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Chile y Bolivia: volvimos a la normalidad

Por Sergio Molina Monasterios*

Si vemos la historia larga de la relación bilateral entre Chile Y Bolivia (y de confirmarse lo que parece un hecho), se podría afirmar que hemos vuelto a la normalidad, que estos años de acercamiento entre Evo Morales y tres presidentes chilenos no fueron más que una paréntesis en una relación siempre tensa y distante que obedece a lógicas diferentes e incomprendidas.
Con excepción de algunos guiños y acercamientos, como en el interregno de Pinochet y Banzer (y ahora, durante éste periodo que los historiadores bautizarán de alguna manera), en el último medio siglo estuvieron ausentes las relaciones diplomáticas entre ambos países, se llevaron hasta el paroxismo sus diferencias y, al mismo tiempo, se profundizó en una forma sin precedentes la distancia (existente desde siempre) tanto en lo económico como en lo institucional.
Volver a la normalidad, entonces, implica que Bolivia retomará los escenarios internacionales (que son muchos y variados a lo largo del año), para reclamar un acceso útil, libre y soberano al mar con argumentaciones diversas, sean económicas, culturales o políticas; frente a lo cual Chile pedirá la palabra inmediatamente después para decir que no existen problemas limítrofes pendientes, que hay plenas garantías de acceso marítimo para Bolivia a través de territorio y puertos chilenos y que se trata de un asunto bilateral (un discurso que saben como si fuera un mantra todos los diplomáticos a ambos lados de la frontera).
¿Existe alguna diferencia hoy en relación lo que fue la norma antaño? ¿Hay un caso jurídico para presentar ante tribunales internacionales? Sobre el tema se discutirá largamente en los próximos meses y conoceremos opiniones muy distintas según cuál sea el país de donde provengan. Por mi parte, siempre tuve la certeza de que no hay nada más subjetivo y político que el derecho.

La lógica de Morales

No debe olvidarse que Morales actúo con una lógica sindical (él es un sindicalista): puso un ultimátum (el 23 de marzo) y, al no recibir una respuesta afirmativa, impuso una medida de fuerza (multilateralizar el tema). Ahora bien, la lógica sindical no es igual a la política, ni que decir con la diplomática: las relaciones internacionales tienen sus tiempos, sus códigos, sus formas. En el peor de los casos, podría haber hecho lo mismo pero con la solemnidad y el respeto que ameritaba (a l fin y al cabo somos y seguiremos siendo vecinos); en cualquier caso, no en un discurso en una plaza pública.
Lo cual lleva a otra conclusión relevante, Morales actuó con la cabeza caliente, ensoberbecido al calor de la multitud y de la fecha: era 23 de marzo y todos los 23 de marzo los bolivianos nos ponemos sentimentales y hasta nos deprimimos. No hay otra explicación para las contradicciones flagrantes entre las declaraciones vertidas horas antes y el discurso mismo; amén de las entrevistas y las columnas que llamaba a la calma y que plagaron los medios de ambos países en estos días, mostrando una ofensiva diplomática en esa dirección.
¿Fue una decisión consensuada en Bolivia? Buena parte del Gobierno y la Cancillería no tuvieron un papel relevante, y ni hablar de la oposición que nunca fue tomada en cuenta. Morales conduce la política exterior junto a algunos de sus asesores más estrechos, lo cual fue evidente, por ejemplo, con las desinteligencias sobre el destino del Cónsul boliviano en Chile o con el nombramiento del nuevo Vicecanciller, y por supuesto, ahora.
¿Fue la utilización de la política externa en asuntos internos? Ni duda cabe. Morales atraviesa su año más difícil y no encuentra la forma de revertir el descontento que generan algunas de sus medidas recientes, sobre todo en el ámbito económico que es donde se cuecen las habas más tiernas. El nacionalismo antichileno siempre ha sido una fórmula exitosa en Bolivia, ¿por qué no ahora? (Eso sí, en descargo de Morales convengamos que no hay gobierno en el mundo que no lo haga. Pensar que la diplomacia no tiene que ver con la política cotidiana es de una ingenuidad extrema).
En Chile por otra parte, parece una profecía autocumplida. En los últimos años los sectores más reacios a un entendimiento con Bolivia (que son transversales y no responden a un solo color político) constantemente advirtieron que el acercamiento no conduciría a ninguna parte. Seguramente hoy celebran haber sido tan certeros.

Perú, el otro interesado

Lo que es una extraña coincidencia si tenemos en cuenta al otro país interesado en este tema: Perú. Porque convengamos que si hubo festejos ayer fue en Torre Tagle. Nuevamente más interrogantes: ¿cómo se comportarán Perú y Bolivia en el futuro? ¿Qué grado de coordinación o de distanciamiento tendrán ambos países? ¿Cómo actuará el nuevo Presidente peruano (y quién será éste, luego de una elección cada vez más complicada)?
Finalmente, la pregunta más difícil de todas: ¿qué nos queda?
En mi opinión, trabajar incansablemente para que el diálogo no se rompa, para que vuelvan las aguas a su cauce y para que prime la racionalidad. Insistir en que se busquen los consensos y no las diferencias. En definitiva, tratar de recuperar la confianza que se había conseguido hasta ahora.
Sobre todo, evitar el chauvinismo y aquietar las pasiones nacionalistas que tan rápidamente inflaman el alma de ambos pueblos. Ojalá los políticos que nos gobiernan en ambos lados de la frontera tengan la prestancia para evitar los excesos.
Ya habrá en el futuro quienes asuman el desafío de resolver este diferendo y que apuesten por soluciones imaginativas que, sin satisfacer plenamente a ninguno de los dos países, permitan una reconciliación y un reencuentro que hoy parece tan distante.

*Analista político boliviano-chileno

La carrera de la seducción

Las repercusiones del rescate de la mina San José son difíciles de dimensionar pero muchos creen que serán de tal magnitud que darán para todo. Algo de eso debe de haber percibido Evo Morales (viejo lobo de mar) en su visita relámpago a Chile, la cual obedece al azar del accidente pero también al frío cálculo político.

Sobre esa coincidencia ya habrá tiempo para escribir: un minero boliviano en una faena en el norte, viviendo en el barrio más pobre de Copiapó en condiciones deplorables, en una constatación más de las inextricables relaciones que hay entre ambos países, pero también como augurio del futuro (ese futuro que, como decía el filósofo, es pura posibilidad).

Si no es difícil interpretar las razones de Morales, tampoco lo es entender la entrevista concedida por el Cónsul de Bolivia en Chile, en la que insinúa que las relaciones con Piñera son incluso mejores que las que se tenía con Bachelet, algo que era impensable meses atrás. No parece, sin embargo, una afirmación tan arriesgada: la sintonía entre ambos mandatarios por lo menos públicamente, es evidente.

Ahora bien, si el vínculo entre Chile y Bolivia ya no es noticia, Perú, el otro actor de la discordia, se muestra hoy dispuesto a reordenar las relaciones bilaterales dando una serie de señales potentes de acercamiento a Bolivia: ambos mandatarios se reunirán próximamente para retomar el acuerdo por el cual se creó una zona de libre comercio, Lima deportó a dos políticos buscados por la justicia boliviana y una larga lista menos conocida.

Todo lo cual, sin embargo, no disimula que entre García y Morales no hay acuerdo posible. Veamos sino en estos mismos días de distensión, el enfrentamiento que se produjo a raíz de la opinión que tienen ambos sobre Vargas Llosa (¡qué paradoja ésta, mientras sus vecinos se llenan de gloria: la hazaña minera chilena, el premio Nobel de literatura peruano, Bolivia, en cambio, es noticia internacional por un rodillazo en el bajo vientre!).

Si estas notas pudieran resumirse en una metáfora, sería más bien la de una especie de carrera entre Chile y Perú por seducir a Bolivia ex ante La Haya, y ahí, sin duda, el primero correría con ventaja: está claro que para Morales es mejor un liberal de toda la vida que un ex izquierdista converso. Pero si en época de cortejo la química es suficiente, más adelante, la futura pareja tendría que asumir en carne propia el peso de la historia: que el Silala o el Lauca son un dolor de cabeza, que un romance de pocos años no puede compararse con toda una vida en pareja o que la negociación marítima en algún momento deberá transparentarse.

Sólo entonces veríamos si el acercamiento que hay entre Chile y Bolivia es estructuralmente distinto a otros o si seguimos donde siempre. Por eso, poner las cartas sobre la mesa podría ayudar a que no haya otro quiebre como antaño, que a veces un colorado es mejor que cien amarillos, como el que protagonizó Carlos Mamani diciéndole a Evo Morales que se sentía orgulloso de ser boliviano pero que quería quedarse a trabajar en Chile, representando sin querer a millones de inmigrantes orgullosos de su nacionalidad pero también deseosos de oportunidades que sus propios países les niegan.

Publicado en La Tercera el 16 de octubre de 2010

La cola del diablo

La sabrosa entrevista que La Tercera hizo al Presidente del Perú hace unos días llega en un buen momento desde el punto de vista periodístico pero en uno muy malo desde la perspectiva política, por lo menos para algunos de los países involucrados en la Cumbre de UNASUR que se inaugura hoy. Lo cual lleva a preguntarse seriamente cuáles son las verdaderas razones que tienen los presidentes cuando deciden dar este tipo de declaraciones (que ingenuidades a ese nivel no existen).

Porque, entre otras cosas, Alan García dice que Evo Morales es obsecuente con Chile; que pelea con Lima porque no puede hacerlo con Santiago; que es un incontinente verbal; y, lo más importante, como al pasar, deja sugerida la posibilidad de que hay un acuerdo secreto entre Bolivia y Chile por el tema marítimo.

La sutileza aquí (viejo lobo de mar) está en sugerir que Bolivia y Chile tienen todo el derecho a tener un acuerdo inexistente porque, concediendo eso, no necesita profundizar en la sustancia de un asunto, que todos, incluido él, saben que no sólo es improbable sino políticamente inviable en plena campaña electoral tanto en Chile como en Bolivia. Pero al insinuarlo golpea la médula de lo que ha sido la política exterior de Morales y de lo que es el centro de su estrategia política: la diplomacia de los pueblos por un lado, y la transparencia y la rendición de cuentas a los movimientos sociales por el otro. Sobre todo en temas tan espinosos como éste, el más espinoso de todos. Quizá por eso Morales, más rápido que pronto salió a desmentir cualquier negociación secreta y a decir que el obsecuente es el propio García que pretende distraer el debate de la instalación de bases militares en Colombia.

El duro intercambio verbal entre los tres países ocurre cuando García no las tiene todas consigo dentro de su país (aunque para los parámetros peruanos eso es muy discutible) y, sobre todo, cuando el gobierno boliviano trata de tejer las finísimas filigranas que implica la aprobación del preacuerdo al que había llegado con Chile por el uso de las aguas del Silala (otro de los conflictos históricos que separa a ambos países), y que muchos analistas consideran un experimento ante la opinión pública, para luego extenderla a temas más trascendentales, léase la negociación marítima.

Por otra parte, las palabras del presidente peruano, agregan otro ingrediente más a la ciclotímica disputa entre Lima y La Paz y que la semana pasada prometía llegar hasta el tribunal de La Haya, esta vez por la propiedad de la diablada. Polémica que se desató cuando la representante a Miss Universo de Perú exhibió un traje que, según su diseñador fue inspirado en las festividades de Puno, pero que es similar a los de Oruro o los de la fiesta de La Tirana. Fue de tal magnitud la indignación boliviana que se realizó una “Jornada de reivindicación de la diablada” con miles de bailarines en las calles, y el gobierno produjo un spot en CNN para promocionarla.

