El nuevo imperialismo


El abandono de la región (o de su patio trasero, para usar lenguaje preglobalizador) es uno de los menos difundidos "éxitos" del gobierno neoconservador de Bush y una paradoja de la que no se ha escrito lo suficiente.
Pero lo que podría ser motivo de celebración, porque permite una relación menos vertical con la primera potencia del mundo, apenas si es un cambio de dueño para algunos países latinoamericanos.
Es que la llegada de nuevos actores (Irán, por ejemplo) y la parálisis de otros (Brasil, entre ellos) están reconfigurando el mapa regional y permitiendo que ciertos pescadores ganen en río revuelto.
En ese sentido, no es arriesgada la hipótesis de que Venezuela se está convirtiendo para algunos países en un "nuevo imperialismo" si nos atenemos a las connotaciones que tuvo el término antaño: dependencia extranjera, concentración económica, influencia ideológica, en fin, la etapa superior del capitalismo al decir de Lenin, y por tanto su cara más decrépita.
Cierto que son pocos los gobiernos que han aceptado al nuevo patrón, pero es una fuerza respetable en la oposición de casi todos: el más reciente fichaje es el ex sacerdote Fernando Lugo, quien acaba de adherir al "socialismo siglo XXI" y que se vislumbra como el candidato que puede destronar a los colorados en el Paraguay. De ahí la competencia desatada entre las fuerzas progresistas del continente para llevar agua a su molino: Últimamente en las reuniones regionales de la izquierda, por ningún motivo se cruzan los brasileños del PT con los chavistas venezolanos.
Ahora bien, Bolivia es el mejor ejemplo para medir la influencia del nuevo imperialismo: Para discutir la deteriorada situación política que está a punto de llevar al fracaso a la Asamblea Constituyente, Evo viajó a Caracas la semana pasada. Fue cuando Chávez parafraseó al Che Guevara y ofreció "uno, dos, cien Vietnam, si la oligarquía tocaba a Morales". A cambio, el Presidente boliviano le concedió a Chávez la mitad de la segunda reserva de hierro del continente. Días después Bolivia iniciaba relaciones diplomáticas con la teocracia iraní (un aliado fundamental de Chávez) y, como guinda de la torta, imponía visa a los norteamericanos.
Ésta es la última y más vistosa escaramuza de un enfrentamiento con los EEUU que tiene motivos tan variados como el papel que juega USAID, la cantidad de coca existente en el país y ahora la extradición del ex presidente Sánchez de Lozada refugiado en Washington.
Pero esta relación esquizofrénica con los norteamericanos y la subordinación a Venezuela tiene otras consecuencias (para no hablar de turismo o inversiones, y deprimirnos): Los enviados de Chávez en Bolivia exigen a cambio de sus petrodólares, radicalización política y acallar a la oposición porque -marxistas al fin-, quieren agudizar las contradicciones y pisar el acelerador del proceso revolucionario. Como buenos imperialistas creen que los países y las sociedades reaccionan todas por igual.
Olvidan que no es posible replicar modelos, o por lo menos no sin el petróleo y la chequera de Chávez. O quizá sí, pero con las consecuencias que estamos viendo en Bolivia: ingobernabilidad, anomia y desintegración paulatina.

El retorno de la polarización extrema

La Asamblea Constituyente, en la cual tantos bolivianos habían cifrado sus esperanzas de redención, está a punto de fracasar por un tema que hasta hace unos meses parecía insignificante: el pedido de trasladar la sede de los poderes Legislativo y Ejecutivo a Sucre, lo que es respaldado por la "media luna" en su conjunto y la oposición, y resistido militantemente por la actual sede de gobierno y el oficialismo.

Está reivindicaciones generó una inédita movilización cívica en Sucre y otros departamentos, la que fue respondida con un cabildo de casi un millón de paceños convocados bajo el lema de "la sede no se mueve".
El gobierno optó por respaldar a su principal bastión electoral, y utilizó su mayoría en la Asamblea Constituyente para eliminar el tema del debate, lo que regocijó a La Paz, pero generó una violenta reacción en el resto del país, que se tradujo en un paro en seis departamentos, una masiva huelga de hambre y enfrentamientos en las calles que han impedido que la Asamblea sesione.
Morales considera que este es un movimiento de desestabilización que busca derrocarlo pero se da cuenta de su magnitud, por ello respondió con dos acciones que parecen contradictorias: por un lado convocó a un diálogo interdepartamental que fracasó; y, por otro, prometió para este lunes trasladar a Sucre a miles de indígenas y campesinos para defender la Constituyente. Lo cual ha sido considerado por este departamento como una afrenta similar a la que recibió al finalizar el siglo XIX.
Es que en 1899 ya hubo una guerra civil por el mismo motivo, cuando la sede de gobierno fue trasladada a sangre y fuego esta vez de Sucre a La Paz. Hoy existen sectores temerosos de que se produzcan acontecimientos similares; otros en cambio creen que Bolivia -como es su costumbre-, marchará hacia el abismo y retrocederá a último momento para evitar la catástrofe.
En cualquier caso ha retornado la polarización extrema, aquella que se podría simbolizar en la visibilidad peligrosa que han cobrado dos grupos hasta ahora insignificantes: los "ponchos rojos" (indígenas altiplánicos que algunos consideran el ala paramilitar del MAS y que este fin de semana marchan a Sucre); y la "Unión Juvenil Cruceñista" (un grupo de jóvenes racistas que patrulla las calles de Santa Cruz buscando disidentes).

