departamento, hablando de lo que no se debía hablar, mientras miles de hombres y mujeres se apropiaban de las plazas para festejar una victoria que consideraban propia.
Con este gesto tan simbólico Ricardo Lagos cerrará una etapa en las relaciones entre ambos países que pudo ser gloriosa pero que en definitiva fue trágica. Una historia donde existieron acercamientos, conatos de lucha, mesas pateadas, el caos en Bolivia e histeria nacionalista, así como también ?hay que reconocerlo? croupiers profesionales, políticos sensatos como el ahora ex Presidente Eduardo Rodríguez, y el propio Lagos (nunca resignado a sufrir una derrota que considera personal), quienes se animaron a levantar las cartas del suelo, barajar y dar de nuevo.
Un problema cultural
En cierto sentido la mediterraneidad boliviana no solamente es un problema económico (-0,7% anual del PIB para los países sin puertos, según Jeffrey Sachs), sino un problema cultural tan profundo como un iceberg y también así de peligroso. El hecho de haber sido confinado a las montañas y la selva pesa trágicamente en la historia y en la idiosincrasia boliviana. Al mismo tiempo que en la de Chile, los triunfos militares y económicos son componentes esenciales para entender la forma de mirarse a sí mismos.
En determinadas circunstancias esa sensibilidad es el catalizador del ?antichilenismo? boliviano y de sus pulsiones más perversas; y también, en el otro lado de este círculo vicioso, de esta serpiente que se muerde la cola, fermento de la xenofobia de algunos sectores retrógrados de la sociedad chilena que reparten sus odios entre peruanos y bolivianos de forma indiscriminada.
La simbología del poder
Lagos puede estar frustrado por no haber podido resolver esta encrucijada, pero no es menor el esfuerzo que hizo para propiciar el escenario que deja luego de su visita y despedida. En él hay una nueva Presidenta (la primera mujer), que quizá tenga la sensibilidad e imaginación suficiente, o la que ha faltado; y un Presidente (el primer indio), que ha moderado su discurso hasta sorprender por la seriedad con que hace referencia al tema marítimo.
Sin embargo, es temerario hacer pronósticos sobre lo que ocurrirá en los próximos meses: ¿Bachelet enfrentará los fantasmas del nacionalismo decimonónico chileno siendo mujer o quizá por ello? ¿Morales capeará el temporal de quienes cifran sus esperanzas en él como si fuera un nuevo Mesías que redimirá las injusticias de cinco siglos, donde se inscribe en letras cursivas la Guerra de Pacífico? Nadie sin una bola de cristal (o que no sea un charlatán) es capaz de responder estas preguntas: tienen tantas variables que ni los propios protagonistas son capaces de conocerlas o preverlas.
Por lo pronto hay esperanzas. Esperanzas en que Morales mantenga su postura y considere las relaciones con Chile como prioritarias y parte de una política de Estado donde la ?cualidad marítima boliviana? sea un factor preponderante pero no determinante; y, sobre todo, en que la política interna no se contamine con las relaciones internacionales. Y, finalmente, esperanzas en que la primera presidenta de la historia de Chile pueda trasladar su visión de gobierno ciudadano alejado de las elites, a la política exterior de forma que se piense en el futuro en función de los intereses de ambos pueblos y no a las tradiciones de las cancillerías.
Pero quedemos con la imagen del domingo. Ese día, viendo la teatralidad y el ceremonial de la posesión de Morales y la sencillez de su juramento, una niña de ojos verdes preguntó a su madre si ella también era india.
Responder a esta pregunta ha marcado a fuego a los bolivianos. En este caso la madre contestó: ?todos tenemos algo de indios?; pero podría haber dicho ?no digas estupideces? e incluso haberla golpeado.
En la respuesta qué eligió se encuentra alguna clave. La realidad ?dicen? es un reino disparatado, pero también, como lo han querido los pueblos de ambos países, es una construcción donde hay espacio para la soberanía, y donde al final, como en todas las buenas películas siempre se encuentra una estaca para atravesar el pecho del vampiro.
La cuadratura del círculo
Cuando el Presidente Ricardo Lagos viaje a Bolivia este domingo se encontrará con un país distinto al que conoció en sus últimas dos visitas o quizá con el mismo, parafraseando a un líder de su talla, el ex presidente boliviano Víctor Paz Estenssoro, quien decía que en su país "pasa de todo y no pasa nada".
Conocedor de los bolivianos como pocos (fue lo que De Gaulle a los franceses), Paz Estenssoro jamás quiso profundizar más de la cuenta en la relación bilateral chileno boliviana porque --decía-- "uno sabe cuando se mete en esos problemas pero no cuándo podrá salir".
Lagos terminará su mandato como el Presidente que más veces visitó Bolivia en las últimas décadas: Asistió al entierro de Hugo Banzer (un personaje amado y odiado pero trascendental en la vida política boliviana), estuvo en la Cumbre Iberoamericana de Santa Cruz (días después del derrocamiento de Gonzalo Sánchez de Lozada, donde conocería a Carlos Mesa en una reunión que terminó en Monterrey a los gritos), y ahora se animará con el Presidente más legítimo del último periodo democrático pero también con el líder indígena que deja sin sueño a buena parte del continente.
Sin duda que Lagos ha sido el que más puso en esta relación neurótica y quien intentó resolverla con más afán que éxito (también es uno de los pocos que siente su fracaso como una frustración personal), pero su talante, capacidad y deseos de ingresar a la historia no fueron suficientes.
