Carlos Mesa: “Con Chile no me arrepiento de nada”


(Sergio Molina y Nicole Etchegaray desde La Paz, Bolivia)
Versión original de la entrevista publicada en la revista Qué Pasa el 21 de septiembre de 2007

El ex Presidente boliviano mantiene esa característica que lo hizo famoso: habla de corrido, no dubita ni se equivoca. Eso sí, parece más enérgico que hace unos años y si bien no nos responde a la pregunta sobre los rumores de que prepara su retorno a la vida pública, sí se explaya largamente sobre su política exterior cuando era primer mandatario y se enfrentó con Ricardo Lagos en aquel ya famoso duelo verbal.
Afirma que jamás pensó en la obviedad de "tú me das mar y yo te doy gas"; y considera que hoy Evo Morales y Michelle Bachelet no estarían haciendo lo que están haciendo si él no hubiera reposicionado el tema con firmeza.
Dice que no se arrepiente de nada de lo que hizo. Eso sí, cree que los chilenos apuestan a ver si Evo es capaz de convencer al pueblo boliviano de que postergue la soberanía por un enclave territorial ("No descarto que nos hagan comer ese pastelito", bromea). Pero también se pregunta si Morales no se dará cuenta de que podría estar vendiendo la herencia boliviana por un plato de lentejas.
En esta entrevista concedida en su despacho de la ciudad de La Paz —y que es parte de una investigación que los autores realizan para la Universidad Diego Portales que será publicada próximamente—, Mesa declara que obligó a Chile a reconocer que había un problema pendiente, pero jura que nunca utilizó el tema para ganar popularidad.
Y, por si fuera poco, confiesa que la presión más fuerte que recibió para que no avanzara ni un milímetro con Chile fue la de Evo Morales, cuando el actual Presidente boliviano estaba en la oposición, y que Chile necesita desesperadamente energía y la conseguirá al costo que sea.

Muchos sostienen que Bolivia y Chile pasan por un buen momento en la relación bilateral. ¿Cómo evaluaría el proceso de negociación que están protagonizando ambos gobiernos?

Chile, que tiene una mirada sagaz en política internacional, se ha dado perfecta cuenta de la legitimidad que Evo Morales tiene en Bolivia y, por lo tanto, de la capacidad que tiene para llevar adelante iniciativas que ningún otro presidente de nuestra historia tuvo en el pasado.
Creo que Chile esta llevando adelante una ofensiva diplomática muy fuerte para lograr su objetivo fundamental: conseguir energía de Bolivia en un plazo razonablemente corto. Y (sabe) que el único presidente que puede hacerlo sin sesión de soberanía es Evo Morales.
Desde otra óptica, creo que Evo es consciente de que la cereza de la torta de su legitimidad y de su paso por la historia sería resolver definitivamente el problema bilateral con Chile. Mi impresión, sin embargo, es que la política exterior boliviana actual carece de la experiencia, del conocimiento histórico y de los elementos suficientes como para comprender en profundidad el problema y saber si lo que se está haciendo es vender la herencia boliviana por un plato de lentejas.
Mi impresión es que Chile está negociando algo que se parezca lo más posible a la soberanía sin ser soberanía, para que Evo Morales pueda decir a los bolivianos que lo ha conseguido.
Yo en esto mantengo mi posición, yo sigo pensando que nosotros, como nunca en nuestra historia, tenemos un instrumento de negociación de un poder incontrastable que se llama energía y que en ningún caso debiéramos llegar a un acuerdo con Chile que no sea a cambio de soberanía.
El concepto de soberanía, sin embargo, debiera ser matizado. No es una visión de soberanía decimonónica, es la comprensión de que la herida se cierra cuando Chile le da soberanía a Bolivia. Inmediatamente después negociamos lo que sea necesario: una administración tripartita, un manejo compartido de recursos, eliminación del concepto de fronteras si se rompiera la chileno-peruana; un conjunto de cosas…
Pero no veo en ningún caso que Chile haya cambiado un milímetro su postura. Lo que Chile tratará es hacernos creer a los bolivianos, a través del presidente Morales, que lo ha hecho.

Se ha dicho que su gestión de gobierno fue el peor momento en la relación bilateral, por los enfrentamientos verbales que hubo, por el plebiscito y por su política de gas por mar. ¿Usted sigue defendiendo esta postura como la más adecuada para Bolivia?

Primero que nada, es un disparate decir que fue el peor momento de las relaciones boliviano chilenas, ¡por Dios! No sé si recuerdas que se rompieron relaciones y no las rompí yo.
A mí no me da pena que Chile piense o diga lo que tiene que decir porque es parte de su política exterior, a mí lo que más pena me da es que los bolivianos siempre caigamos en la trampa planteada por la lógica informativa e interpretativa de Chile. Por el contrario, yo afirmo que nosotros como gobierno reposicionamos de una manera muy importante la reivindicación marítima. La colocamos como nunca en el pasado en el ámbito internacional. No existe ningún antecedente de una Cumbre en la que estuvieron todos los países del hemisferio, en que un presidente boliviano pusiera sobre el tapete un hecho que obligó al presidente de Chile a reconocer que había un tema pendiente entre ambos países… Obligó a una ofensiva diplomática chilena para tratar de revertir el éxito que Bolivia tuvo en mostrarle al hemisferio y al mundo que había un problema que estaba entorpeciendo la integración. Y obligó a intelectuales, medios de comunicación y opinión pública chilena a repensar si era correcto lo que estaban haciendo con Bolivia.
Yo sostengo que la política que defendí, fue y es un éxito. Evo Morales no estaría haciendo lo que está haciendo hoy, y la señora Bachelet no estaría haciendo lo que está haciendo hoy si previamente Bolivia no hubiera reposicionado el tema.
Los gobiernos anteriores plantearon algo que no funcionó: ‘vamos a hacer negocios, vamos a hacer que nuestras economías avancen y eso nos acercará al mar’, no ha habido tal cosa.

Pero usted planteó la política de gas por mar…

Política de gas por mar... yo puedo ser estúpido pero no tanto. Quien conozca la historia de Chile sabe que si yo chantajeo a Chile y le digo tú me das mar y yo te doy gas, la respuesta va a ser siempre no.
El concepto de la política exterior boliviana planteada en el referéndum fue “vamos a utilizar el gas como un instrumento de negociación para reconquistar el mar”. ¿En qué dirección? En la dirección de un acercamiento bilateral con el Perú, y la exportación del gas boliviano a México y Estados Unidos por el Perú…
Yo jamás pensé en la obviedad de “tú me das mar y yo te doy gas”. Había que hacer un trabajo de integración mucho más profundo con el Perú. Mi política exterior estaba mucho más vinculada a convertir a Perú y Bolivia en una alianza energética estratégica que obligara a Chile a cambiar su lógica con Bolivia. No pudo ser porque las élites bolivianas y peruanas no nos acompañaron, porque Perú no leyó adecuadamente las cosas y porque yo en el momento en que hice el acuerdo con Perú no pude contar con la aprobación de la Ley de Hidrocarburos.

