“Que la DEA no me vea”

Una de las canciones más populares de “Atajo”, un exitoso grupo de rock boliviano, contenía un estribillo pegajoso y decidor: “Que la DEA no me vea que me causa stress”. Era una canción de respaldo al movimiento cocalero que comenzaba a despuntar en ese momento y que después se impondría rotundamente en la política boliviana.
La relación entre los EE.UU. y los cocaleros nunca fue de las mejores: en septiembre fue expulsado el embajador de ese país; semanas después USAID (la agencia de cooperación para el desarrollo); y, hace unos días, la DEA en una decisión mediática plagada de acusaciones de grueso calibre, entre ellas, que en lugar de combatir al narcotráfico, la DEA había colaborado con él y permitido desde asesinatos hasta la venta de toneladas de cocaína.
El giro antinorteamericano de Morales ya ha tenido costos altos para Bolivia: perder las preferencias arancelarias para las exportaciones y probablemente una futura “descertificación” del país (EE.UU. certifica o no a los países en función a su lucha contra el narcotráfico).
El gobierno sostiene que, sin la ayuda norteamericana, ha cumplido con la interdicción al narcotráfico y que ahora contará con el auxilio de otros países como Rusia (con quien se firmó recientemente un acuerdo de cooperación), la Unión Europea y hasta UNASUR.
Por otra parte, cree que la situación mejorará con el triunfo de Barack Obama, a quien ha prometido entregar las pruebas de los vínculos de la DEA con el narcotráfico. Los más escépticos dudan que la política antidrogas y respecto a Bolivia vaya a cambiar con el nuevo inquilino de la Casa Blanca, es más, el vicepresidente electo Joseph Biden, representa la línea dura norteamericana en la lucha contra el narcotráfico y durante la gestión del ex presidente Bill Clinton participó de la concepción del Plan Colombia.
En cualquier caso, al margen de este impensado y sin mayor relevancia acuerdo con la ex Unión Soviética, donde uno puede encontrar reminiscencias de la guerra fría en Bolivia es en acciones como la expulsión de la DEA, que no significará como antaño ir de los brazos de una potencia para caer en los de otra, pero contiene una retórica antigua y bipolar que conocía bien “Atajo”, por eso terminaba su canción con un definitivo “yankee, mother fucker, go home”.
Los artistas pueden darse esos lujos, los políticos no.

Las campanas doblan por Morales

El mejor prestidigitador político que exista hoy en Latinoamérica, aquel capaz de sentarse toda la noche junto a sus descamisados y llorar al firmar el decreto con el que sellaba su triunfo. El político hábil y taimado, el indio tenaz y admirable, el de la chompa multicolor y el traje sin corbata, ése, al que todos conocemos antes de nombrarlo, ha roto el empate catastrófico boliviano. Tardó tres años más de lo previsto pero finalmente impuso su agenda política, económica y étnica casi sin modificaciones.
En el camino quedó una oposición boqueando, derrotada (electoralmente en agosto y políticamente en septiembre), incapaz de hacerse viable o de seguir el ritmo a la historia. Un fracaso apenas menos amargo por aquellas pocas concesiones que le hizo el gobierno como permitir la tenencia de la tierra, postergar la segunda reelección o aceptar autonomías controladas.
Y a lado de aquel ilusionista y de estos juglares, como testigos silenciosos, mirando, decenas de muertos inocentes, cientos de heridos y un país paralizado y expectante.
Ahora bien, ¿cómo será este nuevo orden que llega para quedarse? Estatista antes que socialista en lo económico —una perspectiva a la que el mundo parece dirigirse sin escalas—; peronista antes que chavista en lo político; y antiliberal por sobre todas las cosas.
Desde la perspectiva étnica e inclusiva, va a la par con la historia; pero como otro triunfo del occidente arcaico y centralista que desde finales del siglo XIX conduce Bolivia, se opone a ella sin esperanza.
Después de su triunfo, la responsabilidad ha quedado por entera de lado del gobierno, la pregunta leninista que se escucha soterrada y sensatamente en el Palacio Quemado es qué hacer con tanto poder, y ya se ensayan respuestas. Respuestas con visos autoritarios y populistas, cierto, pero que sigue siendo democráticas como lo demostró el hecho de que el lunes pasado —pudiendo—, Morales no hubiera tomado el poder por la fuerza, a pesar de los pedidos desesperados de miles de campesinos que querían quemar el parlamento, e instaurar el gobierno de los soviets y de los ayllus de una vez y para siempre. Aquel genio del marketing y la propaganda, el padre ordenador y castrador, evitó la catástrofe en una vigilia televisada para el público —que era la nación toda—, demostrando que aún hay esperanzas para la democracia y las instituciones.
Y en medio de estas semanas que estremecieron a Bolivia, la OEA y UNASUR vivieron un infierno para cualquier político: “sentarse en una mesa de negociación sin poder opinar”, como confidenció Dante Caputo a quien quisiera oírlo.
Pero el papel de ambas organizaciones no debe medirse por lo que pasó sino por lo que podía pasar.
Su sola presencia evitó mayor violencia de la que hubo y permitió una retirada ordenada de la oposición y que los sectores fundamentalistas del gobierno no impusieran su criterio. Sin la OEA y UNASUR el resultado hubiera sido el mismo, sin duda, pero con muchos más muertos, más luto y dolor del que una sociedad puede resistir sin quebrarse. Sería injusto pedirles más… o mejor: ¿podría pedírseles otra cosa?
Por eso reciben el aplauso de la platea y la obra puede continuar sin mayores interrupciones (apenas violencia esporádica a la que estamos casi acostumbrados); y en ella nadie se pregunta quién es el director o por quién doblan las campanas, todos sabemos que hoy y durante muchos años las campanas doblarán con fuerza por Evo Morales.