Es que las relaciones entre Chile y Bolivia se parecen mucho a la de esas parejas que se aman y a la vez se odian, que se detestan y quieren dejar de verse, pero aunque lo intentan no pueden. No sólo el hecho definitivo de la geografía sino una historia estrecha de desencuentros son los datos con los que la realidad hace jugar a los políticos de ambos países.
Chile es una coartada para Bolivia, y más de una vez la política interna y externa se confundieron haciendo que predomine el racismo por sobre la racionalidad política, pero también en el ánimo chileno prevalece un nacionalismo decimonónico previsible y retrógrado. Los extremos siempre terminan tocándose.
Por eso la visita de Lagos es una de las señales más importantes que pueda dar el gobierno chileno al boliviano, es también un símbolo del término de su mandato y el deseo de pasar la posta a la Presidenta electa sin la agitación internacional que caracterizó al suyo (aunque esto linde más con los deseos que con la compleja realidad que enfrenta hoy América Latina).
Bachelet parecería con más dificultades para resolver el problema que las que tuvo Lagos porque embarcarse en tamaña empresa con una mirada distinta a la tradicional, en un gobierno de sólo cuatro años, puede ser malinterpretado como una señal de debilidad. Ni qué decir en el caso de Morales.
Pero también es cierto que un liderazgo que se aleje de la lógica confrontacional masculina puede ser lo que necesiten ambos países. Sólo el tiempo lo dirá. Eso sí, ¿quién negará el atractivo que tiene que dos outsiders de la política (una mujer en un mundo de hombres y un indígena en un mundo de blancos) sean los llamados a resolver la cuadratura del círculo?
Sergio Molina Monasterios es analista de Imaginaccion Consultores
Conocedor de los bolivianos como pocos (fue lo que De Gaulle a los franceses), Paz Estenssoro jamás quiso profundizar más de la cuenta en la relación bilateral chileno boliviana porque --decía-- "uno sabe cuando se mete en esos problemas pero no cuándo podrá salir".
Lagos terminará su mandato como el Presidente que más veces visitó Bolivia en las últimas décadas: Asistió al entierro de Hugo Banzer (un personaje amado y odiado pero trascendental en la vida política boliviana), estuvo en la Cumbre Iberoamericana de Santa Cruz (días después del derrocamiento de Gonzalo Sánchez de Lozada, donde conocería a Carlos Mesa en una reunión que terminó en Monterrey a los gritos), y ahora se animará con el Presidente más legítimo del último periodo democrático pero también con el líder indígena que deja sin sueño a buena parte del continente.
Sin duda que Lagos ha sido el que más puso en esta relación neurótica y quien intentó resolverla con más afán que éxito (también es uno de los pocos que siente su fracaso como una frustración personal), pero su talante, capacidad y deseos de ingresar a la historia no fueron suficientes.
Es que las relaciones entre Chile y Bolivia se parecen mucho a la de esas parejas que se aman y a la vez se odian, que se detestan y quieren dejar de verse, pero aunque lo intentan no pueden. No sólo el hecho definitivo de la geografía sino una historia estrecha de desencuentros son los datos con los que la realidad hace jugar a los políticos de ambos países.
Chile es una coartada para Bolivia, y más de una vez la política interna y externa se confundieron haciendo que predomine el racismo por sobre la racionalidad política, pero también en el ánimo chileno prevalece un nacionalismo decimonónico previsible y retrógrado. Los extremos siempre terminan tocándose.
Por eso la visita de Lagos es una de las señales más importantes que pueda dar el gobierno chileno al boliviano, es también un símbolo del término de su mandato y el deseo de pasar la posta a la Presidenta electa sin la agitación internacional que caracterizó al suyo (aunque esto linde más con los deseos que con la compleja realidad que enfrenta hoy América Latina).
Bachelet parecería con más dificultades para resolver el problema que las que tuvo Lagos porque embarcarse en tamaña empresa con una mirada distinta a la tradicional, en un gobierno de sólo cuatro años, puede ser malinterpretado como una señal de debilidad. Ni qué decir en el caso de Morales.
Pero también es cierto que un liderazgo que se aleje de la lógica confrontacional masculina puede ser lo que necesiten ambos países. Sólo el tiempo lo dirá. Eso sí, ¿quién negará el atractivo que tiene que dos outsiders de la política (una mujer en un mundo de hombres y un indígena en un mundo de blancos) sean los llamados a resolver la cuadratura del círculo?
Sergio Molina Monasterios es analista de Imaginaccion Consultores
Siete malentendidos que complican a dos cancillerías
Juan Ignacio Siles jamás pensó recibir esa llamada telefónica. Varado en Santa Cruz porque no había vuelos a La Paz, esperaba buenas noticias como todos los bolivianos en ese trágico mes de octubre de 2003, pero no la llamada personal de su amigo Carlos Mesa, todavía vicepresidente de la República, quien le dijo en tono imperativo: ?ven inmediatamente, como sea?.
Al día siguiente, el viernes 17 de octubre, subió a un avión contratado especialmente para trasladar algunos diputados que tenían que ir a una sesión del Congreso en la que se aceptaría la renuncia del Presidente y se posesionaría a otro (aunque en ese momento no lo sabían, y el viaje era incierto y peligroso por las noticias que llegaban de La Paz).