¿A la cama con Chávez o con Bush?



Siempre que se escribe sobre Hugo Chávez existe el peligro en caer en simplificaciones. Hace unos días el New York Times le dedicaba un editorial y lo acusaba de utilizar "retórica orwelliana"; y hace unos años The Economist llegó a afirmar que "muy pocos creen que sea un segundo Fidel Castro". Y esto para hablar sólo de la prensa más seria del mundo.
En 1999 García Márquez escribió sobre sus múltiples personalidades: "Me estremeció la inspiración de que había conversado con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país, Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más".
Esa doble personalidad, cercana a un thriller de Hollywood (o a una novela caribeña), es la que genera desconcierto. En Latinoamérica siempre hubo políticos corruptos, mesiánicos, populistas y de todas las formas y calibres imaginables, pero a lo más se podía asociar un par de adjetivos a uno de ellos; pocas veces fue posible, como ahora, unirlos todos (y muchos más) sin equivocarnos.
Es fácil acusar a Chávez de ser un autócrata vinculado a un gobierno antimoderno como el de Irán; nadie duda de las intenciones que tuvo al silenciar el principal canal opositor ni de que ahora quiere perpetuarse en el poder; pero quedarnos sólo con esa argumentación es reduccionista, al igual que pensar que los casi nueve mil millones de dólares que comprometió para este año a países latinoamericanos es ayuda honesta y desinteresada (o sólo parte de su política de agitación y propaganda).
¿Agradecerán los latinoamericanos un caballo que tiene dientes como las latas de sardina en Pisco, los sobornos al ejército boliviano o los maletines de dólares en Argentina, pero que también ha permitido redefinir el mapa energético sudamericano y financiar obras de infraestructura y hasta economías nacionales?
¿Adherirán a Chávez por esos dólares que aunque pase por el filtro de la corrupción y el despilfarro, llega a regiones donde el Estado brilla por su ausencia, la pobreza es endémica y las instituciones están quebradas?
Difícil responder a estas preguntas. De cualquier forma, todas ellas no hacen más que confirmar que el de Chávez es el más importante liderazgo regional en Latinoamérica, a pesar incluso de Brasil. ¿Entre la promesa de etanol verde para el futuro, y los petrodólares contantes y sonantes del gris presente, hay alternativas?
También sirven para atisbar otras profundidades, Chávez está construyendo un liderazgo cuya identidad y razón de ser surgen a partir de la crítica a su Némesis: George Bush. La política neoconservadora norteamericana no sólo ha fracasado sino que, paradójicamente, ha terminado con la doctrina Monroe, aquella que establecía que la única potencia en el continente era EEUU. El que abandona la región (y no se pone) deja el campo fértil para estas tempestades.
Hace un tiempo que Venezuela subsidia el 50 por ciento del valor de la micro para gente pobre en Londres. Su alcalde, Ken Livingstone, ante las criticas de que una ciudad rica no debería aceptar dinero de un país donde el 40% vive en la indigencia, respondió: "Prefiero irme a la cama con Chávez que con Bush, como lo hace el gobierno británico". Y uno puede imaginar que eso (aunque quizá menos retórico) debe estar pasando por la cabeza de muchos latinoamericanos.