Traigo a colación este tema porque vale la pena escuchar las declaraciones de Alan García a raíz de este incidente. En ese entonces se lamentaba de que la integración latinoamericana no pasara por su mejor momento: “Si hemos visto a Francia y a Alemania unirse, olvidando millones de muertos, podemos olvidar el tema del bordado del vestido de la diablada… claro que eso exige madurez”. Unos días después leíamos lo que leímos.


(Publicado en La Tercera el 28 de agosto de 2009)

Radiografia del Preacuerdo del Silala

Por Gonzalo Mendieta y Francesco Zaratti

1. El contexto del preacuerdo

El preacuerdo sobre el uso de las aguas del Silala “no se refiere a otros temas relativos al Silala o Siloli que a cada una de las Partes interese abordar al momento de negociar el nuevo Acuerdo de largo plazo”, reza el Considerando de ese documento; o sea, no menciona ni considera los antecedentes históricos que tantas emociones levantan en los bolivianos en general y en los potosinos en particular.
En particular, el preacuerdo no trata el tema espinoso de la propiedad y el origen de las aguas que afloran en la región fronteriza, aguas que, siendo bofedales o humedales, fueron en apariencia canalizadas artificialmente y concesionadas a empresas privadas en el lado de Chile desde comienzo del siglo XX.
Mucho más prosaicamente, el preacuerdo busca solucionar, a partir del “status quo” de aguas que nacen en Bolivia y son utilizadas por empresas chilenas, una compensación por el uso, mostrando, desde ya, una contradicción que se salvaría fácilmente, si ambas partes pretendieren, además de fijar los pagos, dejar claro que acuerdan que tienen desacuerdos.
Si, como pretende Chile, las aguas constituyen un río internacional, entonces no debería negociarse compensación alguna, pues Chile tendría derecho a las aguas que naturalmente discurran hacia su territorio. Pero, si, como reivindica Bolivia, se trata de aguas nacionales, no hay por qué pedir permiso a Chile para cobrar a unos privados por el uso de aquellas, ni habría por qué poner restricciones, como hace el preacuerdo, al uso de las aguas de propiedad nacional, salvo por las que Bolivia haya fijado en su propio ordenamiento, lo que veremos luego.
Muy hábilmente, aunque sin mucho éxito, el preacuerdo soslaya esa cuestión de principio y aborda el tema de manera pragmática y realista, preludio, quién sabe, de futuros acuerdos en otros puntos de la agenda binacional. Quizás se trate, mas bien, de aquello que los manuales llaman una “microintervención” o, en castellano del día: un experimento. Probar cómo es recibida una negociación que abdica de la historia en pos de los resultados, para luego poder extender o refinar el modelo en casos más trascendentes. A nosotros se nos ocurre uno, pero no queremos sesgar la opinión del lector.
De hecho, no hay que sacar el preacuerdo del contexto de la agenda de 13 puntos, que pocos avances ha tenido hasta el presente, de modo que un acuerdo sobre el pago del uso de las aguas del Silala puede hacer olvidar sus fracasos o estancamientos, que para tantos temas de aguas involucrados, es un término afortunado.
Queda por analizar si el cálculo de promover el olvido de los magros avances de la agenda sirve en el contexto de la campaña electoral venidera y de la Constitución recién aprobada, la cual muestra, en este caso específico, limitaciones que sus creadores tal vez no habían imaginado, como analizaremos luego. Por otra parte, aunque las relaciones de amor entre el gobierno actual y Chile parecieron dejar de lado las permanentes restricciones políticas que esos asuntos han tenido en Bolivia, la historia ha vuelto a hacerse presente. “No hay que confundir la sustancia con la atmósfera”, diría Kissinger, pinchando el optimismo de quienes creen súbitamente en la magia de las cortesías diplomáticas.
Como antecedente de esta visión pragmática del problema Silala, vale recordar algunos episodios de la historia reciente. En octubre de 2002, una comisión de parlamentarios visitó los manantiales del Silala y, en esa ocasión, el vicepresidente de esa comisión, el diputado cruceño Jerjes Justiniano, afirmó: “debemos negociar con Chile cómo y bajo qué condiciones venderle agua, no discutir con ellos el derecho soberano que tenemos sobre los manantiales” (La Prensa, 21/10/2002). Integraba esa misma comisión el diputado Evo Morales, quien, de acuerdo a la versión de El Diario (11/11/2002), sostuvo textualmente “Hemos constatado que las aguas nacen en territorio nacional y no comparto la idea de realizar negociaciones bilaterales ni arbitrajes. Si los chilenos quieren agua que paguen, sino se desvía su curso”. Bueno, el cambio se ha manifestado por lo menos en lo de las negociaciones bilaterales, pero la coherencia en torno al pago no se puede negar.
La amenaza del desvío de las aguas, como medio de presión de Comité Cívico Potosinista ante la renuencia de las empresas chilenas a pagar por la totalidad de las aguas que aprovechaban, provocó la segunda censura del canciller Siles en el gobierno de Mesa, por haber puesto en guardia sobre las consecuencias de acciones unilaterales por parte de Bolivia, puesto que el gobierno chileno respaldaba la posición de las empresas que aprovechaban el agua. En la aprobación de esa censura, el entonces diputado Evo Morales tuvo una destacada actuación.
En suma, el presidente Evo Morales conoce bien el problema y tiene ideas claras de cómo solucionarlo pragmáticamente, o sea acordando un pago. Otro tema es si el pago debe ser retroactivo, como Morales afirmaba en 2002, o que se aplique un borrón y cuenta nueva, como da a entender el preacuerdo.

2. Las cláusulas críticas

El preacuerdo, en sus 17 artículos, cuida diplomáticamente el lenguaje, para evitar las susceptibilidades que justamente se han dejado de lado con ingenuidad, si se ven los clamores suscitados. Así, el Silala, río para ellos, manantial para nosotros, es definido como “un sistema hídrico” (art. 1); “que fluye superficialmente a través de la frontera” (art. 2); “volumen de agua que fluye a través de la frontera” (art. 6). De ese volumen, un porcentaje corresponde a Bolivia y es de su “libre disponibilidad” (art. 2). Además, según el art. 3, esas aguas de libre disponibilidad “podrán ser conducidas para ser aprovechadas en Chile”, a cambio de una compensación por parte de “las personas jurídicas de derecho público o privado que se constituyan en aprovechatarias (sic) de dichas aguas” (art. 3) (“Aprovechadoras” sonaba infundioso, seguramente). Luego, el art. 6 dispone que, transitoriamente, el 50% de las aguas que cruzan la frontera sea de libre disponibilidad del Estado Plurinacional.
A este punto, el avispado lector se preguntará cómo es posible ejercer la “libre disponibilidad” de las aguas que han cruzado la frontera. La respuesta la trae la madre del cordero, que está en el artículo 4. Éste limita palmariamente (aunque con esfuerzo de retórica justificativa ambientalista, a la moda) la “libre disponibilidad” del 50% de las aguas antes reconocido. El art. 4 es una obra maestra de astucia y de ingenuidad (infiera Ud. por lo que sigue, a quién corresponde cada actitud). Veamos:
Art. 4: Considerando la fragilidad del ecosistema del Silala o Siloli, por el presente Acuerdo las Partes se comprometen a mantener las condiciones actuales de caudal y calidad del agua que fluye a través de la frontera y a cuidar que cualquier obra que emprendan a futuro individual o conjuntamente no afecte dicho caudal y calidad.
La fragilidad del sistema aconsejaría fijar un caudal máximo explotable y no mantener el actual, sin que se sepa a ciencia cierta si el sistema Silala es sostenible o no. Pero no. Lo único que importa a los negociadores “aprovechatarios” es que Bolivia se obligue a renunciar al uso de las aguas del Silala, a favor de los usuarios chilenos, como lo ha hecho desde 1908. Eso sí, empezando a recibir una compensación por ese uso (¿o esa renuncia?).
En el fondo, Chile acepta que sus empresas empiecen a pagar por el agua boliviana (50% del caudal), pero a cambio de no modificar el “statu quo” del Silala y de que Bolivia se comprometa a no utilizar su propia agua. ¡Menudo negocio! Si eso no es alienar un recurso natural, hay que hacer un monumento a varios de los innombrables políticos nacionales del ayer.
Otros artículos tratan del estudio del sistema hídrico durante cuatro años, mediante un monitoreo conjunto del balance hídrico. Es decir, se comparte la información hidrológica para que Bolivia no apele a la “fragilidad” del sistema para disminuir el caudal; al contrario, pueda aportar, en el futuro, con un mayor porcentaje del caudal requerido por los “aprovechatarios”.
Finalmente, el preacuerdo no fija el precio del agua que, en ejercicio de su soberanía y libre disponibilidad, el Estado Plurinacional se obliga a dejar fluir hacia Chile. Se menciona, como referencia-techo, el precio del agua no tratada en la II región chilena. A ojo de buen cubero, si el precio fuera el mismo que exigimos hace 10 años (70 centavos de dólar por metro cúbico), a Bolivia le corresponderían menos de dos millones de dólares anuales. Sin embargo, el acuerdo en torno al precio deberá darse con los usuarios chilenos (art. 13), los cuales parecen reacios a pagar. En esa eventualidad, si bien el Gobierno de Chile declara que no se opondría a medidas coercitivas que pudiera asumir Bolivia, de acuerdo a su ordenamiento jurídico, deja el problema en el ámbito de las controversias administrativas, en conformidad a las obligaciones adquiridas por los “aprovechatarios” con el Estado boliviano. En otras palabras, después de firmado el preacuerdo, habrá que negociar, acordar y firmar un contrato con los “aprovechatarios” en el cual se especifiquen los pormenores del uso y pago de las aguas

