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La cola del diablo

La sabrosa entrevista que La Tercera hizo al Presidente del Perú hace unos días llega en un buen momento desde el punto de vista periodístico pero en uno muy malo desde la perspectiva política, por lo menos para algunos de los países involucrados en la Cumbre de UNASUR que se inaugura hoy. Lo cual lleva a preguntarse seriamente cuáles son las verdaderas razones que tienen los presidentes cuando deciden dar este tipo de declaraciones (que ingenuidades a ese nivel no existen).

Porque, entre otras cosas, Alan García dice que Evo Morales es obsecuente con Chile; que pelea con Lima porque no puede hacerlo con Santiago; que es un incontinente verbal; y, lo más importante, como al pasar, deja sugerida la posibilidad de que hay un acuerdo secreto entre Bolivia y Chile por el tema marítimo.

La sutileza aquí (viejo lobo de mar) está en sugerir que Bolivia y Chile tienen todo el derecho a tener un acuerdo inexistente porque, concediendo eso, no necesita profundizar en la sustancia de un asunto, que todos, incluido él, saben que no sólo es improbable sino políticamente inviable en plena campaña electoral tanto en Chile como en Bolivia. Pero al insinuarlo golpea la médula de lo que ha sido la política exterior de Morales y de lo que es el centro de su estrategia política: la diplomacia de los pueblos por un lado, y la transparencia y la rendición de cuentas a los movimientos sociales por el otro. Sobre todo en temas tan espinosos como éste, el más espinoso de todos. Quizá por eso Morales, más rápido que pronto salió a desmentir cualquier negociación secreta y a decir que el obsecuente es el propio García que pretende distraer el debate de la instalación de bases militares en Colombia.

El duro intercambio verbal entre los tres países ocurre cuando García no las tiene todas consigo dentro de su país (aunque para los parámetros peruanos eso es muy discutible) y, sobre todo, cuando el gobierno boliviano trata de tejer las finísimas filigranas que implica la aprobación del preacuerdo al que había llegado con Chile por el uso de las aguas del Silala (otro de los conflictos históricos que separa a ambos países), y que muchos analistas consideran un experimento ante la opinión pública, para luego extenderla a temas más trascendentales, léase la negociación marítima.

Por otra parte, las palabras del presidente peruano, agregan otro ingrediente más a la ciclotímica disputa entre Lima y La Paz y que la semana pasada prometía llegar hasta el tribunal de La Haya, esta vez por la propiedad de la diablada. Polémica que se desató cuando la representante a Miss Universo de Perú exhibió un traje que, según su diseñador fue inspirado en las festividades de Puno, pero que es similar a los de Oruro o los de la fiesta de La Tirana. Fue de tal magnitud la indignación boliviana que se realizó una “Jornada de reivindicación de la diablada” con miles de bailarines en las calles, y el gobierno produjo un spot en CNN para promocionarla.

Traigo a colación este tema porque vale la pena escuchar las declaraciones de Alan García a raíz de este incidente. En ese entonces se lamentaba de que la integración latinoamericana no pasara por su mejor momento: “Si hemos visto a Francia y a Alemania unirse, olvidando millones de muertos, podemos olvidar el tema del bordado del vestido de la diablada… claro que eso exige madurez”. Unos días después leíamos lo que leímos.


(Publicado en La Tercera el 28 de agosto de 2009)

Alan García, tres años después

Entre una fuente que manaba pisco en lugar de agua en la Plaza de Armas de Lima y un discurso presidencial a contrapelo de lo que se discute internacionalmente, pero también con una de las pocas economías que no decrecerá este año, Perú celebró sus fiestas patrias y Alan García tres años en el poder.

Pero primero lo primero. Hay que reconocerle al gobierno peruano la continuidad de la expansión económica y la forma en que enfrentó la crisis: comenzó con un ritmo de crecimiento del 10% en 2008 y pasará al 0% en 2009, sin duda, pero ha logrado confirmar eso que algunos llaman el “milagro peruano” diversificando exportaciones (aunque sigue dependiendo dramáticamente de la minería) y expandiendo el mercado interno.

Pero es un milagro que no sólo contiene éxitos económicos sino también contradicciones: desde el 2006 no se ha incrementado la cobertura de agua potable, mientras que en el mismo periodo el analfabetismo solo ha caído un punto y ahora se sitúa en el 10%, a pesar de que el gobierno prometió erradicarlo.

García, quien fuera el presidente más joven y más atractivo de Latinoamérica, el mejor orador y el animal político capaz de recitar a Calderón de la Barca en una manifestación y hacer que las masas se enfervorizaran y se nos pusiera a todos la piel de gallina, llega a esta etapa de su vida sin poder explicar la paradoja que significa haber estatizado por izquierda cuando prevalecía el Consenso de Washington y las privatizaciones, y flanquear hoy a la derecha neoliberal más recalcitrante cuando la región se inclina por posturas progresistas y una participación mayor del Estado.