Por la boca muere el pez

La larga y conflictiva historia diplomática entre Bolivia y Chile, sólo en estos últimos años, cobró dos cónsules al primer país y uno al segundo. En los tres casos y si nos atenemos a las versiones oficiales, por motivos similares: Hablar de más.
Lo cual confirma algunas certezas en el caso boliviano. En primer lugar que los temas que son determinantes para la administración de Evo Morales se manejan sin ningún tipo de intermediarios; es el caso, por ejemplo, de los hidrocarburos, Ministerio por el cual ya han pasado tres personajes de alto renombre en el último año; la Asamblea Constituyente donde la última palabra siempre la tiene el Presidente; o, salvando las distancias, la relación diplomática con Chile. Lo cual debe hacer reflexionar a los especialistas no sobre las contradicciones de Morales (que no las hubo en la destitución de Enrique Pinelo o Roberto Finot), sino sobre la toma de decisiones y su particular forma de ejercicio de la política.
La prioridad que tiene este asunto para el Presidente boliviano se confirma día tras día. La semana pasada, por ejemplo, cuando realizó un viaje relámpago al Perú, país con el que está algo más que distanciado. Ahí no tuvo reparos en soltar graciosas e infelices frases como aquella de que a Alan García lo conocía cuando era más flaco y más antiimperialista, palabras que por supuesto no cayeron nada bien en el gobierno peruano, pero que permiten colegir —si uno quisiera rizar el rizo—, cuál fue la respuesta peruana a los planteamientos marítimos bolivianos.
Por otra parte, si bien la construcción de su liderazgo sindical y político se sustentó en la lucha intransigente para evitar que se venda gas a Chile (lo que costó decenas de muertos y la renuncia de un Presidente), hoy en cambio, es precisamente él quien se muestra más convencido de que puede resolver la cuadratura del círculo.
Como cualquier político boliviano, alberga secretamente el deseo de resolver el principal diferendo sudamericano y pasar a la historia por la puerta grande, por tanto, como todos ellos, está dispuesto a pagar el precio (pero ni un centavo más, y menos por un funcionario de segundo rango). Es que nunca debiera olvidarse el costo político que diariamente tiene que pagar Morales por su política exterior ni dejar de prever cuán abultada es su cuenta corriente.
Finalmente, a diferencia de lo que tradicionalmente se piensa, en justicia hay que decir que si Bolivia tiene algo parecido a una política de Estado ésa es la referida al tema marítimo (¿o usted oyó alguna vez en el último siglo a un presidente, canciller, embajador o cónsul que no reivindicara una salida soberana al mar?). Que esa aspiración sea condimentada por una serie de fórmulas complejas y por la contingencia política, es anecdótico.
Y esto es en lo que no podemos equivocarnos (y donde Roberto Finot erró de medio a medio): Sólo Evo Morales le puede decir a los bolivianos que la soberanía será postergada por asuntos menos trascendentes y más terrenales, sea un enclave, una zona económica especial o un canje territorial; o, paradoja de las paradojas que se le venderá gas a Chile. No sólo es su responsabilidad como Presidente (y su derecho como político), sino que en el mundo real es el único que puede y está dispuesto a hacerlo.

¿Nacionalizar, yo?

En otras circunstancias la presa sería suculenta. Un ferrocarril privatizado por neoliberales, administrado por chilenos, estratégico para la economía… argumentos más que suficientes para filmar otro capítulo de la gran epopeya estatista que suele afiebrar a más de un partidario de Evo Morales.
Por eso hace unos días el propio Presidente boliviano se comprometió a nacionalizarlos y a terminar de una vez con la tan temida "capitalización" (política aquella que consistió —a trazos gruesos— en vender el paquete mayoritario de las empresas estatales bolivianas, otorgando el control y la administración a cambio de inversiones; es el caso de los ferrocarriles que fueron divididos en dos empresas, una que pertenece a los Luksic y la otra a una firma norteamericana. El resto de las acciones —algo más del 40%—, propiedad de los bolivianos, serían administradas por las AFP y sus utilidades estarían destinadas exclusivamente al pago de un bono anual de jubilación).
El experimento permitió inversiones por 1.600 millones de dólares y sanear las empresas gracias a la administración privada. Pero eso fue otra época. Hoy la "capitalización" ha sido maldecida y gran parte de la imagen de Evo Morales se construyó criticándola sin tregua. Tanto así que la nacionalización constituye el capítulo principal del plan de gobierno que lo llevó al poder.
Ahora bien, se han barajado muchas alternativas para cumplir la promesa de volver al Estado padre y protector que tanto anhela Morales. Una de ellas, por supuesto, es la confiscación. Pero es la menos probable porque ni siquiera con la industria petrolera tuvo ánimo suficiente, sea por pragmatismo político, sea por el costo internacional que ello implica, de tal forma que optó más bien por una reforma impositiva (en exploración y explotación), y la compra de dos refinerías.
Otra opción es la que ensayó con la italiana Telecom, controladora de Entel. Al igual que con las petroleras, se revirtieron las acciones de los bolivianos al Estado (alrededor del 40%), pero luego se intentó comprar sólo la diferencia necesaria para llegar al 51%. Telecom replicó que, o el gobierno compraba toda su participación, o no vendía nada. Además, pidió respaldo a la Comunidad Europea y arbitraje internacional. A partir de ahí silencio en ambas esquinas.
En resumen, si la confiscación petrolera significaba un escándalo que Morales no quería; la compra de Entel dependía de mucha plata que el gobierno no tenía.
¿Utilizará alguna de estas alternativas con el ferrocarril de los Luksic? ¿Lo comprará "amistosamente" o lo confiscará? Parecería que para eso falta un rato, y que las declaraciones realizadas el domingo pasado fueron un ejercicio de oratoria o, si fuéramos psicoanalistas, un acto fallido en el que afloró su inconciente. Esto es, Morales quiere nacionalizar pero por el momento no puede ir más allá de la retórica y la amenaza (con auditorías, por ejemplo).
A diferencia de Bolivia, el mundo mira bien a los privados y los defiende; además, la coyuntura política interna se ha tornado un tanto compleja, por eso quizá las energías se destinen a potenciar la inversión extranjera o las negociaciones con Chile, y no a boicotearlas como ahora poniendo una pistola sobre la mesa.