Bolivia, tan lejos de Dios

Pando es de muy difícil acceso, gran parte del año apenas se puede llegar por tierra y en época de lluvias sólo quien posea ánimo de aventura y esté dispuesto a pasar semanas en medio de una carretera que desaparece sin avisar.
Cuando se viaja por allí y se tiene la suerte de comer en algún poblado, uno lo hace hasta decir basta: si es el desayuno, huevos, carne, arroz todo lo que sea posible, los baqueanos dicen que uno debe hacerlo así porque no sabe cuándo lo hará de nuevo, si la selva lo retendrá por semanas sin otra cosa que fruta y animales de caza.
El aeropuerto entonces —un caserío y una lengüeta de tierra en el que aterrizan sobre todo avionetas pequeñas—, es el contacto con el mundo de este pequeño pueblo en medio de la selva amazónica, mucho más cerca de Brasil, que del lejano centro de La Paz o, mejor, del Estado boliviano que casi no tiene presencia allí.
Cierto que un comando del ejército y un batallón de la policía tienen sede en ese departamento boliviano, pero es la Prefectura o organizaciones corporativas como los ganaderos, el comité cívico, o las que agrupan a los pueblos indígenas de la zona los que realmente expresan a las fuerzas vivas del pueblo, las que se reúnen, protestan o pasean (las chicas en una dirección, los chicos en otra para mirarse a los ojos) en una pequeña plaza principal, rodeada por la Alcaldía, la iglesia, un banco y algunos comercios.
A pocos kilómetros de allí, a orillas un río que divide la periferia de la selva tupida, espesa y agresiva de la amazonía y que quienes quieran vadear tiene que cruzar en pontón (esas grandes balsas de madera que uno no sabe cómo pueden flotar con un camión encima), ocurrió hace unos días el enfrentamiento más sangriento de los últimos años y quizá el más complejo, no por la cantidad de muertos y heridos sino porque eran civiles los que se enfrentaron con otros civiles.
La narración de los hechos —que aún espera una investigación independiente que dé cuenta de lo que ocurrió realmente—, varía según sea la versión del gobierno o de la oposición. En resumen, un grupo de campesinos e indígenas que se dirigía a la otrora bucólica plaza de Cobija para apoyar al gobierno de Evo Morales y otro grupo de pobladores que salió a enfrentarlos. El Prefecto de Pando, Leopoldo Fernández, afirma que el primer muerto que cayó fue de su bando, y que a raíz de ello sus huestes se armaron para defenderse; la versión del gobierno es que un grupo pacífico de campesinos fue cazado como si fueran animales por una turba enardecida opositora y armada.
A partir de allí un aquelarre que sólo pudo controlarse con un estado de sitio que costó dos muertos más (totalizando una quincena), la detención del Prefecto por genocidio y la movilización de toda la comunidad internacional para evitar un estallido de violencia sin límites y sin precedentes.
Fernández un político con 20 años de experiencia, el gran caudillo pandino, si bien validó dos veces en las urnas su respaldo popular, como representante clásico de la partidocracia que se desintegra en Bolivia fue incapaz de asumir sus responsabilidades y los cambios que se produjeron en el país en los últimos años. Hoy está preso y su destino correrá la misma suerte que la coyuntura política, pagando cara la ceguera con la que se condujo.
Pero la responsabilidad del gobierno en el estallido no es menor, si bien mayoritario y con una legitimidad sin precedentes en la historia democrática, también se mostró incapaz de entender que las transformaciones sociales que atraviesa Bolivia no sólo son étnicas sino también regionales. En ese sentido, la demanda de autonomías que desde hace años reivindican zonas olvidadas como las de Pando (a las cuales el Estado ni siquiera les construyó una carretera) fueron negadas reiteradamente con la convicción de que la fuerza de la mayoría subsumiría a esas minorías que se niegan a seguir dependiendo de un centro que las tiene olvidadas.

¿Cómo se llega a una situación así?

