Si bien es cierto que Internet hay en todas partes y hasta puedo conectarme satelitalmente, seamos realistas y pensemos que una laptop en Isallavi —el pueblo donde nació el presidente boliviano, Evo Morales—, es poco menos que un OVNI.
Por tanto, la primera recomendación que me viene a la mente es que pensemos menos en la tecnología y la globalización, y más en el idioma. Quien quiera vivir en Latinoamérica definitivamente debe superar el trauma y aprender español. Sin él, estas tierras son francamente inhóspitas e ininteligibles, desmesuradas, ajenas. Muy poca gente habla inglés y en los sectores populares —que es dónde mejor se puede buscar el alma latinoamericana—, nadie.
Ergo, para vivir en Latinoamérica hay que hablar español —un poco por lo menos—, balbucearlo, perpetrarlo, barruntarlo, porque sin su auxilio, sin un conocimiento mínimo, la vida por acá (no el viaje turístico "todo incluido", las vacaciones de mochilero o la visita familiar, sino la vida pura y dura, la de todos los días, la rutina del desayuno, almuerzo y cena), se hace casi imposible.
Ahora bien, una buena noticia. En toda la región —con excepción de Brasil—, los que más y los que menos hablan eso, español, sólo español y nada más que español. No es necesario como en Asia, África o Europa, aprender más de una lengua.
Pero no nos alegremos demasiado, si bien hay un solo idioma, este no es el mismo en cada lugar, tiene sutiles diferencias y bien vale la pena conocer los giros de cada país sino se quiere "meter la pata a la vuelta de la esquina". Y con giros queremos decir slang, jerga, habla coloquial, no nos referimos a la ironía y a la broma —lo más difícil de adquirir en un idioma— sino a los significados distintos de una misma palabra según sea el lugar en el que queramos vivir.
Algunos ejemplos para ilustrar: Si digo "pico" en Asunción, claramente me estaré refiriendo al instrumento que sirve para cavar; pero en Chile me mirarían como un desconsiderado y "mal hablado". Y si un latinoamericano de los bajos fondos—un "cholo" (en Bolivia o Perú), un "mersa" (en Argentina), o un "roto" (en Chile)— dice una "flauta" o quiere una "concha", estará pensando en muchas cosas menos en un instrumento musical o en un caracol.
Si uno quiere aposentarse en Santiago, por ejemplo, debe conocer esa tendencia tan particular a terminar los verbos en "i" que tienen los oriundos de estos pagos (sabes es "sabí"; tienes es "tení"; puedes es "podí"); o que huevón ("weon") no es un insulto, como en muchos países, sino un complemento popular para cualquier fraseo que se tercie.
Pero incluso eso no es suficiente. Para vivir en otro lugar además hay que entender y amar a las mujeres y los hombres que viven allí (y también a odiarlos, pero este es un proceso más largo y poco recomendable); hay que conocer las particulares formas en que se construyen las relaciones de pareja en cada lugar, que todos seremos occidentales y cristianos pero tenemos sutilezas que hacen la diferencia. Y no se trata de discriminación sexista que el interés no es antropológico; sino de bajar al concreto y terrenal nosotros/as (extranjeros) y ellos/ellas (latinoamericanos), que si uno quiere vivir en un lugar como éstos —y no es un solitario irredento o un anacoreta—, necesita relacionarse con los demás, cualquiera sea la forma en que nos gusten esas relaciones, que liberales y conservadores hay en todas partes. No se olvide que la imagen cinematográfica de macho latino y de virgen impoluta no se la creen ni en Hollywood.
Finalmente, cierto que hay quienes pueden vivir sin tener a otro/a (o a ambos) a su lado, pero nadie ha aprendido aún a vivir sin comer ni beber, y en los tiempos que corren, y según sea la edad además, los latinoamericanos tienen gustos muy marcados y un sentido profundamente nacionalista de la comida, por lo que equivocarse en ello puede costar no sólo malos entendidos sino hasta algunos huesos, y no los de pollo precisamente.
Piense por ejemplo que opinaría un peruano al que le dijeran que el "ceviche" es un invento ecuatoriano, o que diría un nacional de éste último país con aseveración semejante. Si el primero le quitaría hasta el saludo, el segundo seguramente se convertirá en su amigo de por vida.
O imagínese a un boliviano al que le dijera que la popular "salteña" es de Salta, Argentina, y no el símbolo más poderoso de su cocina. Se ha sabido de duelos por asuntos menores que éste.