La capital política de Bolivia estaba sitiada por miles de indígenas y sectores de clase media que impedían la circulación vehicular, que habían logrado paralizar las actividades aéreas y, sobre todo, que todos los que vivían en esa hoyada temieran por sus vidas. Sólo esa semana casi cincuenta personas murieron en enfrentamientos de diverso tipo lo cual determinó que la caída de Gonzalo Sánchez de Lozada fuera irreversible.
El sábado por la mañana hubo urgentes y tensas reuniones en el Palacio de Gobierno de la Plaza Murillo (no es fácil asumir un gobierno y menos sin experiencia o planificación previas), una de ellas fue la que Carlos Mesa, flamante presidente de la República de Bolivia, tuvo con Juan Ignacio Siles, en la cual Mesa le confirmó que lo quería como Canciller y que sería posesionado al día siguiente. Mucho más no hablaron, en esas jornadas intensas no había tiempo para definir cuál iba a ser la política exterior: había que bajar la tensión social y evitar una guerra civil, ver qué hacer con el Congreso y los partidos políticos, etc. etc. Otras eran las prioridades.
Siles viene de una familia conservadora de intelectuales con los cuales recorrió el mundo. Años después hizo un doctorado en literatura en EE.UU. pero como la literatura no paga, y mucho menos en Bolivia, ingresó a la carrera diplomática y sirvió en distintos países. Sin embargo, como él mismo dice, sus principales logros los obtuvo en las letras con dos novelas publicadas, algún libro de poemas y su monumental tesis sobre la literatura boliviana y el Che Guevara que le llevó precisamente a centrar uno de sus libros de ficción sobre este mismo personaje.
Siles es uno de los intelectuales jóvenes y progresistas más importantes de Bolivia (paradójicamente hijo de una connotada historiadora chilena), y antes de ser Canciller se lo podía ver más a gusto en una tertulia literaria que un cóctel diplomático, o que en medio de la historia de malentendidos que se sucedió vertiginosamente en los últimos meses y que continúa hoy con una guerra de declaraciones sin precedentes en las relaciones entre ambos países (que, como coinciden muchos analistas, están en uno de sus peores momentos).
Si a ello le agregamos la crisis energética entre Chile y Argentina que permitió reposicionar el tema a través del convenio suscrito entre Carlos Mesa y Néstor Kirchner (y a creer en la buena suerte de los bolivianos en esta materia), la historia está para alquilar balcones.
Primer malentendido: en política no existen las casualidades
Muchos consideran que el aluvión de declaraciones en apoyo a la causa marítima boliviana que comenzó con las del Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y que se complementaron con las del Secretario General de Naciones Unidas, Kofi Annan, o las de Jimmy Carter fueron planificadas por el gobierno boliviano, sea porque este año se cumplen cien años del Tratado de Paz y Amistad de 1904, sea por los 125 años de la Guerra del Pacífico que se conmemoraron el pasado 23 de marzo. Sin embargo, a veces las casualidades tienen un papel más importante en la historia de lo que se cree.
Claro que el tema marítimo siempre es importante para los gobiernos bolivianos (por ejemplo en la OEA o en la Asamblea de la ONU, de forma constante en las últimas décadas), pero no hubo la planificación previa y conspirativa con meses de anticipación como quiere creerse en algunos círculos.
Pensar lo contrario es excesivo incluso para alguien tan imaginativo como Siles, si tenemos en cuenta que la Cumbre Iberoamericana del 14 y 15 de noviembre de 2003 ?cuando sucedió la mayor parte de esta historia?, había sido planificada en su mayor parte por Gonzalo Sánchez de Lozada y no por Carlos Mesa, quienes tienen visiones totalmente contrapuestas del asunto. La invitación a Annan, por ejemplo, la curso Sánchez de Lozada y no fue precisamente para que viniera a hablar del mar. Eso sí, hay que reconocer que Mesa y Siles no desaprovecharon la oportunidad.
Bolivia recibió adhesiones sin pedirlas por un motivo más banal, todos querían apoyar a un país pobre y atrasado que salía de una de las peores crisis en su historia democrática, que por su miseria crónica vive de la cooperación internacional y en el cual había (hay) el peligro cierto de que grupos indígenas radicalizados tomarán el poder. Decirles a los visitantes que llegaban a Bolivia que la falta de una salida al mar era la causa de todo esto fue la clave del éxito para los bolivianos.
La solidaridad internacional era previsible: cómo no tenerla y sobre un tema que hasta ese momento ante la comunidad internacional estaba confinado a polvorientos libros de historia, que caería bien a cualquier boliviano (incluso a los imprevisibles, y en ese momento no se sabía bien en que grupo ubicar a Carlos Mesa) y que no generaría mayores contratiempos.
Tanto así que el agregado de prensa de Kofi Annan en su segundo día de visita a Bolivia, esta vez a Santa Cruz (el primero había estado en La Paz y fue cuando hizo sus declaraciones sobre las relaciones entre Chile y Bolivia), se desayunó con la reacción de la prensa chilena y corrió a la habitación de Annan para comentar y controlar la crisis. Los funcionarios de Annan tuvieron que secuestrar el discurso que tenía preparado esa mañana y que ya se había repartido para que improvisara una nueva declaración. Cualquiera puede imaginar que no es común que esto ocurra, y menos que con el Secretario General de Naciones Unidas quien planifica con minuciosidad todo lo que tiene que decir.