En un artículo de la revista Pulso, Marco Zelaya afirma que esta convulsionada etapa de la historia boliviana denominada como la era del gas, sería mucho más preciso identificarla como el “ciclo de la maldición de los recursos naturales”.
Bolivia a lo largo de su vida independiente y aún antes se definió por el reparto que hizo de lo que la naturaleza tuvo a bien darle, su historia está atravesada por esa lucha: desde el nacimiento de la ciudad de La Paz en 1548 durante la Colonia (se llama así porque fue fundada en celebración de la paz alcanzada entre Almagro y Pizarro que se enfrascaron en una cruenta lucha por repartirse las haciendas y la plata de Potosí); hasta el estaño (“el metal del diablo” para los historiadores); el guano el salitre y más recientemente, los hidrocarburos.
El descubrimiento de ingentes cantidades de gas, en lugar de resolver los problemas crónicos de pobreza y atraso del país, de exclusión social y racismo, los ahondaron porque significó el despertar de pulsiones que durante décadas estuvieron adormecidas.
El gas enloqueció a los bolivianos que consideraron que el único problema del país era el reparto de la renta, la que siempre había favorecido a un grupo de privilegiados corruptos. Ése, y no la creación de la riqueza, fue el incentivo de las fuerzas económicas y sociales bolivianas a lo largo de la historia.
Más recientemente hay que encontrar la explicación de lo que ocurrió en Pando en el triunfo sin precedentes de Evo Morales en un referéndum revocatorio donde se alzó con el 67% de los votos, cuando ganó sin concesiones y casi unánimemente en todas las áreas rurales, incluso en la de los departamentos autonomistas (que consolidaron a sus Prefectos gracias al número de votos en las ciudades, pero sin imponerse ni siquiera en la totalidad de su región). No hubo empate el 10 de agosto y creer aquello no sólo es un error político sino matemático.
Después de esos resultados, el Gobierno emprendió una operación que le permitiera dar el tiro de gracia a la oposición con la convocatoria a un nuevo referéndum en diciembre próximo, esta vez para la aprobación de otra Constitución y para autorizar la reelección, de forma que el único líder boliviano de proyección nacional e internacional, continúe en el cargo. Es que si los resultados son iguales o parecidos a los del referéndum revocatorio, el 2009 se convocaría a nuevas elecciones y, a partir de ahí, el límite para Evo Morales será el 2019.
Escenario probable porque después de los abrumadores resultados de aquel domingo de agosto, la oposición se encuentra difusa y confusa: sean los partidos de derecha que en un error que les costará su viabilidad futura propiciaron el mismísimo referéndum revocatorio; sea la oposición regional que se encuentra en estado de apronte y radicalizada producto del aislamiento y del cerco geográfico oficialista que comienza a asfixiarlos.
De todas formas, la convocatoria al referéndum por la nueva Constitución y por la reelección fue una decisión arriesgada porque no es lo mismo votar por la continuidad de un Presidente democrático que por una doctrina ideológica que regirá la vida de millones de bolivianos en el largo plazo.
La nueva Constitución es resistida por todas las regiones orientales porque desconoce las autonomías, entre otras cosas porque éstas plantean competencias que el gobierno no está dispuesto a ceder: educación salud, policía, capacidad legislativa y el control de los recursos naturales y la tierra.
La oposición también argumenta en su rechazo el proyecto de nueva Constitución que ésta fue aprobada solo por una mayoría oficialista, por ser antiliberal y por tratar de indigenizar el país.
Podría haber sido otro capítulo más del clásico empate catastrófico boliviano, aquel que se produce entre unas masas fuertes y bien organizadas ahora en el poder, y una elite débil, racista y excluyente, pero el resultado del referéndum permitió al gobierno pensar que había llegado la hora del desempate.
Operación, sin embargo, que olvidó un detalle fundamental: a un enemigo herido y apaleado hay que darle una salida, por honor pero también por astucia: uno nunca sabe cuán peligroso puede ser en el futuro; no entender esa máxima política le cobró la cuenta a Morales.

El cambio cualitativo

En Bolivia hay una constante de enfrentamientos duros y violentos contra el Estado o sus instituciones, sin embargo, desde la Revolución Nacional de 1952 no existía un enfrentamiento entre civiles; civiles que hoy están armados, como dice un reciente editorial del periódico La Razón: “si los líderes políticos, cívicos, sociales, sindicales y regionales del país dieron suficientes muestras de que nunca llegaron a medir las consecuencias de su discurso —que muchas veces fue excesivamente confrontacional—, ahora deben saber que la situación en Bolivia es tan difícil que la población civil está, literalmente, armada. En los últimos días se ha evidenciado… que los grupos de choque civiles del oficialismo y de la oposición poseen armas de fuego y, a juzgar por lo ocurrido en Porvenir, Pando, están dispuestos a utilizarlas cuando lo consideren propicio”.
Ese dato es cualitativamente distinto a lo ocurrió en los últimos años, y es el que preocupó a la comunidad internacional tanto que el secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, advirtió el riesgo de llegar a una situación irreversible; la presidenta pro tempore de UNASUR, Michelle Bachelet, convocó a una cumbre de urgencia en Santiago y el presidente de Brasil, el país con mayor responsabilidad sobre la situación boliviana (por su extensa frontera, su dependencia del gas y por el peso específico que tiene en la región), movilizó toda su capacidad diplomática y política para poner paños fríos a una situación que amenazaba con salirse de madre.
Asimismo, como sostienen los más veteranos diplomáticos de la región, éste es un conflicto hecho a medida para que la OEA muestre su justa dimensión y para saber si sus críticos tienen o no razón (a quienes avalan lo acontecido en el pasado: la guerra de Las Malvinas o la de Centroamérica, por ejemplo, donde ésta brilló por su ausencia).
Así, se puso nuevamente en el tapete uno de los temas que siempre rondan los análisis en situaciones de crisis como éstas: la vigencia de una de las organizaciones regionales más antiguas del mundo, precisamente cuando Latinoamérica se tensiona merced a la ideología y a las fuertes disputas por un liderazgo que cada vez se hace más elusivo y fragmentario.
En descargo de Insulza y sus hombres habrá que decir que en los últimos años América Latina se ha convertido en un polvorín, y que quizá la crisis de la OEA no se deba sólo a las personas que la manejan sino a los mecanismos que la sostienen y que se muestran insuficientes para enfrentar los nuevos desafíos regionales, y a la influencia de EEUU. De allí el estrellato de organismos subregionales como la Unión de Naciones Sudamericanas.