Es en lo que denominaría la “debilidad histórica de Alan García”, la misma que confirmó en su mensaje a la nación por las fiestas patrias peruanas, cuando dijo que "la democracia tiene como adversario al modelo estatista que lleva a la miseria y al desempleo, pues sus pobladores viven del subsidio de quien manda", olvidándose del consenso internacional que hay sobre este asunto, aquel de que el mercado por sí solo, sin Estado, no es capaz de regularse adecuadamente.

En el fondo García confirmó en este tiempo la característica principal de su segunda gestión: su derechización y la de su partido, el APRA, que más obedece a un deseo personal de enmendar los errores que cometió durante su primer gobierno populista e izquierdizante que a una férrea convicción ideológica.

Esa es una de las características del caudillo, si va a contrapelo lo hace por su personalidad antes que por sus convicciones, por eso su enfrentamiento definitivo con Hugo Chávez no se debe tanto a lo que éste hace, sino porque García quisiera estar en su lugar, ser un líder reconocido mundialmente, sea Chávez o cualquier otro.

Aislado internacionalmente, sobre todo frente a dos de los países con los que podía convivir de mejor manera: uno por historia y cultura y otro por afinidad económica, Perú se encuentra distante de Bolivia y Chile; sin haber hecho ningún tipo de acuerdo con otros países con los que podría tener mayor afinidad política como México o Colombia, por nombrar otros dos con los cuales comulga y cabalga en el mundo de las ideas.

En su descargo hay que decir que logró reencaminar las relaciones diplomáticas con Bolivia y esta semana volverá el embajador peruano que había sido llamado a consulta y los cancilleres de ambos países se dieron un fuerte abrazo para la foto hace sólo unos días.

Con serios problemas internos por su baja popularidad (que no son una novedad en los últimos gobiernos peruanos), pero que tienen la particularidad de haber disminuido sus guarismos en la costa, el espacio más desarrollado de Perú y donde se sustenta el crecimiento y la modernidad de ese país, y por ende la gobernabilidad y estabilidad; los peruanos sueñan con el fantasma siempre presente de que la sierra y la selva, junto a los sectores marginales de las ciudades costeras, se alíen y respalden a algún líder populista como ocurrió en su momento con Fujimori.

Al respecto, una encuesta del Instituto de Opinión Pública de la Universidad Católica sitúa a su hija, Keiko, primera en intención de voto y a Ollanta Humala quinto, pero también muestra que casi el 40% de la población se inclina por opciones de centro y centro derecha como las de Flores o Castañeda. Pero aún es pronto, falta mucho para las elecciones de 2011 y lo más seguro es que aparezca alguien del que todavía no hemos escuchado hablar. Pero esa es otra historia.

El Perú (y ya es un tópico), son varios Perús. La costa es muy distinta a la sierra, mucho más “estatista” (en el sentido que le da García a este término) y, sobre todo, pobre y excluida; al igual que la selva muy extensa pero con menos del 20% de la población, pero el lugar donde se produjo el conflicto de Bagua que hizo retroceder al gobierno porque los indígenas Awajún de la zona (a los que nadie pudo nunca doblegar desde el incario y a los que Alan García llamó en octubre de 2007 “perros del hortelano”) creen que el modelo económico es el de un enclave con inversión intensiva pero sin redistribución y empleo de mano de obra local, y no quieren una fiesta sin estar invitados.

Precisamente García continúa afirmando que este conflicto, que le costó un gabinete y a su dialogante primer ministro, fue producto de una conspiración internacional comandada por Chávez y Morales y no producto de la rebelión de parte de la población que se resiste a un modelo que ha traído crecimiento, bienestar y disminución de la pobreza pero que no ha traspasado sus logros a esos diversos perús que conviven en un palimpsesto de una belleza desconcertante e indómita pero también contradictorio y excluyente.