En Bolivia, entre los historiadores y diplomáticos —y sobre todo entre estos últimos—, hay corrientes pro chilenas y pro peruanas. Hay gente que dice que usted es más bien “peruanofilo”… sin embargo, Perú ha sido el país que más ha dificultado cualquier entendimiento entre Bolivia y Chile…

Para una persona que intenta una visión racional de las cosas y que intenta y cree en la integración, la definición de “peruanofilo” siempre tiene un peligro, el suponer que el ser peruanofilo es ser antichileno. El primer concepto vital aquí es que yo no soy antichileno. No puedo, no debo ser antichileno. Por la simple y sencilla razón —lo he dicho muchas veces— de que Chile y Bolivia son países esencialmente complementarios en términos económicos y comerciales. Además, estoy absolutamente convencido de que el triángulo Perú, Chile y Bolivia está condenado, en el sentido positivo del término, a entenderse.
Que yo tengo, emocionalmente, una mayor proximidad sentimental con el Perú, sin duda. La figura que yo más admiro es el Mariscal Andrés de Santa Cruz, porque yo creo en la reintegración del espacio geográfico de Perú y Bolivia. Pero eso no es excluyente…

En Chile se afirma que los bolivianos utilizan la política exterior como política interna y que eso ocurrió sobre todo en su gobierno, ¿en qué medida esto es cierto?

Cuando yo llegué a Monterrey tenía el 77% de respaldo popular, antes del tema del mar. ¿Un presidente que tiene ese porcentaje de apoyo nacional, a santo de qué necesitaría utilizar el mar para subir su popularidad?
A mi me parece lamentable que se hable de memoria. ¿Y por qué se habla de memoria? ¡Porque quienes lo dijeron fueron los chilenos! Porque fueron los periodistas que me entrevistaron después de mi impasse con Lagos los que dijeron que yo estaba utilizando el tema del mar para ganar popularidad. Lo cual está muy bien que lo digan los chilenos, es parte del asunto. Esa es la estrategia histórica de Chile y es legítima.
Que los bolivianos lo repitan sin molestarse en leer encuestas, es inaceptable.

Pero en su gestión usted hizo mucho más énfasis en este tema que otros gobiernos...

Después de lo que ocurrió en octubre del año 2003, ¿con qué lógica cree alguien con dos dedos de frente en la cabeza que se podía llevar adelante una negociación como la que había llevado el presidente Lagos y el presidente Sánchez de Lozada? Era absolutamente imposible. Hoy es muy fácil decirlo después de todo el proceso de distensión gracias al endurecimiento de mi política exterior.
Lo primero que yo le dije al presidente Lagos fue: “Es imposible que continuemos en la lógica en que usted estuvo, porque hay un 17 de octubre (cuando cayó Sánchez de Lozada) y 67 muertos, con razón o sin ella, embanderados en la no-venta-de-gas-a-Chile”.
Yo te recuerdo que una de las exigencias del presidente Evo Morales —que la gente suele olvidar—, es que no se vendiera ni una molécula de gas a Chile directa o indirectamente... Hoy día el presidente Morales lo ha olvidado, como suele olvidar todo lo que le conviene olvidar. La presión más fuerte para que no avanzáramos ni un milímetro con Chile fue la de Evo Morales cuando estaba en la oposición.

De su experiencia como Vicepresidente, como Presidente y ahora lejos del Estado, ¿de qué se arrepiente, qué hubiera hecho mejor? ¿Cuál es la autocrítica que se hace?

Nada, absolutamente nada. Me arrepiento de muchas cosas, he cometido muchos errores, pero ciertamente mi política exterior con Chile tuvo una consistencia, una seriedad, un enfoque que me sigue pareciendo correcto y cualquier avance que Bolivia logre con Chile se deberá a que nosotros, exitosamente, colocamos las cosas en el lugar en el que debían estar.
La lógica chilena de olvidarse del tema, de que aquí no pasó nada, se convirtió en un problema de reflexión intelectual muy profundo. Lo que no se hubiera producido si siguiéramos con la teoría de que aquí lo que había que hacer era un intercambio económico y que el mar vendría por añadidura. El mar nunca va a venir por añadidura. No existe una voluntad íntima en Chile, por una razón elemental, el costo político para un presidente chileno que otorgue soberanía es tanto o más alto que el costo político de un presidente boliviano que no la consiga.

Haciendo un poco de política ficción, ¿qué es lo que haría usted si estuviera en sus manos la actual negociación?

Yo no cedería un milímetro en el tema de energía con Chile si no hay soberanía, así de simple. Yo trabajaría intensamente para recuperar relaciones con Perú en la lógica en que estábamos con el presidente Toledo. Lamentablemente, las relaciones entre el presidente Morales y el presidente García no están en su mejor momento por cuestiones ideológicas.
Pero en términos de política ficción, yo iría en ese sentido y apostaría a trabajar un proceso de inversión masiva de Bolivia para lograr que el gas boliviano pueda ser exportado a México y California. Haría un acuerdo con Perú para trabajar una o más plantas de gas en territorio peruano y trabajaría en esas exportaciones, sobre esa realidad renegociaría con Chile el tema del mar.
Lo que creo que va a pasar, la apuesta de ambas partes, es ver si logran que Evo convenza al pueblo boliviano de que una playa, un enclave por ahí y una planta de regasificación se pueden parecer a soberanía… a ver si los bolivianos se comen ese pastelito. Creo que eso es a lo que Chile está apostando, y Evo también.
Ahora bien, debo decir, con absoluta franqueza, que en este gobierno he visto cosas que creía imposibles en términos de opinión pública. Así que no descarto que nos hagan comer el pastelito.

¿Y usted vería eso como un fracaso?

Absolutamente.

Hay una corriente que plantea que Michelle Bachelet y Evo Morales, por su afinidad ideológica por sus características de género y étnicas, serían los personajes más adecuados para conducir con éxito una negociación. ¿Cuál es su opinión?

Puede haber una afinidad en términos de superficie, mucha afinidad quizás. Pero en términos objetivos me parece que muy poca. Michelle Bachelet representa la centro izquierda moderada y Evo Morales representa la revolución socialista del siglo XXI —espero enterarme algún día de qué se trata—. Lo que hay es una afinidad personal, lo que hay es un concepto de que un mujer y un indígena representan cosas nuevas, representan cambios, representan frescura en ambos países… pero quien está desesperado es Chile. La desesperación es chilena.
La razón de estado la entiende siempre mejor Chile que Bolivia. La señora Bachelet hará lo que tenga que hacer, porque la razón de estado chilena es que tiene que conseguir energía boliviana. Es urgente. Chile necesita esa energía por encima de cualquier cosa.

¿A pesar de que Chile está haciendo todo para no necesitar gas boliviano?

Chile va a conseguir energía, al costo que sea. Y si no la consigue de Bolivia la conseguirá de Indonesia o de Australia. Chile tiene que conseguir gas como pueda y al costo que sea, pero obviamente si tú tienes que pagar entre siete y ocho dólares a pagar entre cuatro y cinco, no hay dónde perderse. Por lo tanto lo lógico, lo sensato para el continente, es que ese gas sea boliviano. Es un buen negocio para Bolivia y un buen negocio para Chile.
Pero hay una razón política. La señora Bachelet está tratando de pasar por encima de esa razón política y el presidente Morales también. Yo creo que ambos gobiernos están haciendo los máximos esfuerzos para ver cómo les venden a los bolivianos la teoría de que la negociación bilateral es exitosa en términos de mar.