El protagonismo de UNASUR

Como para que nadie dude de las dificultades que tuvo que enfrentar UNASUR —el más reciente mecanismo de integración subregional— antes de la crisis boliviana veamos los antecedentes a su fundación en mayo pasado: Colombia no quiso aceptar la presidencia pro tempore que le correspondía, por sus problemas con Venezuela y Ecuador (por eso la tuvo que asumir Chile, el siguiente país en orden alfabético); el Secretario General de UNASUR —el ex presidente ecuatoriano, Rodrigo Borja— renuncio intempestivamente porque no se hicieron las cosas como él quería; y, finalmente, lo que iba a ser la primera resolución de UNASUR, la idea brasileña de crear un Consejo de Defensa de América del Sur —una especie de OTAN sudamericana—, se vino abajo, nuevamente por la oposición de Colombia, país que hablaba por sí mismo, cierto, pero también por los EE.UU.
Con todos esos traspiés, sólo la fortaleza de Brasil, que buscaba en esta plataforma retomar el liderazgo continental, y la aquiescencia de la izquierda chavista que bebe los vientos por asuntos como éste, permitieron que naciera.
Por ello, el balance que se haga de la Cumbre de UNASUR en Santiago (o de la propia actuación de la OEA) debería comenzar por dimensionar la magnitud de lo que estaba en juego en Bolivia: sin duda la posibilidad de una ruptura del orden democrático, pero también de una lucha sangrienta y fratricida que todos, absolutamente todos los latinoamericanos padeceríamos.
En ese contexto la Cumbre fue un éxito indiscutible para la democracia y el gobierno boliviano: Evo Morales hoy se siente respaldado por el 67 por ciento de la población, pero también por todos y cada uno de los países de la región, y eso es tener tanto poder como el que se desee.
Es también un éxito para Chile. Bachelet estuvo a la altura de sus responsabilidades: convocó a la Cumbre, la condujo a buen puerto y fijo una agenda para el futuro, y eso es lo que se le pide a un líder en situaciones como ésta: no que analice sino que actúe.
Dicho esto, también hay que entender al Presidente brasileño. La complejidad de lo que ocurre en Bolivia —que no puede ser reducido solamente a un intento de golpe de Estado y menos a una conspiración del imperio como irresponsablemente sugiere Hugo Chávez—, probablemente hizo reflexionar a Lula haciéndolo concluir que entre tanta personalidad compleja las cosas podían equivocar el cauce.
Como bien sentenció M. A. Bastenier “Luiz Inácio da Silva se permitió el lujo de esperar hasta que la reunión de UNASUR se concibiera en sus propios términos… Evo Morales repetía que la crisis era intra-boliviana y que no hacían falta mediadores externos y Lula no quería mover un dedo si no era a instancia de parte. Y cuando la convocatoria se produce, aunque la cobertura de la reunión internacional baste para salvar la cara a La Paz, nadie duda de que es para que Brasil, superpotencia emergente de América Latina y principal cliente del gas boliviano, ordene el procedimiento. A Lula le han llamado; no ha tenido que pedir turno de palabra”.
De ahí que los resultados de la cumbre en lugar de parto de los montes, se convirtió en el ingrediente imprescindible para lograr un diálogo que hasta el cierre de esta edición seguía tenso, bajo la atenta mirada de José Miguel Insulza y de Juan Gabriel Valdés, uno por la OEA y otro por UNASUR, diálogo que sigue siendo la última esperanza para evitar una confrontación mayor.
De forma que hoy, como afirma el sociólogo boliviano Fernando Mayorga, “otra vez (los bolivianos) hemos transitado el camino más largo para arribar al punto de partida porque, después del agravamiento del conflicto con saldos trágicos, retornamos a la noche del 10 de agosto. A los resultados del referéndum revocatorio que fueron un mandato para la negociación. Sin embargo, se impusieron las posturas maximalistas en el oficialismo y la oposición”.

Con beneficio de inventario

Ahora bien, por primera vez desde que comenzó esta etapa de inestabilidad en Bolivia, hay componentes nuevos en el sistema político, sectores radicales que comienzan a plantear la solución por el desastre: los grafittis que se pueden ver en Santa Cruz, Tarija, Beni o Pando que llaman a las arma y que son de profundo corte racista, y los movimientos sociales que marchan a las ciudades opositores en señal de amenaza, son expresiones minoritarias pero que encienden luces de alarma en todos los demócratas del continente
Mientras tanto el proceso social y político boliviano continúa y el escenario más probable es que, pese al diálogo, pronto tendremos episodios similares de violencia, los cuales no terminarán mientras uno de los bandos en disputa —elija usted cuál— crea que esto es parecido al desembarco en Normandía (aquél que cambiará la correlación de fuerzas de la guerra); y el otro considere que está en Stalingrado (y llegó la hora de defenderse contra los invasores). En resumen, nada cambiará mientras los extremistas de uno y otro lado crean que se están jugando la vida en una partida sin importar cuántos muertos tengan que apostar en ella.
Finalmente, a raíz de este episodio, vuelve a surgir en ciertos círculos políticos e intelectuales la discusión sobre una posible balcanización de Bolivia. Y aunque nadie puede darse el lujo de pronosticar el futuro, hablar de balcanización parece una exageración.
Si bien existe esa idea entre pequeños grupos marginales, no hay en la actualidad movimientos sociales que la planteen seriamente. Por otra parte, están ausentes fuerzas extranjeras dispuestas a intervenir en un proceso secesionista porque generaría un escenario regional tan complejo que ningún país está dispuesto a enfrentar. Finalmente, este tema sigue siendo intocable para el ejército que se mantiene fiel a la institucionalidad a pesar de las provocaciones de Hugo Chávez, con lo cual las fuerzas centrípetas pueden evitarlo, no sólo con el espíritu de la ley sino a través de la materialidad de la fuerza.
Por tanto, ni la estabilidad política anhelada ni la balcanización indeseable; lo que cada día parece confirmar más la tesis de que Bolivia es un país arrebatador —sea el altiplano montañoso de La Paz o la selva agreste de ese Pando incomunicado y tan lejos de Dios—, pero que sufre a causa de un Estado fallido que le impide encontrar su verdadero lugar en el mundo y que quizá esté viviendo el tránsito dramático entre la derrota política y armada de la oposición (la electoral ya ocurrió en agosto), y la instauración de un nuevo orden que tiene el signo inequívoco del Movimiento Al Socialismo de Morales.