Enemigos íntimos

¿Qué puede llevar a dos países que fueron aliados históricos a distanciarse de esa manera? ¿Qué llevó a Evo Morales a convertir los intereses de Bolivia en los suyos, traduciéndolos a una disputa casi personal?
Desde que Perú pidió la extradición de un asesor de Morales acusado de delitos de terrorismo (a lo cual Bolivia se negó), hasta el retiro temporal de su embajador en Bolivia tras el intento de Morales de impedir el TLC peruano con Estados Unidos a través de la Comunidad Andina, la escalada no ha bajado en intensidad. Uno de los momentos más críticos fue la reciente decisión peruana de conceder refugio a varios ex ministros bolivianos del derrocado régimen de Gonzalo Sánchez de Lozada que actualmente están siendo procesados.
Y como corolario a esta historia de desencuentros, se publica la entrevista del director de La Tercera al Presidente boliviano, en la que Morales responde materias referidas al conflicto entre Chile y Bolivia con sutilezas florentinas, pero se despacha sin concesiones y desde los hígados contra el Perú, no en los términos de “gordo proimperialista” como había dicho en su momento de Alan, pero de forma aún más dolorosa para sus intereses porque identifica a ese país como uno de los responsables de la mediterraneidad boliviana, aunque sin sacar la conclusión elemental que implica esa afirmación: triletarizar el tema.
A raíz de todo ello, se han escrito y escuchado las más diversas opiniones, a cual más informada e inteligente, pero quisiera arriesgar algunas cosas que me parecen ausentes en la discusión.
Sería ingenuo pensar que Morales actuó basado en la racionalidad política y en el reenfoque de los intereses de largo plazo de Bolivia. Ojala la política tuviera esas dosis de sensatez, por el contrario, es mendaz y obstinada; hasta se ha sugerido por parte de la ultraderecha boliviana que el objetivo final de la disputa entre Evo y Alan ha sido instigado por Hugo: complotar y derrocar al gobierno peruano para dar cabida a un régimen indigenista. Por supuesto, no hay ninguna prueba de ello y esto puede ser tan cierto como el delirio de que Morales sabe cuál es la sentencia del tribunal de La Haya.
Ahora bien, actualmente en Bolivia la ideología prima por sobre la racionalidad más elemental, y los intereses nacionales y el Estado se han personalizado. Si se tiene en cuenta esas variables la lectura de lo que dijo Morales es distinta a la simple revisión conveniente de unos párrafos por sobre otros. Nadie ha hecho referencia, por ejemplo, a la fascinación que siente por Ollanta Humala y Fidel Castro, o al maniqueísmo elemental de sus convicciones en política internacional. Tampoco a que en Bolivia, al igual que en Venezuela, el proceso se está radicalizado y no sólo en el discurso (lo cual no sería extraño con elecciones el próximo diciembre); sino también en los hechos. Baste mencionar el decreto que el gobierno emitió para confiscar los bienes de quienes sean sospechosos de complicidad con el terrorismo, lo cual es un calco del “Acta Patriótica” de Bush sólo que en versión de izquierda.
Esta disputa obedece además a la separación cada vez más evidente entre dos países antaño hermanos y que hoy se distancian y bifurcan ofendidos. Una separación que es política pero también económica: estatista e indigenista uno; liberal y occidentalizado otro.
Que la satisfacción por escuchar en boca de un Presidente algunas cosas sobre la que siempre hemos abogado, no nos cieguen respecto a otras.

Publicada en La Tercera el 3 de junio de 2009

3-0

Para Bolivia el resultado de la demanda peruana ante La Haya es anecdótico. Sea quien sea el beneficiado, ocurra lo que ocurra sobre la jurisdicción del tribunal o el cumplimiento del fallo, Perú habrá conseguido un notable triunfo político y su diplomacia celebrará la cristalización de un escenario que preparó hace mucho para dejar demostrado lo que todos, incluido ellos, niegan públicamente: no habrá solución al diferendo entre los tres países en tanto no haya un acuerdo que abarque a todos ellos.
El impasse reitera otro dato: cada vez que la relación entre Chile y Bolivia se ha estrechado o ha mejorado, Perú se ha distanciado de Chile. Es que Perú no renunciará a reivindicar su derecho sobre espacios que aún considera suyos, lo cual también significa que jamás permitirá que se ceda una franja territorial a Bolivia (si es que al gobierno de Chile se le ocurre hacerlo, lo cual también es improbable).
De ahí que sin mirar el problema integralmente, difícilmente se resolverá esta ecuación de tres incógnitas. Lo cual no es nada nuevo ni nada que no hayan dicho antes quienes entendemos que el sur del Perú, el norte de Chile y la zona andina boliviana son un triángulo indisoluble, no sólo con un pasado cultural común sino con un futuro económico determinante para los tres países.


Para los bolivianos, esta vez el tema estalla en medio de la conmemoración de los 130 años de la Guerra del Pacífico, lo que obligó a Evo Morales a explicitar que la demanda del Perú perjudica “una salida al mar”, refiriéndose al corredor por Arica que —de Pinochet a esta parte—, fue lo más cerca que estuvieron ambos países de resolver su diferendo y que fracasó por la oposición peruana.
Después de ese famoso “abrazo de Charaña” (1-0), otro momento histórico que vale la pena recordar son las negociaciones para vender gas boliviano a Chile durante los gobiernos de Ricardo Lagos y Gonzalo Sánchez de Lozada, las que fueron sistemáticamente boicoteadas por Perú que ofreció proyectos más atractivos pero imposibles de cumplir, e incluso colaboró —según dice una leyenda negra que nadie ha confirmado fehacientemente— en las movilizaciones que derrocaron al boliviano (2-0). Y ahora el tema de los límites marítimos. Una vez y alguien puede pensar en la casualidad, pero cuando ocurre por tercera vez, hacerlo es ingenuo.
Sin caer en eso de la sabiduría de las indicaciones, los espacios jurídicamente consolidados o la intangibilidad de los acuerdos (para usar el léxico oscuro de los diplomáticos), es riesgoso entender la política exterior de esa manera. Cuando se desatan estas escaladas no se pueden prever las reacciones sociales, sobre todo cuando se desatan pasiones nacionalistas. La esquizofrenia de darse la mano y mostrarse los dientes está bien para los diplomáticos curtidos, pero no para los sectores más retrógrados y xenófobos que son mucho más primarios y que, lamentablemente, también presenciarán el partido de fútbol del próximo domingo.
Incluso los políticos en escenarios como éste se ponen nerviosos y suelen decir más de lo que quisieran. Por ejemplo, Morales insinuando que si la solución por Arica no fructifica (y no lo hizo), hay otras; o el Canciller peruano precisando que si la frontera marítima se llegara a modificar, el acceso al mar que se le podría dar a los bolivianos sería “por otro lado”.
De forma que volvemos al principio, pase lo que pase con la demanda peruana y que hoy es de tanta importancia para Chile y Perú, en el caso boliviano apenas es otro gol en contra.