3. Problemas constitucionales

Los autores de la Constitución, ahora vigente (la “Nueva”), no estaban –hay que decirlo– imbuidos de la mentalidad colonial española para la que la Audiencia de Charcas y la Capitanía General de Chile eran parte de un mismo territorio, que podría compartir aguas, costas o bienes. La idea que traduce la Nueva es más bien que en materia internacional –cánticos por la integración aparte– cada quien cuida lo suyo. Si se juzga por las reacciones que el preacuerdo ha generado, ése es un fiel reflejo de la convicción nacional.
Lo que no previeron los autores es que sus mandantes o contratantes tropezarían con las piedras diseñadas para espantar a los fantasmas de Aniceto Arce, de Banzer, de Charaña, de las caricaturas pintadas por la película Amargo mar hace pocas décadas.
Si hay algo que no está en disputa, es que las aguas del Silala se encuentran dentro del cinturón fronterizo de los cincuenta kilómetros. A esa faja territorial, la anterior Constitución ya le asignaba una limitación, destinada a evitar que los buenos vecinos que tenemos dejaran de serlo: Ningún extranjero podría tener derechos de propiedad o posesión sobre el suelo o subsuelo en esa faja (Art. 25 de la anterior CPE), salvo necesidad nacional declarada por ley expresa. Ocurre que en la Nueva, las previsiones se han endurecido para abarcar además un recurso estratégico: el agua. Leamos un fragmento del Art. 262 de la Nueva:
“Constituye zona de seguridad fronteriza los cincuenta kilómetros a partir de la línea de frontera. Ninguna persona extranjera, individualmente o en sociedad, podrá adquirir propiedad en este espacio, directa o indirectamente, ni poseer por ningún título, aguas, suelo ni subsuelo…”
Si las aguas del Silala fueran un río de curso internacional, estaría claro que esta previsión constitucional boliviana no serviría para nada, ni Chile estaría obligado a preguntarle a Bolivia cuánto cuestan. Si hay un preacuerdo que prevé una compensación a Bolivia es porque se tiene la duda de que las reglas de cursos de agua internacionales se apliquen al Silala. Ése es el lado positivo del preacuerdo, que reconoce un derecho boliviano. Si ése es el caso, entonces, se podría sostener, en defensa del preacuerdo, que las aguas del Silala no serán poseídas por personas extranjeras en territorio boliviano, si no fuera de él, en territorio chileno. Volviendo al sentido preventivo del Art. 262, tal arreglo sería semejante a comprometerle el suministro a Brasil de toda la producción del Mutún, lo que precisamente estas previsiones constitucionales buscan evitar, que es la presencia creciente del interés extranjero que vaya, paso a paso o al trote, comprometiendo territorio nacional. Si bien vendemos gas fronterizo a países limítrofes, una eventual exclusividad a favor de uno de ellos se asemejaría mucho a un condominio simulado sobre recursos de frontera.
No se pueden olvidar los traumas del tratado de medianería con Chile, que están ciertamente detrás de la norma constitucional del Art. 262 de la Nueva. Sería paranoico pensar que seguimos allí donde el siglo XIX nos maltrató, pero lo que no se puede negar es que esa memoria perdura en la Nueva. Se nos suele recordar con ahínco que ésta ha sido aprobada por referéndum y que, por ejemplo, por eso la fecha de las venideras elecciones no puede moverse. Nos hemos tomado en serio la prédica. Si la previsión del Art. 262 citado no impide el preacuerdo, lo roza.
Otra toma desde la Nueva es la producida por el parágrafo III del Art. 374. En éste se consagra que las aguas (“fósiles, humedales, subterráneas… y otras”) son inalienables. Como otro artículo (373, II) de la misma Nueva prohíbe la apropiación privada de los recursos hídricos, lo que con sindéresis impediría el carnaval, la ingesta de chairo y de cerveza, no hay que tomárselo muy en serio. No por eso no habrá que preguntarse si la obligación de comprometer aguas a cambio de dinero para que privados extranjeros la aprovechen no se parece a lo que quiere impedir el espíritu de la prohibición de inalienabilidad y de apropiación privada de los recursos hídricos.
El efecto más participativo de la Nueva en una contienda como la provocada por el preacuerdo del Silala es sin duda el que viene dado por el Art. 259 de la Nueva. Esta norma permite que un tratado internacional sea, como condición para su vigencia, aprobado por referéndum popular, “cuando así lo solicite el cinco por ciento de los ciudadanos registrados en el padrón electoral…”. Como estamos en cambio de padrón, no queda claro si se aplicaría el biométrico o no. No todo acuerdo entre Estados es un Tratado y discernirlo nos tomaría un libro. De todos modos, el mismo rótulo de “preacuerdo” revela que no se le quiere dar carácter de Tratado. Podrías ser por razones fundadas. Un acuerdo entre Estados puede tener carácter administrativo o de “modus vivendi” o derivar de un Tratado y no implicar previsiones que deba tratar el Legislativo. Un criterio para fijar el límite es la naturaleza de los compromisos que adquiere el Estado. Nadie ha explicado aún por qué el preacuerdo será sólo tal y si implicará, por eso, que no precisará de ratificación legislativa. Lo que sí es indisputable es que los cívicos potosinos podrían tener un poderoso instrumento en sus manos si alegasen que aunque se lo haya bautizado de otro modo, el preacuerdo se parece mucho a un “Tratado Contrato” que a un simple arreglo secundario.
Ciertas autoridades gubernamentales, con criterio válido y que podría ser objeto de legítimo debate público, sostienen, ante las demandas de consulta popular, que un referéndum o una consulta implicaría echar por la borda el preacuerdo y privar al país de algún beneficio por las aguas del Silala que Chile usa centenariamente. Ése es un argumento de responsabilidad política atendible, pero que sensiblemente va en contracorriente de la onda política predominante: ¿no era que mandaríamos obedeciendo?
La disputa de estos días no puede verse con los ojos del oportunismo, ayer chilenófilo y pragmático, hoy nacionalista y plañidero, sólo porque hay que asestarle un golpe al gobierno. Que el actual régimen introduzca en su léxico criterios realistas, alejados de la adulación del primer reflejo emocional, es una buena noticia. El país debería alentar la discusión desprejuiciada, basada en datos, en los intereses nacionales y en el mejor modo de servirlos, atendiendo la memoria y la historia pero también los intereses de los bolivianos que viven. Si las autoridades están dispuestas a hacerlo, que se sometan a los rigores de la defensa de una posición que predican beneficiosa para el país. Pero también, que no olviden la máxima bíblica de que “con la vara que midáis seréis medidos”. Una vara pequeña y mezquina que, tristemente, el país ha usado para juzgar los actos de todos, en perjuicio únicamente propio.

(Artículo publicado en Pulso www.pulsobolivia.com)

Respuesta progresista para la crisis global

Michelle Bachelet Jeria
(Artículo publicado en El País de España el 27 de marzo de 2009)

El mundo enfrenta hoy uno de los desafíos políticos más serios de su historia moderna. Asistimos a la combinación de la peor recesión internacional desde hace más de medio siglo, con una crisis ambiental sin precedentes debido al cambio climático y el calentamiento global, y una crisis de liderazgo político global.
Sin embargo, no estamos ante una situación sin salida. Por el contrario, estamos también ante una oportunidad sin precedentes para cambiar el rumbo de la historia, por lo que somos numerosos los líderes internacionales que nos estamos movilizando, entre los cuales algunos nos reuniremos este fin de semana en Chile para promover una respuesta progresista a la crisis global.
La crisis se debe a que, a pesar de que vivimos en una era de completa interdependencia entre lo nacional y lo global, la comunidad internacional no ha sabido o no ha querido construir los acuerdos necesarios para dar gobernabilidad a la globalización, creyendo que los mercados nacionales y globales podían funcionar sin regulaciones poderosas, o que el mundo podía ser gobernado unilateralmente por la voluntad del más fuerte. De esta manera, el interés privado de unos pocos terminó imponiéndose sobre el interés general de la humanidad.
La crisis puede ser encarada, entonces, como una gran oportunidad para sentar las bases de una segunda etapa de la globalización. Una era marcada por la prosperidad de todos y no sólo de algunos; por la voluntad de concordar y respetar reglas claras, adoptadas multilateral y democráticamente; por mercados más abiertos, dinámicos y vigorosos; con Estados fuertes; una era construida sobre un paradigma económico sustentable.
Por sobre todas las cosas, la crisis nos ofrece una oportunidad histórica para reinstalar la política y lo público en el centro del quehacer internacional. Podemos forjar un nuevo contrato social global, porque el siglo XXI o lo gobernaremos entre todos, o no lo gobernará nadie.
La próxima reunión del G-20 será decisiva en este esfuerzo, pero es necesario un esfuerzo aún más ambicioso. Una respuesta política a la crisis exige un conjunto equilibrado de políticas públicas globales que estabilicen el sistema financiero y reactiven la economía; pero que también prioricen la creación de empleo y eviten un desplome social global fortaleciendo la protección social; que aseguren una recuperación verde, y aceleren el tránsito hacia una economía menos contaminante que detenga el calentamiento global.
De la reunión del G-20 debe resultar una rápida coordinación de las políticas fiscales indispensables para contener el colapso de la demanda mundial. Si no hay coordinación, arriesgamos un empeoramiento de los desequilibrios de cuenta corriente que contribuyeron a la crisis y una creciente demanda por un mayor proteccionismo, lo que profundizaría y prolongaría aún más la recesión. También es necesaria una profunda reforma del Fondo Monetario Internacional, recapitalizarlo y otorgarle una gobernanza más democrática, e inyectar recursos suficientes a los bancos regionales de desarrollo para que sean instrumentos efectivos para enfrentar la crisis en los países que más lo necesitan.
El desplome económico no puede ser seguido por el desplome social. Si no actuamos hoy con una nueva mirada, la crisis profundizará aún más la desigualdad, que la globalización había agudizado en las últimas décadas. No se deben exigir las mismas políticas de ajuste que en décadas anteriores a los países emergentes y en desarrollo, especialmente ante una crisis originada por el mundo desarrollado.
Por el contrario, esta vez es necesario impulsar globalmente políticas contracíclicas que prioricen la creación de empleo y fortalezcan la protección social, y se debe incrementar la cooperación internacional para los países en desarrollo. Es urgente un nuevo ímpetu para lograr los Objetivos de Desarrollo del Milenio.
La crisis internacional no puede ser tampoco una excusa para detener o postergar la movilización internacional contra el calentamiento global. Es imperativo alcanzar un acuerdo post-Kyoto en la próxima Conferencia de Copenhague de Naciones Unidas.
Pero podemos ir más allá, si modificamos los enfoques de corto plazo y forjamos un nuevo acuerdo ambiental global que siente las bases para una economía global de bajas emisiones. Si no lo hacemos, retardaremos la adopción de las medidas inevitables que deberán ser adoptados en el futuro a un coste económico, ambiental, social y político considerablemente más alto.
La acción para enfrentar el cambio climático puede y debe ser uno de los componentes centrales de la respuesta global a la crisis. Si un porcentaje importante de los trillones de dólares que están siendo movilizados son dirigidos a inversiones en tecnologías limpias, podremos poner en marcha hoy una respuesta internacional que nos permita, simultáneamente, crear empleo decente para millones de personas, disminuir el riesgo ambiental y reducir la pobreza, así como acelerar el paso hacia sociedades más innovadoras y menos dependientes de los combustibles fósiles. En definitiva, podremos encaminar al mundo hacia una recuperación verde y ahorrarnos décadas de lucha contra el cambio climático.

3-0

Para Bolivia el resultado de la demanda peruana ante La Haya es anecdótico. Sea quien sea el beneficiado, ocurra lo que ocurra sobre la jurisdicción del tribunal o el cumplimiento del fallo, Perú habrá conseguido un notable triunfo político y su diplomacia celebrará la cristalización de un escenario que preparó hace mucho para dejar demostrado lo que todos, incluido ellos, niegan públicamente: no habrá solución al diferendo entre los tres países en tanto no haya un acuerdo que abarque a todos ellos.
El impasse reitera otro dato: cada vez que la relación entre Chile y Bolivia se ha estrechado o ha mejorado, Perú se ha distanciado de Chile. Es que Perú no renunciará a reivindicar su derecho sobre espacios que aún considera suyos, lo cual también significa que jamás permitirá que se ceda una franja territorial a Bolivia (si es que al gobierno de Chile se le ocurre hacerlo, lo cual también es improbable).
De ahí que sin mirar el problema integralmente, difícilmente se resolverá esta ecuación de tres incógnitas. Lo cual no es nada nuevo ni nada que no hayan dicho antes quienes entendemos que el sur del Perú, el norte de Chile y la zona andina boliviana son un triángulo indisoluble, no sólo con un pasado cultural común sino con un futuro económico determinante para los tres países.


Para los bolivianos, esta vez el tema estalla en medio de la conmemoración de los 130 años de la Guerra del Pacífico, lo que obligó a Evo Morales a explicitar que la demanda del Perú perjudica “una salida al mar”, refiriéndose al corredor por Arica que —de Pinochet a esta parte—, fue lo más cerca que estuvieron ambos países de resolver su diferendo y que fracasó por la oposición peruana.
Después de ese famoso “abrazo de Charaña” (1-0), otro momento histórico que vale la pena recordar son las negociaciones para vender gas boliviano a Chile durante los gobiernos de Ricardo Lagos y Gonzalo Sánchez de Lozada, las que fueron sistemáticamente boicoteadas por Perú que ofreció proyectos más atractivos pero imposibles de cumplir, e incluso colaboró —según dice una leyenda negra que nadie ha confirmado fehacientemente— en las movilizaciones que derrocaron al boliviano (2-0). Y ahora el tema de los límites marítimos. Una vez y alguien puede pensar en la casualidad, pero cuando ocurre por tercera vez, hacerlo es ingenuo.
Sin caer en eso de la sabiduría de las indicaciones, los espacios jurídicamente consolidados o la intangibilidad de los acuerdos (para usar el léxico oscuro de los diplomáticos), es riesgoso entender la política exterior de esa manera. Cuando se desatan estas escaladas no se pueden prever las reacciones sociales, sobre todo cuando se desatan pasiones nacionalistas. La esquizofrenia de darse la mano y mostrarse los dientes está bien para los diplomáticos curtidos, pero no para los sectores más retrógrados y xenófobos que son mucho más primarios y que, lamentablemente, también presenciarán el partido de fútbol del próximo domingo.
Incluso los políticos en escenarios como éste se ponen nerviosos y suelen decir más de lo que quisieran. Por ejemplo, Morales insinuando que si la solución por Arica no fructifica (y no lo hizo), hay otras; o el Canciller peruano precisando que si la frontera marítima se llegara a modificar, el acceso al mar que se le podría dar a los bolivianos sería “por otro lado”.
De forma que volvemos al principio, pase lo que pase con la demanda peruana y que hoy es de tanta importancia para Chile y Perú, en el caso boliviano apenas es otro gol en contra.