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Mentira, mentirita
1. Shelagh y Jonathan Routh afirman, en un libro que publicaron hace unos años, que es verdadero un supuesto Codex Romanoff (así llaman los especialistas a algunos de los pocos escritos que se conocen de Leonardo dispersos en varios lugares del mundo), que habría estado escondido en el Hermitage ruso.
Algo similar ocurrió en la década del cincuenta en la Biblioteca Nacional de Madrid donde, al desempolvar viejos papeles sin clasificar, se encontraron tesoros invaluables del hombre más importante del Renacimiento (el Codex Madrid).
Pues bien, este supuesto nuevo Codex trata exclusivamente de cocina, un asunto que Leonardo cultivó apasionadamente. Hay antecedentes al respecto: se sabe que Leonardo fue maestro de banquetes, que le gustaba comer bien y que fue jefe de cocineros de una taberna sin mucho éxito. Incluso se afirma que es el creador de la nouvelle cuisine por su histeria minimalista. Pues bien, "Notas de Cocina de Leonardo da Vinci", dice reproducir el supuesto Codex Romanoff y relata suculentas recetas de la época basándose en hechos reales y en otros inventados, de tal forma que al terminar de leer el libro uno no sabe qué es verdad y qué no (ése quizá su mayor atractivo).
2. En una curiosa definición de Chile, alguien tuvo la ocurrencia de sostener que se trataba de un país de mentiras porque nada hace referencia a su nombre: Isla Negra, por ejemplo (el hermoso lugar que Pablo Neruda eligió para construir su casa y su pulsión enfermiza por coleccionar), no es una Isla y tampoco es Negra, apenas un pueblito entre otros a lo largo de la extensa costa marítima chilena. En ese país las fuentes de soda son restaurantes y un sandwich de jamón y queso se llama Barros Jarpa.
3. En la Argentina la gente creyó que podía vivir como en el primer mundo y que un peso valía igual que un dólar. Pero el mejor chiste de todos los que porteños y provincianos fueron capaces de creerse es el que dice que el sistema bancario es sólido y está del lado de la gente. Ja. Cuando escuche la palabra banquero ponga su mano en la cartuchera.
4. En Bolivia también somos de creernos grandes mentiras, por ejemplo ésa de que la Policía está para servir y proteger en lugar de asaltar y matar (en una calle oscura, entre un maleante y un patrullero, ¿a quién prefiere?); o esa otra ficción autóctona que proclama que todos somos iguales ante la ley. Ja de nuevo.
Vengo de un lugar donde todo es mentira, lo cual sin ser solipsista no debería importarnos. Un graffiti que apareció recientemente señala: el problema no es que nos mientan sino que les creamos. Touché.
5. Por eso nos aferramos a ficciones y mitologías que podemos controlar, mentiras piadosas con final feliz conocido de antemano y no puñaladas falsas y dolorosas por la espalda.
Como están las cosas en el mundo, ¿por qué no creer en Gandalf o en el Codex Romanoff?, asuntos más amables que policías que son ladrones, revolucionarios burócratas y el vuelo de los peces, que así me dijeron era el reino del revés donde dos y dos suman tres.
Algo similar ocurrió en la década del cincuenta en la Biblioteca Nacional de Madrid donde, al desempolvar viejos papeles sin clasificar, se encontraron tesoros invaluables del hombre más importante del Renacimiento (el Codex Madrid).
Pues bien, este supuesto nuevo Codex trata exclusivamente de cocina, un asunto que Leonardo cultivó apasionadamente. Hay antecedentes al respecto: se sabe que Leonardo fue maestro de banquetes, que le gustaba comer bien y que fue jefe de cocineros de una taberna sin mucho éxito. Incluso se afirma que es el creador de la nouvelle cuisine por su histeria minimalista. Pues bien, "Notas de Cocina de Leonardo da Vinci", dice reproducir el supuesto Codex Romanoff y relata suculentas recetas de la época basándose en hechos reales y en otros inventados, de tal forma que al terminar de leer el libro uno no sabe qué es verdad y qué no (ése quizá su mayor atractivo).
2. En una curiosa definición de Chile, alguien tuvo la ocurrencia de sostener que se trataba de un país de mentiras porque nada hace referencia a su nombre: Isla Negra, por ejemplo (el hermoso lugar que Pablo Neruda eligió para construir su casa y su pulsión enfermiza por coleccionar), no es una Isla y tampoco es Negra, apenas un pueblito entre otros a lo largo de la extensa costa marítima chilena. En ese país las fuentes de soda son restaurantes y un sandwich de jamón y queso se llama Barros Jarpa.