(Publicado en La Tercera en marzo de 2009)

Cuestión de peso

Evo Morales tuvo razón en una sola cosa esta semana: Alan García tiene varios kilos de más. Pero hay cosas que no se dicen, y menos cuando Perú es la estrella del momento y todos festejan sus éxitos.
Todo lo demás (sus referencias al antiimperialismo, sus críticas a los TLC peruanos, etc. etc.), parecen obra más de la desesperación que del frío cálculo político.
Quizá la complejidad de la situación interna (tres referéndum adversos y uno para agosto en el que se discutirá su mandato, la pérdida de control sobre parte del territorio, entre otras muchas cosas), ocasionan que el gobierno boliviano busque aire fuera del país, sea enfrentándose estética e ideológicamente con Alan García, sea reafirmándose en aquel lugar en el que se siente más cómodo: antiimperialista y seguidor de Hugo Chávez.
En esta búsqueda de aire político, no se debe olvidar que hace unos días Bolivia intentó “multilateralizar” la disputa que tiene con Chile en la OEA, situación que se sorteó en silencio. Convengamos que en otras circunstancias ese hubiera sido un escándalo político de altísimo nivel pero pasó desapercibido porque ambas cancillerías caminan despacio y de puntitas.
Pero la pregunta queda picando: ¿se trata de desorientación momentánea o cambiará su política internacional para tener mayor espacio interno? El tiemse tirano, lo dirá.


Coordinador del observatorio de política regional de Chile 21

Déjà Vu

Qué duda cabe, una de las mejores cancillerías del continente es la peruana. Si no fijémonos en los últimos acontecimientos.
Sólo días después de que se reunieran en La Paz los vicecancilleres de Chile y Bolivia para tratar en forma confidencial el problema marítimo (como parte de la agenda bilateral que tienen ambos países), el canciller peruano, José Antonio García Belaúnde, reaccionó y frenó en seco este acercamiento declarando a una oficialista e ignota agencia de prensa que es "bienvenida" la posibilidad de que Chile ceda a Bolivia un territorio de "soberanía compartida" con Perú; en Arica para más datos.
Nadie se lo había preguntado, no era una noticia en la agenda ni en los medios de ninguno de los tres países, pero -por si acaso- decidió advertir a sus homólogos de Chile y Bolivia.
¿Qué significan estas declaraciones en lenguaje no diplomático? Patear el tablero que estaban construyendo trabajosamente chilenos y bolivianos para decir claramente que sobre el mar no se discute sin la participación del Perú.
Lo mismo ocurrió en la década del ‘70 cuando Bolivia y Chile estuvieron más cerca que nunca de arreglar sus históricos problemas (¿se acuerda del "abrazo de Charaña" entre Banzer y Pinochet?). En ese entonces, ante la propuesta de cesión a Bolivia de una franja territorial, el Perú planteo que era mejor convertir Arica en un espacio de soberanía trinacional, lo cual era inadmisible para Chile y Bolivia. Inmediatamente después vino la ruptura y el distanciamiento entre ambos países, que no se recompuso en décadas.
No hay espacio en esta columna para contar episodios como éste que han tachonado nuestra historia compartida, pero sí para esbozar una regla general: En la medida en que Bolivia y Chile se acercan (sea por temas económicos, sea por el mar), Perú activa todo su aparato diplomático y político, recuerda viejas rivalidades y logra en pocos días que Chile reconsidere sus intenciones. Esa regla fue coronada tiempo atrás con una sutileza que alejó definitivamente cualquier posibilidad de salida al mar para Bolivia a través de la frontera norte chilena: Sacó a la luz la ya famosa disputa sobre límites marítimos.
Por eso, al leer las noticias, se siente una profunda sensación de Déjà Vu (y de desasosiego). Lo único que parecería haber cambiado en estos meses es que arrecia la crisis energética y que Bolivia (si dejara de lado sus anteojeras ideológicas) podría jugar un papel determinante en la región en el corto plazo. O quizá no, y eso también estuvo previsto en las declaraciones de Belaúnde.
Ahora bien, en algo tiene razón Perú. Mientras no se "trilateralice" la discusión sobre el tema marítimo, no se avanzará un milímetro. La bilateralidad que plantea la cancillera chilena y más recientemente el gobierno de Evo Morales, parecería conducir al mismo callejón sin salida de siempre.
Mientras tanto, cierto que se puede profundizar la integración comercial o energética, pero no mucho más. Si Bolivia y Chile quieren hablar del mar deben invitar a la mesa a otro comensal, no sólo porque así lo dicen los tratados sino porque así lo dicta el pragmatismo político.
Por lo menos si se quiere hablar seriamente y evitar que nuestras respectivas cancillerías se sigan mandando recados por el periódico.