Cómo amar un país y no morir en el intento (primera parte)

Si bien es cierto que Internet hay en todas partes y hasta puedo conectarme satelitalmente, seamos realistas y pensemos que una laptop en Isallavi —el pueblo donde nació el presidente boliviano, Evo Morales—, es poco menos que un OVNI.
Por tanto, la primera recomendación que me viene a la mente es que pensemos menos en la tecnología y la globalización, y más en el idioma. Quien quiera vivir en Latinoamérica definitivamente debe superar el trauma y aprender español. Sin él, estas tierras son francamente inhóspitas e ininteligibles, desmesuradas, ajenas. Muy poca gente habla inglés y en los sectores populares —que es dónde mejor se puede buscar el alma latinoamericana—, nadie.
Ergo, para vivir en Latinoamérica hay que hablar español —un poco por lo menos—, balbucearlo, perpetrarlo, barruntarlo, porque sin su auxilio, sin un conocimiento mínimo, la vida por acá (no el viaje turístico "todo incluido", las vacaciones de mochilero o la visita familiar, sino la vida pura y dura, la de todos los días, la rutina del desayuno, almuerzo y cena), se hace casi imposible.
Ahora bien, una buena noticia. En toda la región —con excepción de Brasil—, los que más y los que menos hablan eso, español, sólo español y nada más que español. No es necesario como en Asia, África o Europa, aprender más de una lengua.
Pero no nos alegremos demasiado, si bien hay un solo idioma, este no es el mismo en cada lugar, tiene sutiles diferencias y bien vale la pena conocer los giros de cada país sino se quiere "meter la pata a la vuelta de la esquina". Y con giros queremos decir slang, jerga, habla coloquial, no nos referimos a la ironía y a la broma —lo más difícil de adquirir en un idioma— sino a los significados distintos de una misma palabra según sea el lugar en el que queramos vivir.
Algunos ejemplos para ilustrar: Si digo "pico" en Asunción, claramente me estaré refiriendo al instrumento que sirve para cavar; pero en Chile me mirarían como un desconsiderado y "mal hablado". Y si un latinoamericano de los bajos fondos—un "cholo" (en Bolivia o Perú), un "mersa" (en Argentina), o un "roto" (en Chile)— dice una "flauta" o quiere una "concha", estará pensando en muchas cosas menos en un instrumento musical o en un caracol.
Si uno quiere aposentarse en Santiago, por ejemplo, debe conocer esa tendencia tan particular a terminar los verbos en "i" que tienen los oriundos de estos pagos (sabes es "sabí"; tienes es "tení"; puedes es "podí"); o que huevón ("weon") no es un insulto, como en muchos países, sino un complemento popular para cualquier fraseo que se tercie.
Pero incluso eso no es suficiente. Para vivir en otro lugar además hay que entender y amar a las mujeres y los hombres que viven allí (y también a odiarlos, pero este es un proceso más largo y poco recomendable); hay que conocer las particulares formas en que se construyen las relaciones de pareja en cada lugar, que todos seremos occidentales y cristianos pero tenemos sutilezas que hacen la diferencia. Y no se trata de discriminación sexista que el interés no es antropológico; sino de bajar al concreto y terrenal nosotros/as (extranjeros) y ellos/ellas (latinoamericanos), que si uno quiere vivir en un lugar como éstos —y no es un solitario irredento o un anacoreta—, necesita relacionarse con los demás, cualquiera sea la forma en que nos gusten esas relaciones, que liberales y conservadores hay en todas partes. No se olvide que la imagen cinematográfica de macho latino y de virgen impoluta no se la creen ni en Hollywood.
Finalmente, cierto que hay quienes pueden vivir sin tener a otro/a (o a ambos) a su lado, pero nadie ha aprendido aún a vivir sin comer ni beber, y en los tiempos que corren, y según sea la edad además, los latinoamericanos tienen gustos muy marcados y un sentido profundamente nacionalista de la comida, por lo que equivocarse en ello puede costar no sólo malos entendidos sino hasta algunos huesos, y no los de pollo precisamente.
Piense por ejemplo que opinaría un peruano al que le dijeran que el "ceviche" es un invento ecuatoriano, o que diría un nacional de éste último país con aseveración semejante. Si el primero le quitaría hasta el saludo, el segundo seguramente se convertirá en su amigo de por vida.
O imagínese a un boliviano al que le dijera que la popular "salteña" es de Salta, Argentina, y no el símbolo más poderoso de su cocina. Se ha sabido de duelos por asuntos menores que éste.