(Publicado en La Tercera en marzo de 2009)

Indígenas: la prueba de fuego

La explosión del tiempo y el espacio, la atomización del pensamiento y la incertidumbre que muchos asocian a la modernidad tardía (o líquida para usar la expresión de moda) y, sobre todo, la caída en desgracia del marxismo, la gran ideología ordenadora de los movimientos contestatarios, dio paso al resurgimiento de otros movimientos y grupos menos grandilocuentes pero más efectivos.
Frente al gran sello homogenizador de una época que nos convierte a todos en ciudadanos o consumidores, explota la diferencia. Frente a una sola identidad que nos determina y que permite el surgimiento del fundamentalismo o la xenofobia: el nacimiento de lo “pluri”, de lo “multi”. Gays en política, mujeres presidentas, negros que quieren serlo, en fin, elogio de la diferencia.
Ahora bien, en Latinoamérica una de las particulares formas de enfrentar esa modernidad inconclusa fue el resurgimiento de los movimientos contestatarios indianistas que buscaban amparo en el único lugar seguro que quedaba en el mundo globalizado: el pasado, comunitario, ancestral, telúrico… idealizado (allá ellos, otros lo buscan en el yoga o en las flores de Bach e igual de contentos).
Lamentablemente también surgieron aquellos que tienen a la identidad étnica no sólo como complemento sino como definición y que quieren eliminar la incertidumbre a balazos, lo cual, como se sabe, no es posible. Primero porque es ilegal (hoy se reivindicará la diferencia pero también, no hay que olvidarlo, ciertos progresos universales: la igualdad ante la ley, entre ellos), y segundo porque volver atrás sólo en la imaginación de H.G. Wells.
En los países desarrollados y en aquellos que mantienen incólume su Estado nación son movimientos apenas marginales y minúsculos, por el contrario, en lugares donde la fragilidad muestra la cara más perversa del capitalismo, cobran fuerza inusitada: en Bolivia, por ejemplo, o en ciertas zonas de Perú, o en el Ecuador o el Chiapas de hace algunos años.
Sin embargo, los movimientos indianistas de América Latina han tenido mucho más éxito cuando en lugar de intentar destruir la modernidad con la acción directa han buscado aliarse a ella (a través del pacto político y la negociación democrática); o cuando se entroncan con movimientos ciudadanos de distinta índole como el medio ambiental o el de los derechos humanos. En Chile, por ejemplo, a veces son más exitosos los indígenas en el norte del país porque se alían a las organizaciones ecologistas y de vez en cuando ponen en jaque las grandes empresas que se ven obligadas a negociar con ellos.
Ahora bien, en tanto no puedan acceder a esa modernidad con la que se enfrentan, mientras sean marginados por la elite política, económica y étnica, más acciones desesperadas veremos y más peligro habrá de que todos ellos se conviertan en grupos violentos, que no derrocarán gobiernos pero provocarán desazón en todos nosotros.
Incorporarlos en cambio implica otra cosa. Desde acciones tan elementales como la aprobación del estatuto 169 de la OIT sobre pueblos indígenas (aprobado en gran parte de Latinoamérica pero no en Chile) o la discusión en profundidad la reciente Declaración de la ONU sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas; hasta tomar las decisiones más difíciles: dar trabajo digno.
En la resolución del conflicto mapuche se pone a prueba la fortaleza del Estado chileno, no para reprimir (que cualquier país bananero hace eso, y mucho mejor) sino para incorporar y respetar la diferencia, porque somos ciudadanos, pero también hinchas de Colo Colo o extranjeros, blancos o mapuches, lectores de El Mercurio o de la Tercera, y esa diversidad es la que complementa y enriquece.
Los Estados (y los indígenas) que así lo han entendido son los que sin olvidar su pasado tienen el futuro por delante.

La marcha peronista

Quizá una de las canciones más conocidas para los argentinos sea la marcha peronista, aquella que popularizó Hugo del Carril y que acompañaría buena parte de la historia contemporánea de ese país. Como es de suponer no estuvo ausente en el festejo de Cristina Fernández el domingo pasado y fue el estribillo que coreó con insistencia el público que la ovacionaba (“los muchachos peronistas, todos unidos venceremos…”).

Octubre es un mes peronista (por el 17, considerado el “día de la lealtad”); cuando está soleado, se trata, cómo no, de un “día peronista”; y, por supuesto, si no eres “compañero”, eres “gorila” (antiperonista, algo así como momio en Chile, pero mucho más transversal). La prensa americana fue la que mejor definió esa elección y en lugar de comparar a Néstor Kirchner y Cristina Fernández con los Clinton, lo hizo con Perón y Evita.
El peronismo —dicen los argentinos— no puede ser entendido por extranjeros; buena parte de la literatura Argentina que habla sobre el país (o sea, toda su literatura), contienen prevenciones en ese sentido, las que pueden sonar a xenofobia, pero que quizá sea una estrategia de sus intelectuales para diferenciarlo, de movimientos fascistas y corporativos en un inicio, o del neoliberalismo y del populismo después, que por todo eso transcurrió el justicialismo; así, los únicos que sitúan el peronismo dentro de la teoría política son sus opositores y, por supuesto, nosotros los extranjeros. En cualquier caso es una frase digna de la idiosincrasia rioplatense, una marca registrada.
Si bien la elección de una mujer presidenta en Argentina es tan trascendental como lo fue en Chile (lo cual confirma aquello de que la única revolución exitosa del siglo XX fue femenina), es igual de relevante la vigencia del peronismo (y ese gusto a interna partidaria que tiene su democracia).
Primer dato entonces, ganó una mujer. Pero en segundo lugar ganó nuevamente el peronismo y por mucho (con las excepciones de las grandes capitales como Buenos Aires, ciudad que varió entre la derecha y la izquierda en cuestión de meses y que es otro fenómeno por explicar).
Por ello Chile es el país en el que primero piensan los políticos argentinos a la hora de hacer un balance de la elección, y quizá a eso se deba la conversación de Lagos con la Presidenta electa sobre continuidad y discontinuidad en la transición, curiosamente un tema presente en todos los discursos postelectorales de Fernández.
Desde el punto de vista histórico lo más trascendente es que haya dos mujeres presidentas en países vecinos, pero en términos de gestión los argentinos miran a la Concertación y a Bachelet, sea para crear un instrumento así, tarea que podría estar en manos del Presidente saliente; sea para que su gestión sea mejor y se aprenda de sus errores… o para que fracasé, visto desde la oposición, no sólo por machismo que lo hay y mucho, sino por necesidad política.
El “tópico es tan recurrente que muchos ministros (argentinos) se han convertido en glosadores de la gestión Bachelet”, afirmaba hace unos días Mario Wainfeld en Página/12. Las explicaciones sobre el bajo performance de Bachelet van en muchos sentidos: desde su decisión de innovar en su primer gabinete, hasta que seleccionó gente sin experiencia; pasando por el abuso de compañeros “setentistas”, hasta la existencia de un núcleo liberal muy influyente. En fin, para todos los gustos.
Eso en la columna del debe, pero en la del haber, ¿quién ha sido capaz de reinventarse a sí mismo, ofrecer liderazgos, lecturas o, como dijo Cristina Fernández, “relatos” que expliquen y proyecten a un país? Así, y para decirlo en broma, lo único realmente argentino que va quedando del peronismo es la marchita (¿dónde más sino?).

Carlos Mesa: “Con Chile no me arrepiento de nada”


(Sergio Molina y Nicole Etchegaray desde La Paz, Bolivia)
Versión original de la entrevista publicada en la revista Qué Pasa el 21 de septiembre de 2007

El ex Presidente boliviano mantiene esa característica que lo hizo famoso: habla de corrido, no dubita ni se equivoca. Eso sí, parece más enérgico que hace unos años y si bien no nos responde a la pregunta sobre los rumores de que prepara su retorno a la vida pública, sí se explaya largamente sobre su política exterior cuando era primer mandatario y se enfrentó con Ricardo Lagos en aquel ya famoso duelo verbal.
Afirma que jamás pensó en la obviedad de "tú me das mar y yo te doy gas"; y considera que hoy Evo Morales y Michelle Bachelet no estarían haciendo lo que están haciendo si él no hubiera reposicionado el tema con firmeza.
Dice que no se arrepiente de nada de lo que hizo. Eso sí, cree que los chilenos apuestan a ver si Evo es capaz de convencer al pueblo boliviano de que postergue la soberanía por un enclave territorial ("No descarto que nos hagan comer ese pastelito", bromea). Pero también se pregunta si Morales no se dará cuenta de que podría estar vendiendo la herencia boliviana por un plato de lentejas.
En esta entrevista concedida en su despacho de la ciudad de La Paz —y que es parte de una investigación que los autores realizan para la Universidad Diego Portales que será publicada próximamente—, Mesa declara que obligó a Chile a reconocer que había un problema pendiente, pero jura que nunca utilizó el tema para ganar popularidad.
Y, por si fuera poco, confiesa que la presión más fuerte que recibió para que no avanzara ni un milímetro con Chile fue la de Evo Morales, cuando el actual Presidente boliviano estaba en la oposición, y que Chile necesita desesperadamente energía y la conseguirá al costo que sea.

Muchos sostienen que Bolivia y Chile pasan por un buen momento en la relación bilateral. ¿Cómo evaluaría el proceso de negociación que están protagonizando ambos gobiernos?

Chile, que tiene una mirada sagaz en política internacional, se ha dado perfecta cuenta de la legitimidad que Evo Morales tiene en Bolivia y, por lo tanto, de la capacidad que tiene para llevar adelante iniciativas que ningún otro presidente de nuestra historia tuvo en el pasado.
Creo que Chile esta llevando adelante una ofensiva diplomática muy fuerte para lograr su objetivo fundamental: conseguir energía de Bolivia en un plazo razonablemente corto. Y (sabe) que el único presidente que puede hacerlo sin sesión de soberanía es Evo Morales.
Desde otra óptica, creo que Evo es consciente de que la cereza de la torta de su legitimidad y de su paso por la historia sería resolver definitivamente el problema bilateral con Chile. Mi impresión, sin embargo, es que la política exterior boliviana actual carece de la experiencia, del conocimiento histórico y de los elementos suficientes como para comprender en profundidad el problema y saber si lo que se está haciendo es vender la herencia boliviana por un plato de lentejas.
Mi impresión es que Chile está negociando algo que se parezca lo más posible a la soberanía sin ser soberanía, para que Evo Morales pueda decir a los bolivianos que lo ha conseguido.
Yo en esto mantengo mi posición, yo sigo pensando que nosotros, como nunca en nuestra historia, tenemos un instrumento de negociación de un poder incontrastable que se llama energía y que en ningún caso debiéramos llegar a un acuerdo con Chile que no sea a cambio de soberanía.
El concepto de soberanía, sin embargo, debiera ser matizado. No es una visión de soberanía decimonónica, es la comprensión de que la herida se cierra cuando Chile le da soberanía a Bolivia. Inmediatamente después negociamos lo que sea necesario: una administración tripartita, un manejo compartido de recursos, eliminación del concepto de fronteras si se rompiera la chileno-peruana; un conjunto de cosas…
Pero no veo en ningún caso que Chile haya cambiado un milímetro su postura. Lo que Chile tratará es hacernos creer a los bolivianos, a través del presidente Morales, que lo ha hecho.