Humala y Evo: Nombres inolvidables y distintos

¿Será similar la oposición de Ollanta Humala a la que hizo Evo Morales en su momento? Difícil preverlo, pero nadie descarta un escenario agorero como ese, respaldados en el triunfo del peruano en primera vuelta, su juventud (43), un partido en formación y un respaldo contundente en las zonas más deprimidas del Perú. Ahora bien, como se ha escrito bastante sobre las coincidencias entre ambos políticos, centrémonos más bien en sus diferencias.
Paradójicamente, la intervención extranjera jugó distinto para Morales el 2002 que para Humala el 2006. El boliviano recibió un espaldarazo impensado de los EEUU cuando su embajador llamó a no votar por él. En el caso de Humala la presencia de Chávez lo perjudicó ostensiblemente y si la ficción es lícita en este análisis, hasta podría haberle costado la victoria.
El movimiento cocalero del que se nutrió Morales en sus inicios se origina en mineros despedidos que se trasladaron al trópico llevando consigo sus formas de organización (el sindicato, la asamblea, etc.) las que se amalgamaron con estructuras tradicionales andinas. A su vez, esos mineros devenidos cocaleros son los que conjugaron su marxismo iniciático con el indigenismo; así, el desprecio ideológico que sentían hacia los campesinos se convirtió en admiración y luego simbiosis.
En el caso de Humala, al margen de juicios morales, el etnocacerismo de sus orígenes es principalmente una postura intelectual antes que un movimiento con raigambre popular, algo similar a lo que fue en su momento el famoso sendero que había que recorrer para iluminarse; por eso quizá la moderación de Humala en las últimas semanas (incluso renegó de la xenofobia y sexismo de su familia), y lo difícil que es definirlo ideológicamente sin utilizar clichés de moda como populismo. Por ello, a simple vista parecería no tener un proyecto hegemónico de largo plazo.
Además, si bien ambos representan geográfica y étnicamente sectores aymaras y quechuas, el occidente, donde se concentra la fortaleza de Morales, es desde 1899 el eje económico y político de Bolivia, de forma que la clase media emergente no indígena ubicada en Santa Cruz es la más rebelde contra el centralismo occidental. En el Perú el Estado se estructura alrededor de Lima y la costa del Pacífico, precisamente los únicos lugares donde Humala fue derrotado. En ambos países la relación entre el centro y la periferia es distinta.
Finalmente, un dirigente sindical y un militar, aunque ambos tengan liderazgos mesiánicos, ostentan formaciones distintas: horizontal y deliberativa en un caso, vertical y autoritaria en el otro. El surgimiento de Humala se parece más al que tuvo Fujimori o Toledo en su momento, movimientos explosivos de duración variable, sin proyección política y destino imprevisible.
Sin embargo, estas son puras especulaciones. Los individuos cumplen en la historia papeles que ni ellos mismos imaginan. Lo que ocurra en el Perú dependerá mucho de lo que hagan Alan García y el propio Humala, de sus decisiones y sabiduría y, por supuesto, del entorno económico e internacional de los próximos años. O, lo que es lo mismo pero no es igual, de la capacidad que tengan nuestras sociedades para entender que generación de riqueza no es igual a expoliación y que sin inclusión económica y social posiblemente el destino de buena parte de Latinoamérica será más africano que asiático.

¿El fin de un sueño integrador?

El enfrentamiento entre Venezuela y Colombia y las declaraciones de grueso calibre vertidas entre autoridades bolivianas y peruanas parecería señalar el fin de uno de los acuerdos de integración más antiguos del continente: la Comunidad Andina de Naciones (CAN) de la que forman parte Ecuador, Perú, Colombia, Bolivia y Venezuela (Chile se retiró en 1976). Ahora bien, se sabe como comienzan estas cosas pero nunca cómo terminan, y quizá la sangre no llegue al río.

Todo comenzó hace unos días cuando Venezuela y Bolivia alzaron el grito al cielo en oposición a los Tratados de Libre Comercio que firmaron Colombia y Perú con los EEUU. Hugo Chávez sostiene que si se suspenden esos TLC revisará su decisión de abandonar la CAN, pero es poco probable que Colombia o Perú cambien de opinión, o Ecuador, que también ha dicho que firmará un Tratado con los norteamericanos en los próximos meses.

Bolivia en esto (como en muchas otras cosas) sigue a Venezuela estrechamente, no sólo en acciones sino en discursos: lo que afirma Chávez en "Aló Presidente" es lo mismo que Morales se esfuerza en decir a los bolivianos en sus intervenciones públicas, como lo demostraron ambos la semana pasada a raíz de este episodio.