Bolivia es un país sumamente pobre, ¿por qué cree que no debería vender gas a Chile y dejar para después el tema de la soberanía marítima?

Si yo fuera presidente le vendería gas a Estados Unidos, que me da diez veces más ingresos que venderle a Chile. ¿Por qué yo debería venderle gas a Chile? Si Chile fuera mi único mercado potencial no tengo dudas de que le vendería, pero no es el único.
Es lamentable cómo se ha desechado el proyecto de la venta de gas a México y Estados Unidos, no entiendo por qué.
Peor que eso, me gustaría saber cuándo comienzan las inversiones para vender el gas que ya está negociado. Toda la retórica nacionalizadora —que es una gran falsificación porque no se ha nacionalizado nada—, parte de un principio de recuperación de recursos y de soberanía, pero lo que no veo muy claro es donde está la inversión que viene a acompañar esa soberanía y esa dignidad.

Se afirma que Bolivia no tiene una política de Estado respecto al mar, ¿hubo en Bolivia, a lo largo de su historia, una política definida al respecto?

Por supuesto que sí, y esa es una de las grandes falacias de la historia. Bolivia siempre tuvo una política coherente. Más coherente que Chile en la medida en que para Chile es fácil decir no. Lo único que ha hecho Chile a lo largo de la historia es decir no. Y las veces que nos hemos aproximado en negociaciones interesantes, como en 1950, o en 1975, o en 1987, ha sido para engañar a Bolivia. Para decirle sí pero no. Hay ahí también una responsabilidad peruana, por supuesto, sería una estupidez suponer que es sólo chilena.
Bolivia en cambio ha ofrecido a Chile y a Perú todas las soluciones habidas y por haber. Desde 1910 con Daniel Sánchez Bustamante, desde que fuimos a la Sociedad de Naciones, desde el acuerdo de intercambio de las aguas del Lago Titicaca, hasta Pinochet y Bánzer, Bolivia demostró flexibilidad, inventiva y creatividad. Que eso se entienda como un zigzagueo boliviano es un error. Bolivia, país débil, diez, veinte, treinta veces más débil que Chile, planteó todos los caminos posibles para encontrar una salida y se encontró siempre una muralla. En consecuencia, por supuesto que creo que hay una política de estado. Política que parece errática porque hemos tenido propuestas distintas en la medida en que las respuestas de Chile eran negativas.

Se considera que Perú es un pueblo mucho más antichileno que el boliviano. ¿Será cierto? ¿Es Bolivia un país en que hay una élite “chilenofila” y un pueblo antichileno?

Yo creo que Perú y Bolivia son un espejo en sus reacciones con Chile. La única diferencia es que Perú no perdió el mar, su reivindicación es puramente emotiva... Perú pagó un precio mucho más alto en términos humanos y de lo que significa un pueblo humillado por la dominación. Pero Perú no perdió el mar.
Su reivindicación es emotiva y el pueblo peruano es antichileno, sin duda, pero no tiene esa herida profunda en el corazón artificialmente armada que tiene el pueblo boliviano. Yo no soy partidario de que construyas la realidad de tu país sobre una derrota.

¿Y Bolivia la ha construido así?

La identidad boliviana, su contexto de unidad, en gran medida está basado en el tema de Chile. Ese es el gran problema en la lectura de la historia de Bolivia. Es una lectura equivocada, es una lectura inaceptable, es un mapa de luto, de masoquismo. No puedes construir tu identidad y tu orgullo nacional y tu seguridad contándoles a tus niños que todos tus vecinos te robaron.

¿Y sobre qué se debería construir entonces?


A partir de los procesos históricos que Bolivia tuvo: su desarrollo prehispánico occidental y oriental... la audiencia de Charcas que une oriente y occidente; lo que significó la epopeya de la creación de la gobernación de Santa Cruz; la Confederación Perú-Boliviana; la revolución que transformó el país en 1952; la sociedad múltiple con riqueza cultural y diversidad...
Eso y no las tonterías de que perdimos, perdimos, perdimos. Porque no fue así. La Confederación Perú-Boliviana fue el momento de mayor esplendor militar de Bolivia. Fue la potencia más importante de América del Sur en ese momento.
El problema de la historia boliviana es que —sin inventos— está planteada al revés: Que Bolivia es un país pobre, que tuvo fracasos, que sus élites no lograron construir bienestar... Pero hay razones entendibles: si tú tuvieras las mismas condiciones en países como Chile, Argentina, Brasil o México, probablemente el resultado sería el mismo. No vinculado a que unos fueron más capaces que otros, sino a razones geográficas, étnicas e históricas. Yo haría una relectura de nuestra historia.

En Bolivia se afirma que Chile es la causa de su subdesarrollo y pobreza, y en Chile se dice que ese es un gran pretexto que utilizan los bolivianos para esconder sus propias limitaciones. ¿Qué opina usted al respecto?

Es evidente que la herida abierta por la Guerra del Pacífico ha marcado el corazón de Bolivia. Y es evidente que la educación boliviana hace un énfasis muy fuerte en que el mar nos fue arrebatado, que Chile protagonizó una guerra injusta y que el enclaustramiento marítimo tiene que ver en buena medida con el retraso comparativo de Bolivia en el contexto de América del Sur. Adicionalmente se recuerda siempre que Chile todavía tiene ingresos importantísimos por las riquezas que obtuvo en el siglo XIX, ganadas en una guerra injusta…
Que eso sea una victimización gratuita, que eso sea una forma de tratar de disfrazar problemas que el país enfrenta, me parece una simplificación. Yo creo que Bolivia es una nación que tiene una gran capacidad de autocrítica, a veces se excede en ella, y que una visión racional, que la hay en varios ámbitos, marca claramente las propias insuficiencias del país.
Por el contrario, mi visión es que los bolivianos somos demasiado duros con nosotros mismos y tenemos una visión excesivamente negativa de nuestra historia.