Se ha dicho que su gestión de gobierno fue el peor momento en la relación bilateral, por los enfrentamientos verbales que hubo, por el plebiscito y por su política de gas por mar. ¿Usted sigue defendiendo esta postura como la más adecuada para Bolivia?

Primero que nada, es un disparate decir que fue el peor momento de las relaciones boliviano chilenas, ¡por Dios! No sé si recuerdas que se rompieron relaciones y no las rompí yo.
A mí no me da pena que Chile piense o diga lo que tiene que decir porque es parte de su política exterior, a mí lo que más pena me da es que los bolivianos siempre caigamos en la trampa planteada por la lógica informativa e interpretativa de Chile. Por el contrario, yo afirmo que nosotros como gobierno reposicionamos de una manera muy importante la reivindicación marítima. La colocamos como nunca en el pasado en el ámbito internacional. No existe ningún antecedente de una Cumbre en la que estuvieron todos los países del hemisferio, en que un presidente boliviano pusiera sobre el tapete un hecho que obligó al presidente de Chile a reconocer que había un tema pendiente entre ambos países… Obligó a una ofensiva diplomática chilena para tratar de revertir el éxito que Bolivia tuvo en mostrarle al hemisferio y al mundo que había un problema que estaba entorpeciendo la integración. Y obligó a intelectuales, medios de comunicación y opinión pública chilena a repensar si era correcto lo que estaban haciendo con Bolivia.
Yo sostengo que la política que defendí, fue y es un éxito. Evo Morales no estaría haciendo lo que está haciendo hoy, y la señora Bachelet no estaría haciendo lo que está haciendo hoy si previamente Bolivia no hubiera reposicionado el tema.
Los gobiernos anteriores plantearon algo que no funcionó: ‘vamos a hacer negocios, vamos a hacer que nuestras economías avancen y eso nos acercará al mar’, no ha habido tal cosa.

Pero usted planteó la política de gas por mar…

Política de gas por mar... yo puedo ser estúpido pero no tanto. Quien conozca la historia de Chile sabe que si yo chantajeo a Chile y le digo tú me das mar y yo te doy gas, la respuesta va a ser siempre no.
El concepto de la política exterior boliviana planteada en el referéndum fue “vamos a utilizar el gas como un instrumento de negociación para reconquistar el mar”. ¿En qué dirección? En la dirección de un acercamiento bilateral con el Perú, y la exportación del gas boliviano a México y Estados Unidos por el Perú…
Yo jamás pensé en la obviedad de “tú me das mar y yo te doy gas”. Había que hacer un trabajo de integración mucho más profundo con el Perú. Mi política exterior estaba mucho más vinculada a convertir a Perú y Bolivia en una alianza energética estratégica que obligara a Chile a cambiar su lógica con Bolivia. No pudo ser porque las élites bolivianas y peruanas no nos acompañaron, porque Perú no leyó adecuadamente las cosas y porque yo en el momento en que hice el acuerdo con Perú no pude contar con la aprobación de la Ley de Hidrocarburos.

En Bolivia, entre los historiadores y diplomáticos —y sobre todo entre estos últimos—, hay corrientes pro chilenas y pro peruanas. Hay gente que dice que usted es más bien “peruanofilo”… sin embargo, Perú ha sido el país que más ha dificultado cualquier entendimiento entre Bolivia y Chile…

Para una persona que intenta una visión racional de las cosas y que intenta y cree en la integración, la definición de “peruanofilo” siempre tiene un peligro, el suponer que el ser peruanofilo es ser antichileno. El primer concepto vital aquí es que yo no soy antichileno. No puedo, no debo ser antichileno. Por la simple y sencilla razón —lo he dicho muchas veces— de que Chile y Bolivia son países esencialmente complementarios en términos económicos y comerciales. Además, estoy absolutamente convencido de que el triángulo Perú, Chile y Bolivia está condenado, en el sentido positivo del término, a entenderse.
Que yo tengo, emocionalmente, una mayor proximidad sentimental con el Perú, sin duda. La figura que yo más admiro es el Mariscal Andrés de Santa Cruz, porque yo creo en la reintegración del espacio geográfico de Perú y Bolivia. Pero eso no es excluyente…

En Chile se afirma que los bolivianos utilizan la política exterior como política interna y que eso ocurrió sobre todo en su gobierno, ¿en qué medida esto es cierto?

Cuando yo llegué a Monterrey tenía el 77% de respaldo popular, antes del tema del mar. ¿Un presidente que tiene ese porcentaje de apoyo nacional, a santo de qué necesitaría utilizar el mar para subir su popularidad?
A mi me parece lamentable que se hable de memoria. ¿Y por qué se habla de memoria? ¡Porque quienes lo dijeron fueron los chilenos! Porque fueron los periodistas que me entrevistaron después de mi impasse con Lagos los que dijeron que yo estaba utilizando el tema del mar para ganar popularidad. Lo cual está muy bien que lo digan los chilenos, es parte del asunto. Esa es la estrategia histórica de Chile y es legítima.
Que los bolivianos lo repitan sin molestarse en leer encuestas, es inaceptable.

Pero en su gestión usted hizo mucho más énfasis en este tema que otros gobiernos...

Después de lo que ocurrió en octubre del año 2003, ¿con qué lógica cree alguien con dos dedos de frente en la cabeza que se podía llevar adelante una negociación como la que había llevado el presidente Lagos y el presidente Sánchez de Lozada? Era absolutamente imposible. Hoy es muy fácil decirlo después de todo el proceso de distensión gracias al endurecimiento de mi política exterior.
Lo primero que yo le dije al presidente Lagos fue: “Es imposible que continuemos en la lógica en que usted estuvo, porque hay un 17 de octubre (cuando cayó Sánchez de Lozada) y 67 muertos, con razón o sin ella, embanderados en la no-venta-de-gas-a-Chile”.
Yo te recuerdo que una de las exigencias del presidente Evo Morales —que la gente suele olvidar—, es que no se vendiera ni una molécula de gas a Chile directa o indirectamente... Hoy día el presidente Morales lo ha olvidado, como suele olvidar todo lo que le conviene olvidar. La presión más fuerte para que no avanzáramos ni un milímetro con Chile fue la de Evo Morales cuando estaba en la oposición.

De su experiencia como Vicepresidente, como Presidente y ahora lejos del Estado, ¿de qué se arrepiente, qué hubiera hecho mejor? ¿Cuál es la autocrítica que se hace?

Nada, absolutamente nada. Me arrepiento de muchas cosas, he cometido muchos errores, pero ciertamente mi política exterior con Chile tuvo una consistencia, una seriedad, un enfoque que me sigue pareciendo correcto y cualquier avance que Bolivia logre con Chile se deberá a que nosotros, exitosamente, colocamos las cosas en el lugar en el que debían estar.
La lógica chilena de olvidarse del tema, de que aquí no pasó nada, se convirtió en un problema de reflexión intelectual muy profundo. Lo que no se hubiera producido si siguiéramos con la teoría de que aquí lo que había que hacer era un intercambio económico y que el mar vendría por añadidura. El mar nunca va a venir por añadidura. No existe una voluntad íntima en Chile, por una razón elemental, el costo político para un presidente chileno que otorgue soberanía es tanto o más alto que el costo político de un presidente boliviano que no la consiga.

Haciendo un poco de política ficción, ¿qué es lo que haría usted si estuviera en sus manos la actual negociación?

Yo no cedería un milímetro en el tema de energía con Chile si no hay soberanía, así de simple. Yo trabajaría intensamente para recuperar relaciones con Perú en la lógica en que estábamos con el presidente Toledo. Lamentablemente, las relaciones entre el presidente Morales y el presidente García no están en su mejor momento por cuestiones ideológicas.
Pero en términos de política ficción, yo iría en ese sentido y apostaría a trabajar un proceso de inversión masiva de Bolivia para lograr que el gas boliviano pueda ser exportado a México y California. Haría un acuerdo con Perú para trabajar una o más plantas de gas en territorio peruano y trabajaría en esas exportaciones, sobre esa realidad renegociaría con Chile el tema del mar.
Lo que creo que va a pasar, la apuesta de ambas partes, es ver si logran que Evo convenza al pueblo boliviano de que una playa, un enclave por ahí y una planta de regasificación se pueden parecer a soberanía… a ver si los bolivianos se comen ese pastelito. Creo que eso es a lo que Chile está apostando, y Evo también.
Ahora bien, debo decir, con absoluta franqueza, que en este gobierno he visto cosas que creía imposibles en términos de opinión pública. Así que no descarto que nos hagan comer el pastelito.

¿Y usted vería eso como un fracaso?

Absolutamente.

Hay una corriente que plantea que Michelle Bachelet y Evo Morales, por su afinidad ideológica por sus características de género y étnicas, serían los personajes más adecuados para conducir con éxito una negociación. ¿Cuál es su opinión?

Puede haber una afinidad en términos de superficie, mucha afinidad quizás. Pero en términos objetivos me parece que muy poca. Michelle Bachelet representa la centro izquierda moderada y Evo Morales representa la revolución socialista del siglo XXI —espero enterarme algún día de qué se trata—. Lo que hay es una afinidad personal, lo que hay es un concepto de que un mujer y un indígena representan cosas nuevas, representan cambios, representan frescura en ambos países… pero quien está desesperado es Chile. La desesperación es chilena.
La razón de estado la entiende siempre mejor Chile que Bolivia. La señora Bachelet hará lo que tenga que hacer, porque la razón de estado chilena es que tiene que conseguir energía boliviana. Es urgente. Chile necesita esa energía por encima de cualquier cosa.

¿A pesar de que Chile está haciendo todo para no necesitar gas boliviano?

Chile va a conseguir energía, al costo que sea. Y si no la consigue de Bolivia la conseguirá de Indonesia o de Australia. Chile tiene que conseguir gas como pueda y al costo que sea, pero obviamente si tú tienes que pagar entre siete y ocho dólares a pagar entre cuatro y cinco, no hay dónde perderse. Por lo tanto lo lógico, lo sensato para el continente, es que ese gas sea boliviano. Es un buen negocio para Bolivia y un buen negocio para Chile.
Pero hay una razón política. La señora Bachelet está tratando de pasar por encima de esa razón política y el presidente Morales también. Yo creo que ambos gobiernos están haciendo los máximos esfuerzos para ver cómo les venden a los bolivianos la teoría de que la negociación bilateral es exitosa en términos de mar.

Bolivia es un país sumamente pobre, ¿por qué cree que no debería vender gas a Chile y dejar para después el tema de la soberanía marítima?

Si yo fuera presidente le vendería gas a Estados Unidos, que me da diez veces más ingresos que venderle a Chile. ¿Por qué yo debería venderle gas a Chile? Si Chile fuera mi único mercado potencial no tengo dudas de que le vendería, pero no es el único.
Es lamentable cómo se ha desechado el proyecto de la venta de gas a México y Estados Unidos, no entiendo por qué.
Peor que eso, me gustaría saber cuándo comienzan las inversiones para vender el gas que ya está negociado. Toda la retórica nacionalizadora —que es una gran falsificación porque no se ha nacionalizado nada—, parte de un principio de recuperación de recursos y de soberanía, pero lo que no veo muy claro es donde está la inversión que viene a acompañar esa soberanía y esa dignidad.