Para Chávez los problemas que tuvo el ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) significaron un cambio en la estrategia norteamericana que ahora propugna TLC bilaterales (como el firmado por Chile) en lugar de un acuerdo global. Las disputas entre Venezuela y los EEUU son harto conocidas, a ellas hay que sumarles los menos mediáticos encontronazos entre Morales y el país el Norte por el tema de la coca y el retiro de visas a funcionarios de su gobierno.

Pero el enojo de Morales no sólo se debe a razones ideológicas, sino porque Bolivia es, junto a Venezuela, el país más afectado por el TLC colombiano ya que significará que pierda a su principal comprador de soya (100 millones de dólares anuales); además se trata de un producto que es una de las principales exportaciones del díscolo departamento de Santa Cruz con el que viene enfrentado desde el inicio de su gobierno.

Sin embargo, la apuesta de Morales es arriesgada porque el comercio de Bolivia con todo los países de la CAN representa la nada despreciable cifra de 450 millones de dólares que, para una economía de las dimensiones de la boliviana, es significativa. Ya los exportadores bolivianos han afirmado que sería una locura perder este mercado, como está ocurriendo con el norteamericano si Bolivia no renueva al ATPDEA (un acuerdo excepcional de libre comercio que favorece a países productores de droga); en su reemplazo Morales está embarcado en la búsqueda de un "Tratado de Comercio entre los Pueblos", similar a la "Diplomacia de los Pueblos" que quiere ejercitar con Chile.

Finalmente, Venezuela busca trasladar al MERCOSUR toda la discusión de integración comercial, y Bolivia plantea realizar una simbiosis entre éste, la CAN y la Comunidad Sudamericana de Naciones.

Pero el MERCOSUR que miran Chávez y Morales tampoco está en su mejor momento, son muy fuertes los desacuerdos entre Argentina y Uruguay a raíz de la construcción de papeleras así como las disputas comerciales entre Brasil y Argentina. Lo cual augura que cuando Venezuela ingrese de forma plena habrá más de un problema, ya que no sólo tiene fuentes energéticas sino que está dispuesto a insertarlo en una feroz discusión ideológica y a poner sobre sus hombros a países más chicos que forman parte del acuerdo como el propio Uruguay, Paraguay y, cómo no, Bolivia.

Se trata pues de un "chenko" total (como dicen los andinos cuando las cosas están muy enrevesadas), y una pequeñísima muestra del panorama que enfrenta la integración regional, a la que Chile quiere mirar con especial atención en los próximos años, precisamente el país que apostó a los TLC individuales con mayor éxito y en los que basa su modelo exportador.

¿Puede resurgir una alianza perú-boliviana contra Chile?

Si algo caracteriza la situación política en el Perú después de las elecciones del domingo pasado son las sensaciones (y en el mundo de la política y la economía éstas son tan importantes como los datos): Crecimiento sostenido y ánimo victorioso por parte de Ollanta Humala; depresión y derrota en la campaña de Lourdes Flores (llegó a tener el 40% de la intención de voto y hoy disputa el segundo lugar sin pena ni gloria); finalmente, sobrevivencia política para Alan García, con la segunda bancada parlamentaria y aún posibilidades estadísticas de seguir en la competición.
Sin embargo, ahora hay que barajar y dar de nuevo: Observar si el establishment y los partidos ?sistémicos? se alinean tras una sola candidata o candidato, si los sectores rurales y marginados repiensan sus opciones por el ex militar ahora que es en serio, y si éste es tan inmune a las balas de la guerra sucia como parece.
Sin embargo, de la infinidad de conclusiones que se pueden sacar de este proceso en desarrollo, rescatemos las similitudes que hay entre lo ocurrido en Bolivia en diciembre pasado cuando ganó Evo Morales y el proceso político peruano.
Es que hoy, muchos años después parecería renacer la pesadilla que dejó sin dormir a muchos militares chilenos hace unas décadas: La posibilidad de que se selle una alianza militar entre Perú y Bolivia si Humala gana las elecciones.
Sin embargo, la situación está muy lejos de un escenario como el que se vivía en los ?70 (cuando se incluía a la Argentina en ese triángulo), no sólo porque Chile ha dado un salto económico y militar sin precedentes, sino porque pensar en una internacional de izquierda donde participarían estos países es insostenible desde cualquier perspectiva. Convengamos que las diferencias entre un indigenista de matriz marxista como Evo Morales y un militar anticomunista como Humala son mayores que sus coincidencias.
Sin embargo, existen elementos comunes que vale la pena enumerar.
Ambos líderes han participado en procesos electorales y los han ganado, respetando las reglas de juego democrático; creen que debería haber una mayor participación del Estado en la economía; y buscan el control más estricto de las empresas privatizadas e incluso su reversión a manos estatales.
Además, los dos tienen aspiraciones refundacionales y cierto sentido mesiánico de la política, en ese entendido se comprometieron a realizar sendas Asambleas Constituyentes (en Bolivia su convocatoria está en pleno proceso, mientras que en Perú será un hecho si Humala gana las elecciones).
Pero al margen de todo esto hay un elemento central que no debería ser subestimado: Tanto Bolivia como Perú son países sociológicamente de izquierda y culturalmente antichilenos, eso sí cada uno a su manera (y en este matiz está el secreto de la comprensión del fenómeno).
Si hay políticas de Estado que difieren en el caso de Bolivia y Perú, éstas se refieren a Chile; se dirá que en ambos países prima la política interna por sobre las relaciones internacionales o que cada gobierno tiene una postura diferente según sean las circunstancias, pero si se miran las cosas en profundidad, en lo que respecta a Chile las posiciones de los dos países no han variado un ápice.
En el caso de Bolivia una salida libre, soberana y útil al mar (de forma histérica durante el gobierno de Carlos Mesa, más neurótica en el de Morales); y, en el caso del Perú, con sentido casi elíptico: las críticas a una supuesta carrera armamentista o la revisión de límites marítimos significan más bien aspiraciones sobre la región del Tarapacá y negativa a perder una de sus fronteras en caso de que prospere la cesión de una franja territorial en Arica.
Si en política existieran las matemáticas el teorema sería más o menos el siguiente: el antichilenismo peruano será inversamente proporcional al grado de amistad que surja entre La Moneda y el Palacio Quemado.
Es que al margen de los lazos culturales e históricos sobre los que coexisten Bolivia y Perú incluso antes de la independencia, de por medio hay un mar de diferencias (y no sólo en sentido figurado). Lo que significa que las relaciones entre las tres naciones tienen menos que ver con anécdotas de política interna (unos miles de chilenos gritando mar para Bolivia, un canciller altiplánico que cree que la coca debe suplantar a la leche, o el nombre del futuro Presidente del Perú), y mucho más con temas de Estado y factores estratégicos para el siglo XXI (precisamente los que hoy dividen al mundo): agua, energía, inversión extranjera e inmigración. Nada más alejado a la Confederación del siglo XIX, pero un desafío de similares proporciones.

