Tambores de guerra

Antes de que la ciudad boliviana de Sucre estallara contra la aprobación de una nueva Constitución, que nació prematura y desfalleciente, sin la presencia de la oposición y con el oficialismo resguardado por fusiles, hay una imagen sucedida lejos de allí sobre la que me detengo porque en ella se pueden atisbar las profundidades del abismo: un perro colgado vivo (luego le cortarán la cabeza) mientras sus verdugos anuncian que un destino similar le espera a todos sus enemigos. El animal degollado sigue moviéndose hasta que se desangra y se consuma la amenaza. Sendero Luminoso en los '80 protagonizó acciones similares cuando todavía nadie imaginaba la tempestad que se desencadenaría sobre el Perú, pero esta vez sus autores se hacen llamar "ponchos rojos" y provienen un olvidado pueblo boliviano.

Cierto que los fusiles que portaban eran máuser, que apenas son un puñado de fanáticos y no representan a la gran mayoría campesina e indígena, pero su sola visibilidad, el hecho de que un grupo armado irrumpa públicamente con métodos similares a las del terrorismo maoísta produce escalofríos.
Y si este sacrificio ritual es, desde mi punto de vista, un quiebre en el escenario político boliviano (tanto como las lamentables cuatro víctimas mortales del fin de semana en Sucre); en el ámbito discursivo, la declaración de Alvaro García Linera, previa a la escabechina, son su corolario: "Inicialmente habíamos creído que era posible la construcción del Estado mediante mecanismos de diálogo y pactos… pero la lógica de la razón y de la historia me hacen pensar que, más bien, se habrá de llegar a un momento de tensionamiento de fuerzas... este momento está más cerca de lo que parece", afirmó. Dos días después de esa declaración de principios, Bolivia volvía a estallar.
Los planes B del gobierno y de quienes se le oponen están en marcha. El oficialismo aprobando la constitución a como de lugar (la legitimidad, piensan, será obtenida en el futuro); y la oposición regional y cívica en las calles acusando al gobierno de autoritarismo rampante y llamando a la desobediencia civil.
Y en medio de estos excesos casi disparatados de ambos bandos (porque no se puede acusar al gobierno actual de antidemocrático ni Evo Morales puede ignorar las reivindicaciones regionales) es que el odio irracional se enseñorea sobre los perros de Achacachi y los hombres y mujeres en Sucre en un ensayo de lo que Bolivia puede ser en el futuro: enfrentamiento civil, violencia incontrolable, anomia social y Estado autoritario sin control territorial.
Ahora bien, sería muy simple decir, como en otras ocasiones, que Bolivia siempre camina hasta el abismo para retroceder a último minuto, al igual que es ingenuo pensar que todo se reduce a la lucha entre una región occidental arcaica e indígena y un oriente moderno y dinámico. Desde el punto de vista económico el eje se ha desplazado, pero políticamente los dirigentes cívicos de Sucre como los que encabezan la "media luna" son tan retrógrados como integristas los "ponchos rojos". El clivaje regional puede darles la razón, pero el étnico, los condena. Sin legitimidad popular y con visiones profundamente racistas y balcanizadoras, también ellos suscitan temores transversales en el resto del país.
Estas contradicciones étnicas y regionales mantienen tensionada a Bolivia: ambas irresueltas, ambas en apronte. El gobierno quiere retomar la iniciativa política con la aprobación de una nueva Constitución; y la oposición, refugiada en las regiones, añora el retorno a un statu quo previo a Morales, como si eso fuera posible.
Y como siempre, quienes más sufren con el empate catastrófico no son los que se han alistado para el combate, allá ellos con sus razones, sino la inmensa mayoría que abomina incluso la sola posibilidad de que no haya más alternativas.
(Publicado en La Tercera el 28 de noviembre de 2007)

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