3. En la Argentina la gente creyó que podía vivir como en el primer mundo y que un peso valía igual que un dólar. Pero el mejor chiste de todos los que porteños y provincianos fueron capaces de creerse es el que dice que el sistema bancario es sólido y está del lado de la gente. Ja. Cuando escuche la palabra banquero ponga su mano en la cartuchera.
4. En Bolivia también somos de creernos grandes mentiras, por ejemplo ésa de que la Policía está para servir y proteger en lugar de asaltar y matar (en una calle oscura, entre un maleante y un patrullero, ¿a quién prefiere?); o esa otra ficción autóctona que proclama que todos somos iguales ante la ley. Ja de nuevo.
Vengo de un lugar donde todo es mentira, lo cual sin ser solipsista no debería importarnos. Un graffiti que apareció recientemente señala: el problema no es que nos mientan sino que les creamos. Touché.
5. Por eso nos aferramos a ficciones y mitologías que podemos controlar, mentiras piadosas con final feliz conocido de antemano y no puñaladas falsas y dolorosas por la espalda.
Como están las cosas en el mundo, ¿por qué no creer en Gandalf o en el Codex Romanoff?, asuntos más amables que policías que son ladrones, revolucionarios burócratas y el vuelo de los peces, que así me dijeron era el reino del revés donde dos y dos suman tres.
Mesías (Chávez como Tom cuando el bulldog lo atrapa)
Según la religión que a uno le guste, el Mesías ya vino (se sacrificó por nosotros y bla bla, bla bla), o está por venir (y aún ni pinta por lo que se sabe); pero que es uno, único, santo, y sólo es un dogma que se comparte entre ambas, sin ambages. Y, ya se sabe, con la mística no hay que meterse (ni con la teología ni la metafísica ni con la mujer de un amigo, que en eso hay que creer o reventar). Pues bien, hay quienes sueñan que pueden hacerse a los Mesías, machos machotes de lo mesiánico (hermosa palabra que comparten sociólogos y políticos, castas ambas que se aman, que se odian, tan igualitas que asustan).
Yo por ejemplo, una vez quise ser Mesías, quise enamorar a una dama con efluvios espirituales y miradas matadoras (hasta que entendí que es mejor el intercambio de fluidos (tibios y calientes, espesos, húmedos y pegajosos)... pero esa es otra historia, una historia machista y obscena); o que se podía sacar buenas notas en la universidad sólo con discusiones políticas (aquí viene la lección moral sobre el estudio, pero ésa también es otra cosa y también es aburrida).
Pues bien, todos hemos querido ser Mesías en algún momento: el que mata con una bomba y se cree poseedor de vida y muerte; o el que cree que lo que dice es correcto, la verdad y la realidad (aunque Perón decía que la única verdad es la realidad, y alguien le argumentó que la realidad es la única verdad, que no es lo mismo pero es igual).
Es también un gran error pensar que los Mesías son solamente religiosos (o músicos), hay Mesías y Mesías. Los de saco y corbata y los desnudos; los que son hombres y las mujeres; Mesías de derecha y de izquierda; Mesías para todos los gustos.
Fue un Mesías Sharon y otro Arafat (Bush, el más grande de todos), es un Mesías Fidel y el Che y, qué duda cabe, Mesías se cree Chávez y así le va.
Cuando el asunto es privado, vaya y pase: A quién le importa que uno tenga el ego inflado, que su autoestima esté por todo lo alto y se considera tan pero tan importante que las demás quedan reducidos a un poroto. Si mi verdad es la verdad, allá yo con el solipsismo, que no hago daño a nadie y lo máximo que pueden hacerme es enterrarme en un psiquiátrico.
Pero cuando el Mesías se mete con los demás, cuidémonos, que Chávez hasta es simpático para la izquierda, para los izquierdistas y los izquierdizantes, que hasta lo defienden y lo quieren y lo extrañan (aunque lo hayan querido voltear la derecha, gringos y ramas anexas y a uno lo subleven esos asuntos). Pero también convengamos que se le ocurrió clausurar medios, poner francotiradores en las azoteas y disparar a quemarropa en lo más parecido a una dictadura que podamos concebir (pero, ya se sabe, dictadura es sólo de derecha); aunque la izquierda, los izquierdistas y los izquierdizantes no quieran reconocer que cuando es blanco y líquido es leche (y si la dejas mucho tiempo al sol se agría).