Segundo malentendido: las cosas no son tas simples como parecen
El discurso de Carlos Mesa en la Cumbre de Monterrey fue decidido en el último minuto porque hasta entonces los bolivianos esperaban una reunión bilateral entre Ricardo Lagos y su Presidente (que hubiera pasado desapercibida como la que tuvieron en Santa Cruz en noviembre), sin embargo, la reunión fue rechazada por Chile lo que generó un ventilador público sobre los entretelones de la negociación de los últimos años entre ambos países. La diplomacia chilena sobre-reaccionó como ya lo había hecho frente a las declaraciones venezolanas.
La Cancillería que había hecho un intenso lobby con otros países, que preparó una sesuda intervención del Presidente Lagos, que planificó hasta el último detalle el escenario que finalmente acontecería, no supo dar una respuesta más simple y menos costosa: aceptar una reunión, hablar como siempre y decir lo mismo que se dijo públicamente y por televisión, pero en privado y entre amigos. Es que el gobierno chileno estaba enojado, creía firmemente que Bolivia había pateado el tablero y que las cosas ya no eran como antes.
Tercer malentendido: No hay un interlocutor válido
Muchos piensan también que hoy en Bolivia no hay un interlocutor válido con el cual hablar y continuar el diálogo que se estableció en los últimos años (¿cuánto durará el gobierno de Mesa?, se preguntan en pasillos de la Cancillería). Muchos bolivianos razonan igual y decían hace un tiempo que Mesa se parecía al carnaval: no se sabía si caía en febrero o en marzo. Sin embargo, la realidad, los militares y la Embajada Americana en Bolivia parecen desmentir estos presagios. A nadie le interesa que haya otra crisis terminal en Bolivia.
Ahora bien, la Cancillería boliviana evaluó hasta la posibilidad de suspender la reunión bilateral de vicecancilleres que se realizó en febrero en Santiago, pero prefirió reunirse y no tratar el tema marítimo en esa ocasión, lo que hubiera sido considerado otra patada al tablero (cosa que sí hizo el vicecanciller peruano hace unos días, en circunstancias similares); y, si leemos con cuidado, también es capaz de emitir declaraciones conciliatorias como las del 23 de marzo. Pero ?se quejan? ningún chileno reconoce eso.
En el fondo el gobierno boliviano está buscando una salida, acorralado como está entre su opinión pública y las declaraciones del gobierno chileno, no otra cosa demuestran los gestos que intentó dar en las últimas semanas, es que es un tema que podría calificarse de ?no win situation? (una situación que no se puede ganar), y eso lo sabe mejor que nadie el propio Canciller boliviano, que busca una alternativa política en la que no se pierda demasiado. Sus últimas declaraciones fueron ?este es un tema de largo plazo?, ergo, ?necesito tiempo?.
Cuarto malentendido: la diplomacia es para consumo interno
Carlos Mesa es periodista, y donde mejor se desempeñó antes de ser Vicepresidente de Sánchez de Lozada fue en la televisión. Opositores y leales le reconocen una increíble capacidad para improvisar (es capaz de hablar horas frente a una cámara sin equivocarse), por eso su mayor respaldo es la del pueblo anónimo que tiene un Presidente que le mira a los ojos y le dice lo que quiere escuchar.
Carlos Mesa es preso de las circunstancias. Su gobierno se sustenta en la opinión pública y no en el Congreso o en los partidos políticos, más bien adversos, por tanto no puede menos que respaldar los ánimos ya caldeados de una población que hasta ha logrado la renuncia de un Presidente. De ahí a discutir con Lagos de tú a tú, ser recibido como un héroe a su vuelta de Monterrey y subir diez puntos en las encuestas, no había más que un paso.
Que se aprovechó el tema marítimo para uso interno no es una sospecha, es un dato de la realidad, aunque nadie sabrá nunca si Mesa y Siles lo hacen concientemente o nuevamente porque no tienen más alternativas.
Paradójicamente parecería que la diplomacia chilena también actúa más preocupada por la opinión pública de lo que quiere reconocer y emite declaraciones que causan molestias innecesarias.
Molestia que se agrava con acusaciones como las que se hicieron en algunos medios cuando se informó que Mesa encabezó las movilizaciones en las cuales se quemaron banderas, cuando esto era, obviamente, falso; o, para no ir más lejos, con anécdotas como la del discurso del Presidente Lagos al llegar a Bolivia en noviembre pasado, donde aparecía enojado y molesto. En su descargo hay que decir que antes de aterrizar en Santa Cruz tuvo que sobrevolar mucho tiempo porque Hugo Chávez (nada menos) se demoró excesivamente con la prensa en el aeropuerto e hizo esas sus famosas declaraciones, las mismas que Lagos escuchó en su avión ya cansando por la espera.
No es inútil pedir a ambos gobiernos que se distancien de sus respectivas opiniones públicas y se preocupen más por la diplomacia. Es ahí cuando los Presidentes tienen que hablar.
Quinto malentendido: los negocios y la política se llevan bien
Durante su primera presidencia (1993-1997) Gonzalo Sánchez de Lozada le dijo a Ricardo Lagos, que en ese entonces era ministro de Obras Públicas, que el tema marítimo era como Drácula: podía morir en una película, pero por cualquier motivo, aún el más inesperado, en la siguiente resucitaba y volvía a saltar al cuello de sus víctimas, en este caso, Chile y Bolivia. Sánchez de Lozada por lo menos en esto tenía razón. Drácula resucitó después de la crisis boliviana de octubre y de la Cumbre Iberoamericana y parecería que aún nadie le ha clavado una estaca ni nadie se animará a hacerlo.