Bolivia, en riesgo de revolución

Fernando Molina (editorial de Pulso del 30 de septiembre).-

El Gobierno está imprimiendo una dosis considerable de fuerza para forzar un “desempate” del impasse político boliviano a su favor. Ha movido sus fichas de una forma autoritaria, aprovechando muy bien un error de la oposición parlamentaria, que le permitió ir a un plebiscito en el que el presidente Evo Morales obtuvo el 70 por ciento de los votos, y el error de la oposición regional, que se lanzó a actos violentos, casi terroristas, que no sólo eran insostenibles, sino también, en gran parte, artificiales, es decir, que no representaban el verdadero estado de ánimo de los ciudadanos de los departamentos “rebeldes”. El Gobierno ha aprovechado igualmente, con inteligencia y prontitud, la matanza de 16 personas en Pando, la cual despertó el repudio internacional contra el movimiento regional boliviano e hizo creíble la propaganda oficial sobre un golpe de Estado supuestamente en marcha.
Así, Morales está cerca de romper el estancamiento del proceso político que dirige, y que no había encontrado hasta ahora la forma de vencer la activa resistencia de varios departamentos del país, de la oposición política y de las élites económicas.
Cumple así su principal objetivo como dirigente de un movimiento popular e indígena que, aprovechando la implosión de las élites tradicionales a consecuencia de los “locos noventa”, pretende acumular tanto poder como sea posible y aplicar un programa de redistribución radical de la riqueza nacional.
Si al principio del proceso las élites atinaron a reaccionar con cierto orden, hoy están perplejas, atrincheradas en algunas prefecturas que el MAS no pudo ganar en el plebiscito, pese a su mayoría nacional. También son fuertes en el Senado, pero éste, en conjunto, ha perdido casi toda su importancia política, porque la institucionalidad democrática ya casi no cuenta en el país.
Aunque es pronto para considerar completamente derrotada a esta oposición, no cabe duda de que los errores que ha cometido la incapacitan para presentar una eficiente resistencia a los planes del MAS.
El argumento oficial para justificar la presión abiertamente ilegal que está realizando (que incluye la detención irregular del Prefecto de Pando, el cual no sólo ha sido acusado, sino también “condenado” por la maquinaria propagandística gubernamental como autor de la matanza) es el sistemático bloqueo que la oposición ha realizado hasta ahora a todos sus intentos de “cambiar el país”, incluso a los más moderados. Algo de verdad tiene este argumento excepto porque no toma en cuenta que dos males no hacen un bien, y un gobierno autoritario no puede solucionar el autoritarismo de los movimientos sociales que se organizan en su contra.
Por otra parte, los títulos democráticos de Evo Morales y sus colaboradores son muy escasos. Su supuesto intento actual por alcanzar un acuerdo con la otra parte es precario, se realiza por presión de las naciones sudamericanas que intervinieron para evitar un enfrentamiento todavía más grave en Bolivia, y, si se da, seguramente resultará efímero. El tono de las declaraciones y las decisiones de las autoridades ha sido, incluso en este delicado momento, amenazante y conflictivo.
Tampoco podemos olvidar que el Gobierno ha azuzado el odio que ahora paradójicamente pretende conjurar con “mano dura”. Y, por supuesto, no es que esté realizando el esfuerzo de retomar el control de la situación por medio del fortalecimiento de las instituciones estatales, sino por la vía contraria, es decir, prescindiendo de dichas instituciones.
Hay que concluir, entonces, que en este momento la democracia boliviana, en su sentido pleno, está a punto de sucumbir.
El presidente Morales está apostando fuerte: O impone sus condiciones o pone en riesgo la soberanía del país, amenazada por las potencias vecinas que, según han afirmado, no permitirán el caos en la región.
Por otra parte, algunos de los opositores, de forma muy poco digna, preferirían una intervención extranjera que el triunfo del Gobierno que aborrecen.
Todavía es temprano para predecir lo que sucederá, excepto por una cosa: pueden esperarse días muy duros.
Una vez más, ante nosotros se materializa los indicios de ese fenómeno siempre presente en la modernidad que es la revolución. Como se sabe, la revolución lleva el odio por la injusticia a su paroxismo, pero normalmente no desemboca en una sociedad de equilibrio y felicidad, sino en la opresión de las mayorías por parte de unas minorías “justicieras” que avasallan al resto en nombre de un ideal. Un ideal que sirve para justificar la violencia pero nunca para darle un sentido verdadero.