El Mesías venezolano se desmorona, se nos viene abajo como historieta, como Tom cuando el bulldog lo atrapa. Se viene abajo porque su formación militar le cuadriculó la vida y, nobleza obliga, porque se animó con quien no debía y, está visto, no podía.
Yo por ejemplo, una vez quise ser Mesías, quise enamorar a una dama con efluvios espirituales y miradas matadoras (hasta que entendí que es mejor el intercambio de fluidos (tibios y calientes, espesos, húmedos y pegajosos)... pero esa es otra historia, una historia machista y obscena); o que se podía sacar buenas notas en la universidad sólo con discusiones políticas (aquí viene la lección moral sobre el estudio, pero ésa también es otra cosa y también es aburrida).
Pues bien, todos hemos querido ser Mesías en algún momento: el que mata con una bomba y se cree poseedor de vida y muerte; o el que cree que lo que dice es correcto, la verdad y la realidad (aunque Perón decía que la única verdad es la realidad, y alguien le argumentó que la realidad es la única verdad, que no es lo mismo pero es igual).
Es también un gran error pensar que los Mesías son solamente religiosos (o músicos), hay Mesías y Mesías. Los de saco y corbata y los desnudos; los que son hombres y las mujeres; Mesías de derecha y de izquierda; Mesías para todos los gustos.
Fue un Mesías Sharon y otro Arafat (Bush, el más grande de todos), es un Mesías Fidel y el Che y, qué duda cabe, Mesías se cree Chávez y así le va.
Cuando el asunto es privado, vaya y pase: A quién le importa que uno tenga el ego inflado, que su autoestima esté por todo lo alto y se considera tan pero tan importante que las demás quedan reducidos a un poroto. Si mi verdad es la verdad, allá yo con el solipsismo, que no hago daño a nadie y lo máximo que pueden hacerme es enterrarme en un psiquiátrico.
Pero cuando el Mesías se mete con los demás, cuidémonos, que Chávez hasta es simpático para la izquierda, para los izquierdistas y los izquierdizantes, que hasta lo defienden y lo quieren y lo extrañan (aunque lo hayan querido voltear la derecha, gringos y ramas anexas y a uno lo subleven esos asuntos). Pero también convengamos que se le ocurrió clausurar medios, poner francotiradores en las azoteas y disparar a quemarropa en lo más parecido a una dictadura que podamos concebir (pero, ya se sabe, dictadura es sólo de derecha); aunque la izquierda, los izquierdistas y los izquierdizantes no quieran reconocer que cuando es blanco y líquido es leche (y si la dejas mucho tiempo al sol se agría).
El Mesías venezolano se desmorona, se nos viene abajo como historieta, como Tom cuando el bulldog lo atrapa. Se viene abajo porque su formación militar le cuadriculó la vida y, nobleza obliga, porque se animó con quien no debía y, está visto, no podía.
Freaks
Exhibir gente deforme o anormal tuvo muchos nombres. En el siglo XIX se le decía "Show de Rarezas" o "Hall de Curiosidades Humanas", pero a comienzos del XX se popularizaron los términos "freakshow" y especialmente "sideshow".
Los freaks más exhibidos y famosos de toda la historia fueron Chang y Eng, los siameses (oriundos de Siam) que dieron nombre a la forma en que nacieron, y que se casaron con un par de hermanas para tener 21 hijos (uno cerraba los ojos mientras el otro amaba en silencio cuentan en su biografía).
En la universidad islámica de Nablus, se realizó, meses atrás, la primera exposición de arte terrorista de la que se tenga memoria. La fiesta corrió a cargo del grupo Hamas. Entre reconstrucciones de la pizzería que volaron en Israel, pasando por el homenaje a un shaid (mártir islámico), había de todo. A través de un agujero hecho en un tabique, se podían ver repisas con los efectos personales (kefías ?pañuelo árabes? o cartas de despedida) y las fotos o retratos de los shaídes, con un fusil en la mano derecha y el Corán en la izquierda.
Hubo quien dijo que el atentado del 11 de septiembre fue la mayor obra de arte del siglo (por eso de que el arte es, en sí mismo, una forma de destrucción simbólica). Varios fotógrafos hicieron enormes exposiciones sobre el fatídico día (en Bolivia, sin ir lejos, se publicaron por lo menos cuatro reportajes retratándolo).