Cómo amar un país y no morir en el intento (introducción)

Vivir en otro país es una experiencia enriquecedora, así por lo menos nos enseña ese ideal romántico decimonónico que llegó tan tarde a Latinoamérica (distorsionado, fantasmagórico y aislado como todo lo que pasa en latitudes tan australes, pero que finalmente llegó, eso es lo que importa).
Desde los "poetas malditos" a Paul Gauguin casi todos los grandes exponentes de la arte en el siglo XIX quisieron ver en otras culturas, mientras más distantes mejor, una imagen más humana (y también más salvaje) de ellos mismos o, lo que es igual, buscaron lugares en los cuales pudieran ver reflejadas sus pulsiones más íntimas. Espejo distorsionado, dirá alguno; ingenuo dirá otro, pero al final visión más democrática e igualadora que la de quienes pensaban en blanco y negro y creían que había seres mejores y peores poblando este mundo del señor.
Algunos de ellos, los más osados, no sólo lo soñaron sino que quisieron vivirlo y partieron en su busca… y hasta se perdieron en ella. Precisamente en una película muy digna de Bernardo Bertolucci basada en una de las grandes novelas de Paul Bowles "El Cielo Protector" (un escritor que calza perfectamente en esta definición porque dejó todo para vivir y morir en Marruecos), Debra Winger, la protagonista, responde alegre, feliz y afirmativamente cuando le preguntan si está perdida. Porque de eso se trata, de perderse.
Pero a diferencia de estos europeos y americanos que miraban sobre todo al Oriente, los latinoamericanos más arriesgados se internaron en lugares no tan ignotos, pero igual de distantes a ojos de los de estas tierras (París en la primera mitad del siglo XX, EEUU en la segunda).
A partir de la imagen e idealización de esos lugares es que construyeron/destruyeron su biografía los políticos; aprendieron, crecieron o quebraron los empresarios; y escribieron, pintaron o compusieron los artistas.
Sin embargo, a la inversa, muy pocos artistas americanos y europeos se internaron definitivamente por estos lugares y los asumieron como suyos (recordarán sin duda a Malcolm Lowry y su autodestrucción sistemática en México o al polaco Witold Gombrowitz en Argentina, pero no muchos más).
Quienes así lo hicieron, y lograron superar la primera impresión (que es única pero generalmente adversa), es decir, quienes pisaron Latinoamérica en ánimo de viajero y no de turista, terminaron enamorándose perdidamente de ella y olvidaron el camino de regreso.
¿Qué es lo que ocasiona que lugares tan distantes como Santiago de Chile o La Paz (para no nombrar los más clásicos como Buenos Aires o Río de Janeiro que tienen su propia historia), se vuelvan atractivos para señoras y señores que bien podrían estar calentitos frente a la chimenea leyendo aventuras más que viviéndolas?
Aún más, ¿es pertinente hacer estas preguntas globalización de por medio, con el supuesto de que las fronteras se desvanecen, las distancias se hacen más cortas y hasta el amor se vuelve líquido?
Las respuestas a preguntas como estas se hacen difíciles y siempre serán incompletas, heterogéneas y multidimensionales. Pero, animémonos y arriesguemos algunas, es que —como dice una novela de reciente aparición en Chile—, uno puede saber todas las fechas históricas de un país pero sigue siendo extranjero mientras no sepa la alineación completa de la selección de fútbol más heroica, o la forma exacta en que se hace rodar un "trompo" en las aceras del barrio.

Presentación del libro "…Un tal Evo, biografía no autorizada"

Palabras pronunciadas en la presentación de la biografía de Evo Morales escrita por Darwin Pinto y Roberto Navia, realizada en la Universidad Diego Portales en Santiago de Chile el 5 de junio de 2007