El nuevo imperialismo


El abandono de la región (o de su patio trasero, para usar lenguaje preglobalizador) es uno de los menos difundidos "éxitos" del gobierno neoconservador de Bush y una paradoja de la que no se ha escrito lo suficiente.
Pero lo que podría ser motivo de celebración, porque permite una relación menos vertical con la primera potencia del mundo, apenas si es un cambio de dueño para algunos países latinoamericanos.
Es que la llegada de nuevos actores (Irán, por ejemplo) y la parálisis de otros (Brasil, entre ellos) están reconfigurando el mapa regional y permitiendo que ciertos pescadores ganen en río revuelto.
En ese sentido, no es arriesgada la hipótesis de que Venezuela se está convirtiendo para algunos países en un "nuevo imperialismo" si nos atenemos a las connotaciones que tuvo el término antaño: dependencia extranjera, concentración económica, influencia ideológica, en fin, la etapa superior del capitalismo al decir de Lenin, y por tanto su cara más decrépita.
Cierto que son pocos los gobiernos que han aceptado al nuevo patrón, pero es una fuerza respetable en la oposición de casi todos: el más reciente fichaje es el ex sacerdote Fernando Lugo, quien acaba de adherir al "socialismo siglo XXI" y que se vislumbra como el candidato que puede destronar a los colorados en el Paraguay. De ahí la competencia desatada entre las fuerzas progresistas del continente para llevar agua a su molino: Últimamente en las reuniones regionales de la izquierda, por ningún motivo se cruzan los brasileños del PT con los chavistas venezolanos.
Ahora bien, Bolivia es el mejor ejemplo para medir la influencia del nuevo imperialismo: Para discutir la deteriorada situación política que está a punto de llevar al fracaso a la Asamblea Constituyente, Evo viajó a Caracas la semana pasada. Fue cuando Chávez parafraseó al Che Guevara y ofreció "uno, dos, cien Vietnam, si la oligarquía tocaba a Morales". A cambio, el Presidente boliviano le concedió a Chávez la mitad de la segunda reserva de hierro del continente. Días después Bolivia iniciaba relaciones diplomáticas con la teocracia iraní (un aliado fundamental de Chávez) y, como guinda de la torta, imponía visa a los norteamericanos.
Ésta es la última y más vistosa escaramuza de un enfrentamiento con los EEUU que tiene motivos tan variados como el papel que juega USAID, la cantidad de coca existente en el país y ahora la extradición del ex presidente Sánchez de Lozada refugiado en Washington.
Pero esta relación esquizofrénica con los norteamericanos y la subordinación a Venezuela tiene otras consecuencias (para no hablar de turismo o inversiones, y deprimirnos): Los enviados de Chávez en Bolivia exigen a cambio de sus petrodólares, radicalización política y acallar a la oposición porque -marxistas al fin-, quieren agudizar las contradicciones y pisar el acelerador del proceso revolucionario. Como buenos imperialistas creen que los países y las sociedades reaccionan todas por igual.
Olvidan que no es posible replicar modelos, o por lo menos no sin el petróleo y la chequera de Chávez. O quizá sí, pero con las consecuencias que estamos viendo en Bolivia: ingobernabilidad, anomia y desintegración paulatina.

El retorno de la polarización extrema

La Asamblea Constituyente, en la cual tantos bolivianos habían cifrado sus esperanzas de redención, está a punto de fracasar por un tema que hasta hace unos meses parecía insignificante: el pedido de trasladar la sede de los poderes Legislativo y Ejecutivo a Sucre, lo que es respaldado por la "media luna" en su conjunto y la oposición, y resistido militantemente por la actual sede de gobierno y el oficialismo.

Está reivindicaciones generó una inédita movilización cívica en Sucre y otros departamentos, la que fue respondida con un cabildo de casi un millón de paceños convocados bajo el lema de "la sede no se mueve".
El gobierno optó por respaldar a su principal bastión electoral, y utilizó su mayoría en la Asamblea Constituyente para eliminar el tema del debate, lo que regocijó a La Paz, pero generó una violenta reacción en el resto del país, que se tradujo en un paro en seis departamentos, una masiva huelga de hambre y enfrentamientos en las calles que han impedido que la Asamblea sesione.
Morales considera que este es un movimiento de desestabilización que busca derrocarlo pero se da cuenta de su magnitud, por ello respondió con dos acciones que parecen contradictorias: por un lado convocó a un diálogo interdepartamental que fracasó; y, por otro, prometió para este lunes trasladar a Sucre a miles de indígenas y campesinos para defender la Constituyente. Lo cual ha sido considerado por este departamento como una afrenta similar a la que recibió al finalizar el siglo XIX.
Es que en 1899 ya hubo una guerra civil por el mismo motivo, cuando la sede de gobierno fue trasladada a sangre y fuego esta vez de Sucre a La Paz. Hoy existen sectores temerosos de que se produzcan acontecimientos similares; otros en cambio creen que Bolivia -como es su costumbre-, marchará hacia el abismo y retrocederá a último momento para evitar la catástrofe.
En cualquier caso ha retornado la polarización extrema, aquella que se podría simbolizar en la visibilidad peligrosa que han cobrado dos grupos hasta ahora insignificantes: los "ponchos rojos" (indígenas altiplánicos que algunos consideran el ala paramilitar del MAS y que este fin de semana marchan a Sucre); y la "Unión Juvenil Cruceñista" (un grupo de jóvenes racistas que patrulla las calles de Santa Cruz buscando disidentes).

¿A la cama con Chávez o con Bush?



Siempre que se escribe sobre Hugo Chávez existe el peligro en caer en simplificaciones. Hace unos días el New York Times le dedicaba un editorial y lo acusaba de utilizar "retórica orwelliana"; y hace unos años The Economist llegó a afirmar que "muy pocos creen que sea un segundo Fidel Castro". Y esto para hablar sólo de la prensa más seria del mundo.
En 1999 García Márquez escribió sobre sus múltiples personalidades: "Me estremeció la inspiración de que había conversado con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país, Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más".
Esa doble personalidad, cercana a un thriller de Hollywood (o a una novela caribeña), es la que genera desconcierto. En Latinoamérica siempre hubo políticos corruptos, mesiánicos, populistas y de todas las formas y calibres imaginables, pero a lo más se podía asociar un par de adjetivos a uno de ellos; pocas veces fue posible, como ahora, unirlos todos (y muchos más) sin equivocarnos.
Es fácil acusar a Chávez de ser un autócrata vinculado a un gobierno antimoderno como el de Irán; nadie duda de las intenciones que tuvo al silenciar el principal canal opositor ni de que ahora quiere perpetuarse en el poder; pero quedarnos sólo con esa argumentación es reduccionista, al igual que pensar que los casi nueve mil millones de dólares que comprometió para este año a países latinoamericanos es ayuda honesta y desinteresada (o sólo parte de su política de agitación y propaganda).
¿Agradecerán los latinoamericanos un caballo que tiene dientes como las latas de sardina en Pisco, los sobornos al ejército boliviano o los maletines de dólares en Argentina, pero que también ha permitido redefinir el mapa energético sudamericano y financiar obras de infraestructura y hasta economías nacionales?
¿Adherirán a Chávez por esos dólares que aunque pase por el filtro de la corrupción y el despilfarro, llega a regiones donde el Estado brilla por su ausencia, la pobreza es endémica y las instituciones están quebradas?
Difícil responder a estas preguntas. De cualquier forma, todas ellas no hacen más que confirmar que el de Chávez es el más importante liderazgo regional en Latinoamérica, a pesar incluso de Brasil. ¿Entre la promesa de etanol verde para el futuro, y los petrodólares contantes y sonantes del gris presente, hay alternativas?
También sirven para atisbar otras profundidades, Chávez está construyendo un liderazgo cuya identidad y razón de ser surgen a partir de la crítica a su Némesis: George Bush. La política neoconservadora norteamericana no sólo ha fracasado sino que, paradójicamente, ha terminado con la doctrina Monroe, aquella que establecía que la única potencia en el continente era EEUU. El que abandona la región (y no se pone) deja el campo fértil para estas tempestades.
Hace un tiempo que Venezuela subsidia el 50 por ciento del valor de la micro para gente pobre en Londres. Su alcalde, Ken Livingstone, ante las criticas de que una ciudad rica no debería aceptar dinero de un país donde el 40% vive en la indigencia, respondió: "Prefiero irme a la cama con Chávez que con Bush, como lo hace el gobierno británico". Y uno puede imaginar que eso (aunque quizá menos retórico) debe estar pasando por la cabeza de muchos latinoamericanos.