Se afirma que Bolivia no tiene una política de Estado respecto al mar, ¿hubo en Bolivia, a lo largo de su historia, una política definida al respecto?

Por supuesto que sí, y esa es una de las grandes falacias de la historia. Bolivia siempre tuvo una política coherente. Más coherente que Chile en la medida en que para Chile es fácil decir no. Lo único que ha hecho Chile a lo largo de la historia es decir no. Y las veces que nos hemos aproximado en negociaciones interesantes, como en 1950, o en 1975, o en 1987, ha sido para engañar a Bolivia. Para decirle sí pero no. Hay ahí también una responsabilidad peruana, por supuesto, sería una estupidez suponer que es sólo chilena.
Bolivia en cambio ha ofrecido a Chile y a Perú todas las soluciones habidas y por haber. Desde 1910 con Daniel Sánchez Bustamante, desde que fuimos a la Sociedad de Naciones, desde el acuerdo de intercambio de las aguas del Lago Titicaca, hasta Pinochet y Bánzer, Bolivia demostró flexibilidad, inventiva y creatividad. Que eso se entienda como un zigzagueo boliviano es un error. Bolivia, país débil, diez, veinte, treinta veces más débil que Chile, planteó todos los caminos posibles para encontrar una salida y se encontró siempre una muralla. En consecuencia, por supuesto que creo que hay una política de estado. Política que parece errática porque hemos tenido propuestas distintas en la medida en que las respuestas de Chile eran negativas.

Se considera que Perú es un pueblo mucho más antichileno que el boliviano. ¿Será cierto? ¿Es Bolivia un país en que hay una élite “chilenofila” y un pueblo antichileno?

Yo creo que Perú y Bolivia son un espejo en sus reacciones con Chile. La única diferencia es que Perú no perdió el mar, su reivindicación es puramente emotiva... Perú pagó un precio mucho más alto en términos humanos y de lo que significa un pueblo humillado por la dominación. Pero Perú no perdió el mar.
Su reivindicación es emotiva y el pueblo peruano es antichileno, sin duda, pero no tiene esa herida profunda en el corazón artificialmente armada que tiene el pueblo boliviano. Yo no soy partidario de que construyas la realidad de tu país sobre una derrota.

¿Y Bolivia la ha construido así?

La identidad boliviana, su contexto de unidad, en gran medida está basado en el tema de Chile. Ese es el gran problema en la lectura de la historia de Bolivia. Es una lectura equivocada, es una lectura inaceptable, es un mapa de luto, de masoquismo. No puedes construir tu identidad y tu orgullo nacional y tu seguridad contándoles a tus niños que todos tus vecinos te robaron.

¿Y sobre qué se debería construir entonces?


A partir de los procesos históricos que Bolivia tuvo: su desarrollo prehispánico occidental y oriental... la audiencia de Charcas que une oriente y occidente; lo que significó la epopeya de la creación de la gobernación de Santa Cruz; la Confederación Perú-Boliviana; la revolución que transformó el país en 1952; la sociedad múltiple con riqueza cultural y diversidad...
Eso y no las tonterías de que perdimos, perdimos, perdimos. Porque no fue así. La Confederación Perú-Boliviana fue el momento de mayor esplendor militar de Bolivia. Fue la potencia más importante de América del Sur en ese momento.
El problema de la historia boliviana es que —sin inventos— está planteada al revés: Que Bolivia es un país pobre, que tuvo fracasos, que sus élites no lograron construir bienestar... Pero hay razones entendibles: si tú tuvieras las mismas condiciones en países como Chile, Argentina, Brasil o México, probablemente el resultado sería el mismo. No vinculado a que unos fueron más capaces que otros, sino a razones geográficas, étnicas e históricas. Yo haría una relectura de nuestra historia.

En Bolivia se afirma que Chile es la causa de su subdesarrollo y pobreza, y en Chile se dice que ese es un gran pretexto que utilizan los bolivianos para esconder sus propias limitaciones. ¿Qué opina usted al respecto?

Es evidente que la herida abierta por la Guerra del Pacífico ha marcado el corazón de Bolivia. Y es evidente que la educación boliviana hace un énfasis muy fuerte en que el mar nos fue arrebatado, que Chile protagonizó una guerra injusta y que el enclaustramiento marítimo tiene que ver en buena medida con el retraso comparativo de Bolivia en el contexto de América del Sur. Adicionalmente se recuerda siempre que Chile todavía tiene ingresos importantísimos por las riquezas que obtuvo en el siglo XIX, ganadas en una guerra injusta…
Que eso sea una victimización gratuita, que eso sea una forma de tratar de disfrazar problemas que el país enfrenta, me parece una simplificación. Yo creo que Bolivia es una nación que tiene una gran capacidad de autocrítica, a veces se excede en ella, y que una visión racional, que la hay en varios ámbitos, marca claramente las propias insuficiencias del país.
Por el contrario, mi visión es que los bolivianos somos demasiado duros con nosotros mismos y tenemos una visión excesivamente negativa de nuestra historia.

Por la boca muere el pez

La larga y conflictiva historia diplomática entre Bolivia y Chile, sólo en estos últimos años, cobró dos cónsules al primer país y uno al segundo. En los tres casos y si nos atenemos a las versiones oficiales, por motivos similares: Hablar de más.
Lo cual confirma algunas certezas en el caso boliviano. En primer lugar que los temas que son determinantes para la administración de Evo Morales se manejan sin ningún tipo de intermediarios; es el caso, por ejemplo, de los hidrocarburos, Ministerio por el cual ya han pasado tres personajes de alto renombre en el último año; la Asamblea Constituyente donde la última palabra siempre la tiene el Presidente; o, salvando las distancias, la relación diplomática con Chile. Lo cual debe hacer reflexionar a los especialistas no sobre las contradicciones de Morales (que no las hubo en la destitución de Enrique Pinelo o Roberto Finot), sino sobre la toma de decisiones y su particular forma de ejercicio de la política.
La prioridad que tiene este asunto para el Presidente boliviano se confirma día tras día. La semana pasada, por ejemplo, cuando realizó un viaje relámpago al Perú, país con el que está algo más que distanciado. Ahí no tuvo reparos en soltar graciosas e infelices frases como aquella de que a Alan García lo conocía cuando era más flaco y más antiimperialista, palabras que por supuesto no cayeron nada bien en el gobierno peruano, pero que permiten colegir —si uno quisiera rizar el rizo—, cuál fue la respuesta peruana a los planteamientos marítimos bolivianos.
Por otra parte, si bien la construcción de su liderazgo sindical y político se sustentó en la lucha intransigente para evitar que se venda gas a Chile (lo que costó decenas de muertos y la renuncia de un Presidente), hoy en cambio, es precisamente él quien se muestra más convencido de que puede resolver la cuadratura del círculo.
Como cualquier político boliviano, alberga secretamente el deseo de resolver el principal diferendo sudamericano y pasar a la historia por la puerta grande, por tanto, como todos ellos, está dispuesto a pagar el precio (pero ni un centavo más, y menos por un funcionario de segundo rango). Es que nunca debiera olvidarse el costo político que diariamente tiene que pagar Morales por su política exterior ni dejar de prever cuán abultada es su cuenta corriente.
Finalmente, a diferencia de lo que tradicionalmente se piensa, en justicia hay que decir que si Bolivia tiene algo parecido a una política de Estado ésa es la referida al tema marítimo (¿o usted oyó alguna vez en el último siglo a un presidente, canciller, embajador o cónsul que no reivindicara una salida soberana al mar?). Que esa aspiración sea condimentada por una serie de fórmulas complejas y por la contingencia política, es anecdótico.
Y esto es en lo que no podemos equivocarnos (y donde Roberto Finot erró de medio a medio): Sólo Evo Morales le puede decir a los bolivianos que la soberanía será postergada por asuntos menos trascendentes y más terrenales, sea un enclave, una zona económica especial o un canje territorial; o, paradoja de las paradojas que se le venderá gas a Chile. No sólo es su responsabilidad como Presidente (y su derecho como político), sino que en el mundo real es el único que puede y está dispuesto a hacerlo.

Déjà Vu

Qué duda cabe, una de las mejores cancillerías del continente es la peruana. Si no fijémonos en los últimos acontecimientos.
Sólo días después de que se reunieran en La Paz los vicecancilleres de Chile y Bolivia para tratar en forma confidencial el problema marítimo (como parte de la agenda bilateral que tienen ambos países), el canciller peruano, José Antonio García Belaúnde, reaccionó y frenó en seco este acercamiento declarando a una oficialista e ignota agencia de prensa que es "bienvenida" la posibilidad de que Chile ceda a Bolivia un territorio de "soberanía compartida" con Perú; en Arica para más datos.
Nadie se lo había preguntado, no era una noticia en la agenda ni en los medios de ninguno de los tres países, pero -por si acaso- decidió advertir a sus homólogos de Chile y Bolivia.
¿Qué significan estas declaraciones en lenguaje no diplomático? Patear el tablero que estaban construyendo trabajosamente chilenos y bolivianos para decir claramente que sobre el mar no se discute sin la participación del Perú.
Lo mismo ocurrió en la década del ‘70 cuando Bolivia y Chile estuvieron más cerca que nunca de arreglar sus históricos problemas (¿se acuerda del "abrazo de Charaña" entre Banzer y Pinochet?). En ese entonces, ante la propuesta de cesión a Bolivia de una franja territorial, el Perú planteo que era mejor convertir Arica en un espacio de soberanía trinacional, lo cual era inadmisible para Chile y Bolivia. Inmediatamente después vino la ruptura y el distanciamiento entre ambos países, que no se recompuso en décadas.
No hay espacio en esta columna para contar episodios como éste que han tachonado nuestra historia compartida, pero sí para esbozar una regla general: En la medida en que Bolivia y Chile se acercan (sea por temas económicos, sea por el mar), Perú activa todo su aparato diplomático y político, recuerda viejas rivalidades y logra en pocos días que Chile reconsidere sus intenciones. Esa regla fue coronada tiempo atrás con una sutileza que alejó definitivamente cualquier posibilidad de salida al mar para Bolivia a través de la frontera norte chilena: Sacó a la luz la ya famosa disputa sobre límites marítimos.
Por eso, al leer las noticias, se siente una profunda sensación de Déjà Vu (y de desasosiego). Lo único que parecería haber cambiado en estos meses es que arrecia la crisis energética y que Bolivia (si dejara de lado sus anteojeras ideológicas) podría jugar un papel determinante en la región en el corto plazo. O quizá no, y eso también estuvo previsto en las declaraciones de Belaúnde.
Ahora bien, en algo tiene razón Perú. Mientras no se "trilateralice" la discusión sobre el tema marítimo, no se avanzará un milímetro. La bilateralidad que plantea la cancillera chilena y más recientemente el gobierno de Evo Morales, parecería conducir al mismo callejón sin salida de siempre.
Mientras tanto, cierto que se puede profundizar la integración comercial o energética, pero no mucho más. Si Bolivia y Chile quieren hablar del mar deben invitar a la mesa a otro comensal, no sólo porque así lo dicen los tratados sino porque así lo dicta el pragmatismo político.
Por lo menos si se quiere hablar seriamente y evitar que nuestras respectivas cancillerías se sigan mandando recados por el periódico.