Otra anécdota que refleja la gravedad de la temática marítima para Bolivia es que en los más oscuros pasillos de la Cancillería de ese país se dice que ?si quieres mantener la pega, no te metas con el mar?, a más de uno se le quemó el pan en la puerta del horno.
Sánchez de Lozada sabía todo esto, por ello, al igual que sus dos antecesores con los que Lagos estableció sus mejores vínculos (Hugo Banzer y Jorge Quiroga) realizó únicamente reuniones confidenciales sobre este tema y siempre con el gas como primera prioridad.
Las negociaciones con Bolivia para darle una salida al mar estaban muy avanzadas, como el propio Lagos afirmó en la Cumbre de Monterrey, las que comprendían la exportación de gas por el puerto de Patillos en Iquique que sería entregado en concesión a Bolivia por 99 años junto a otra serie de facilidades.
Para los negociadores pragmáticos tanto de Chile como de tres gobiernos bolivianos, era el primer paso de un arreglo que traería beneficios para todos: por un lado un negocio millonario que fortalecería el norte de Chile (que junto al sur peruano y al altiplano boliviano forman un enclave económico natural) y, por el otro, ganancias enormes para Bolivia (cuya única opción de crecimiento y de divisas frescas es la exportación del energético a través de Chile), con la cereza de la torta que significaba para los bolivianos el acceso a un puerto. Sin soberanía, eso sí, pero ?se sabe?, la soberanía es un concepto más que gaseoso en pleno siglo XXI. Nunca Bolivia estuvo tan cerca del mar como en ese entonces.
Sexto malentendido: el mar y del gas no voltean gobiernos
Sánchez de Lozada quería dejar su gobierno (según sus propias palabras) ?firmando un TLC con EE.UU. y exportando gas? (desde un puerto chileno, pero no agregó esas dos palabras aunque todos los que participaban en la reunión donde se sinceró sabían que no había otra forma).
Pero si ese era su deseo, la realidad le decía todo lo contrario: había encargado una serie de encuestas, fanático como era de ellas, sobre el tema, y todas eran adversas a ambos deseos. Por eso encargó a un grupo especial de asesores, encabezado por su yerno y principal hombre en comunicación, a que se avocaran exclusivamente a analizar cuál sería la estrategia que se ejecutaría cuando se decidiera hacer pública la negociación con Chile. Faltaba, para Sánchez de Lozada, que los consorcios privados que intervenían en el negocio de la exportación se comprometieran a firmar los precontratos necesarios (se sabe, el gas no es como el petróleo en el mercado internacional, primero es necesario cerrar el trato con el comprador), y Sánchez de Lozada no iba a arriesgar su gobierno si las empresas a su vez no se comprometían.
Al final perdió la soga y el cabrito, y una de las críticas centrales que se le hizo en las jornadas de octubre fue que la decisión de exportar por Chile estaba tomada y que lo había hecho a espaldas del pueblo, lo cual desde esa perspectiva es rigurosamente cierto.
La crisis de su gobierno tuvo muchos motivos, pero sin duda éste no fue el menor. En la percepción de los bolivianos Sánchez de Lozada quería regalar el país, en este caso, el gas, a las transnacionales como ya lo había hecho con las empresas estatales a través de la capitalización (la privatización diferida que hizo en su primer gobierno), y encima beneficiando a los chilenos. Era como que mucho.
Pero si meses atrás los bolivianos nunca estuvieron tan cerca del mar, una vez que ocurrieron la serie de acontecimientos que conocemos, todos coinciden que nunca se estuvo tan lejos del Océano Pacífico como ahora, porque las posiciones se han endurecido, ha intervenido la opinión pública en ambos países (cosa que en Chile no ocurría hasta noviembre pasado) y se ha convertido en un tema mediático, lo que no le hace bien a nadie.
Séptimo malentendido: No es cuestión de sensibilidades sino de negocios
?Desconfía de un hombre que no haya visto el mar? dice un refrán que casi no es utilizado en Bolivia aunque mucha gente lo conozca. En muchos sentidos el mar no es un problema económico sino un problema cultural, la mediterraneidad boliviana tiene ese matiz, al margen de los análisis que puedan hacer economistas como Jeffrey Sachs (-0,7% anual del PIB para los países sin puertos). El hecho de haber sido confinado a las montañas y la selva pesa trágicamente en la idiosincrasia boliviana.
Esa sensibilidad es la que en determinados momentos se convierte en el famoso antichilenismo del que se habla hoy en los medios. Los bolivianos tienen que echarle la culpa a alguien de los problemas que tienen, y si ese alguien es de afuera mucho mejor (al no haber dios a quien quejarse ?porque no participa en política desde la Revolución Francesa?, no quedan más que los chilenos). Sin embargo, esa entelequia que es Chile para los bolivianos, no es lo mismo que un chileno de carne y hueso con quien interactúa diariamente. Pero es imprescindible conocer esa sensibilidad y esos matices para actuar correctamente, al igual que le haría bien a los bolivianos conocer algo más sobre lo que piensan los chilenos y darse cuenta que hasta hace unos meses había muchas más simpatías hacia la causa boliviana que hoy, lo cual es una contradicción insalvable para la diplomacia boliviana a la hora de los debe y haber, que son siempre los que al final evalúa la historia.
Al día siguiente, el viernes 17 de octubre, subió a un avión contratado especialmente para trasladar algunos diputados que tenían que ir a una sesión del Congreso en la que se aceptaría la renuncia del Presidente y se posesionaría a otro (aunque en ese momento no lo sabían, y el viaje era incierto y peligroso por las noticias que llegaban de La Paz).