Por la boca muere el pez

La larga y conflictiva historia diplomática entre Bolivia y Chile, sólo en estos últimos años, cobró dos cónsules al primer país y uno al segundo. En los tres casos y si nos atenemos a las versiones oficiales, por motivos similares: Hablar de más.
Lo cual confirma algunas certezas en el caso boliviano. En primer lugar que los temas que son determinantes para la administración de Evo Morales se manejan sin ningún tipo de intermediarios; es el caso, por ejemplo, de los hidrocarburos, Ministerio por el cual ya han pasado tres personajes de alto renombre en el último año; la Asamblea Constituyente donde la última palabra siempre la tiene el Presidente; o, salvando las distancias, la relación diplomática con Chile. Lo cual debe hacer reflexionar a los especialistas no sobre las contradicciones de Morales (que no las hubo en la destitución de Enrique Pinelo o Roberto Finot), sino sobre la toma de decisiones y su particular forma de ejercicio de la política.
La prioridad que tiene este asunto para el Presidente boliviano se confirma día tras día. La semana pasada, por ejemplo, cuando realizó un viaje relámpago al Perú, país con el que está algo más que distanciado. Ahí no tuvo reparos en soltar graciosas e infelices frases como aquella de que a Alan García lo conocía cuando era más flaco y más antiimperialista, palabras que por supuesto no cayeron nada bien en el gobierno peruano, pero que permiten colegir —si uno quisiera rizar el rizo—, cuál fue la respuesta peruana a los planteamientos marítimos bolivianos.
Por otra parte, si bien la construcción de su liderazgo sindical y político se sustentó en la lucha intransigente para evitar que se venda gas a Chile (lo que costó decenas de muertos y la renuncia de un Presidente), hoy en cambio, es precisamente él quien se muestra más convencido de que puede resolver la cuadratura del círculo.
Como cualquier político boliviano, alberga secretamente el deseo de resolver el principal diferendo sudamericano y pasar a la historia por la puerta grande, por tanto, como todos ellos, está dispuesto a pagar el precio (pero ni un centavo más, y menos por un funcionario de segundo rango). Es que nunca debiera olvidarse el costo político que diariamente tiene que pagar Morales por su política exterior ni dejar de prever cuán abultada es su cuenta corriente.
Finalmente, a diferencia de lo que tradicionalmente se piensa, en justicia hay que decir que si Bolivia tiene algo parecido a una política de Estado ésa es la referida al tema marítimo (¿o usted oyó alguna vez en el último siglo a un presidente, canciller, embajador o cónsul que no reivindicara una salida soberana al mar?). Que esa aspiración sea condimentada por una serie de fórmulas complejas y por la contingencia política, es anecdótico.
Y esto es en lo que no podemos equivocarnos (y donde Roberto Finot erró de medio a medio): Sólo Evo Morales le puede decir a los bolivianos que la soberanía será postergada por asuntos menos trascendentes y más terrenales, sea un enclave, una zona económica especial o un canje territorial; o, paradoja de las paradojas que se le venderá gas a Chile. No sólo es su responsabilidad como Presidente (y su derecho como político), sino que en el mundo real es el único que puede y está dispuesto a hacerlo.

¿Nacionalizar, yo?

En otras circunstancias la presa sería suculenta. Un ferrocarril privatizado por neoliberales, administrado por chilenos, estratégico para la economía… argumentos más que suficientes para filmar otro capítulo de la gran epopeya estatista que suele afiebrar a más de un partidario de Evo Morales.
Por eso hace unos días el propio Presidente boliviano se comprometió a nacionalizarlos y a terminar de una vez con la tan temida "capitalización" (política aquella que consistió —a trazos gruesos— en vender el paquete mayoritario de las empresas estatales bolivianas, otorgando el control y la administración a cambio de inversiones; es el caso de los ferrocarriles que fueron divididos en dos empresas, una que pertenece a los Luksic y la otra a una firma norteamericana. El resto de las acciones —algo más del 40%—, propiedad de los bolivianos, serían administradas por las AFP y sus utilidades estarían destinadas exclusivamente al pago de un bono anual de jubilación).
El experimento permitió inversiones por 1.600 millones de dólares y sanear las empresas gracias a la administración privada. Pero eso fue otra época. Hoy la "capitalización" ha sido maldecida y gran parte de la imagen de Evo Morales se construyó criticándola sin tregua. Tanto así que la nacionalización constituye el capítulo principal del plan de gobierno que lo llevó al poder.
Ahora bien, se han barajado muchas alternativas para cumplir la promesa de volver al Estado padre y protector que tanto anhela Morales. Una de ellas, por supuesto, es la confiscación. Pero es la menos probable porque ni siquiera con la industria petrolera tuvo ánimo suficiente, sea por pragmatismo político, sea por el costo internacional que ello implica, de tal forma que optó más bien por una reforma impositiva (en exploración y explotación), y la compra de dos refinerías.
Otra opción es la que ensayó con la italiana Telecom, controladora de Entel. Al igual que con las petroleras, se revirtieron las acciones de los bolivianos al Estado (alrededor del 40%), pero luego se intentó comprar sólo la diferencia necesaria para llegar al 51%. Telecom replicó que, o el gobierno compraba toda su participación, o no vendía nada. Además, pidió respaldo a la Comunidad Europea y arbitraje internacional. A partir de ahí silencio en ambas esquinas.
En resumen, si la confiscación petrolera significaba un escándalo que Morales no quería; la compra de Entel dependía de mucha plata que el gobierno no tenía.
¿Utilizará alguna de estas alternativas con el ferrocarril de los Luksic? ¿Lo comprará "amistosamente" o lo confiscará? Parecería que para eso falta un rato, y que las declaraciones realizadas el domingo pasado fueron un ejercicio de oratoria o, si fuéramos psicoanalistas, un acto fallido en el que afloró su inconciente. Esto es, Morales quiere nacionalizar pero por el momento no puede ir más allá de la retórica y la amenaza (con auditorías, por ejemplo).
A diferencia de Bolivia, el mundo mira bien a los privados y los defiende; además, la coyuntura política interna se ha tornado un tanto compleja, por eso quizá las energías se destinen a potenciar la inversión extranjera o las negociaciones con Chile, y no a boicotearlas como ahora poniendo una pistola sobre la mesa.