La guerra más trágica

El 23 de marzo Bolivia conmemora la Guerra del Pacífico, la más trágica de la que fue protagonista (aunque no la más cruenta: faltaría medio siglo todavía para eso, y sería con Paraguay, en el Chaco). Pero la de 1879 fue la más importante porque ocasionó no sólo pérdidas territoriales sino un enclaustramiento marítimo que generó una transformación cultural que afecta aún hoy la idiosincrasia de nosotros, los bolivianos. Aunque sea difícil de entender para quienes no conocen el país, no es un tema olvidado y añejo, sino uno de los pilares de nuestro imaginario colectivo (lamentablemente, construido en base a demagogia política y militar, pero esa es otra historia).
Es un día también en el que se recuerdan frases heroicas (esas que uno nunca sabrá si realmente fueron pronunciadas, pero que son parte de cualquier mitología). Se dice que cuando las tropas chilenas exigieron la rendición del máximo héroe boliviano, Eduardo Abaroa, recibieron por respuesta: "¿Rendirme yo? ¡Que se rinda su abuela, carajo!". Menos poética que la de Arturo Prat pero igual de trágica.
Pero no nos equivoquemos, no hay grandeza en las guerras (o ésta se camufla cobardemente entre el nacionalismo y la literatura). Las guerras significan dolor y muerte, y dejan heridas difíciles de restañar. Pocas veces los involucrados se dotan de la valentía necesaria, asumen las pérdidas, tienen realismo político y, sobre todo, se muestran dispuestos a ceder. Entre bolivianos y chilenos, 128 años después, parecerían no haber nacido aún los hombres y mujeres dispuestos a esos sacrificios.
Hace unos años, muchos pensaban en Chile que Sánchez de Lozada, el pragmático, o Carlos Mesa, el intelectual, eran capaces de enfrentar el problema. Pocos se imaginaron que el primero sería incapaz de concluir su periodo, o que el segundo terminaría pateando el tablero y promoviendo un plebiscito vinculante en el cual se aprobó la muletilla de "gas por mar". A la inversa, ¿quién hubiera creído en ese entonces que el mayor acercamiento entre ambos gobiernos -después del "abrazo de Charaña" entre Hugo Banzer y Augusto Pinochet-, lo iba a protagonizar en estos meses un indígena y una mujer que sacaron de sus mangas sutilezas florentinas? Después de todo, siempre queda la esperanza.
Este 23 de marzo en toda Bolivia se realizarán los tradicionales desfiles cívico-militares al que íbamos los estudiantes uniformados, cuando creíamos -ingenuos- que existían buenos y malos en la historia, que el gris era para días graves, de lluvia. Quizá haya manifestaciones multitudinarias, documentales por TV o discursos conciliadores, quién lo sabe. Pero de seguro no faltarán salteñas, helados ni algodón de dulce… o la ilusión de ver a hermosas guaripoleras haciendo piruetas ante el público, o los trajes gastados, pero limpios y recién planchados de los excombatientes que aún quedan de otras guerras más recientes.
El mar es y seguirá siendo parte indisoluble de la cultura boliviana, una piedra en el zapato, una asignatura pendiente, el personaje preferido de Bram Stoker, aquel que puede morir por siglos, pero que por cualquier motivo, aún el más inesperado (hasta por una dulce gota de sangre), resucita y vuelve a morder el cuello de todos nosotros, sus víctimas.

Sergio Molina es boliviano y tiene un hijo chileno

Las negociaciones secretas del gobierno de Morales para vender gas a Chile

Con información del periódico La Tercera de Chile

Una investigación periodística reveló hace unos días que diversos funcionarios del gobierno boliviano propusieron a sus contrapartes chilenas la posibilidad de venderles gas para generar energía eléctrica.
El reportaje del periódico chileno La Tercera establece que dos de las generadoras eléctricas más importantes del norte de Chile y responsables de abastecer casi la totalidad de la minería de esa zona (industria que por sí solas representa la mitad de las exportaciones totales de ese país), discutieron largamente la propuesta de funcionarios del gobierno de Evo Morales, particularmente del Cónsul José Enrique Pinelo, para recibir gas boliviano y resolver el problema de desabastecimiento de este hidrocarburo y de energía eléctrica que sufre Chile a consecuencia del racionamiento argentino.

En qué consistía el negocio

"Las dos principales operadoras eléctricas en la zona, Gas Atacama (de propiedad de Endesa y CMS Energy) y el Grupo Suez (socia junto a Codelco de las operadoras eléctricas Edelnor y Electroandina) recibieron un inesperado mensaje del gobierno de Evo Morales: Bolivia está interesada en ingresar al mercado eléctrico chileno pagando con gas natural", sostuvo La Tercera el 1° de octubre pasado.
El negocio consistía en que una empresa filial de YPFB se asociaría con alguna de las generadoras eléctricas chilenas y pagaría el capital adeudado con gas natural hasta alcanzar una cifra de 800 millones de dólares.
Según La Tercera se habló de exportar hasta cuatro millones de metros cúbicos diarios de gas, más del doble de lo que Chile estaba recibiendo de la Argentina en julio pasado producto del racionamiento.
Según confirmaron quienes participaron en las reuniones, dos cosas llamaron la atención de esta propuesta: En primer lugar que el negocio no mencionaba la reivindicación marítima y el acceso soberano al mar; en segundo lugar, que quien hacía los primeros acercamiento no era un desconocido sino alguien que se autodefine como hombre de confianza de Evo Morales, el diplomático Coco Pinelo.
Según La Tercera, Pinelo contactó al gerente general de Gas Atacama, Rudolf Araneda y al representante de Suez Energy, Manlio Alessi, para hacer los primeros sondeos.
Rudolf Araneda, una vez conocidos los detalles de la negociación, se reunió con la Cancillería chilena para ponerlos al tanto de las conversaciones. Según el mismo matutino, lo recibieron el Vicecanciller, Alberto Van Klaveren, el Director de Política General, Carlos Portales, y el principal Asesor del Canciller Alejandro Foxley, Edgardo Boeninger.
Araneda sostuvo en esa oportunidad que las conversaciones contaban en Bolivia con el consentimiento y respaldo del Vicepresidente, Álvaro García Linera, autoridades de YPFB y algunos miembros del gabinete de Evo Morales, si bien no había consenso total en su gobierno.
Sin embargo, García Linera desmintió la información el 3 de octubre pasado en Yapacaní, al afirmar que no hubo acercamiento a Chile ni negociación secreta alguna.
El periódico chileno para confirmar la reunión, cita a Boeninger (un viejo y reconocido político y ex ministro de Estado chileno) quien afirmó que "Araneda quería explorar la opinión del gobierno", e incluso mostró "detalles técnicos de la operación (con Bolivia)".
A pesar del desmentido, se trata de un esquema nada novedoso en la política energética de Evo Morales. Varios de los principales colaboradores del Presidente consideran que el gas debe ser industrializado y no exportado como materia prima, por ello impulsan tratos como el que se cerró con la empresa india para explotar El Mutún, una de las reservas de hierro más grandes del continente, a la cual se le entregará gas a precio más que subvencionado; o el varias veces discutido y postergado proyecto de construir una planta de polietileno en la frontera con Brasil, que tanto interés despertaba antes de la nacionalización y del impasse surgido entre nuestro país y el gigante latinoamericano.
Fuentes bien informadas dijeron a Pulso que si bien la idea era impulsada fuertemente por los sectores menos radicales del gobierno, recibió duros comentarios de los sectores maximalistas que se niegan a cualquier acercamiento a Chile que no diga explícitamente "acceso al mar con soberanía" desde el primer momento y en la primera página.
Existen fuertes disputas entre ambos sectores, y los últimos acusan a los primeros de ser el entorno que ha "secuestrado" al Presidente (la salida del ex Ministro de Hidrocarburos, Andrés Soliz Rada, por presión de Petrobras hay que leerla en ese contexto).
La pelea entre ambos sectores también ocasiona que el gobierno sea incapaz de mantener una línea monolítica en su política exterior. Así, en medio de la negociación secreta, el Canciller David Choquehuanca, llegó a decir que la política de gas por mar estaba superada, lo que fue desmentido 24 horas después por uno de sus colegas.
Los retruécanos verbales de Choquehuanca, que recientemente afirmó que en adelante no hablaría respecto a ninguna negociación (previsor y temeroso de filtraciones como las que publicó La Tercera), no hacen más que confirmar que pese a que cree que sus intuiciones son geniales, suenan ante los países vecinos como las de un ingenuo, sobre todo si hace referencia a proyectos tan delicados que no sólo necesitan viabilidad política, sino ingeniería técnica y financiera, y mucha suerte.
Es en el marco de la lucha interna dentro del gobierno boliviano que hay que leer la información de La Tercera, así como la información, también revelada por ese matutino, de que no era la primera vez que el gobierno de Morales hacía propuestas para sondear la posibilidad de vender gas a Chile. Al principio, afirma el reportaje, el Palacio Quemado buscaba una negociación entre gobierno y gobierno (YPFB y CODELCO de Chile, y que es dueña del 66% de las acciones de Edelnor y Electroandina), y no con privados como finalmente ocurrió. Pero este camino habría sido descartado en la reunión entre vicecancilleres de ambos países el 18 de julio pasado, cuando se estableció que el gas estaría fuera de las negociaciones entre ambos países.

Chile dice no

Cuando se supo de la propuesta boliviana, la reacción de la Cancillería chilena fue de un "rechazo categórico". Según La Tercera, en la reunión entre Gas Atacama y el Ministerio de Relaciones Exteriores del vecino país, los diplomáticos chilenos señalaron el riesgo de que el gas que Bolivia se comprometía a exportar pudiera ser empleados como una forma de presión para lograr una solución a nuestra centenaria demanda marítima. "Por lo mismo, el gobierno no se involucraría en este negocio y si los privados se animaban a hacerlo, sería a cuenta y riesgo propio", publicó el reportaje mencionado.
El argumento de que este es un tema entre privados suena hueco y sin sentido: En Chile, cualquier cosa que tenga que ver con el gas y con negociaciones con Bolivia, trasciende largamente al ámbito político y gubernamental. En definitiva, Chile prefirió mirar para otro lado ante la propuesta boliviana, quitando el piso político imprescindible para que este proyecto tuviera viabilidad.
La misma respuesta negativa habría recibido Ignacio Pérez Walker, un ex senador chileno de derecha que ahora asesora al grupo Suez Energy y quien tuvo varias reuniones con autoridades bolivianas y chilenas. Según La Tercera, Walker se reunió con Coco Pinelo el 6 de julio pasado y discutieron la posible asociación de YPFB con Edelnor y Electroandina.
Pero cuando Walker reunió a Pinelo con Manlio Alessi, delegado de Suez Energy para Chile y Perú, éste último escuchó la idea pero insistió en que si la idea del gobierno boliviano era comprar parte de las acciones de la estatal chilena Codelco en Edelnor y Electroandina, lo que debía hacer Pinelo era hablar con esa empresa y no con él.
Pérez Walker hizo otras gestiones pero fracasó en todas ellas, incluso recibió un desplante de la Ministra de Energía chilena, Karen Poniachik, según informa La Tercera. Ella no quiso recibirlo, alertada seguramente por el tipo de propuesta que le llevaría.
El otro ninguneo que hizo Poniachik al proyecto, según La Tercera, lo sufrió esta vez Pinelo. Éste habría insistido en que la Ministra chilena viajara a La Paz para reunirse con el entonces Ministro de Hidrocarburos, Soliz Rada, pero la invitación fue rechazada.