América del Sur frente a la crisis de Bolivia

Mónica Hirst* (publicado en Nueva Crónica N° 25).-

La salida democrática para la crisis boliviana también constituye una condición esencial para el futuro de la comunidad sudamericana.
Un fracaso en este sentido aproximará de forma inexorable a Bolivia a una intervención internacional.
La intensidad y calidad de la crisis política en Bolivia suscita una enorme preocupación, tanto por sus consecuencias para el futuro del país como por su impacto para nuestra región. Ya no resulta posible desvincular ambas dimensiones y parecería que estamos viviendo una etapa en que las prioridades están bastante más próximas al control de daños que a la valorización de los atributos transformadores de la historia del país.
En este cuadro, es necesaria una respuesta regional sudamericana que otorgue –de ser posible a través de una voz única– solidaridad y autoridad. La reunión de emergencia del UNASUR convocada por el gobierno chileno representó un primer paso en esta dirección. Las iniciativas concretas anunciadas, basadas en premisas previamente establecidas, demuestran la intención de no echar a perder el impulso del momento. El apoyo a la gobernabilidad de Evo Morales a cambio de una predisposición sustentable de diálogo y negociación con las fuerzas opositoras –lo que se traduce en reabrir el paquete constitucional–, marca la primera fase de la mediación sudamericana. La segunda reunión realizada en Nueva York –en el contexto de la Asamblea anual de la onu– amplió aún más las intenciones del grupo sudamericano de garantizar su presencia mediadora e investigadora en la crisis boliviana.
El riesgo de una fragmentación liderada por el departamento de Santa Cruz exige una reacción de la comunidad sudamericana que rechace esta hipótesis con la misma firmeza con la que se actuó frente al tema nuclear en el pasado, cuando fue negociado el Tratado de Tlatelolco. En el presente, el desmembramiento territorial constituye una amenaza a la seguridad de cualquier sistema regional.
Debemos defender el principio de integridad territorial de los Estados sudamericanos de la misma forma en la que logramos la desnuclearización. Si la preservación de la paz es un valor absoluto en América del Sur resulta inadmisible cualquier riesgo a la misma. El hecho de que esta región conserve la misma geografía política que hacia finales del siglo xix –lo que no ocurre en Europa, en Asia, ni mucho menos en África– constituye un patrimonio valioso y digno de preservación. Soluciones federativas deberían ser buscadas por medio de negociaciones pacientes y creativas entre La Paz y los departamentos separatistas.
Todo tipo de asistencia debería ser ofrecida de forma organizada y coordinada por países –de la región o no– que disponen de sistemas federativos en los cuales se compatibilizan grados diferentes de autonomía fiscal y política.
Son conocidas las condiciones vulnerables de las realidades que combinan abundantes recursos energéticos, fragilidad institucional y producción y circulación de drogas. La realidad cotidiana en Asia central enseña sobre la erosión, aparentemente irreversible, de soberanías en países dominados por este tipo de escenario. Pero el entorno no-democrático, en el cual se destacan potencias como China y Rusia, también debe ser indicado como un factor explicativo de estos contextos. Este no es el caso de América del Sur. No obstante, sólo será posible evitar la securitización de sus crisis políticas reforzando el consenso por soluciones que apuesten al diálogo y al pluralismo.
De la misma forma que el resultado de la reunión de Santiago representa una prueba de fuego para el
afianzamiento de UNASUR, la salida democrática para la crisis boliviana también constituye una condición esencial para el futuro de la comunidad sudamericana. Un fracaso en este sentido aproximará de forma inexorable a Bolivia a una intervención internacional. Si bien ésta podría contar con una fuerte presencia sudamericana, la herida a la soberanía de la nación boliviana sería semejante a la que soportan los 20 países que actualmente se encuentran bajo intervención externa.
La actual coyuntura pide consensos pero también reclama liderazgo político. El hecho de que los ojos de la región estén puestos en Brasil no significa que estén plenamente dadas las condiciones para que el país asuma este papel. Tanto las resistencias internas como las garantías externas –esencialmente de los Estados Unidos– podrían generar dificultades para el gobierno de Lula. Sin embargo, las condiciones nunca fueron tan propicias en ambos frentes. En el ámbito político interno se observa un amplio reconocimiento del momento económico y de la proyección internacional brasileña. A diferencia del momento político electoral de hace 2 años, cuando la polarización entre sectores oficialistas y opositores incluyó a la política exterior como un tema de agenda, en el presente prevalece concordancia y baja politización entre gobierno y oposición en esta materia. Ya con la relación con Estados Unidos se suman muchos elementos a favor de un protagonismo brasileño en Sudamérica. La crisis de liderazgo de Washington en la región, la falta de interés y energía política para lidiar con sus “periferias turbulentas”, contribuyen a que Brasil asuma su condición de poder regional. El margen de maniobra ante la negligencia y el desprestigio es naturalmente más amplio que en un contexto de recuperación del comando esperado en el 2009, ya sea bajo un proyecto que alude a la adopción del método del garrote (big stick) inspirado en Theodore Roosvelt o con un idealismo pontificado si gana el candidato demócrata. Pero más allá de quién ocupe hoy y mañana la Casa Blanca, la determinación de Brasilia de evitar que se asocie su protagonismo con una política de confrontación con eeuu no cambia. Además de mantenerse en los carriles de su propio diálogo estratégico iniciado con el gobierno Bush, Lula no desea poner en riesgo el apoyo de países claves en la región como Colombia y Chile. Al mismo tiempo, en el ámbito sudamericano, la diplomacia brasileña tendrá que encontrar una fórmula astuta y prudente para lidiar con las ambiciones políticas, ideológicas y militares del gobernante venezolano. Una intervención
directa de Venezuela en Bolivia podría ser fatal para este país: las divisiones internas se transformarían en enfrentamientos alimentados por apoyos externos que recordarían a los tiempos de guerra en América Central.
Pero el momento internacional y regional parece ser muy diferente. Si bien la experiencia de Contadora y su grupo de apoyo no pueden ser negados como antecedentes presentes en la memoria colectiva de los presidentes sudamericanos para enfrentar la crisis boliviana, el actual contexto no guarda semejanzas con la segunda Guerra Fría. En lugar de los condicionantes de la bipolaridad estamos ante un mundo en el cual las regiones son reconocidas como actores políticos y el multilateralismo adquiere una capacidad de intervención para buscar soluciones de estabilidad y paz. Es interesante notar que el delegado asignado para representar a unasur en el proceso de mediación política en Bolivia –Juan Gabriel Valdés– sea la misma persona que fue escogida como el primer representante del Secretario General de la onu ante la misión de paz en Haití (minustah) en 2003.
También llama la atención que desde el primer momento el gobierno norteamericano reconoció positivamente la actuación de unasur, lo cual nunca ocurrió con la concertación latinoamericana para América Central. Debe ser subrayado el apoyo otorgado por la Unión Europea al recientemente conformado grupo sudamericano y el sentido de oportunidad del mismo de proyectarse como
tal ante la Asamblea anual de la onu.
En otras palabras: multilateralismo efectivo, una postura delegativa de los Estados Unidos y una coordinación política regional bajo liderazgo brasileño podrían sumar a favor de una solución pacificadora, institucional y democrática para Bolivia. No obstante, la preservación de la integridad territorial y del pluralismo político parecen ahora implicar la aceptación de un monitoreo externo que inevitablemente limitará, en el corto y mediano plazo, la plena soberanía del país.