Cómo amar un país y no morir en el intento (primera parte)

Si bien es cierto que Internet hay en todas partes y hasta puedo conectarme satelitalmente, seamos realistas y pensemos que una laptop en Isallavi —el pueblo donde nació el presidente boliviano, Evo Morales—, es poco menos que un OVNI.
Por tanto, la primera recomendación que me viene a la mente es que pensemos menos en la tecnología y la globalización, y más en el idioma. Quien quiera vivir en Latinoamérica definitivamente debe superar el trauma y aprender español. Sin él, estas tierras son francamente inhóspitas e ininteligibles, desmesuradas, ajenas. Muy poca gente habla inglés y en los sectores populares —que es dónde mejor se puede buscar el alma latinoamericana—, nadie.
Ergo, para vivir en Latinoamérica hay que hablar español —un poco por lo menos—, balbucearlo, perpetrarlo, barruntarlo, porque sin su auxilio, sin un conocimiento mínimo, la vida por acá (no el viaje turístico "todo incluido", las vacaciones de mochilero o la visita familiar, sino la vida pura y dura, la de todos los días, la rutina del desayuno, almuerzo y cena), se hace casi imposible.
Ahora bien, una buena noticia. En toda la región —con excepción de Brasil—, los que más y los que menos hablan eso, español, sólo español y nada más que español. No es necesario como en Asia, África o Europa, aprender más de una lengua.
Pero no nos alegremos demasiado, si bien hay un solo idioma, este no es el mismo en cada lugar, tiene sutiles diferencias y bien vale la pena conocer los giros de cada país sino se quiere "meter la pata a la vuelta de la esquina". Y con giros queremos decir slang, jerga, habla coloquial, no nos referimos a la ironía y a la broma —lo más difícil de adquirir en un idioma— sino a los significados distintos de una misma palabra según sea el lugar en el que queramos vivir.
Algunos ejemplos para ilustrar: Si digo "pico" en Asunción, claramente me estaré refiriendo al instrumento que sirve para cavar; pero en Chile me mirarían como un desconsiderado y "mal hablado". Y si un latinoamericano de los bajos fondos—un "cholo" (en Bolivia o Perú), un "mersa" (en Argentina), o un "roto" (en Chile)— dice una "flauta" o quiere una "concha", estará pensando en muchas cosas menos en un instrumento musical o en un caracol.
Si uno quiere aposentarse en Santiago, por ejemplo, debe conocer esa tendencia tan particular a terminar los verbos en "i" que tienen los oriundos de estos pagos (sabes es "sabí"; tienes es "tení"; puedes es "podí"); o que huevón ("weon") no es un insulto, como en muchos países, sino un complemento popular para cualquier fraseo que se tercie.
Pero incluso eso no es suficiente. Para vivir en otro lugar además hay que entender y amar a las mujeres y los hombres que viven allí (y también a odiarlos, pero este es un proceso más largo y poco recomendable); hay que conocer las particulares formas en que se construyen las relaciones de pareja en cada lugar, que todos seremos occidentales y cristianos pero tenemos sutilezas que hacen la diferencia. Y no se trata de discriminación sexista que el interés no es antropológico; sino de bajar al concreto y terrenal nosotros/as (extranjeros) y ellos/ellas (latinoamericanos), que si uno quiere vivir en un lugar como éstos —y no es un solitario irredento o un anacoreta—, necesita relacionarse con los demás, cualquiera sea la forma en que nos gusten esas relaciones, que liberales y conservadores hay en todas partes. No se olvide que la imagen cinematográfica de macho latino y de virgen impoluta no se la creen ni en Hollywood.
Finalmente, cierto que hay quienes pueden vivir sin tener a otro/a (o a ambos) a su lado, pero nadie ha aprendido aún a vivir sin comer ni beber, y en los tiempos que corren, y según sea la edad además, los latinoamericanos tienen gustos muy marcados y un sentido profundamente nacionalista de la comida, por lo que equivocarse en ello puede costar no sólo malos entendidos sino hasta algunos huesos, y no los de pollo precisamente.
Piense por ejemplo que opinaría un peruano al que le dijeran que el "ceviche" es un invento ecuatoriano, o que diría un nacional de éste último país con aseveración semejante. Si el primero le quitaría hasta el saludo, el segundo seguramente se convertirá en su amigo de por vida.
O imagínese a un boliviano al que le dijera que la popular "salteña" es de Salta, Argentina, y no el símbolo más poderoso de su cocina. Se ha sabido de duelos por asuntos menores que éste.

Cómo amar un país y no morir en el intento (introducción)

Vivir en otro país es una experiencia enriquecedora, así por lo menos nos enseña ese ideal romántico decimonónico que llegó tan tarde a Latinoamérica (distorsionado, fantasmagórico y aislado como todo lo que pasa en latitudes tan australes, pero que finalmente llegó, eso es lo que importa).
Desde los "poetas malditos" a Paul Gauguin casi todos los grandes exponentes de la arte en el siglo XIX quisieron ver en otras culturas, mientras más distantes mejor, una imagen más humana (y también más salvaje) de ellos mismos o, lo que es igual, buscaron lugares en los cuales pudieran ver reflejadas sus pulsiones más íntimas. Espejo distorsionado, dirá alguno; ingenuo dirá otro, pero al final visión más democrática e igualadora que la de quienes pensaban en blanco y negro y creían que había seres mejores y peores poblando este mundo del señor.
Algunos de ellos, los más osados, no sólo lo soñaron sino que quisieron vivirlo y partieron en su busca… y hasta se perdieron en ella. Precisamente en una película muy digna de Bernardo Bertolucci basada en una de las grandes novelas de Paul Bowles "El Cielo Protector" (un escritor que calza perfectamente en esta definición porque dejó todo para vivir y morir en Marruecos), Debra Winger, la protagonista, responde alegre, feliz y afirmativamente cuando le preguntan si está perdida. Porque de eso se trata, de perderse.
Pero a diferencia de estos europeos y americanos que miraban sobre todo al Oriente, los latinoamericanos más arriesgados se internaron en lugares no tan ignotos, pero igual de distantes a ojos de los de estas tierras (París en la primera mitad del siglo XX, EEUU en la segunda).
A partir de la imagen e idealización de esos lugares es que construyeron/destruyeron su biografía los políticos; aprendieron, crecieron o quebraron los empresarios; y escribieron, pintaron o compusieron los artistas.
Sin embargo, a la inversa, muy pocos artistas americanos y europeos se internaron definitivamente por estos lugares y los asumieron como suyos (recordarán sin duda a Malcolm Lowry y su autodestrucción sistemática en México o al polaco Witold Gombrowitz en Argentina, pero no muchos más).
Quienes así lo hicieron, y lograron superar la primera impresión (que es única pero generalmente adversa), es decir, quienes pisaron Latinoamérica en ánimo de viajero y no de turista, terminaron enamorándose perdidamente de ella y olvidaron el camino de regreso.
¿Qué es lo que ocasiona que lugares tan distantes como Santiago de Chile o La Paz (para no nombrar los más clásicos como Buenos Aires o Río de Janeiro que tienen su propia historia), se vuelvan atractivos para señoras y señores que bien podrían estar calentitos frente a la chimenea leyendo aventuras más que viviéndolas?
Aún más, ¿es pertinente hacer estas preguntas globalización de por medio, con el supuesto de que las fronteras se desvanecen, las distancias se hacen más cortas y hasta el amor se vuelve líquido?
Las respuestas a preguntas como estas se hacen difíciles y siempre serán incompletas, heterogéneas y multidimensionales. Pero, animémonos y arriesguemos algunas, es que —como dice una novela de reciente aparición en Chile—, uno puede saber todas las fechas históricas de un país pero sigue siendo extranjero mientras no sepa la alineación completa de la selección de fútbol más heroica, o la forma exacta en que se hace rodar un "trompo" en las aceras del barrio.