La capital política de Bolivia estaba sitiada por miles de indígenas y sectores de clase media que impedían la circulación vehicular, que habían logrado paralizar las actividades aéreas y, sobre todo, que todos los que vivían en esa hoyada temieran por sus vidas. Sólo esa semana casi cincuenta personas murieron en enfrentamientos de diverso tipo lo cual determinó que la caída de Gonzalo Sánchez de Lozada fuera irreversible.
El sábado por la mañana hubo urgentes y tensas reuniones en el Palacio de Gobierno de la Plaza Murillo (no es fácil asumir un gobierno y menos sin experiencia o planificación previas), una de ellas fue la que Carlos Mesa, flamante presidente de la República de Bolivia, tuvo con Juan Ignacio Siles, en la cual Mesa le confirmó que lo quería como Canciller y que sería posesionado al día siguiente. Mucho más no hablaron, en esas jornadas intensas no había tiempo para definir cuál iba a ser la política exterior: había que bajar la tensión social y evitar una guerra civil, ver qué hacer con el Congreso y los partidos políticos, etc. etc. Otras eran las prioridades.
Siles viene de una familia conservadora de intelectuales con los cuales recorrió el mundo. Años después hizo un doctorado en literatura en EE.UU. pero como la literatura no paga, y mucho menos en Bolivia, ingresó a la carrera diplomática y sirvió en distintos países. Sin embargo, como él mismo dice, sus principales logros los obtuvo en las letras con dos novelas publicadas, algún libro de poemas y su monumental tesis sobre la literatura boliviana y el Che Guevara que le llevó precisamente a centrar uno de sus libros de ficción sobre este mismo personaje.
Siles es uno de los intelectuales jóvenes y progresistas más importantes de Bolivia (paradójicamente hijo de una connotada historiadora chilena), y antes de ser Canciller se lo podía ver más a gusto en una tertulia literaria que un cóctel diplomático, o que en medio de la historia de malentendidos que se sucedió vertiginosamente en los últimos meses y que continúa hoy con una guerra de declaraciones sin precedentes en las relaciones entre ambos países (que, como coinciden muchos analistas, están en uno de sus peores momentos).
Si a ello le agregamos la crisis energética entre Chile y Argentina que permitió reposicionar el tema a través del convenio suscrito entre Carlos Mesa y Néstor Kirchner (y a creer en la buena suerte de los bolivianos en esta materia), la historia está para alquilar balcones.
Primer malentendido: en política no existen las casualidades
Muchos consideran que el aluvión de declaraciones en apoyo a la causa marítima boliviana que comenzó con las del Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y que se complementaron con las del Secretario General de Naciones Unidas, Kofi Annan, o las de Jimmy Carter fueron planificadas por el gobierno boliviano, sea porque este año se cumplen cien años del Tratado de Paz y Amistad de 1904, sea por los 125 años de la Guerra del Pacífico que se conmemoraron el pasado 23 de marzo. Sin embargo, a veces las casualidades tienen un papel más importante en la historia de lo que se cree.
Claro que el tema marítimo siempre es importante para los gobiernos bolivianos (por ejemplo en la OEA o en la Asamblea de la ONU, de forma constante en las últimas décadas), pero no hubo la planificación previa y conspirativa con meses de anticipación como quiere creerse en algunos círculos.
Pensar lo contrario es excesivo incluso para alguien tan imaginativo como Siles, si tenemos en cuenta que la Cumbre Iberoamericana del 14 y 15 de noviembre de 2003 ?cuando sucedió la mayor parte de esta historia?, había sido planificada en su mayor parte por Gonzalo Sánchez de Lozada y no por Carlos Mesa, quienes tienen visiones totalmente contrapuestas del asunto. La invitación a Annan, por ejemplo, la curso Sánchez de Lozada y no fue precisamente para que viniera a hablar del mar. Eso sí, hay que reconocer que Mesa y Siles no desaprovecharon la oportunidad.
Bolivia recibió adhesiones sin pedirlas por un motivo más banal, todos querían apoyar a un país pobre y atrasado que salía de una de las peores crisis en su historia democrática, que por su miseria crónica vive de la cooperación internacional y en el cual había (hay) el peligro cierto de que grupos indígenas radicalizados tomarán el poder. Decirles a los visitantes que llegaban a Bolivia que la falta de una salida al mar era la causa de todo esto fue la clave del éxito para los bolivianos.
La solidaridad internacional era previsible: cómo no tenerla y sobre un tema que hasta ese momento ante la comunidad internacional estaba confinado a polvorientos libros de historia, que caería bien a cualquier boliviano (incluso a los imprevisibles, y en ese momento no se sabía bien en que grupo ubicar a Carlos Mesa) y que no generaría mayores contratiempos.
Tanto así que el agregado de prensa de Kofi Annan en su segundo día de visita a Bolivia, esta vez a Santa Cruz (el primero había estado en La Paz y fue cuando hizo sus declaraciones sobre las relaciones entre Chile y Bolivia), se desayunó con la reacción de la prensa chilena y corrió a la habitación de Annan para comentar y controlar la crisis. Los funcionarios de Annan tuvieron que secuestrar el discurso que tenía preparado esa mañana y que ya se había repartido para que improvisara una nueva declaración. Cualquiera puede imaginar que no es común que esto ocurra, y menos que con el Secretario General de Naciones Unidas quien planifica con minuciosidad todo lo que tiene que decir.