Darwin Pinto y Roberto Navia son parte de una nueva generación de periodistas bolivianos que nos dan sorpresas como este libro.
Son herederos sin duda de la ya mítica y bohemia generación de periodistas que iniciaron el periodismo profesional en Bolivia, pero también de la siguiente, la que incorporó la tecnología y la globalización en la vida profesional pero que al mismo tiempo se burocratizo y emigró de los medios al gobierno, a las empresas o a las ONGs, asunto al que parece que Darwin y Roberto aún resisten, mis congratulaciones por ello.
Comienzo con esta frase porque hay en el libro “Un tal Evo, biografía no autorizada”, la tensión constante, la escritura urgente que es la mejor heredera de la tradición a la que hacía referencia, se nota en todas sus páginas, la angustia, por ejemplo, del cierre de edición (sobre el que cualquier periodista puede dar fe: La aparición de ese fantasma por las madrugadas que asusta entonces, pero que se añora cuando se está lejos de las salas de redacción).
Ello se nota la repetición constante, la superposición, la necesidad de contar todo sin respiro (la historia de Bolivia en un respiro), el tributo y el homenaje a la emergencia de la situación.
Porque en emergencia se vive en Bolivia desde que tengo memoria, en definitiva es la forma de vivir a la que estamos acostumbrados, y que muy bien Darwin y Roberto reflejan en su libro.
Pero a pesar de ser jóvenes, o gracias a ello, han podido vivir, cubrir y sentir gran parte de la historia contemporánea de Bolivia que todos conocemos. Y no hay mejor escuela que esa.
Se trata de un libro que contiene sus reflexiones, sus artículos y, sobre todo es la más importante contribución que se ha hecho en los últimos meses para entender el fenómeno de Evo Morales desde el punto de vista biográfico.
“Un tal Evo” es un libro complejo, como compleja es la historia del personaje que relata y la historia de Bolivia, pero es una excelente y encomiable introducción para entender al actual Presidente de la República, y para –de paso-- a conocer pasajes relevantes de la historia de Bolivia.
El libro tiene amplia relevancia periodística. Evo Morales es un personaje de fama mundial y tiene la particularidad, como muchos otros personajes de la historia de convertirse en mito más allá de él mismo y, además que se concreta antes de cumplirlo.
Esto es, Evo Morales entró a la historia el día que juro como Presidente y lo que haga o deje de hacer simplemente ayudarán a consolidar el mito, sea el fundacional, aquel que augura un nuevo amanecer para Bolivia y que tan bien simboliza el libro cuando relata su investidura como líder de todas las comunidades indígenas aún antes de jurar como presidente.
O el mito discriminatorio, ese que plantea la imposibilidad indígena de reivindicarse solo con la ayuda de sí mismos.
Me explico, el sólo hecho de haberse convertido en Presidente de la República siendo indígena, proviniendo de uno de los lugares más pobres del mundo, un hombre hecho a sí mismo que vence la adversidad configuran un destino (mejor heroico que trágico, le deseamos todos), o mejor confirman el sentido de predestinación en el que este libro se inscribe. En ese sentido, el libro es parte de ese proceso de mitificación y está muy bien que sea así, no busca ser un tratado académico sino la expresión de ese proceso.
La biografía de Evo es ya un mito antes de concretarse, como bien lo señalan Darwin y Roberto, su escolaridad compleja, sus capacidades deportivas, la venta de helados en Argentina, la banda de música, sus primeros escarceos con la política, en resumen la búsqueda hasta llegar al lugar que lo redime, el Chapare, tan parecido al cielo y al infierno católicos. Paraíso perdido en su momento, convertido en infierno a punta de represión y balas, como bien se relata en el libro. Pero sobre todo lugar donde la redención es posible.
El mito se estructura en función a esa redención, según el libro por lo menos en dos oportunidades (cuando Evo pierde a su padre y cuando sobrevive a la cárcel, los golpes y la tortura como dirigente). Por eso evo retornará ahí siempre cuando pueda (cuando quiera comer bien, cuando quiera desatar su ternura, cuando quiera dormir). Ahí puede hacerlo, mientras el resto del mundo le es adverso.
En ese sentido, esta es una lectura recomendada, con una sola advertencia. Su estilo no tiene una linealidad cronológica, además de las más obvias, por eso se recurre constantemente al raconto, a las paráfrasis (amplificación), a las metáforas, etc. y al uso constante del periodismo de no ficción que es parte ya del bagaje del periodismo investigativo. Por ello esa advertencia sobre el estilo, porque es posible toparse con el mismo tema varias veces y en contextos diferentes.
Yo dividiría el libro en tres grandes temas.
La infancia y adolescencia de Evo Morales, la que lo constituye como sujeto. La búsqueda de la herida original diría el psicoanálisis, años en los que la figura paterna dará centralidad a su vida, no sólo el padre como autoridad comunitaria, como mallku, sino el Padre, la Ley, quien define e interpela a Morales, mientras vive en Isallavi, que muchos años después Evo declararía Patrimonio Histórico Nacional, al igual que Monumento Histórico a la vivienda donde nació hace 47 años. Hasta que llega al Chapare.