Presentación del libro "…Un tal Evo, biografía no autorizada"

Palabras pronunciadas en la presentación de la biografía de Evo Morales escrita por Darwin Pinto y Roberto Navia, realizada en la Universidad Diego Portales en Santiago de Chile el 5 de junio de 2007

Darwin Pinto y Roberto Navia son parte de una nueva generación de periodistas bolivianos que nos dan sorpresas como este libro.
Son herederos sin duda de la ya mítica y bohemia generación de periodistas que iniciaron el periodismo profesional en Bolivia, pero también de la siguiente, la que incorporó la tecnología y la globalización en la vida profesional pero que al mismo tiempo se burocratizo y emigró de los medios al gobierno, a las empresas o a las ONGs, asunto al que parece que Darwin y Roberto aún resisten, mis congratulaciones por ello.
Comienzo con esta frase porque hay en el libro “Un tal Evo, biografía no autorizada”, la tensión constante, la escritura urgente que es la mejor heredera de la tradición a la que hacía referencia, se nota en todas sus páginas, la angustia, por ejemplo, del cierre de edición (sobre el que cualquier periodista puede dar fe: La aparición de ese fantasma por las madrugadas que asusta entonces, pero que se añora cuando se está lejos de las salas de redacción).
Ello se nota la repetición constante, la superposición, la necesidad de contar todo sin respiro (la historia de Bolivia en un respiro), el tributo y el homenaje a la emergencia de la situación.
Porque en emergencia se vive en Bolivia desde que tengo memoria, en definitiva es la forma de vivir a la que estamos acostumbrados, y que muy bien Darwin y Roberto reflejan en su libro.
Pero a pesar de ser jóvenes, o gracias a ello, han podido vivir, cubrir y sentir gran parte de la historia contemporánea de Bolivia que todos conocemos. Y no hay mejor escuela que esa.
Se trata de un libro que contiene sus reflexiones, sus artículos y, sobre todo es la más importante contribución que se ha hecho en los últimos meses para entender el fenómeno de Evo Morales desde el punto de vista biográfico.
“Un tal Evo” es un libro complejo, como compleja es la historia del personaje que relata y la historia de Bolivia, pero es una excelente y encomiable introducción para entender al actual Presidente de la República, y para –de paso-- a conocer pasajes relevantes de la historia de Bolivia.
El libro tiene amplia relevancia periodística. Evo Morales es un personaje de fama mundial y tiene la particularidad, como muchos otros personajes de la historia de convertirse en mito más allá de él mismo y, además que se concreta antes de cumplirlo.
Esto es, Evo Morales entró a la historia el día que juro como Presidente y lo que haga o deje de hacer simplemente ayudarán a consolidar el mito, sea el fundacional, aquel que augura un nuevo amanecer para Bolivia y que tan bien simboliza el libro cuando relata su investidura como líder de todas las comunidades indígenas aún antes de jurar como presidente.
O el mito discriminatorio, ese que plantea la imposibilidad indígena de reivindicarse solo con la ayuda de sí mismos.
Me explico, el sólo hecho de haberse convertido en Presidente de la República siendo indígena, proviniendo de uno de los lugares más pobres del mundo, un hombre hecho a sí mismo que vence la adversidad configuran un destino (mejor heroico que trágico, le deseamos todos), o mejor confirman el sentido de predestinación en el que este libro se inscribe. En ese sentido, el libro es parte de ese proceso de mitificación y está muy bien que sea así, no busca ser un tratado académico sino la expresión de ese proceso.
La biografía de Evo es ya un mito antes de concretarse, como bien lo señalan Darwin y Roberto, su escolaridad compleja, sus capacidades deportivas, la venta de helados en Argentina, la banda de música, sus primeros escarceos con la política, en resumen la búsqueda hasta llegar al lugar que lo redime, el Chapare, tan parecido al cielo y al infierno católicos. Paraíso perdido en su momento, convertido en infierno a punta de represión y balas, como bien se relata en el libro. Pero sobre todo lugar donde la redención es posible.
El mito se estructura en función a esa redención, según el libro por lo menos en dos oportunidades (cuando Evo pierde a su padre y cuando sobrevive a la cárcel, los golpes y la tortura como dirigente). Por eso evo retornará ahí siempre cuando pueda (cuando quiera comer bien, cuando quiera desatar su ternura, cuando quiera dormir). Ahí puede hacerlo, mientras el resto del mundo le es adverso.
En ese sentido, esta es una lectura recomendada, con una sola advertencia. Su estilo no tiene una linealidad cronológica, además de las más obvias, por eso se recurre constantemente al raconto, a las paráfrasis (amplificación), a las metáforas, etc. y al uso constante del periodismo de no ficción que es parte ya del bagaje del periodismo investigativo. Por ello esa advertencia sobre el estilo, porque es posible toparse con el mismo tema varias veces y en contextos diferentes.
Yo dividiría el libro en tres grandes temas.
La infancia y adolescencia de Evo Morales, la que lo constituye como sujeto. La búsqueda de la herida original diría el psicoanálisis, años en los que la figura paterna dará centralidad a su vida, no sólo el padre como autoridad comunitaria, como mallku, sino el Padre, la Ley, quien define e interpela a Morales, mientras vive en Isallavi, que muchos años después Evo declararía Patrimonio Histórico Nacional, al igual que Monumento Histórico a la vivienda donde nació hace 47 años. Hasta que llega al Chapare.
La segunda parte es menos contextualizada… en ella se relata la historia de los movimientos indígenas y la historia de Bolivia con el objetivo de entender el Chapare, la represión indiscriminada y la muerte por un lado, así como la guerrilla y los métodos de defensa campesinos que causaron también bajas en el ejército.
Esa sensación de urgencia de las que hablaba al principio es sin duda acá donde se expresa, se cristaliza más bien de forma más arriesgada, y esta parte del libro, que puede ser leída como un ensayo sobre el Chapare, su irrupción en la historia de Bolivia, se convierte ya no en la biografía de un hombre sino en una biogrfía colectiva, si cabe el término.
Dejar de lado a Evo Morales como personaje durante muchas páginas, es una de las decisiones de los autores, es quizá una de las más importantes porque prefieren dejar el relato sobre la vida de Evo Morales en ese Chapare convulsionado, para hablar del movimiento cocalero en su conjunto, de acuerdo con la muletilla principal de Evo: yo no gobierno si no es con los movimientos sociales, son ellos los que gobiernan.
Esto por un lado, y los episodios más importantes de la historia de las rebeliones indígenas por la otra, lo que es relevante en tanto permite tener un pantallazo general de esa historia, De la lucha de los Amaru de los Catari, llegando a citar la tesis algo forzada del hermano de Evo de que el verdadero apellido de Morales es Catari, para así no sólo reforzar el mito sino convertirlo en realidad. Morales no solo sería el heredero de la larga lucha emancipatoria de los pueblos indígenas de Bolivia en sentido figurado, sino que sería heredero genealógico de ésta
Finalmente, la tercera parte está dedicado a una serie de pequeños ensayos que van desde Chile, a la forma de trabajo de Evo, su relación con los presidentes que lo combatieron, ensayos en los cuales los autores establecen un diálogo con los lectores (o con posibles lectores específicos), que quizá sean difíciles para un lector no iniciado en los vericuetos del poder en Bolivia.
Es sin duda, un libro importante porque permite conocer facetas de la vida de Morales, desconocidas hasta ahora por el gran público y porque además logra sistematizar (es la más completa sistematización que conozco) buena parte del pensamiento de Morales en diferentes materias personales y políticas que habían sido comunicadas en diferentes entrevistas por el mundo pero que era difícil tener reunidas.
Llegando incluso a un detalle extremo en temas como la vida amorosa de Morales o del Vicepresidente, que muestran una sociedad más abierta y liberal en Bolivia de lo que uno mismo imaginaba, que se siga respetando la vida privada del Presidente luego de los datos aportados por este libro, que eso habla o muy bien de los periodistas bolivianos o muy mal depende del punto de vista que se mire.
Los autores se comprometen en la última página del libro a una segunda parte. Pues bien, la calidad de esta “primera parte” lo amerita. En ese sentido, hace falta una biografía intelectual y política de Evo, que aquí más bien se atisba… El indigenista Fausto Reinaga, Mao, el estalinismo del PC, cierto, pero aún falta escribir sobre ese momento en el que la izquierda y los movimientos indígenas se entrelazan en Bolivia en la conjunción más exitosa de los conceptos de clase y etnia, que haya en el continente.
Como decía se atisba ahí a Filemón Escobar, el mentor intelectual e ideológico de Morales, pero aún hace falta encontrar los motivos, las influencias, las formas en que el Evo adolescente, jugador de fútbol se transforma en el político más avezado y experimentado en Bolivia, el que es capaz de enfrentarse a toda la vieja guardia de la clase política y derrotarla, por tanto el político pragmático pero también el que sabe leer como nadie la realidad de Bolivia y las transformaciones que está sufriendo esa sociedad en los últimos años, las que nadie percibe hasta que ocurren. Menos Morales. Es en el Chapare sin duda, pero aún falta saber con quién, con qué…
Esa biografía política e intelectual bien valdrá esa segunda parte, lo que sería una contribución más a la escasa bibliografía que hay sobre estos temas no solo en Bolivia sino en todos nuestros países. La investigación actual sobre eso temas se reduce a los centros académicos y think tanks o a las páginas de los periódicos, pero no al periodismo de investigación, con excepción quizá de Argentina y Brasil.
Finalmente, quiero remarcar que esta casi primera presentación del libro se haga en Chile, no en vano hay un capítulo dedicado a las relaciones chileno bolivianos, (mejor a la participación de Evo en varias reuniones en las cuales el tema que divide a ambos países estuvo y está presente). Al respecto quisiera ser tan optimista como los autores. No lo syo. Pero en cualquier caso, acciones como esta permitirán conocernos más, y conocernos más en el largo plazo es la clave del entendimiento entre nuestros pueblos.
Por eso también se agradece el esfuerzo de la Universidad Diego Portales, pero sobre todo el de Nicole Etchegaray quien fue capaz de organizar todo esto por el único motivo que es razón suficiente para ella: porque creyó que era importante.
Gracias a ella la presencia de Darwin en Chile, la que me llena de orgullo, porque Darwin es joven, porque tiene ideas y porque es capaz de escribirlas y publicarlas y comenzar a ser parte de la elaboración de esa otra historia, la que tanta falta nos hace.
Muchas gracias.