El gobierno de Polonia sostiene que casi medio millón de personas visita cada año los campos de concentración y exterminio de Auschwitz I y Auschwitz II?Birkenau. Abiertos al público en julio de 1947 con el nombre de "Monumento del martirio del pueblo polaco y otras naciones", son un testimonio del holocausto sufrido por judíos, gitanos y comunistas, pero cada vez más parecen paradores turísticos.
La pasión enfermiza por exhibir la muerte se refleja en museos guerreros como el del Pacífico, donde hay fusiles antiguos y uniformes que alguna vez empuñaron y vistieron ilustre y desconocidos soldados que ahora son poco más que arena en el desierto. Producto de otras guerras (las del hombre contra la ciencia), en el Museo Tiwanacota se pueden apreciar cráneos con agujeros y calaveras destrozadas por obra de algún instrumento de trepanación, además de momias en distintos colores y tamaños (juro haber visto la de un niño).
En Sevilla está exhibida la cabeza de una vaca que parió a un toro que pasó a la historia por atravesar a uno de los más grandes matadores españoles. El asesinato de la madre obedeció a razones profilácticas: que nunca más engendre un ternero que pueda causar tanto dolor entre los fanáticos.
En los noticieros de televisión la muerte y la sordidez son los protagonistas por excelencia (hasta People+Art ha hecho un programa sobre grandes incestos y asesinos taquilleros). La semana pasada un niño con la boca monstruosamente crecida; ésta el recuento monótono de los muertos en un accidente.
Exhibicionismo y voyeurismo, categorías que no sirven para clasificar sino para complacernos: O vemos (esa desgracia ajena que podría ser la nuestra), o nos miran (si somos deformes, si morimos, si nos matan).
Desde que se inventó la televisión freaks somos todos.
Los freaks más exhibidos y famosos de toda la historia fueron Chang y Eng, los siameses (oriundos de Siam) que dieron nombre a la forma en que nacieron, y que se casaron con un par de hermanas para tener 21 hijos (uno cerraba los ojos mientras el otro amaba en silencio cuentan en su biografía).
En la universidad islámica de Nablus, se realizó, meses atrás, la primera exposición de arte terrorista de la que se tenga memoria. La fiesta corrió a cargo del grupo Hamas. Entre reconstrucciones de la pizzería que volaron en Israel, pasando por el homenaje a un shaid (mártir islámico), había de todo. A través de un agujero hecho en un tabique, se podían ver repisas con los efectos personales (kefías ?pañuelo árabes? o cartas de despedida) y las fotos o retratos de los shaídes, con un fusil en la mano derecha y el Corán en la izquierda.
Hubo quien dijo que el atentado del 11 de septiembre fue la mayor obra de arte del siglo (por eso de que el arte es, en sí mismo, una forma de destrucción simbólica). Varios fotógrafos hicieron enormes exposiciones sobre el fatídico día (en Bolivia, sin ir lejos, se publicaron por lo menos cuatro reportajes retratándolo).
El gobierno de Polonia sostiene que casi medio millón de personas visita cada año los campos de concentración y exterminio de Auschwitz I y Auschwitz II?Birkenau. Abiertos al público en julio de 1947 con el nombre de "Monumento del martirio del pueblo polaco y otras naciones", son un testimonio del holocausto sufrido por judíos, gitanos y comunistas, pero cada vez más parecen paradores turísticos.
La pasión enfermiza por exhibir la muerte se refleja en museos guerreros como el del Pacífico, donde hay fusiles antiguos y uniformes que alguna vez empuñaron y vistieron ilustre y desconocidos soldados que ahora son poco más que arena en el desierto. Producto de otras guerras (las del hombre contra la ciencia), en el Museo Tiwanacota se pueden apreciar cráneos con agujeros y calaveras destrozadas por obra de algún instrumento de trepanación, además de momias en distintos colores y tamaños (juro haber visto la de un niño).
En Sevilla está exhibida la cabeza de una vaca que parió a un toro que pasó a la historia por atravesar a uno de los más grandes matadores españoles. El asesinato de la madre obedeció a razones profilácticas: que nunca más engendre un ternero que pueda causar tanto dolor entre los fanáticos.
En los noticieros de televisión la muerte y la sordidez son los protagonistas por excelencia (hasta People+Art ha hecho un programa sobre grandes incestos y asesinos taquilleros). La semana pasada un niño con la boca monstruosamente crecida; ésta el recuento monótono de los muertos en un accidente.