La segunda parte es menos contextualizada… en ella se relata la historia de los movimientos indígenas y la historia de Bolivia con el objetivo de entender el Chapare, la represión indiscriminada y la muerte por un lado, así como la guerrilla y los métodos de defensa campesinos que causaron también bajas en el ejército.
Esa sensación de urgencia de las que hablaba al principio es sin duda acá donde se expresa, se cristaliza más bien de forma más arriesgada, y esta parte del libro, que puede ser leída como un ensayo sobre el Chapare, su irrupción en la historia de Bolivia, se convierte ya no en la biografía de un hombre sino en una biogrfía colectiva, si cabe el término.
Dejar de lado a Evo Morales como personaje durante muchas páginas, es una de las decisiones de los autores, es quizá una de las más importantes porque prefieren dejar el relato sobre la vida de Evo Morales en ese Chapare convulsionado, para hablar del movimiento cocalero en su conjunto, de acuerdo con la muletilla principal de Evo: yo no gobierno si no es con los movimientos sociales, son ellos los que gobiernan.
Esto por un lado, y los episodios más importantes de la historia de las rebeliones indígenas por la otra, lo que es relevante en tanto permite tener un pantallazo general de esa historia, De la lucha de los Amaru de los Catari, llegando a citar la tesis algo forzada del hermano de Evo de que el verdadero apellido de Morales es Catari, para así no sólo reforzar el mito sino convertirlo en realidad. Morales no solo sería el heredero de la larga lucha emancipatoria de los pueblos indígenas de Bolivia en sentido figurado, sino que sería heredero genealógico de ésta
Finalmente, la tercera parte está dedicado a una serie de pequeños ensayos que van desde Chile, a la forma de trabajo de Evo, su relación con los presidentes que lo combatieron, ensayos en los cuales los autores establecen un diálogo con los lectores (o con posibles lectores específicos), que quizá sean difíciles para un lector no iniciado en los vericuetos del poder en Bolivia.
Es sin duda, un libro importante porque permite conocer facetas de la vida de Morales, desconocidas hasta ahora por el gran público y porque además logra sistematizar (es la más completa sistematización que conozco) buena parte del pensamiento de Morales en diferentes materias personales y políticas que habían sido comunicadas en diferentes entrevistas por el mundo pero que era difícil tener reunidas.
Llegando incluso a un detalle extremo en temas como la vida amorosa de Morales o del Vicepresidente, que muestran una sociedad más abierta y liberal en Bolivia de lo que uno mismo imaginaba, que se siga respetando la vida privada del Presidente luego de los datos aportados por este libro, que eso habla o muy bien de los periodistas bolivianos o muy mal depende del punto de vista que se mire.
Los autores se comprometen en la última página del libro a una segunda parte. Pues bien, la calidad de esta “primera parte” lo amerita. En ese sentido, hace falta una biografía intelectual y política de Evo, que aquí más bien se atisba… El indigenista Fausto Reinaga, Mao, el estalinismo del PC, cierto, pero aún falta escribir sobre ese momento en el que la izquierda y los movimientos indígenas se entrelazan en Bolivia en la conjunción más exitosa de los conceptos de clase y etnia, que haya en el continente.
Como decía se atisba ahí a Filemón Escobar, el mentor intelectual e ideológico de Morales, pero aún hace falta encontrar los motivos, las influencias, las formas en que el Evo adolescente, jugador de fútbol se transforma en el político más avezado y experimentado en Bolivia, el que es capaz de enfrentarse a toda la vieja guardia de la clase política y derrotarla, por tanto el político pragmático pero también el que sabe leer como nadie la realidad de Bolivia y las transformaciones que está sufriendo esa sociedad en los últimos años, las que nadie percibe hasta que ocurren. Menos Morales. Es en el Chapare sin duda, pero aún falta saber con quién, con qué…
Esa biografía política e intelectual bien valdrá esa segunda parte, lo que sería una contribución más a la escasa bibliografía que hay sobre estos temas no solo en Bolivia sino en todos nuestros países. La investigación actual sobre eso temas se reduce a los centros académicos y think tanks o a las páginas de los periódicos, pero no al periodismo de investigación, con excepción quizá de Argentina y Brasil.
Finalmente, quiero remarcar que esta casi primera presentación del libro se haga en Chile, no en vano hay un capítulo dedicado a las relaciones chileno bolivianos, (mejor a la participación de Evo en varias reuniones en las cuales el tema que divide a ambos países estuvo y está presente). Al respecto quisiera ser tan optimista como los autores. No lo syo. Pero en cualquier caso, acciones como esta permitirán conocernos más, y conocernos más en el largo plazo es la clave del entendimiento entre nuestros pueblos.
Por eso también se agradece el esfuerzo de la Universidad Diego Portales, pero sobre todo el de Nicole Etchegaray quien fue capaz de organizar todo esto por el único motivo que es razón suficiente para ella: porque creyó que era importante.
Gracias a ella la presencia de Darwin en Chile, la que me llena de orgullo, porque Darwin es joven, porque tiene ideas y porque es capaz de escribirlas y publicarlas y comenzar a ser parte de la elaboración de esa otra historia, la que tanta falta nos hace.
Muchas gracias.

