El nuevo imperialismo


El abandono de la región (o de su patio trasero, para usar lenguaje preglobalizador) es uno de los menos difundidos "éxitos" del gobierno neoconservador de Bush y una paradoja de la que no se ha escrito lo suficiente.
Pero lo que podría ser motivo de celebración, porque permite una relación menos vertical con la primera potencia del mundo, apenas si es un cambio de dueño para algunos países latinoamericanos.
Es que la llegada de nuevos actores (Irán, por ejemplo) y la parálisis de otros (Brasil, entre ellos) están reconfigurando el mapa regional y permitiendo que ciertos pescadores ganen en río revuelto.
En ese sentido, no es arriesgada la hipótesis de que Venezuela se está convirtiendo para algunos países en un "nuevo imperialismo" si nos atenemos a las connotaciones que tuvo el término antaño: dependencia extranjera, concentración económica, influencia ideológica, en fin, la etapa superior del capitalismo al decir de Lenin, y por tanto su cara más decrépita.
Cierto que son pocos los gobiernos que han aceptado al nuevo patrón, pero es una fuerza respetable en la oposición de casi todos: el más reciente fichaje es el ex sacerdote Fernando Lugo, quien acaba de adherir al "socialismo siglo XXI" y que se vislumbra como el candidato que puede destronar a los colorados en el Paraguay. De ahí la competencia desatada entre las fuerzas progresistas del continente para llevar agua a su molino: Últimamente en las reuniones regionales de la izquierda, por ningún motivo se cruzan los brasileños del PT con los chavistas venezolanos.
Ahora bien, Bolivia es el mejor ejemplo para medir la influencia del nuevo imperialismo: Para discutir la deteriorada situación política que está a punto de llevar al fracaso a la Asamblea Constituyente, Evo viajó a Caracas la semana pasada. Fue cuando Chávez parafraseó al Che Guevara y ofreció "uno, dos, cien Vietnam, si la oligarquía tocaba a Morales". A cambio, el Presidente boliviano le concedió a Chávez la mitad de la segunda reserva de hierro del continente. Días después Bolivia iniciaba relaciones diplomáticas con la teocracia iraní (un aliado fundamental de Chávez) y, como guinda de la torta, imponía visa a los norteamericanos.
Ésta es la última y más vistosa escaramuza de un enfrentamiento con los EEUU que tiene motivos tan variados como el papel que juega USAID, la cantidad de coca existente en el país y ahora la extradición del ex presidente Sánchez de Lozada refugiado en Washington.
Pero esta relación esquizofrénica con los norteamericanos y la subordinación a Venezuela tiene otras consecuencias (para no hablar de turismo o inversiones, y deprimirnos): Los enviados de Chávez en Bolivia exigen a cambio de sus petrodólares, radicalización política y acallar a la oposición porque -marxistas al fin-, quieren agudizar las contradicciones y pisar el acelerador del proceso revolucionario. Como buenos imperialistas creen que los países y las sociedades reaccionan todas por igual.
Olvidan que no es posible replicar modelos, o por lo menos no sin el petróleo y la chequera de Chávez. O quizá sí, pero con las consecuencias que estamos viendo en Bolivia: ingobernabilidad, anomia y desintegración paulatina.

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