Exhibicionismo y voyeurismo, categorías que no sirven para clasificar sino para complacernos: O vemos (esa desgracia ajena que podría ser la nuestra), o nos miran (si somos deformes, si morimos, si nos matan).
Desde que se inventó la televisión freaks somos todos.
El Instituto Poynter
Muy recomendable visitar el blog del Instituto Poynter, sobre todo para quienes nos dedicamos al periodismo y la información.
Me llamó la atención que te permite utilizar una "herramienta de ética" (que sirve para recibir asesoramiento sobre inquietudes éticas y que es atendida por profesionales especializados).
Como ellos mismos dicen: una escuela de periodistas, futuros periodistas y profesores de periodistas. Un espacio para buscar la excelencia.
Me llamó la atención que te permite utilizar una "herramienta de ética" (que sirve para recibir asesoramiento sobre inquietudes éticas y que es atendida por profesionales especializados).
Como ellos mismos dicen: una escuela de periodistas, futuros periodistas y profesores de periodistas. Un espacio para buscar la excelencia.
Proyecto de software libre en idiomas originarios
Copio a continuación algunos párrafos de un proyecto que me pareció atractivo.
Si quieren verlo completo, colaborar o trabajar en él, háganlo en la Biblioteca de las Indias Electrónicas
"Claroline es la plataforma de formación online más extendida de Iberoamérica. Nacida en la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica), no sólo es una excelente plataforma tecnológica, además es software libre: cualquiera puede usarlo, mejorarlo y modificarlo libremente. Claroline forma parte del procomún digital universal, no está sometida a patentes, derechos de explotación ni pago de royalties.
De todas las lenguas de la comunidad iberoamericana Claroline ha sido traducida a las dos más extendidas: español y portugués. Sin embargo todavía no lo ha sido a las lenguas nativas americanas que como el guaraní, el quechua o el aymara, son la lengua materna de millones de nuestros conciudadanos.
En la Biblioteca de las Indias hacemos nuestro el manifiesto Ubuntu. Pensamos que el software debería ser gratuito, las herramientas deberían poder usarse por cada cual en su lengua materna e independientemente de cualquier discapacidad, debiendo tener además, libertad para personalizar y modificar los programas del modo que más les convenga. Así que nos disponemos a poner nuestro granito de arena para hacer esto realidad con tu ayuda.
Este es un proyecto muy sencillo. Su objetivo es traducir el software y dejar esa traducción al dominio público para que cualquiera pueda usarlo y se integre a la distribución oficial y libre de Claroline.
Queremos tener lista la traducción en noviembre al quechua, el aymara y el guaraní. El equipo de traductores se repartirá el fondo final obtenido de aquí al uno de noviembre, a partes iguales. La dotación inicial asegura pues que como mínimo cada uno de ellos recibirá 100 euros".
Si quieren verlo completo, colaborar o trabajar en él, háganlo en la Biblioteca de las Indias Electrónicas
"Claroline es la plataforma de formación online más extendida de Iberoamérica. Nacida en la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica), no sólo es una excelente plataforma tecnológica, además es software libre: cualquiera puede usarlo, mejorarlo y modificarlo libremente. Claroline forma parte del procomún digital universal, no está sometida a patentes, derechos de explotación ni pago de royalties.
De todas las lenguas de la comunidad iberoamericana Claroline ha sido traducida a las dos más extendidas: español y portugués. Sin embargo todavía no lo ha sido a las lenguas nativas americanas que como el guaraní, el quechua o el aymara, son la lengua materna de millones de nuestros conciudadanos.
En la Biblioteca de las Indias hacemos nuestro el manifiesto Ubuntu. Pensamos que el software debería ser gratuito, las herramientas deberían poder usarse por cada cual en su lengua materna e independientemente de cualquier discapacidad, debiendo tener además, libertad para personalizar y modificar los programas del modo que más les convenga. Así que nos disponemos a poner nuestro granito de arena para hacer esto realidad con tu ayuda.
Este es un proyecto muy sencillo. Su objetivo es traducir el software y dejar esa traducción al dominio público para que cualquiera pueda usarlo y se integre a la distribución oficial y libre de Claroline.
Queremos tener lista la traducción en noviembre al quechua, el aymara y el guaraní. El equipo de traductores se repartirá el fondo final obtenido de aquí al uno de noviembre, a partes iguales. La dotación inicial asegura pues que como mínimo cada uno de ellos recibirá 100 euros".
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