La guerra más trágica

El 23 de marzo Bolivia conmemora la guerra más trágica de la que fue protagonista (aunque no la más cruenta ni sanguinaria: faltaría un siglo todavía para eso, y sería con Paraguay, en el Chaco). Pero la de 1879 fue la más importante porque ocasionó no sólo pérdidas territoriales sino su enclaustramiento marítimo, lo que derivó en una transformación cultural profunda que afecta aún hoy la idiosincrasia de nosotros, los bolivianos.
Es un día también en el que se recuerdan frases heroicas (frases que uno nunca sabrá si realmente fueron pronunciadas, pero que son parte de nuestra mitología). Se dice que cuando las tropas chilenas solicitaron la rendición del máximo héroe boliviano, Eduardo Abaroa (pariente lejano de los Luksic), recibieron esta respuesta: "¿Rendirme yo? ¡Que se rinda su abuela, carajo!". Menos sonora que la de Arturo Prat pero igual de trágica.
No hay grandeza en las guerras (o ésta se camufla cobardemente en el nacionalismo o la literatura). Las guerras significan dolor y muerte, y dejan heridas difíciles de restañar sin ingentes dosis de valentía, pérdidas económicas, realismo político y visión de largo plazo. Los bolivianos y chilenos 127 años después aún no han encontrado los hombres y mujeres dispuestos a hacer esos sacrificios.
Sin embargo, hoy existen en ambos países políticos esperanzados que piensan que ha llegado el momento, y es que la diplomacia entre Chile y Bolivia tiene algo de arte, otro poco de incertidumbre y mucho de ciencia ficción. Hace un tiempo muchos pensaban que Carlos Mesa era el intelectual capaz de entender el problema, pero pocos se imaginaron que terminaría pateando el tablero y promoviendo un plebiscito (lamentablemente vinculante) en el cual se aprobó la política de "gas por mar". A la inversa, ¿quién hubiera creído en ese entonces que el mayor acercamiento entre ambos gobiernos -desde el "abrazo de Charaña" entre Hugo Banzer y Augusto Pinochet- lo iba a protagonizar un ex dirigente sindical que sacó de la manga sutilezas de político florentino?
Entre esas sutilezas hay que contabilizar la declaración emitida ayer en la que no se plantea ninguna modificación trascendente a la postura tradicional boliviana (salida útil y soberana al mar antes de la reanudación de relaciones diplomáticas), pero donde se propone un nuevo tratado internacional para mantener intacto el de 1904.
Y para complicar más el panorama, aún falta conocer cuáles serán las argucias que esgrimirá Perú (una vez que termine su campaña electoral), un país muy cercano a Bolivia pero que nunca estuvo interesado en que haya un acercamiento real entre chilenos y bolivianos.
Hoy, 23 de marzo del 2006, La Paz no tendrá el tradicional desfile cívico militar al que íbamos los estudiantes bolivianos, cuando creíamos -ingenuos- que existían buenos y malos en la historia, hoy en cambio habrá manifestaciones multitudinarias, fanfarria popular, transmisión en vivo por TV y discursos conciliadores... pero también helados, como entonces, y la enorme felicidad de ver a hermosas y morenas "guaripoleras" haciendo piruetas ante el público. El mar, como el gas, es y seguirá siendo parte indisoluble de la cultura y la política interna boliviana, y lo será también de la de Chile y Perú cuando se discuta el tema seriamente entre los tres países.