La construcción del mito

Bolivia tenía la particularidad de ser desconocida para el mundo (quizá algunos entendidos la asocien a un dudoso récord mundial de golpes de Estado, o a la cocaína, pero poco más). Sin embargo, en el último tiempo esa percepción comienza a cambiar. No a raíz del gas o del experimento social de la Asamblea Constituyente, sino por la construcción mítica de la figura de Evo Morales.
Sin duda se trata de un personaje inusual, casi improbable, no sólo por el hecho de haber nacido en Isallavi, uno de los lugares más pobres del mundo (lugar al que ya ungido como Presidente, declararía Patrimonio Histórico), sino por la forma en que se transformó en el político más exitoso de Bolivia (conjugando felizmente esa rara ecuación entre indigenismo e izquierda, entre etnia y clase que se había olvidado en Latinoamérica).
Sin embargo, en estos días es posible percibir como el relato mediático comienza a transformarse precisamente a partir de su biografía: Morales ya no sólo es un político, un hombre hecho a sí mismo que vence a la adversidad, sino un predestinado. Sólo como ejemplo, su hermano sostiene que el verdadero apellido de los Morales es Catari, de forma que estaría emparentado con los caudillos de las grandes rebeliones indígenas de los siglos XVIII y XIX.
Es que a medida que Morales se ha ido trasladando de las páginas políticas de los diarios a las librerías y a las salas de cine (deificado, satanizado), comprendemos que estamos ante el surgimiento de un fenómeno de dimensión cultural.
Sin querer hacer un recuento sistemático, sólo en los últimos meses se han estrenado dos documentales sobre Morales —entre ellos “Cocalero” de Alejandro Landes—, y se anuncia una biopic de Tonchi Antezana. En librerías chilenas se pueden encontrar dos de la ya casi decena de libros escritos sobre él (“Un tal Evo”, de Darwin Pinto y Roberto Navia; y “Morales y el origen de la izquierda nacionalista” de Fernando Molina).
Libros y audiovisuales que indagan sobre sus escarceos con la política y su formación ideológica, pero también sobre ese talento deportivo que hoy se prueba ante la FIFA, que especulan alrededor de los cobres que tocaba en una banda de música, sobre una supuesta redención existencial en el Chapare y hasta sobre sus dotes amatorias.
De esa copiosa producción lamentablemente han tenido mucha mayor cabida en el panorama mediático y cultural internacional, aquellos discursos que construyen un personaje unidimensional, dicotómico, ajeno a la contingencia, uno en el que su sola biografía personal y racial le permite entrar en el parnaso. Así, lo que haga o deje de hacer simplemente ayuda a consolidar el mito preconcebido: sea el fundacional, aquel que augura un nuevo amanecer para Bolivia, sea el discriminatorio, ese que plantea la imposibilidad de la autonomía indígena.
El problema es que si el personaje de carne y hueso debe estar a la altura de esas circunstancias, el panorama se le complica: en el reino poético pero de trazo grueso y exagerado de la mitología, no tienen mucha cabida el pragmatismo político, la sutileza de los acuerdos o la gris tarea de buscar consensos.

Sergio Molina M. es politólogo boliviano y analista de Imaginaccion Consultores
smolina@imaginaccion.cl

Déjà Vu

Qué duda cabe, una de las mejores cancillerías del continente es la peruana. Si no fijémonos en los últimos acontecimientos.
Sólo días después de que se reunieran en La Paz los vicecancilleres de Chile y Bolivia para tratar en forma confidencial el problema marítimo (como parte de la agenda bilateral que tienen ambos países), el canciller peruano, José Antonio García Belaúnde, reaccionó y frenó en seco este acercamiento declarando a una oficialista e ignota agencia de prensa que es "bienvenida" la posibilidad de que Chile ceda a Bolivia un territorio de "soberanía compartida" con Perú; en Arica para más datos.
Nadie se lo había preguntado, no era una noticia en la agenda ni en los medios de ninguno de los tres países, pero -por si acaso- decidió advertir a sus homólogos de Chile y Bolivia.
¿Qué significan estas declaraciones en lenguaje no diplomático? Patear el tablero que estaban construyendo trabajosamente chilenos y bolivianos para decir claramente que sobre el mar no se discute sin la participación del Perú.
Lo mismo ocurrió en la década del ‘70 cuando Bolivia y Chile estuvieron más cerca que nunca de arreglar sus históricos problemas (¿se acuerda del "abrazo de Charaña" entre Banzer y Pinochet?). En ese entonces, ante la propuesta de cesión a Bolivia de una franja territorial, el Perú planteo que era mejor convertir Arica en un espacio de soberanía trinacional, lo cual era inadmisible para Chile y Bolivia. Inmediatamente después vino la ruptura y el distanciamiento entre ambos países, que no se recompuso en décadas.
No hay espacio en esta columna para contar episodios como éste que han tachonado nuestra historia compartida, pero sí para esbozar una regla general: En la medida en que Bolivia y Chile se acercan (sea por temas económicos, sea por el mar), Perú activa todo su aparato diplomático y político, recuerda viejas rivalidades y logra en pocos días que Chile reconsidere sus intenciones. Esa regla fue coronada tiempo atrás con una sutileza que alejó definitivamente cualquier posibilidad de salida al mar para Bolivia a través de la frontera norte chilena: Sacó a la luz la ya famosa disputa sobre límites marítimos.
Por eso, al leer las noticias, se siente una profunda sensación de Déjà Vu (y de desasosiego). Lo único que parecería haber cambiado en estos meses es que arrecia la crisis energética y que Bolivia (si dejara de lado sus anteojeras ideológicas) podría jugar un papel determinante en la región en el corto plazo. O quizá no, y eso también estuvo previsto en las declaraciones de Belaúnde.
Ahora bien, en algo tiene razón Perú. Mientras no se "trilateralice" la discusión sobre el tema marítimo, no se avanzará un milímetro. La bilateralidad que plantea la cancillera chilena y más recientemente el gobierno de Evo Morales, parecería conducir al mismo callejón sin salida de siempre.
Mientras tanto, cierto que se puede profundizar la integración comercial o energética, pero no mucho más. Si Bolivia y Chile quieren hablar del mar deben invitar a la mesa a otro comensal, no sólo porque así lo dicen los tratados sino porque así lo dicta el pragmatismo político.
Por lo menos si se quiere hablar seriamente y evitar que nuestras respectivas cancillerías se sigan mandando recados por el periódico.