La construcción del mito

Bolivia tenía la particularidad de ser desconocida para el mundo (quizá algunos entendidos la asocien a un dudoso récord mundial de golpes de Estado, o a la cocaína, pero poco más). Sin embargo, en el último tiempo esa percepción comienza a cambiar. No a raíz del gas o del experimento social de la Asamblea Constituyente, sino por la construcción mítica de la figura de Evo Morales.
Sin duda se trata de un personaje inusual, casi improbable, no sólo por el hecho de haber nacido en Isallavi, uno de los lugares más pobres del mundo (lugar al que ya ungido como Presidente, declararía Patrimonio Histórico), sino por la forma en que se transformó en el político más exitoso de Bolivia (conjugando felizmente esa rara ecuación entre indigenismo e izquierda, entre etnia y clase que se había olvidado en Latinoamérica).
Sin embargo, en estos días es posible percibir como el relato mediático comienza a transformarse precisamente a partir de su biografía: Morales ya no sólo es un político, un hombre hecho a sí mismo que vence a la adversidad, sino un predestinado. Sólo como ejemplo, su hermano sostiene que el verdadero apellido de los Morales es Catari, de forma que estaría emparentado con los caudillos de las grandes rebeliones indígenas de los siglos XVIII y XIX.
Es que a medida que Morales se ha ido trasladando de las páginas políticas de los diarios a las librerías y a las salas de cine (deificado, satanizado), comprendemos que estamos ante el surgimiento de un fenómeno de dimensión cultural.
Sin querer hacer un recuento sistemático, sólo en los últimos meses se han estrenado dos documentales sobre Morales —entre ellos “Cocalero” de Alejandro Landes—, y se anuncia una biopic de Tonchi Antezana. En librerías chilenas se pueden encontrar dos de la ya casi decena de libros escritos sobre él (“Un tal Evo”, de Darwin Pinto y Roberto Navia; y “Morales y el origen de la izquierda nacionalista” de Fernando Molina).
Libros y audiovisuales que indagan sobre sus escarceos con la política y su formación ideológica, pero también sobre ese talento deportivo que hoy se prueba ante la FIFA, que especulan alrededor de los cobres que tocaba en una banda de música, sobre una supuesta redención existencial en el Chapare y hasta sobre sus dotes amatorias.
De esa copiosa producción lamentablemente han tenido mucha mayor cabida en el panorama mediático y cultural internacional, aquellos discursos que construyen un personaje unidimensional, dicotómico, ajeno a la contingencia, uno en el que su sola biografía personal y racial le permite entrar en el parnaso. Así, lo que haga o deje de hacer simplemente ayuda a consolidar el mito preconcebido: sea el fundacional, aquel que augura un nuevo amanecer para Bolivia, sea el discriminatorio, ese que plantea la imposibilidad de la autonomía indígena.
El problema es que si el personaje de carne y hueso debe estar a la altura de esas circunstancias, el panorama se le complica: en el reino poético pero de trazo grueso y exagerado de la mitología, no tienen mucha cabida el pragmatismo político, la sutileza de los acuerdos o la gris tarea de buscar consensos.

Sergio Molina M. es politólogo boliviano y analista de Imaginaccion Consultores
smolina@imaginaccion.cl