El renacimiento de la Confederación

Si hay un prócer al que admira el presidente Carlos Mesa es Andrés de Santa Cruz, a quien considera el presidente más importante de la historia de Bolivia. No sólo porque consolidó un Estado naciente y promovió la legislación más importante de su época, sino porque creó la Confederación Perú-Boliviana (1835-1839), la que Diego Portales consideraba una seria amenaza para Chile: ?La confederación debe desaparecer por siempre jamás del escenario de América?, escribió en ese entonces.

Deja Vu

En ese sentido, los acuerdos a los que arribaron Alejandro Toledo y Carlos Mesa tienen también algo de deja vu: no sólo porque 12 años antes Alberto Fujimori y Jaime Paz Zamora se mojaron los pies en el Pacífico de igual forma y en el mismo lugar (en Boliviamar), sin que hubiera un impacto trascendental en ambas economías (nadie invirtió en un puerto o en infraestructura turística, eso sí, se concluyó una carretera que vincula a ambos países); sino porque se percibe en Mesa cierto deseo inconsciente de identificarse con ese Santa Cruz al que admira, de continuar una obra inconclusa y convertir las complementariedades geográficas, culturales y raciales, en acuerdos políticos y jurídicos, precisamente las que Portales preveía y temía.
La Confederación al igual que la gran Colombia bolivariana, otro intento integrador que terminó frustrado, han sido desempolvados, en un caso sustentada en el gas y en el otro en el petróleo venezolano, ambos recursos estratégicos de este siglo por dos Presidentes ampliamente populares.

Retórica

Pero el acuerdo arribado entre ambos gobiernos ha sido blanco de críticas en varios sentidos. Eduardo Pérez, uno de los más influyentes periodistas bolivianos y un gran defensor de Carlos Mesa afirmó que ?el Presidente Carlos Mesa ayer en Lima hizo lo que pudo; pero pudo muy poco. Chile? ofrecía bastante más que el Perú?.
En ese país varios comentaristas influyentes cuestionaron la decisión de Toledo porque piensan que podría tratarse de una artimaña para mejorar su popularidad. Los periódicos peruanos haban de ?despliegue mediático bilateral?; La República dice que ?Perú estaría ingresando a la lógica diplomática de Bolivia?.
Tantas fueron las críticas que el canciller boliviano, Juan Ignacio Siles, tuvo que decir que ?no se trataba de un juego? y que realmente se iba a exportar gas por Perú. La emergencia también ocasionó la formación casi de inmediato una comisión entre ambos países que se reunirá para tratar de poner sustancia al acuerdo, de forma que hasta finales de año exista una propuesta técnica que justifique el despliegue político y mediático realizado (Mesa viajó con 47 periodistas a su encuentro, lo que no es muy común en Bolivia; y la televisión peruana transmitió en vivo el encuentro).

El gran ausente

De cualquier forma, haya más o menos retórica, el gran ausente de esta discusión han sido las empresas petroleras que en definitiva serán las que hagan las millonarias inversiones que se necesitan para llevar adelante la exportación de gas. Ya Repsol, el líder de Pacific LNG (el consorcio que exportaría el hidrocarburo a México y EEUU), ha mostrado su preocupación por la decisión del gobierno boliviano, porque preferirían exportar por un puerto chileno.
Las preguntas que se hacen los privados siguen siendo las mismas: cuál será la relación entre las empresas petroleras y el gobierno después de una ley de hidrocarburos que no es muy explícita sobre la situación futura de los contratos entre el Estado y las empresas (que serán revisados a través de un futuro reglamento); o cuánto será finalmente el incremento impositivo que modificará una situación que antaño les era ampliamente favorable.
Tampoco está claro quién financiará la diferencia que costará exportar por Perú en relación a Chile. Y, lo más difícil, el gobierno boliviano debe demostrar ante sus pares, empresarios y opinión pública internacional que esto no es una manera de presionar a Chile sino una decisión de política económica, y que no habrá competencia entre Camisea (en Perú, que comenzó a bombear esta semana) y Tarija (Bolivia), proyecto que está retrasado en cuatro años en relación a la primera.
Pero Mesa no se rinde fácilmente y ha sorteado peores obstáculos. Por lo pronto el plan boliviano es abastecer de gas al Mercosur: ?Casi 20 millones (de metros cúbicos) de exportación a Brasil, 20 a Argentina y eventualmente entre 10 y 20 a México?, según el vicecanciller boliviano. También se baraja ?enviar gas a Uruguay y Paraguay?. El gran ausente, en cualquier caso, es Chile.