* Historiadora y cientista política brasileña, experta en temas de paz y seguridad.

Entrevista a Sergio Molina M. en Radio Cooperativa sobre el conflicto en Bolivia










Normandía y Stalingrado

Cuando se trata de la vida y la muerte, de la viabilidad de un país o su bancarrota uno no debería ser frívolo. En relación a Bolivia, como decía Vallejo: “quiero escribir y me sale espuma / quiero decir muchísimo y me atollo”.
Es que la semana pasada fue una de las más trágicas de las que se tenga memoria (no por el número de muertos, que los hubo y muchos a lo largo de la historia contemporánea, sino porque ésta fue la primera vez en que se enfrentaron civiles contra civiles).
Por ello, el balance que se haga de la Cumbre de UNASUR o de la actuación de la OEA debería comenzar por dimensionar la magnitud de lo que estaba en juego: sin duda la posibilidad de una ruptura del orden democrático, pero también de una lucha sangrienta y fratricida que todos, absolutamente todos los latinoamericanos padeceríamos.
En ese contexto la Cumbre fue un éxito indiscutible para la democracia y el gobierno boliviano: Evo Morales hoy se siente respaldado por el 67 por ciento de la población, pero también por todos y cada uno de los países de la región, y eso es tener tanto poder como el que se desee.
Es también un éxito para Chile. Bachelet estuvo a la altura de sus responsabilidades como líder: convocó a la Cumbre, la condujo a buen puerto y fijo una agenda para el futuro.
Dicho esto, también hay que entender al Presidente Lula y sus reticencias a convocarla. La complejidad de lo que ocurre —que no puede ser reducido solamente a un intento de golpe de Estado y menos a una conspiración del imperio como irresponsablemente sugiere Hugo Chávez—, probablemente hizo reflexionar al brasileño haciéndolo concluir que entre tanta personalidad compleja las cosas podían salirse de madre, o que la Cumbre era pan para hoy y hambre para mañana.
Es que hay que convenir que nadie le tiene mucha fe a las comisiones, ni siquiera a las de la OEA, que tienen un mandato aprobado por todos los países y una carta de navegación específica. En la de UNASUR, ¿a quiénes representarán sus integrantes?, ¿a sus países?, ¿a ellos mismos?
Además, ¿cómo verá la oposición boliviana esta comisión después de la declaración de respaldo al gobierno? Quizá la considerará oficialista y, por falta de confianza de una de las partes, no pueda interceder entre ellas.
Mientras tanto el proceso social y político boliviano continúa y el escenario más probable es que pronto tendremos episodios similares de violencia, los cuales no terminarán mientras uno de los bandos en disputa —elija usted cuál— crea que esto es parecido al desembarco en Normandía (aquél que cambiará la correlación de fuerzas de la guerra); y el otro considere que está en Stalingrado (y llegó la hora de defenderse contra los invasores). En resumen, nada cambiará mientras los extremistas de uno y otro lado crean que se están jugando la vida en una partida sin importar cuántos muertos tengan que apostar en ella.
De ahí la altísima responsabilidad que tenemos los demócratas y los progresistas que creemos que Bolivia merece un futuro en paz: criticar sin piedad a los grupos ultramontanos que persiguen indígenas para asesinarlos, defender sin condiciones las libertades fundamentales, cierto; pero también no dar cheques en blanco a quienes no son capaces de administrar el poder respetando a las minorías, a esos pocos que creen que llegó la hora de tomar el cielo por asalto. Ese pensamiento es el que condujo a la derrota del movimiento popular en los ’70 y nadie debería olvidarlo.

Coordinador del Observatorio de política regional de Chile 21
(Publicado en La Tercera de Chile el 17 de septiembre de 2008)

La Cumbre de UNASUR (una visión desde Chile)

1) Fue un éxito enorme de Michelle Bachelet. Estuvo a la altura de sus responsabilidades como Presidenta Pro Tempore de UNASUR (convocó a la cumbre, la condujo a buen puerto y fijo una agenda para el futuro... impecable).

2) Los únicos que criticaron la cumbre lo hacían por liviana no por el contenido ni por el enfrentamiento entre Presidentes, lo cual también se debe atribuir al liderazgo de Bachelet y su capacidad de conducir personalidades tan complejas e ideológicamente enfrentadas.

3) En ese sentido, es curioso que estas semanas la política chilena estuvieran marcadas por temas internacionales (FARC, Bolivia) y eso nos permite ver a la derecha superprovinciana, conservadora, pacata; y al gobierno como mucho más mundo, integrado, globalizado, etc.

4) Fue un éxito para la democracia y el gobierno boliviano: Evo Morales hoy se siente respaldado por el 67% internamente; y por el todos los países de la región externamente. Todos en Bolivia hacen ese análisis y coinciden que fue un triunfo del oficialismo.

5) Pero también hay que entender a Lula y sus reticencias. No le tengo mucha fe a las comisiones y está, por sus características, es compleja (a diferencia de la OEA que tiene un mandato claro, una carta de navegación específica).

6) Además, ¿Cómo verá la oposición boliviana esta comisión después de una declaración de tal magnitud? Desconfiará de ella, la considerará oficialista o proclive a Evo y, nuevamente como ya ocurrió con la OEA, perderá posibilidades de interceder entre las partes.

7) Mientras tanto el proceso social y político continúa en Bolivia (habrá tregua por el momento pero será momentánea), y pronto tendremos episodios similares. Eso es lo triste y trágico de lo que está ocurriendo.