Las consecuencias del fracaso

La hipótesis más segura para entender las negativas reiteradas de Poniachik es que justo en esos días preparaba un anuncio central para los intereses estratégicos de Chile: dar inicio al proyecto para la construcción de una planta de licuefacción de gas en la ciudad chilena de Mejillones que en dos años más pretende alimentar el Sistema Interconectado del Norte Grande, con gas traído de diferentes mercados en buques especialmente acondicionados para el efecto. Con esto se resolvería el desabastecimiento energético de las empresas mineras y de la industria en general.
El gas natural licuado si bien es más caro, es la principal apuesta del gobierno chileno para tener seguridad y diversificar su matriz energética. Que sea más costoso sigue siendo un problema, pero menor al fantasma del desabastecimiento y a lo que se considera la peor pesadilla de Chile: que la escasez de gas para las industrias y la generación eléctrica se traslade a los consumidores y haya racionamiento en las ciudades.
En este nuevo y millonario proyecto de gas natural licuado participan Gas Atacama y Suez Energy, lo que les hace perder interés en alternativas como las planteadas por el gobierno de Morales hace unos meses, que si bien significarían gas más barato también se comprueba cada vez más como políticamente inviable.
Actualmente compañías como Suez están operando incluso con diesel y carbón para producir energía, a un costo varias veces mayor (hasta un 1.200% según La Tercera) que lo que significaría producir termoelectricidad por gas natural, y no es menor tampoco el impacto para el medio ambiente que tiene este tipo de emprendimientos.
Según las autoridades chilenas, la apuesta de gas natural licuado es el camino a su independencia en materia energética, sobre todo respecto de vecinos que les incomodan como Argentina o Bolivia; también en este marco hay que leer la discusión que se está dando en Chile para ver la viabilidad técnica y política de construir una planta de energía nuclear para producir electricidad. Para La Tercera, este tipo de proyectos (el gas natural y la energía atómica) son también "a los ojos de la cancillería boliviana, el fin de cualquier posibilidad de que Bolivia le venda gas natural a Chile".
Finalmente, luego de la negativa chilena y de la filtración periodística, el proyecto fue postergado también en Bolivia porque hoy este tipo de negociaciones están lejos de las prioridades políticas del gobierno de Morales dados los fuertes conflictos internos y sociales que atraviesa y a que su popularidad descendió dramáticamente en los últimos meses (de 81% en mayo, a 52% en septiembre, según la encuestadora Apoyo).
Todo lo cual es una lástima. Seis meses atrás, con gobiernos recién estrenados en ambos países, más de uno se animó a escribir que era el momento para que Chile y Bolivia resolvieran sus problemas; y que dos outsiders de la política (por procedencia cultural y de género como Morales y Bachelet) eran una esperanza frente a políticos clásicos que ya habían fracasado en reiteradas ocasiones. Ahí nos equivocamos todos.
Quienes no lo hicieron fueron algunos emprendedores que siguen buscando alternativas imaginativas, muy riesgosas pero menos ideológicas y más baratas. Un puede apostar que el entendimiento entre Chile y Bolivia provendrá de ideas como ésta. Quizá entonces los funcionarios de ambos países les presten la atención que merecen.

33% de los chilenos no quieren soberanía para Bolivia

El 33% de los chilenos no quieren darle a Bolivia una salida soberana al mar ni beneficios económicos para exportar sus productos. Sin embargo, el 13% cree que un corredor o una franja de territorio es viable, y el 47% sostiene que hay que dar a los bolivianos beneficios económicos para exportar sus productos.
Estos son algunos de los resultados de la Encuesta Bicentenario Adimark - Universidad Católica que se centró en los cambios culturales de la sociedad chilena.
Si quiere ver la encuesta completa pinche aquí:
Encuesta Bicentenario Adimark Universidad Católica

La historia que pudo ser y no fue

La primicia periodística lanzada por La Tercera el domingo pasado sobre las negociaciones para intercambiar gas y electricidad entre Chile y Bolivia ha tenido amplias y curiosas repercusiones, dando razón a Carlos Fuentes quien sostiene que ?en política los secretos son a voces y sólo las voces son secretas?.
Es que la negociación contemplaba un sistema nada novedoso en la política energética de Evo Morales. Varios de sus colaboradores consideran que el gas debe ser vendido con valor agregado o industrializado, por ello impulsaron este acercamiento con Chile, y tratos como el que están cerrando con una empresa india para explotar en Santa Cruz una de las reservas de hierro más grandes del continente y entregar gas a cambio; o proyectos similares para una mina en el Occidente y para una planta de polietileno en la frontera con Brasil.
La negociación fracasó por el lado boliviano porque este sector tiene fuertes disputas con aquellos que lo acusan de haber ?secuestrado y burocratizado? al Presidente (la salida del Ministro de Hidrocarburos por presión de Petrobras hay que leerla en ese contexto), y porque hoy la negociación con Chile está lejos de las prioridades de supervivencia política del gobierno dado que la popularidad de Morales descendió del 81% en mayo, al 52% en septiembre.
Pelea que también ocasiona que el gobierno sea incapaz de mantener una línea monolítica en su política exterior. Así, en medio de la negociación secreta, el Canciller boliviano llegó a decir que la política de gas por mar estaba superada, lo que fue desmentido 24 horas después por uno de sus colegas, luego de la presión pública y privada de quienes luchan militantemente contra cualquier acercamiento a Chile que no diga acceso al mar con soberanía en la primera página.
Los retruécanos verbales de Choquehuanca, que recientemente llegó a decir que en adelante no hablaría respecto a ninguna negociación (previsor y temeroso de filtraciones como las que publicó La Tercera), no hacen más que confirmar que pese a que cree que sus intuiciones son geniales, suenan ante los países vecinos como las de un ingenuo, sobre todo si hace referencia a proyectos tan delicados que no sólo necesitan viabilidad política, sino ingeniería técnica y financiera, y mucha suerte.
Por su parte, la Cancillería chilena no quiso inmiscuirse y prefirió mirar para otro lado (sobre todo hacia el Perú), quitando el piso imprescindible al asunto. El argumento de que este es un tema entre privados suena hueco: En Chile, cualquier cosa que tenga que ver con el gas y con negociaciones con Bolivia trasciende largamente al ámbito político y gubernamental.
Una lástima. Seis meses atrás, con gobiernos recién estrenados, más de uno se animó a escribir que era el momento para que ambos países resolvieran sus problemas; que dos outsiders de la política (por procedencia cultural y de género) eran una esperanza frente a políticos clásicos. Ahí nos equivocamos todos.
Quienes no lo hicieron fueron algunos emprendedores que siguen buscando alternativas imaginativas, muy riesgosas pero menos ideológicas y más baratas. Un puede apostar que el entendimiento entre Chile y Bolivia provendrá de ideas como ésta. Quizá entonces los funcionarios de ambos países les presten la atención que merecen.

Cumbre borrascosa

Si algo nos enseña la situación política internacional, es que no hay nada más saludable que el diálogo. Sobre todo si éste deja de lado los discursos circulares y auto referentes y comienza a tener una semántica común.
Que por primera vez haya una agenda compartida entre Chile y Bolivia es un cambio cualitativo que satisface a ambas partes. A Chile porque mantiene la discusión en el marco bilateral y según lo acordado previamente, y a Bolivia porque ahora la cuestión marítima y el agua -clave para Potosí y el norte chileno-, están nuevamente en el tapete. De ahora en adelante la cuestión se centrará en énfasis e interpretaciones pero no en significados... y, por supuesto, en enfrentar adecuadamente a los fastidiosos duendecillos de la contingencia.
Hoy lo que deja sin dormir a los bolivianos es la Asamblea Constituyente y los conflictos regionales por autonomía, lo que puede conducir a un escenario de confrontación interna según los pesimistas o a uno de reconciliación nacional como afirman los más optimistas.
En Chile también hay fuertes ruidos de interferencia. La política exterior de Michelle Bachelet está en entredicho para tirios y troyanos sobre todo después de las dificultades que enfrenta su gobierno con el de Néstor Kirchner. Ergo, lo que podría ser apertura al diálogo con Bolivia es leído por muchos como otra señal de debilidad, acusación que toca la fibra más sensible de la Presidenta, quien sale de una crisis de gabinete y enfrenta duras críticas de sus aliados y de la oposición por no tener un relato global que seduzca a sus ciudadanos.
En una coyuntura así, el peligro está en que se desande lo avanzado con actitudes intransigentes y maximalistas (parte del "huayralevismo" altoperuano que tanto criticaban los intelectuales más lúcidos bolivianos), o golpeando la mesa para dar una señal de autoridad (como gustan hacer algunos políticos chilenos), lo que en asuntos diplomáticos sólo es bien visto por compatriotas y correligionarios.
Si ya la cumbre del MERCOSUR era complicada para Bachelet porque debía discutir el aumento del precio del gas argentino (asunto en el cual Bolivia jugó un papel determinante) y el de los combustibles en zonas fronterizas, hoy su agenda internacional tiene otro frente complejo: el diálogo con Morales y la respuesta que tendrá que dar a sus reiteradas invitaciones para visitar Sucre el 6 de agosto próximo y asistir a la inauguración de la Asamblea Constituyente, el proyecto estrella del Presidente boliviano por refundacional y hegemónico. Invitación a la cual responderá con un sí, lo que podría ser leído en Chile como una concesión innecesaria; o con un no, monosílabo que sería interpretado en La Paz casi como un desplante.
Una Cumbre, entonces, acorde a esta era de diplomacia presidencial, donde -como ocurre en todos los mecanismos regionales de integración- las bilaterales son más importantes que las plenarias, en la que Kirchner y Morales juegan de locales, y en la cual los mandatarios, además de sonreír para la foto, tendrán que demostrar la muñeca que tienen para conducir en caminos de cornisa, ripiosos y escarpados.

El ruido y las nueces

Hay más ruido que nueces en las críticas desatadas alrededor de la visita de miembros del Congreso chileno a Bolivia. Las reuniones a las que asistieron los parlamentarios, la firma de una nota conjunta, las entrevistas, los enviados especiales, fueron interpretadas en Bolivia como señales de acercamiento y voluntad de diálogo, pero nadie es tan ingenuo como para creer que una declaración de buenas intenciones pueda modificar escenarios.
Esta visita no es la primera de una autoridad chilena a Bolivia en los últimos años, ni será la última: Diputados, alcaldes y funcionarios viajan constantemente y expresan sus opiniones, a veces de forma personal, a veces oficialmente, de ahí que al referirse a éste los medios bolivianos lo dimensionaran en su justa medida: Fue noticia, pero nadie estimó que cambiaría el curso de las negociaciones.
El ruido alrededor del tema contrasta con la poca importancia que se le ha dado a un asunto de mucha mayor trascendencia: La negociación entre Argentina y Bolivia por la exportación de gas. Ese acuerdo que firmarán en los próximos días los presidentes de ambos países tendrá un ingrediente ofensivo. Señalará, una vez más, que el gas boliviano no debe reexportarse a Chile porque el gobierno boliviano cree (o dice creer) que esto es posible, y que obtendrá concesiones territoriales través de él.
Si ya de por sí es inadmisible que Argentina pague menos de lo que le cobra a Chile por el mismo producto, también lo es el componente antichileno del nuevo contrato. Tan inadmisible como la reacción chauvinista que desató la visita de los legisladores concertacionistas y el tono de escándalo que se le ha dado al tema en las últimas horas. Ambas cosas, lo saben bien los diplomáticos, no le hace bien a un proceso de acercamiento que recién comienza, muy empinado y espinoso, y que ya de por sí muchos comparan con el Sísifo mitológico antes que con algún tratado de diplomacia internacional exitosa.
El viaje de los congresistas fue una sumatoria de buenas voluntades y, si bien es cierto que de ellas está plagado el camino al infierno, parecería que quienes lo critican obedecen más a la lógica de la política interna y la coyuntura nacional, antes que a la seriedad que siempre caracterizó a las relaciones exteriores chilenas. Sea de parte del gobierno que no asume una agenda conjunta con el Congreso y que tiene una curiosa tendencia a controlar la información y la vida pública, sea de parte de la oposición que ante la ausencia de agenda propia busca crear un incidente ficticio para conseguir precisamente esto: que yo y otros columnistas estemos escribiendo una nota sobre el tema.