Segundo malentendido: las cosas no son tas simples como parecen
El discurso de Carlos Mesa en la Cumbre de Monterrey fue decidido en el último minuto porque hasta entonces los bolivianos esperaban una reunión bilateral entre Ricardo Lagos y su Presidente (que hubiera pasado desapercibida como la que tuvieron en Santa Cruz en noviembre), sin embargo, la reunión fue rechazada por Chile lo que generó un ventilador público sobre los entretelones de la negociación de los últimos años entre ambos países. La diplomacia chilena sobre-reaccionó como ya lo había hecho frente a las declaraciones venezolanas.
La Cancillería que había hecho un intenso lobby con otros países, que preparó una sesuda intervención del Presidente Lagos, que planificó hasta el último detalle el escenario que finalmente acontecería, no supo dar una respuesta más simple y menos costosa: aceptar una reunión, hablar como siempre y decir lo mismo que se dijo públicamente y por televisión, pero en privado y entre amigos. Es que el gobierno chileno estaba enojado, creía firmemente que Bolivia había pateado el tablero y que las cosas ya no eran como antes.
Tercer malentendido: No hay un interlocutor válido
Muchos piensan también que hoy en Bolivia no hay un interlocutor válido con el cual hablar y continuar el diálogo que se estableció en los últimos años (¿cuánto durará el gobierno de Mesa?, se preguntan en pasillos de la Cancillería). Muchos bolivianos razonan igual y decían hace un tiempo que Mesa se parecía al carnaval: no se sabía si caía en febrero o en marzo. Sin embargo, la realidad, los militares y la Embajada Americana en Bolivia parecen desmentir estos presagios. A nadie le interesa que haya otra crisis terminal en Bolivia.
Ahora bien, la Cancillería boliviana evaluó hasta la posibilidad de suspender la reunión bilateral de vicecancilleres que se realizó en febrero en Santiago, pero prefirió reunirse y no tratar el tema marítimo en esa ocasión, lo que hubiera sido considerado otra patada al tablero (cosa que sí hizo el vicecanciller peruano hace unos días, en circunstancias similares); y, si leemos con cuidado, también es capaz de emitir declaraciones conciliatorias como las del 23 de marzo. Pero ?se quejan? ningún chileno reconoce eso.
En el fondo el gobierno boliviano está buscando una salida, acorralado como está entre su opinión pública y las declaraciones del gobierno chileno, no otra cosa demuestran los gestos que intentó dar en las últimas semanas, es que es un tema que podría calificarse de ?no win situation? (una situación que no se puede ganar), y eso lo sabe mejor que nadie el propio Canciller boliviano, que busca una alternativa política en la que no se pierda demasiado. Sus últimas declaraciones fueron ?este es un tema de largo plazo?, ergo, ?necesito tiempo?.
Cuarto malentendido: la diplomacia es para consumo interno
Carlos Mesa es periodista, y donde mejor se desempeñó antes de ser Vicepresidente de Sánchez de Lozada fue en la televisión. Opositores y leales le reconocen una increíble capacidad para improvisar (es capaz de hablar horas frente a una cámara sin equivocarse), por eso su mayor respaldo es la del pueblo anónimo que tiene un Presidente que le mira a los ojos y le dice lo que quiere escuchar.
Carlos Mesa es preso de las circunstancias. Su gobierno se sustenta en la opinión pública y no en el Congreso o en los partidos políticos, más bien adversos, por tanto no puede menos que respaldar los ánimos ya caldeados de una población que hasta ha logrado la renuncia de un Presidente. De ahí a discutir con Lagos de tú a tú, ser recibido como un héroe a su vuelta de Monterrey y subir diez puntos en las encuestas, no había más que un paso.
Que se aprovechó el tema marítimo para uso interno no es una sospecha, es un dato de la realidad, aunque nadie sabrá nunca si Mesa y Siles lo hacen concientemente o nuevamente porque no tienen más alternativas.
Paradójicamente parecería que la diplomacia chilena también actúa más preocupada por la opinión pública de lo que quiere reconocer y emite declaraciones que causan molestias innecesarias.
Molestia que se agrava con acusaciones como las que se hicieron en algunos medios cuando se informó que Mesa encabezó las movilizaciones en las cuales se quemaron banderas, cuando esto era, obviamente, falso; o, para no ir más lejos, con anécdotas como la del discurso del Presidente Lagos al llegar a Bolivia en noviembre pasado, donde aparecía enojado y molesto. En su descargo hay que decir que antes de aterrizar en Santa Cruz tuvo que sobrevolar mucho tiempo porque Hugo Chávez (nada menos) se demoró excesivamente con la prensa en el aeropuerto e hizo esas sus famosas declaraciones, las mismas que Lagos escuchó en su avión ya cansando por la espera.
No es inútil pedir a ambos gobiernos que se distancien de sus respectivas opiniones públicas y se preocupen más por la diplomacia. Es ahí cuando los Presidentes tienen que hablar.
Quinto malentendido: los negocios y la política se llevan bien
Durante su primera presidencia (1993-1997) Gonzalo Sánchez de Lozada le dijo a Ricardo Lagos, que en ese entonces era ministro de Obras Públicas, que el tema marítimo era como Drácula: podía morir en una película, pero por cualquier motivo, aún el más inesperado, en la siguiente resucitaba y volvía a saltar al cuello de sus víctimas, en este caso, Chile y Bolivia. Sánchez de Lozada por lo menos en esto tenía razón. Drácula resucitó después de la crisis boliviana de octubre y de la Cumbre Iberoamericana y parecería que aún nadie le ha clavado una estaca ni nadie se animará a hacerlo.