DECLARACIÓN DE LA MONEDA

Santiago, 15 de septiembre de 2008

Las Jefas y Jefes de Estado y de Gobierno de UNASUR, reunidos en el Palacio de la Moneda, en Santiago de Chile el 15 de Septiembre del 2008, con el propósito de considerar la situación en la República de Bolivia y recordando los trágicos episodios que hace 35 años en este mismo lugar conmocionaron a toda la humanidad;

Considerando que el Tratado Constitutivo de UNASUR, firmado en Brasilia el 23 de mayo del 2008, consagra los principios del irrestricto respeto a la soberanía, a la no injerencia en asuntos internos, a la integridad e inviolabilidad territorial, a la democracia y sus instituciones y al irrestricto respeto a los derechos humanos.

Ante los graves hechos que se registran en la hermana República de Bolivia y en pos del fortalecimiento del diálogo político y la cooperación para el fortalecimiento de la seguridad ciudadana, los países integrantes de UNASUR:

1. Expresan su más pleno y decidido respaldo al Gobierno Constitucional del Presidente Evo Morales, cuyo mandato fue ratificado por una amplia mayoría en el reciente Referéndum.

2. Advierten que sus respectivos Gobiernos rechazan enérgicamente y no reconocerán cualquier situación que implique un intento de golpe civil, la ruptura del orden institucional o que comprometa la integridad territorial de la República de Bolivia.

3. Consecuente con lo anterior, y en consideración a la grave situación que afecta a la hermana República de Bolivia, condenan el ataque a instalaciones gubernamentales y a la fuerza pública por parte de grupos que buscan la desestabilización de la democracia boliviana, exigiendo la pronta devolución de esas instalaciones como condición para el inicio de un proceso de diálogo.

4. A la vez, hacen un llamado a todos los actores políticos y sociales involucrados a que tomen las medidas necesarias para que cesen inmediatamente las acciones de violencia, intimidación y de desacato a la institucionalidad democrática y al orden jurídico establecido.

5. En ese contexto, expresan su más firme condena a la masacre que se vivió en el Departamento de Pando y respaldan el llamado realizado por el Gobierno boliviano para que una Comisión de UNASUR pueda constituirse en ese hermano país para realizar una investigación imparcial que permita esclarecer, a la brevedad, este lamentable suceso y formular recomendaciones, de tal manera de garantizar que el mismo no quede en la impunidad.

6. Instan a todos los miembros de la sociedad boliviana a preservar la unidad nacional y la integridad territorial de ese país, fundamentos básicos de todo Estado, y a rechazar cualquier intento de socavar estos principios.

7. Hacen un llamado al diálogo para establecer las condiciones que permitan superar la actual situación y concertar la búsqueda de una solución sustentable en el marco del pleno respeto al Estado de derecho y al orden legal vigente.

8. En ese sentido, los Presidentes de UNASUR acuerdan crear una Comisión abierta a todos sus miembros, coordinada por la Presidencia Pro Témpore, para acompañar los trabajos de esa mesa de diálogo conducida por el legítimo Gobierno de Bolivia, y

9. Crean una Comisión de apoyo y asistencia al Gobierno de Bolivia, en función de sus requerimientos, incluyendo recursos humanos especializados.


Yo quiero decir que luego de esta reunión, extensa pero muy fructífera, y de estos acuerdos, UNASUR ha quedado más consolidado.

Muchas gracias.

La escalada

Muertos y heridos, atentados terroristas, pedidos de armas para defender al Presidente, instituciones saqueadas, el embajador de EEUU expulsado con ignominia, aeropuertos tomados, las sedes de los medios asediadas por turbas enardecidas, carreteras intransitables… aquí describo sólo alguno elementos del escenario caótico que enfrentan las regiones opositoras de la Media Luna boliviana, y que comienza a extenderse a todo el país.
¿Cómo se llega a una situación como ésta a tan solo un mes del referéndum en el que Evo Morales ganó con el 67% de los votos? La respuesta es compleja pero tiene mucho que ver con la soberbia.
Soberbia de las regiones y ciudades perdedoras que ahora se saben minoritarias, cercadas geográficamente, desarticuladas políticamente y sin más alternativas para sobrevivir que ceder el discurso y la acción a los sectores ultramontanos que creen que Bolivia es el campo de batalla de la tercera guerra mundial.
Soberbia del gobierno que en lugar de ser magnánimo ante el triunfo y dar una salida honorable a los derrotados, se convenció de que había llegado la hora del desempate político. Así, en lugar de negociar, convocó a otro referéndum con el objetivo de aprobar una Constitución que provoca urticaria a los autonomistas y temor atávico entre la clase media.
¿Qué deparará el futuro? Alejado el diálogo del escenario, las perspectivas no son halagüeñas: violencia civil continua, deterioro institucional aún mayor, y una situación económica en franco retroceso.
¿Guerra civil? Poco probable en tanto el ejército y la policía se han mantenido leales al gobierno, no hay fuerzas separatistas extranjeras ni respaldo social a la balcanización.
Traigo a colación ese tema porque entre los argumentos para expulsar al embajador de EE.UU. se mencionó una supuesta colaboración con los “separatistas” y el expertise que le otorgaba haber tenido participación diplomática en Bosnia y luego en Kosovo, cuando las papas quemaban y mataban.
Al margen de si Philip Goldberg se entrometió en asuntos internos o no, la expulsión —casi inédita en la historia latinoamericana—, aumenta aún más la escalada: el imperialismo siempre fue una baza fuerte a la hora del póker político, y está visto que Evo Morales se dispone a jugar todas las cartas que tiene, cegado como está por la tentación del desempate.
El problema es que —como en toda escalada—, pronto se llegará a un punto de no retorno y, de ahí en adelante, todo puede ser posible.
(Publicado en La Tercera el 12 de septiembre)