Otra anécdota que refleja la gravedad de la temática marítima para Bolivia es que en los más oscuros pasillos de la Cancillería de ese país se dice que ?si quieres mantener la pega, no te metas con el mar?, a más de uno se le quemó el pan en la puerta del horno.
Sánchez de Lozada sabía todo esto, por ello, al igual que sus dos antecesores con los que Lagos estableció sus mejores vínculos (Hugo Banzer y Jorge Quiroga) realizó únicamente reuniones confidenciales sobre este tema y siempre con el gas como primera prioridad.
Las negociaciones con Bolivia para darle una salida al mar estaban muy avanzadas, como el propio Lagos afirmó en la Cumbre de Monterrey, las que comprendían la exportación de gas por el puerto de Patillos en Iquique que sería entregado en concesión a Bolivia por 99 años junto a otra serie de facilidades.
Para los negociadores pragmáticos tanto de Chile como de tres gobiernos bolivianos, era el primer paso de un arreglo que traería beneficios para todos: por un lado un negocio millonario que fortalecería el norte de Chile (que junto al sur peruano y al altiplano boliviano forman un enclave económico natural) y, por el otro, ganancias enormes para Bolivia (cuya única opción de crecimiento y de divisas frescas es la exportación del energético a través de Chile), con la cereza de la torta que significaba para los bolivianos el acceso a un puerto. Sin soberanía, eso sí, pero ?se sabe?, la soberanía es un concepto más que gaseoso en pleno siglo XXI. Nunca Bolivia estuvo tan cerca del mar como en ese entonces.
Sexto malentendido: el mar y del gas no voltean gobiernos
Sánchez de Lozada quería dejar su gobierno (según sus propias palabras) ?firmando un TLC con EE.UU. y exportando gas? (desde un puerto chileno, pero no agregó esas dos palabras aunque todos los que participaban en la reunión donde se sinceró sabían que no había otra forma).
Pero si ese era su deseo, la realidad le decía todo lo contrario: había encargado una serie de encuestas, fanático como era de ellas, sobre el tema, y todas eran adversas a ambos deseos. Por eso encargó a un grupo especial de asesores, encabezado por su yerno y principal hombre en comunicación, a que se avocaran exclusivamente a analizar cuál sería la estrategia que se ejecutaría cuando se decidiera hacer pública la negociación con Chile. Faltaba, para Sánchez de Lozada, que los consorcios privados que intervenían en el negocio de la exportación se comprometieran a firmar los precontratos necesarios (se sabe, el gas no es como el petróleo en el mercado internacional, primero es necesario cerrar el trato con el comprador), y Sánchez de Lozada no iba a arriesgar su gobierno si las empresas a su vez no se comprometían.
Al final perdió la soga y el cabrito, y una de las críticas centrales que se le hizo en las jornadas de octubre fue que la decisión de exportar por Chile estaba tomada y que lo había hecho a espaldas del pueblo, lo cual desde esa perspectiva es rigurosamente cierto.
La crisis de su gobierno tuvo muchos motivos, pero sin duda éste no fue el menor. En la percepción de los bolivianos Sánchez de Lozada quería regalar el país, en este caso, el gas, a las transnacionales como ya lo había hecho con las empresas estatales a través de la capitalización (la privatización diferida que hizo en su primer gobierno), y encima beneficiando a los chilenos. Era como que mucho.
Pero si meses atrás los bolivianos nunca estuvieron tan cerca del mar, una vez que ocurrieron la serie de acontecimientos que conocemos, todos coinciden que nunca se estuvo tan lejos del Océano Pacífico como ahora, porque las posiciones se han endurecido, ha intervenido la opinión pública en ambos países (cosa que en Chile no ocurría hasta noviembre pasado) y se ha convertido en un tema mediático, lo que no le hace bien a nadie.
Séptimo malentendido: No es cuestión de sensibilidades sino de negocios
?Desconfía de un hombre que no haya visto el mar? dice un refrán que casi no es utilizado en Bolivia aunque mucha gente lo conozca. En muchos sentidos el mar no es un problema económico sino un problema cultural, la mediterraneidad boliviana tiene ese matiz, al margen de los análisis que puedan hacer economistas como Jeffrey Sachs (-0,7% anual del PIB para los países sin puertos). El hecho de haber sido confinado a las montañas y la selva pesa trágicamente en la idiosincrasia boliviana.
Esa sensibilidad es la que en determinados momentos se convierte en el famoso antichilenismo del que se habla hoy en los medios. Los bolivianos tienen que echarle la culpa a alguien de los problemas que tienen, y si ese alguien es de afuera mucho mejor (al no haber dios a quien quejarse ?porque no participa en política desde la Revolución Francesa?, no quedan más que los chilenos). Sin embargo, esa entelequia que es Chile para los bolivianos, no es lo mismo que un chileno de carne y hueso con quien interactúa diariamente. Pero es imprescindible conocer esa sensibilidad y esos matices para actuar correctamente, al igual que le haría bien a los bolivianos conocer algo más sobre lo que piensan los chilenos y darse cuenta que hasta hace unos meses había muchas más simpatías hacia la causa boliviana que hoy, lo cual es una contradicción insalvable para la diplomacia boliviana a la hora de los debe y haber, que son siempre los que al final evalúa la historia.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)